
El vapor del vidrio del botiquín pierde su turbia visibilidad tras el paso de su mano derecha. Aún está empañado el vidrio. Cristina no repara en ello. Se agacha y abre la puerta del tocador blanco. Extrae una toalla celeste y cierra la puerta del mueble. Se refriega la toalla por los costados de su cabello castaño mientras cierra sus ojos. Se saca la toalla y la deja sobre la banqueta blanca, ubicada al costado izquierdo del tocador. Toma de vuelta la toalla y lo pasa por el vidrio. Cristina puede ver su reflejo. Mira extrañada y respira melancolía.
Abre la puerta del baño y el pasillo encuentra el vaho de la ducha. Cristina ingresa a su habitación y cierra la puerta tras ella. La ropa del día descana sobre la frazada marrón de su cama. Se despoja de la toalla multicolor que la envuelve desde su pecho hasta los tobillos y la deja sobre el espaldar de la silla de madera del escritorio. Se viste. La vestimenta es acorde a su estilo. Linda entre la seriedad y la sumisión. Se etiqueta con lo claroscuro, su color académico. Tras la ropa interior, se pone una remera blanca y un escote negro que aparenta ser un jovial jardinero con las clásicas tiras bien abotonados sobre el hombro. Medias oscuras y zapatos negros finalizan su cambio. Pronto, un dolor de cabeza invade su leve equilibrio. Se acerca a la mesa del escritorio y agarra sus anteojos que yacen dentro del estuche gris. Lo abre y se los pone. Es notable el brillo que despide el grueso armazón de color negro. A pesar de las burlas que se cuchichean atrás de ella, Cristina ama esos anteojos. La hacen parecer una joven que ostenta una alta IQ. Sin embargo, ello no desagravia su estado de ánimo debido a su idilio nulo.
Desde que tiene uso corriente de la razón hasta su actual edad de 25 años, Cristina no ha probado hasta el momento un beso. De ahí radica su patético estado. Tener esa decisiva edad y no sentir un emocional abrazo la entristece un poco, aunque no se avoca pura y exclusivamente a pensar en labios sellados. Sólo se cabizbaja cuando está sola. O sea, sinceramente, siempre. De ahí radica su crispante melancolía. Todo esto suma una autoestima baja, pero ella trata de enmascararla, según la situación, bajo un manto de superación. Se convence de aquella remota idea de que todo funcionará mejor en un abrir y cerrar de sus ojos marrones. Aunque ello es casi imposible, ella persevera.
Tuvo la oportunidad de ser besada. Semejante expectativa fue disipada. En noveno grado de la primaria, sus labios anhelaban las caricias de Ezequiel, pero aquel anodino sujeto sólo existía en su mente. Se sentaba adelante, mientras que él, atrás, aquel lugar predilecto de las almas vagas e idiotas. De vez en cuando, o mejor dicho, siempre, volteaba su cabeza para contemplarlo. En un momento, él sonrió. Ella, muy contenta. Sin embargo, esa sonrisa iba dirigida para su compañera, Diana. Tuvo que tragar tal amargura y procesarla en su habitación. Pero no pudo esperar. En el segundo recreo, se dirigió a la biblioteca, buscó un libro de Historia contemporánea y, simulando que leía de modo atento, las páginas sintieron sus lágrimas. Desde entonces, cada año de la secundaria implicaba eso: frustración cardiaca. Su look harapiento, lejano de los dictados de la moda fastuosa, no le brinda cierta atracción sobre el sexo opuesto. Ella prefiere conservar su humildad. No tiene grandes cualidades, salvo la de su inteligencia que le ha permitido triunfar en todos los exámenes y llegar al lugar que ocupa: ejecutiva a tan temprana edad. Aún así, quiere amar y ser amada.
Ahora ve bien. Se dirige al armario y abre su puerta lateral derecha. Atrás de ella, un espejo. Se mira y se acomoda la ropa. Saca dos pelusas de su jardinero encubierto. “Bien…” balbucea. No habla mucho. Se limita a proferir cuando alguien le pide un consejo, pero es concisa. De hecho, es tímida, lo que provoca que no sea habitué de salidas nocturnas, y en el caso que sea, debe juntarse con alguien para disfrutarlas. Su soledad se acrecienta.
Mira al costado y elige uno de los muchos perfumes que le ha obsequiado su madre cada año. De entre todos, elige el que sabe a jazmín. Lo agarra con la mano izquierda y presiona el borde, con lo que sale el suave contenido. Lo pone en su lugar. Atrás de las colonias, hay un estuche de plástico azul. Allí se encuentra su incomodo y despojado recuerdo materializado en los brackets. Cuando el dentista le dio la grata noticia de abandonarlos para siempre, miró al techo blanco del consultorio en son de paz y alivio. Se dio cuenta de que las cosas ibas a ponerse a su lado para bien. Esos frenos, invisibles para algunos, la deslucían mucho. Se sentía un bicho. Por suerte, esos incómodos aparatos dentales quedaron como una anécdota para ennegrecer una tarde.
Cierra la puerta del mueble y va al baño. Recoge la ropa casual que se había puesto antes de bañarse y la lleva al cesto de ropa sucia, ubicado en el pasillo. No es que esté sumergida en la inmundicia, pero lava sus prendas cada tres días. Luego, regresa al baño y limpia el piso. Apaga las luces y cierra la puerta. Se da media vuelta y vuelve al baño. Se lava bien las manos con el jabón amarillo. Pone una nueva toalla color violeta y se las seca. Agarra el peine y se cepilla su descuidado cabello. Se torna suave. Luego abre el botiquín y saca el estuche de cosméticos. A pesar del rimel, la sombra y el lápiz labial, su aspecto sigue estando intacto. Contempla su reflejo en el espejo, el cual permanece impregnado de vapor en los costados superiores e inferiores. Agarra el lápiz labial y dibuja un pequeño corazón en el centro del espejo. Casualidad o no, la forma encuadra en su pequeña boca.
Guarda los cosméticos en la caja y la pone en su lugar. Se observa nuevamente en el espejo y piensa: “¿Por qué los soy? ¿Qué hice de malo en la vida? Obré lo correcto… Nací así… No sé como decirlo… 25 años y ningún novio. Que triste…” Cierra sus ojos y los abre para ver si engalana una magia, pero es en vano. Abandona el baño. Se va a la cocina y pone a fuego lento la cafetera. Mientras espera a endulzar su paladar, se va al comedor, en donde se encuentra su maletín. Revisa las carpetas a llevar para la exposición. Todo en orden. Vuelve a la cocina. Agarra una taza con borde naranja de la alacena y le agrega tres cucharadas de azúcar del yerbero. El café esta listo. Sirve el contenido hasta más de la mitad de la taza. Mezcla y prueba. Justo de azúcar. Agarra la taza y bebe. Mientras lo hace, ve al vecino de al lado, llamado Luis, que sale por la puerta de atrás con una gran bolsa de consorcio gris. Pasa por el patio y la deja en el cesto metálico de basura. Vuelve por el patio y entra a su casa. Desde que se mudó a este vecindario, Cristina ha visto a este joven como un completo ermitaño. Cultiva un estado solitario. Un poco se alivia Cristina, debido a que hay una persona que padece un estado más calamitoso que el suyo. Un poco la hace feliz, pero a costa de otra, así que esa tranquilidad se le borra de su cara.
Termina de beber el café y lava la taza. Lo deja en el secapalatos y apaga las luces de la cocina. Agarra el maletín y su cartera. Abre la puerta con su llave y sale afuera. El aire es húmedo. Justo cuando sale al exterior se topa bruscamente con Luis, su vecino, quien la mira desde pies a cabeza. Cristina se asusta. No sabe qué hacer. Luis está a punto de decir algo, pero se arrepiente y sigue su camino. La joven trata de mantener un poco la calma. El imprevisible susto es acompañado por la inusitada contemplación de aquel misterioso hombre por ella. Además, ella no estuvo tan cerca de un hombre. Una increíble mixtura de sensaciones ataca su mente. Mientras cierra la puerta con llave, ve a aquel extraño ser que se aleja torpemente.
Luis se detiene y gira su cabeza para verla. Ella, rápidamente simula buscar algo en la cartera negra. Ella percibe que sigue viéndola sin caer en el malvado acoso. Por un lado, desea que su vecino se vaya, pero por el otro, que se quede un par de minutos contemplándola, ya que es la primera vez que llama la atención de alguien sin hacer nada exagerado o escabroso. Finalmente, Luis se da la vuelta y camina derecho. Cristina lo ve marcharse. Cierra su cartera, agarra fuertemente el maletín y se dirige a tomar el colectivo. “Perdedora…” murmura levemente en el aire y menea su cabeza amen de negar su lóbrego destino. Apoya su espalda sobre la puerta de su casa. Siente un perfume masculino, por lo que apuesta a que es de ese joven. Huele a timidez, misterio y ternura. Suspira anhelo. Cierra sus ojos y espera a abrirlos para despertar en una atmósfera prospera, libre de ataduras que opriman su corazón. Quizás ese claro y triste mote adjudicado a su alma se este despedazando poco a poco… si es que ella persevera.
Larga Vida al Laurel!!!!!
Abre la puerta del baño y el pasillo encuentra el vaho de la ducha. Cristina ingresa a su habitación y cierra la puerta tras ella. La ropa del día descana sobre la frazada marrón de su cama. Se despoja de la toalla multicolor que la envuelve desde su pecho hasta los tobillos y la deja sobre el espaldar de la silla de madera del escritorio. Se viste. La vestimenta es acorde a su estilo. Linda entre la seriedad y la sumisión. Se etiqueta con lo claroscuro, su color académico. Tras la ropa interior, se pone una remera blanca y un escote negro que aparenta ser un jovial jardinero con las clásicas tiras bien abotonados sobre el hombro. Medias oscuras y zapatos negros finalizan su cambio. Pronto, un dolor de cabeza invade su leve equilibrio. Se acerca a la mesa del escritorio y agarra sus anteojos que yacen dentro del estuche gris. Lo abre y se los pone. Es notable el brillo que despide el grueso armazón de color negro. A pesar de las burlas que se cuchichean atrás de ella, Cristina ama esos anteojos. La hacen parecer una joven que ostenta una alta IQ. Sin embargo, ello no desagravia su estado de ánimo debido a su idilio nulo.
Desde que tiene uso corriente de la razón hasta su actual edad de 25 años, Cristina no ha probado hasta el momento un beso. De ahí radica su patético estado. Tener esa decisiva edad y no sentir un emocional abrazo la entristece un poco, aunque no se avoca pura y exclusivamente a pensar en labios sellados. Sólo se cabizbaja cuando está sola. O sea, sinceramente, siempre. De ahí radica su crispante melancolía. Todo esto suma una autoestima baja, pero ella trata de enmascararla, según la situación, bajo un manto de superación. Se convence de aquella remota idea de que todo funcionará mejor en un abrir y cerrar de sus ojos marrones. Aunque ello es casi imposible, ella persevera.
Tuvo la oportunidad de ser besada. Semejante expectativa fue disipada. En noveno grado de la primaria, sus labios anhelaban las caricias de Ezequiel, pero aquel anodino sujeto sólo existía en su mente. Se sentaba adelante, mientras que él, atrás, aquel lugar predilecto de las almas vagas e idiotas. De vez en cuando, o mejor dicho, siempre, volteaba su cabeza para contemplarlo. En un momento, él sonrió. Ella, muy contenta. Sin embargo, esa sonrisa iba dirigida para su compañera, Diana. Tuvo que tragar tal amargura y procesarla en su habitación. Pero no pudo esperar. En el segundo recreo, se dirigió a la biblioteca, buscó un libro de Historia contemporánea y, simulando que leía de modo atento, las páginas sintieron sus lágrimas. Desde entonces, cada año de la secundaria implicaba eso: frustración cardiaca. Su look harapiento, lejano de los dictados de la moda fastuosa, no le brinda cierta atracción sobre el sexo opuesto. Ella prefiere conservar su humildad. No tiene grandes cualidades, salvo la de su inteligencia que le ha permitido triunfar en todos los exámenes y llegar al lugar que ocupa: ejecutiva a tan temprana edad. Aún así, quiere amar y ser amada.
Ahora ve bien. Se dirige al armario y abre su puerta lateral derecha. Atrás de ella, un espejo. Se mira y se acomoda la ropa. Saca dos pelusas de su jardinero encubierto. “Bien…” balbucea. No habla mucho. Se limita a proferir cuando alguien le pide un consejo, pero es concisa. De hecho, es tímida, lo que provoca que no sea habitué de salidas nocturnas, y en el caso que sea, debe juntarse con alguien para disfrutarlas. Su soledad se acrecienta.
Mira al costado y elige uno de los muchos perfumes que le ha obsequiado su madre cada año. De entre todos, elige el que sabe a jazmín. Lo agarra con la mano izquierda y presiona el borde, con lo que sale el suave contenido. Lo pone en su lugar. Atrás de las colonias, hay un estuche de plástico azul. Allí se encuentra su incomodo y despojado recuerdo materializado en los brackets. Cuando el dentista le dio la grata noticia de abandonarlos para siempre, miró al techo blanco del consultorio en son de paz y alivio. Se dio cuenta de que las cosas ibas a ponerse a su lado para bien. Esos frenos, invisibles para algunos, la deslucían mucho. Se sentía un bicho. Por suerte, esos incómodos aparatos dentales quedaron como una anécdota para ennegrecer una tarde.
Cierra la puerta del mueble y va al baño. Recoge la ropa casual que se había puesto antes de bañarse y la lleva al cesto de ropa sucia, ubicado en el pasillo. No es que esté sumergida en la inmundicia, pero lava sus prendas cada tres días. Luego, regresa al baño y limpia el piso. Apaga las luces y cierra la puerta. Se da media vuelta y vuelve al baño. Se lava bien las manos con el jabón amarillo. Pone una nueva toalla color violeta y se las seca. Agarra el peine y se cepilla su descuidado cabello. Se torna suave. Luego abre el botiquín y saca el estuche de cosméticos. A pesar del rimel, la sombra y el lápiz labial, su aspecto sigue estando intacto. Contempla su reflejo en el espejo, el cual permanece impregnado de vapor en los costados superiores e inferiores. Agarra el lápiz labial y dibuja un pequeño corazón en el centro del espejo. Casualidad o no, la forma encuadra en su pequeña boca.
Guarda los cosméticos en la caja y la pone en su lugar. Se observa nuevamente en el espejo y piensa: “¿Por qué los soy? ¿Qué hice de malo en la vida? Obré lo correcto… Nací así… No sé como decirlo… 25 años y ningún novio. Que triste…” Cierra sus ojos y los abre para ver si engalana una magia, pero es en vano. Abandona el baño. Se va a la cocina y pone a fuego lento la cafetera. Mientras espera a endulzar su paladar, se va al comedor, en donde se encuentra su maletín. Revisa las carpetas a llevar para la exposición. Todo en orden. Vuelve a la cocina. Agarra una taza con borde naranja de la alacena y le agrega tres cucharadas de azúcar del yerbero. El café esta listo. Sirve el contenido hasta más de la mitad de la taza. Mezcla y prueba. Justo de azúcar. Agarra la taza y bebe. Mientras lo hace, ve al vecino de al lado, llamado Luis, que sale por la puerta de atrás con una gran bolsa de consorcio gris. Pasa por el patio y la deja en el cesto metálico de basura. Vuelve por el patio y entra a su casa. Desde que se mudó a este vecindario, Cristina ha visto a este joven como un completo ermitaño. Cultiva un estado solitario. Un poco se alivia Cristina, debido a que hay una persona que padece un estado más calamitoso que el suyo. Un poco la hace feliz, pero a costa de otra, así que esa tranquilidad se le borra de su cara.
Termina de beber el café y lava la taza. Lo deja en el secapalatos y apaga las luces de la cocina. Agarra el maletín y su cartera. Abre la puerta con su llave y sale afuera. El aire es húmedo. Justo cuando sale al exterior se topa bruscamente con Luis, su vecino, quien la mira desde pies a cabeza. Cristina se asusta. No sabe qué hacer. Luis está a punto de decir algo, pero se arrepiente y sigue su camino. La joven trata de mantener un poco la calma. El imprevisible susto es acompañado por la inusitada contemplación de aquel misterioso hombre por ella. Además, ella no estuvo tan cerca de un hombre. Una increíble mixtura de sensaciones ataca su mente. Mientras cierra la puerta con llave, ve a aquel extraño ser que se aleja torpemente.
Luis se detiene y gira su cabeza para verla. Ella, rápidamente simula buscar algo en la cartera negra. Ella percibe que sigue viéndola sin caer en el malvado acoso. Por un lado, desea que su vecino se vaya, pero por el otro, que se quede un par de minutos contemplándola, ya que es la primera vez que llama la atención de alguien sin hacer nada exagerado o escabroso. Finalmente, Luis se da la vuelta y camina derecho. Cristina lo ve marcharse. Cierra su cartera, agarra fuertemente el maletín y se dirige a tomar el colectivo. “Perdedora…” murmura levemente en el aire y menea su cabeza amen de negar su lóbrego destino. Apoya su espalda sobre la puerta de su casa. Siente un perfume masculino, por lo que apuesta a que es de ese joven. Huele a timidez, misterio y ternura. Suspira anhelo. Cierra sus ojos y espera a abrirlos para despertar en una atmósfera prospera, libre de ataduras que opriman su corazón. Quizás ese claro y triste mote adjudicado a su alma se este despedazando poco a poco… si es que ella persevera.
Larga Vida al Laurel!!!!!
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