
Su índice derecho aprieta suavemente la tecla de la luz de su habitación y sus parpados se paralizan al avistar que una ágil figura se escapa a través de la ventana abierta. La víctima no sabe qué hacer y se acerca rápidamente hacia la ventana, en donde puede ver aquella persona que se escapa con un maletín negro en su mano derecha y desaparece en la tupida maleza. Belén avanza con una sonrisa más que satisfactoria, ya que acaba de cometer un hurto contra la propiedad ajena. La envidia fue arrebata para siempre y guardada en su máxima brevedad para arrojarla a un merecido destino.
Más allá de las implicancias que nutren el amargado episodio, sumado a sus fatídicas consecuencias, Belén piensa solamente en el bien que hace a la humanidad el pecaminoso acto de robar los defectos inmateriales. Aquellos menoscabos que visten, ya sea conciente (en mayor medida) o inconscientemente, a las almas y los convierten en seres alejados de la bondad y humildad, aspectos que aún persisten, pero en ínfimas proporciones. Sus existencias tienen una indudable deuda con la heroica joven. Las “pobres” víctimas no hacen denuncia alguna porque no quieren ser conocidas por sus lúcidas fallas.
La maleta que mantiene agarrada firmemente en su mano derecha no se le fue otorgada por algún allegado suyo, sino que tal objeto lo encontró sobre la rambla de una playa. Semejante hallazgo motivó a que Belén no lo deseche y lo guarde para una posterior función. Fue como una especie de señal. La joven caminaba desolada por el muelle en búsqueda de paz, ya que tal serenidad no la encontraba en el interior de su corazón, hasta que vio un maletín de color negro. Miró a sus alrededores y se percató de que nadie fue a indagar ni tampoco a acudir por él. Se acercó y estaba en perfectas condiciones. Tanto el cuero oscuro como la manija y los cerrojos brillaban ante la tenue luz de la tarde. Tenía duda en abrirla, ya que tal vez el dueño de ese estuche iba a aparecer y la culparía por entrometerse en algo privado. Entonces se alejó un par de metros y esperó dos horas. De vez en cuando miraba de reojo el silencioso mar. Las leves olas sufrían un poco de pereza. Pasó el tiempo y nadie se arrimaba al objeto. No despertaba curiosidad alguna. Fue así que Belén se acercó y lo agarro de la manija. Después se la llevó a la habitación del hotel en donde se alojaba por una semana. Luego se subir por las escaleras, llegó a su cuarto en ingresó al mismo. Se dirigió inmediatamente a su cama y desprendió los cerrojos. Lo abrió y encontró un papel doblado por la mitad. Extrajo el papel y dejó a un costado de su cama la maleta. La joven abrió el papel y leyó en voz baja: “Destierra lo impalpable” Estaba desorientada tras haber leído ese extraño mensaje.
La letra cursiva negra de tal mensaje hacía entender una gran modestia. Quien haya escrito esas palabras provocaba para quien lo lea una extraña belleza, pero también un designio, la de desnaturalizar la virulenta esencia de aquellas malas personas. Su paz iba a entorpecerse con su fin, pero prefería hacer el bien común, y no el propio. Pero para hacer ese bien debía realizar un delito. Robar de por sí es un crimen, pero ¿hurtar un defecto que empobrece la alma lo es?
Armada solamente con su sonrisa y escondida bajo una capucha de lana que deja entrever sus ideales pestañas, sus hermosos ojos color café y su cabello castaño lacio caído hasta su cuello, entabla la heroica misión. Los estados puros son materializados en las sombras muy oscuras proyectadas en las personas. Las sombras claras destilan bondad. En plena luz del día, las sombras se resguardan atrás de la gente, pero en el interior de los hogares sumergido en la intimidad, las sombras de independizan y vagan adentro, mostrando la verdadera condición humana. Más que merodear en el hogar, las sombras descansan sobre la cama y su forma tiende a convertirse en una delgada sombra similar a la de una varilla. Entonces, Belén espera el momento de ingresar a la habitación, ya sea por la ventana o por una puerta descuidadamente abierta, y con sus manos agarra velozmente la sombra y la mete en su maletín para luego escabullirse.
Las pocas personas que la vieron apropiarse directamente de su ¿apreciada? pertenencia tienen ataques de desconcierto y furia, ya que su pureza se es difícil de reconstruir, ya que lleva un prolongado tiempo para recuperarla. La sombra no puede desdoblarse en su tamaño original, ya que la bondad alojada en el estuche no le permite escaparse ni emitir ningún ruido. La primera víctima de su tarea fue la maldad, aquella palabra que desazona el alma como todos los defectos. Un adolescente revoltoso cargaba alegremente con ese peso bajo su sombra. Se aprovechaba de la debilidad de alguien para avergonzarlo frente a sus amigos. Hasta que ese desorden se acabó con la acción de Belén. Las sombrías proyecciones llaman la atención de la sagaz joven, por lo que le permite identificar fácilmente a las personas que subliman anomalías. Simplemente espera en la esquina de la avenida principal para cumplir su meta. De entre esa marejada de personas que atraviesan la calle principal, le llamó la atención la sombra de ese chico. Lo siguió hasta su casa y vio por la ventana a la maldad que descansaba sobre las sábanas marrones. El joven no volvería a ser el mismo a partir de la desaparición de su condición.
Luego la adicción a las drogas circundaba a una joven madura que estaba bastante corroída por tal enfermedad. Belén decidió liberarla de tal prisión cuando estaba desvanecida en un callejón sin salida. La sombra descansaba a la par de ella. De manera muy cuidadosa, Belén se acercó a ella y capturó a la tétrica figura para guardarla en su maletín. Cada noche atrapaba a cada defecto, aunque eso implicaba que la noche sea bastante interminable, ya que de un menoscabo pasó a varios. Todos los males fueron capturados por Belén. Desde el sadomasoquismo pasando por la depresión, la lujuria, la ansiedad, el malestar y la psicosis, para luego terminar con la envidia. Le resultaba un poco difícil cargar con tanto mal en su maletín.
Tras escapar de la casa portadora de la codicia, Belén escucha un fuerte disparo y antes de girar para averiguar su origen, siente algo ponzoñoso en su pantorrilla derecha. Se derrumba sobre el suelo pedregoso y el maletín se le escapa de su mano derecha, cayendo a un costado izquierdo. Emite un leve grito y mira su zona de dolor, la cual empieza a sangrar, tiñendo la tierra de rojo. A lo lejos ve al responsable de su caída: el sujeto de la envidia que no es sino un trastornado ejecutivo que envidia desde una lapicera hasta un par de mocasines que ve al pasar. Transpira y los nervios le carcomen su mente cada vez que ve que alguien tiene algo más superior que él. Luego de disparar con su escopeta, su fisonomía se enfría. Sus ojos desorbitados desaparecen de su cuarto y pronto Belén se incorpora torpemente de la tierra haciendo fuerzas con sus dos brazos. Agarra el maletín y empieza correr entre la arboleda.
Se agita y el dolor de su pierna se acrecienta con cada paso que da sobre el suelo. No quiere mirar para atrás. Esquiva las ramas que se le atraviesan en el camino. Mientras huye, piensa en la corta vida que ha padecido. Nunca pudo disfrutar de una vida plena. Pensaba, como las personas carentes de felicidad, que no tenía alguna que otra meta en su vida. Hasta que se topó con ese maletín y su vida cambiaría drásticamente. Su soledad y desamor se solapan con el heroísmo anónimo, aquella suerte de popularidad ignota que sufre, o mejor dicho, que satisface y tranquiliza al humilde titán.
Belén se detiene un poco, ya que el dolor mina sus fuerzas de seguir escapando. Mira a todos los costados y no ve al maléfico sujeto. Respira con dificultad. Luego escucha un crujido entre la maleza. Transpira. Decide continuar con su corrida. Es humano lagrimear. No quiere abandonar su lucha, pero es conciente que su vida va a exhalar su último suspiro. Empieza a ver borroso el paisaje agitado. Luego siente un fuerte malestar en su corazón. Un tiro la desvanece para siempre y cae boca abajo. El maletín cae sobre un suelo empinado. El ejecutivo se muerde los labios. A pasos agigantados avanza hacia el cuerpo de Belén, quien abandona para siempre su extraña lucha por el bien.
El sujeto baja el cañón de su arma sobre la espalda de Belén para cerciorase si vive o no. Sin existencia. Luego se apresura a buscar el maletín, pero no lo encuentra en los alrededores. Bajo el camino inclinado hay una laguna. Maldice. Piensa que tal vez, aunque trata de no dudar, el maletín se hundió en lo profundo del tétrico estanque. Baja por el camino y se acerca al lugar. Pronto una repentina tranquilidad reina en su mente. No sabe a qué le atribuye tal estado mental. La escopeta se le cae de sus manos y traga un poco de saliva al no poder comprender lo que le está pasando. Aquella envidia que aireó su mirada durante mucho tiempo, lo que provocó una fuerte ira hacia los demás, desaparece de su alma. Pero siente un remordimiento tras haber cometido un nefasto crimen. Sus ojos empiezan a lagrimear. Se da vuelta y corre desesperadamente hacia el cuerpo de aquella joven.
El camino es difícil de transitar. Se cae cada vez que llega a la cima. Tras tres intentos, llega al camino llano y no encuentra el cadáver de esa chica. Mira a los costados y no encuentra nada. Se acerca a donde ha ocurrido su fatal caída y no encuentra rastros de sangre. El joven se encuentra realmente confundido por lo que acaece. No sabe qué decir. Mientras, las fatídicas sombras se hunden cada vez en las profundidades del lago para no ser urgidas nunca más. La recóndita bondad cunde a los defectos para siempre y las personas oprimidas de modo conciente respiran un irreconocible sosiego en su pecho.
Larga Vida a la Seguridad!!!!!
Más allá de las implicancias que nutren el amargado episodio, sumado a sus fatídicas consecuencias, Belén piensa solamente en el bien que hace a la humanidad el pecaminoso acto de robar los defectos inmateriales. Aquellos menoscabos que visten, ya sea conciente (en mayor medida) o inconscientemente, a las almas y los convierten en seres alejados de la bondad y humildad, aspectos que aún persisten, pero en ínfimas proporciones. Sus existencias tienen una indudable deuda con la heroica joven. Las “pobres” víctimas no hacen denuncia alguna porque no quieren ser conocidas por sus lúcidas fallas.
La maleta que mantiene agarrada firmemente en su mano derecha no se le fue otorgada por algún allegado suyo, sino que tal objeto lo encontró sobre la rambla de una playa. Semejante hallazgo motivó a que Belén no lo deseche y lo guarde para una posterior función. Fue como una especie de señal. La joven caminaba desolada por el muelle en búsqueda de paz, ya que tal serenidad no la encontraba en el interior de su corazón, hasta que vio un maletín de color negro. Miró a sus alrededores y se percató de que nadie fue a indagar ni tampoco a acudir por él. Se acercó y estaba en perfectas condiciones. Tanto el cuero oscuro como la manija y los cerrojos brillaban ante la tenue luz de la tarde. Tenía duda en abrirla, ya que tal vez el dueño de ese estuche iba a aparecer y la culparía por entrometerse en algo privado. Entonces se alejó un par de metros y esperó dos horas. De vez en cuando miraba de reojo el silencioso mar. Las leves olas sufrían un poco de pereza. Pasó el tiempo y nadie se arrimaba al objeto. No despertaba curiosidad alguna. Fue así que Belén se acercó y lo agarro de la manija. Después se la llevó a la habitación del hotel en donde se alojaba por una semana. Luego se subir por las escaleras, llegó a su cuarto en ingresó al mismo. Se dirigió inmediatamente a su cama y desprendió los cerrojos. Lo abrió y encontró un papel doblado por la mitad. Extrajo el papel y dejó a un costado de su cama la maleta. La joven abrió el papel y leyó en voz baja: “Destierra lo impalpable” Estaba desorientada tras haber leído ese extraño mensaje.
La letra cursiva negra de tal mensaje hacía entender una gran modestia. Quien haya escrito esas palabras provocaba para quien lo lea una extraña belleza, pero también un designio, la de desnaturalizar la virulenta esencia de aquellas malas personas. Su paz iba a entorpecerse con su fin, pero prefería hacer el bien común, y no el propio. Pero para hacer ese bien debía realizar un delito. Robar de por sí es un crimen, pero ¿hurtar un defecto que empobrece la alma lo es?
Armada solamente con su sonrisa y escondida bajo una capucha de lana que deja entrever sus ideales pestañas, sus hermosos ojos color café y su cabello castaño lacio caído hasta su cuello, entabla la heroica misión. Los estados puros son materializados en las sombras muy oscuras proyectadas en las personas. Las sombras claras destilan bondad. En plena luz del día, las sombras se resguardan atrás de la gente, pero en el interior de los hogares sumergido en la intimidad, las sombras de independizan y vagan adentro, mostrando la verdadera condición humana. Más que merodear en el hogar, las sombras descansan sobre la cama y su forma tiende a convertirse en una delgada sombra similar a la de una varilla. Entonces, Belén espera el momento de ingresar a la habitación, ya sea por la ventana o por una puerta descuidadamente abierta, y con sus manos agarra velozmente la sombra y la mete en su maletín para luego escabullirse.
Las pocas personas que la vieron apropiarse directamente de su ¿apreciada? pertenencia tienen ataques de desconcierto y furia, ya que su pureza se es difícil de reconstruir, ya que lleva un prolongado tiempo para recuperarla. La sombra no puede desdoblarse en su tamaño original, ya que la bondad alojada en el estuche no le permite escaparse ni emitir ningún ruido. La primera víctima de su tarea fue la maldad, aquella palabra que desazona el alma como todos los defectos. Un adolescente revoltoso cargaba alegremente con ese peso bajo su sombra. Se aprovechaba de la debilidad de alguien para avergonzarlo frente a sus amigos. Hasta que ese desorden se acabó con la acción de Belén. Las sombrías proyecciones llaman la atención de la sagaz joven, por lo que le permite identificar fácilmente a las personas que subliman anomalías. Simplemente espera en la esquina de la avenida principal para cumplir su meta. De entre esa marejada de personas que atraviesan la calle principal, le llamó la atención la sombra de ese chico. Lo siguió hasta su casa y vio por la ventana a la maldad que descansaba sobre las sábanas marrones. El joven no volvería a ser el mismo a partir de la desaparición de su condición.
Luego la adicción a las drogas circundaba a una joven madura que estaba bastante corroída por tal enfermedad. Belén decidió liberarla de tal prisión cuando estaba desvanecida en un callejón sin salida. La sombra descansaba a la par de ella. De manera muy cuidadosa, Belén se acercó a ella y capturó a la tétrica figura para guardarla en su maletín. Cada noche atrapaba a cada defecto, aunque eso implicaba que la noche sea bastante interminable, ya que de un menoscabo pasó a varios. Todos los males fueron capturados por Belén. Desde el sadomasoquismo pasando por la depresión, la lujuria, la ansiedad, el malestar y la psicosis, para luego terminar con la envidia. Le resultaba un poco difícil cargar con tanto mal en su maletín.
Tras escapar de la casa portadora de la codicia, Belén escucha un fuerte disparo y antes de girar para averiguar su origen, siente algo ponzoñoso en su pantorrilla derecha. Se derrumba sobre el suelo pedregoso y el maletín se le escapa de su mano derecha, cayendo a un costado izquierdo. Emite un leve grito y mira su zona de dolor, la cual empieza a sangrar, tiñendo la tierra de rojo. A lo lejos ve al responsable de su caída: el sujeto de la envidia que no es sino un trastornado ejecutivo que envidia desde una lapicera hasta un par de mocasines que ve al pasar. Transpira y los nervios le carcomen su mente cada vez que ve que alguien tiene algo más superior que él. Luego de disparar con su escopeta, su fisonomía se enfría. Sus ojos desorbitados desaparecen de su cuarto y pronto Belén se incorpora torpemente de la tierra haciendo fuerzas con sus dos brazos. Agarra el maletín y empieza correr entre la arboleda.
Se agita y el dolor de su pierna se acrecienta con cada paso que da sobre el suelo. No quiere mirar para atrás. Esquiva las ramas que se le atraviesan en el camino. Mientras huye, piensa en la corta vida que ha padecido. Nunca pudo disfrutar de una vida plena. Pensaba, como las personas carentes de felicidad, que no tenía alguna que otra meta en su vida. Hasta que se topó con ese maletín y su vida cambiaría drásticamente. Su soledad y desamor se solapan con el heroísmo anónimo, aquella suerte de popularidad ignota que sufre, o mejor dicho, que satisface y tranquiliza al humilde titán.
Belén se detiene un poco, ya que el dolor mina sus fuerzas de seguir escapando. Mira a todos los costados y no ve al maléfico sujeto. Respira con dificultad. Luego escucha un crujido entre la maleza. Transpira. Decide continuar con su corrida. Es humano lagrimear. No quiere abandonar su lucha, pero es conciente que su vida va a exhalar su último suspiro. Empieza a ver borroso el paisaje agitado. Luego siente un fuerte malestar en su corazón. Un tiro la desvanece para siempre y cae boca abajo. El maletín cae sobre un suelo empinado. El ejecutivo se muerde los labios. A pasos agigantados avanza hacia el cuerpo de Belén, quien abandona para siempre su extraña lucha por el bien.
El sujeto baja el cañón de su arma sobre la espalda de Belén para cerciorase si vive o no. Sin existencia. Luego se apresura a buscar el maletín, pero no lo encuentra en los alrededores. Bajo el camino inclinado hay una laguna. Maldice. Piensa que tal vez, aunque trata de no dudar, el maletín se hundió en lo profundo del tétrico estanque. Baja por el camino y se acerca al lugar. Pronto una repentina tranquilidad reina en su mente. No sabe a qué le atribuye tal estado mental. La escopeta se le cae de sus manos y traga un poco de saliva al no poder comprender lo que le está pasando. Aquella envidia que aireó su mirada durante mucho tiempo, lo que provocó una fuerte ira hacia los demás, desaparece de su alma. Pero siente un remordimiento tras haber cometido un nefasto crimen. Sus ojos empiezan a lagrimear. Se da vuelta y corre desesperadamente hacia el cuerpo de aquella joven.
El camino es difícil de transitar. Se cae cada vez que llega a la cima. Tras tres intentos, llega al camino llano y no encuentra el cadáver de esa chica. Mira a los costados y no encuentra nada. Se acerca a donde ha ocurrido su fatal caída y no encuentra rastros de sangre. El joven se encuentra realmente confundido por lo que acaece. No sabe qué decir. Mientras, las fatídicas sombras se hunden cada vez en las profundidades del lago para no ser urgidas nunca más. La recóndita bondad cunde a los defectos para siempre y las personas oprimidas de modo conciente respiran un irreconocible sosiego en su pecho.
Larga Vida a la Seguridad!!!!!
1 comentario:
Hola Fer!!! como andas?? buenisimo este escrito, ahora que puedo leer mas me pongo al día, te puse en mi lista de blogs favoritos te tengo en cuenta je, publique lo que te había comentado,espero estes bien besos!!!
Majo
www.refugiodelkaos.blogspot.com
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