martes, 23 de junio de 2009

Narices Frías


No es por destilar pura holgazanería, pero Débora prefiere quedarse en su casa. La causa de su estadía hogareña se debe al gélido aire que traspasa la corteza de los árboles y resquebraja las hojas que cabizbajan sobre el suelo. La temperatura desciende aproximadamente a los -2º. A través de la cortina verde de su ventana, las calles quedan libradas a la suerte. Nadie se atreve a dar un mísero paso sobre la acera cubierta de escarcha. Sólo las hojas que caen sobre el piso corren el desafortunado destino de congelarse allí. Débora corre a un costado derecho la cortina y escucha el fuerte soplido del viento proveniente del sur. Un suave escalofrío le recorre por su cuello. Exhala por su nariz un poco de aire tibio y se impregna sobre el vidrio. Sus manos se entumecen, al igual que sus pies. Tirita. Se respira el invierno.

Podría quedarse oculta bajo la sábana y frazada de su cama y crear un pequeño mundo cubierto de estío, pero el sedentarismo no se refleja en su rostro, el cual parece ser un perfecto reflejo de la impasible estación, ya que es pálida como la leche. No sólo eso, su piel es glacial como un iceberg. Sin embargo, esa frialdad no se refleja en su modo de ser. Débora es muy simpática, tierna y bella, rótulos dispares al crudo y solitario invierno.

Deja de contemplar el afuera gris y se higieniza en el baño. Va al armario afín de cambiarse de ropa. Abre sus puertas y elige de modo correcto la vestimenta a engalanar. Remera negra de mangas largas, un buzo marrón y un jean negro gastado. Su pijama color violeta vuelve bajo la almohada blanca y se viste con las prendas optadas para el día. Luego se pone un chalín beige que había comprado en una feria de artesanía del barrio y una gabardina negra que le llega hasta su cintura. Debajo de las prendas suspendidas por las perchas, se encuentran sus zapatillas y botas. Elige botas negras con tacos. Se las calza y cierra el armario. Hace su cama y vuelve al baño para pasar el peine sobre su cabello rubio. Se dirige a la cocina. Todas las habitaciones padecen realmente un estado de entumecimiento. Tirita. Antes de poner la jarra con leche en la hornalla para preparar una rica chocolatada, decide salir al patio para buscar un par de pequeños troncos con el objeto de despertar a la salamandra ubicada en el comedor. Su mano derecha abre el picaporte y la retira inmediatamente, ya que la misma está muy fría. Junta valor. Gira las llaves y, después, el picaporte. El viento acaricia gélidamente su rostro. Emite un pequeño grito tras la fuerte sacudida. Cierra la puerta y se dirige de modo apresurada hacia la caseta del asador. Debajo de la misma, hay una mediana caja de madera. La saca y pone en ella siete leñas. Luego la levanta de los costados y trota rápidamente hacia la puerta de la cocina. Baja la caja y abre la puerta. Ingresa a la casa con la provisión necesaria para entibiar su hogar. Cierra la puerta y, con la caja sobre sus manos, va hacia al brasero.

Hace tres meses, sus abuelos le regalaron la salamandra para su cumpleaños. Ella no podía estar más feliz en ese momento. El artefacto color negro posee una forma ovalada y tiene dos entradas: la primera para poner los pequeños troncos y la segunda, en donde caen las cenizas de las leñas petrificadas luego de ser alimentadas con un fuego reconfortante. Débora abre la pecunia puerta del brasero e introduce cuatros troncos. Al costado izquierdo del aparato, hay diarios viejos, por lo que saca tres hojas y las mete también ahí. Va a la cocina y encuentra el encendedor rojo. Le prende a las hojas y tenuemente el calor se transmite hacia las leñas. Al costado derecho del brasero, hay una pequeña botella de kerosén. Desenrosca la tapa y vierte un poco de contenido rojizo en el interior, por lo que las llamas se avivan. Para mantener vivo el reciente fuego, agarra la pequeña pala verde para limpiar el polvo del piso de adentro y la agita de un costado a otro. Luego de un minuto, el fuego abraza una gran estabilidad y levemente se siente un gran confort en el comedor. Acerca sus manos hacia la salamandra y se entibian. Se sienten muy aliviadas.

Va ala cocina y abre la heladera. Saca un sachet de leche y vierte sobre la jarra de acero inoxidable. La pone sobre el fuego de la hornalla. Mientras se calienta la leche, Saca de la alacena una taza naranja y le pone tres cucharas de azúcar del yerbero. Luego, le suma dos cucharas de cocoa. Tras tres minutos, la leche está lista. Vierte sobre la taza y mezcla con la cuchara. Prueba y sabe muy bien. De la taza emana el aire caliente que templará su cuerpo. Luego va hacia al comedor y se sienta. Antes de sentarse, trae de la cocina galletas de pan. Mientras sorbe, mira hacia la ventana. Afuera el frío, adentro la paz. Agarra una galleta y la corta en pequeños pedazos. Cuando está a punto de comer el dulce pan, escucha un par de risitas de chicos. Observa a través de la ventana a niños que corretean por la vereda, abrigados con camperas, gorros y bufandas de lanas. Llevando la taza con las dos manos, se acerca a la ventana y contempla el motivo de tal jolgorio: nieve.

A primera vista, pensó que una llovizna se había desatado sobre el pueblo, pero se equivocó. Pequeños copos de nieve cubren las copas de los vetustos árboles y el pasto queda tanto indefenso como perplejo ante tal espectáculo. Hace una hora, no había ni un alma que paseara por estos lugares, pero la impronta lluvia desalojó cualquier temor hacia el exterior. Sin importar que el frió cale en sus huesos, madres con sus hijos salen afuera para sentir en sus manos y mejillas la heroica nevada. Débora no quiere quedarse atrás y perderse de este esplendoroso día. Termina de beber la chocolatada y la lleva ala cocina para enjuagarla. Luego va hacia su habitación y agarra del tercer cajón de su mesa de luz un par de guantes de cuero negro y un gorro de lana color verde y beige con una línea lila en el medio. Agarra su morral verde para guardar su celular y pañuelos descartables. Llega hacia el comedor y abre la puerta. Siente en sus mejillas los primeros copos de nieve de su jovial existencia. Cierra la puerta con llave y abandona por un momento su cálido hogar.

Sobre la vereda de su casa ve a las madres que llevan de la mano a sus hijos. Se puede apreciar un gran entusiasmo de ellos por tal agradable evento. A los lejos, Débora ve el vapor que exhalan los chicos. Pensar que ella iba a seguir dormitando en su cama. Advierte que los vecinos caminan en un solo sentido: hacia el parque. Cierra la reja y se dispone a ir a tal congregación. Antes de marcharse, se siente segura al saber que la salamandra funciona de modo correcto y no va a causar un estrago alguno en la casa. Mientras avanza hacia la plaza, que dista unas cinco cuadras de su hogar, la nieve se resiste a parar. Escucha los suaves murmullos y las risas escondidas de los niños y adolescentes. Alguna que otra persona se refugia en los almacenes y hablan con sus encargados y charlan sobre lo que acaece. Personas que se encuentran en un bar de la esquina ven a través del vidrio la blancura caída del cielo. Dejan de beber, comer, charlar y leer para permanecer atónitos frente a tal escena. Nunca había nevado en el barrio.

Hipnotizados por la nieve, los vecinos concurren poco a poco al parque. El pasto verde deja lugar para que descansen los blancos copos. Los árboles, desprovistos de hojas por la complicidad lúgubre del otoño, se sienten abrigados por la nevisca. Los bancos de maderas están ocupados por la bienaventurada cellisca. Los vidrios de los faroles están empapados de frío. A una cuadra del encuentro, Débora se detiene en un pub e ingresa al local para pedir dos capuchinos para llevar. Finalmente arriba al lugar y se emociona al ver la plaza cubierta de pura nieve.

Los chicos se despegan velozmente de la mano de sus madres y corren hacia la zona natural. Agarran un poco de nieve y hacen pequeñas bolas, las cuales son arrojadas entre ellas, convirtiendo así en divertida e inocente batalla y contagiándose las risas. Débora mira el júbilo que se desprende de sus bocas. Está a punto de beber el capuchino cuando sus ojos se encandilan tras una potente luz. Mira y ve al costado suyo a un fotógrafo. “Disculpe, señorita. No quise molestarla, pero estoy tomando fotos para el diario”. El joven profesional se queda fascinado por la extraña belleza de Débora. Luego, el muchacho se retira y continúa con su labor.

Pronto, asisten parejas enmarcando un bello cuadro de un secreto e íntimo amor. Se toman de la mano, se abrazan y se besan. Débora sorbe. El capuchino es muy sabroso. Casi se le caen los dos vasos debido a que siente en su espalda un proyectil de nieve. Voltea su cabeza y un niño se esconde atrás de un frondoso árbol. Ella se incorpora y sonríe. No padece ninguna molestia. El precoz aprovecha a que ella no la ve y escapa de modo inconsciente, quizás porque ella inspira miedo. Nada de eso. Los copos se acrecientan y la felicidad también. La presente atmósfera es motivo para que los vecinos se encuentren con sus amigos en un gran abrazo, los chicos jueguen al compás del aire y los novios quemen sus corazones.

Pasan las horas y una gran multitud se presenta en el parque festejando un evento no muy común en la vida: la sorpresiva caída de nieve acompañado de la llegada de la estación más fría del año. Sin embargo, la helada no es síntoma de amargura, incertidumbre, angustia o depresión. Al contrario, implica resistencia y vitalidad, más una cuota de esperanza. Pronto esa frialdad deja de entreverse en los rostros de las almas del parque cuando afloran los encuentros, las risas y el amor.

La tarde se conjuga con la noche y la gente no desea por nada del mundo adentrarse a sus respectivas casas. Pernoctan en la plaza como un sano ritual de encuentro y charla. Débora mira hacia el nublado cielo y los copos se alojan en sus cejas. Sus ojos color gris no olvidarán nunca este maravilloso día. Todos los ojos, perennes y emocionados, se cobijan bajo la infrecuente manta blanca.

Larga Vida al Invierno!!!!!

1 comentario:

Majo dijo...

Me leí este post me faltan mas, como escribís no paras!! buenisimoooo jeje, ahora hace frío me puse un rato para despejar la mente del estudio, me gusta estar en casita cuando uno viene de una larga jornada y pasas frío, pero el invierno es lo masssss!!!! ojala se repita lo del 9 de julio y caiga nieve, besos Fer buen finde!