martes, 2 de junio de 2009

Limbo


Nunca estuvo tan cerca de ella hasta este momento. Antes, cualquier evento, desde el más insípido hasta el más comprensivo, imposibilitaba concretar una cita. Casualidad o no (aunque no existe la eventualidad, sino el delicado destino), Guido encuentra a Telma, quien se refugia en la galería donde él se encuentra. En ese momento, Guido no maldice en voz baja a la fría y molesta lluvia. Al verla, siente una emoción que trastoca todo su corazón. Sonríe. Aún Telma no se ha dado cuenta de la presencia de Guido, ya que en la galería en donde se encuentran reina una lóbrega oscuridad. Se acentúa más por la culpa del día gris. La joven se percata de que hay una persona atrás suyo, pero lo ignora. No confía mucho en extrañas personas. Y menos si le son desconocidas. Guido no sabe cómo acercarse a aquella joven que lo sonroja cada vez que la ve.

Suspira y carraspea. Ve a esa hermosa chica que mira a los costados en búsqueda de un fortuito taxi. Sólo autos particulares. Guido junta valor y le dice a Telma: “Acá estamos… esperando a que la suerte nos abrace en este día” Ella frunce el ceño. Conoce aquella voz. Se da media vuelta y trata de reconocer esa sombra. Guido se acerca a la tenue penumbra y ella abre bien grande sus ojos color almendra. Tal asombro se convierte en una gran emoción. “¡Guido!, ¿cómo estas? ¡Tanto tiempo sin verte!” Ella lo abraza. Él, siente que se desvanece. ¿Por qué sueña despierto? Se aleja de tal fantasía propia de una dulce novela. “Tel… Telma” alcanza decir y ella se da la vuelta para enfrentar a tal persona.

Aquella magia que Guido había recreado en su mente decae de manera abrupta sobre el suelo. No queda ni la más mísera partícula de la que forma tal ensueño. Simplemente, ella se da vuelta y apenas levanta la ceja izquierda en son de una grata sorpresa. “Ah,… vos… ¿cómo te va? Me vas a matar, pero no me acuerdo tu nombre” Guido se extraña. Seis años han compartido en la universidad, plagado de apuntes y recargados trabajos prácticos. Aún así, ella no recuerda el nombre de ese joven que la ayudó a comprender irresueltas hojas de comprensión lectora. Ella se tapa la boca y mira hacia arriba para tratar de recordar su nombre. A los seis segundos, lo mira y le dice: “¿Juan?” Guido suspira y le dice su nombre en tono de compasión.

Ah, sí. Guido… Sí, me acuerdo de vos”. Él espera un beso en la mejilla o un abrazo, pero siente que ella no quiere. Decide él darle un beso en la mejilla derecha apoyando su mano sobre su delicado hombro derecho. Siente una terrible frialdad en su mejilla. Ella no acompaña el gesto afectuoso. Largo mutis. Se escucha la palpitante lluvia. Guido le pregunta: “Hace seis años que no te veo. ¿Qué es de tu vida?”. Esa frialdad se refleja en su mirada. “Bueno, ¿qué te puedo decir?... Ja, no sé qué decir… Bien”. Sus ojos se pierden en la nada. Sólo contempla la palpitante lluvia. Guido se ve en la necesidad de forzar la charla. “Menos mal. Te cuento… Desde que terminamos los estudios, me dediqué pura y exclusivamente a buscar trabajo. Y así lo conseguí. Trabajo en un estudio jurídico. Gano bien, así que, bueno,… estoy bien” Él mira a Telma con mucho aprecio. Ella no le dirige la mirada. Asienta la cabeza. “Te felicito” le dice.

Mutis. “Me vas a tener que perdonar… Guido, ¿no?” - él asienta - “Guido… no tengo un preciso recuerdo tuyo. Podes interrumpirme si me equivoco, pero creo, creo, que me ayudabas a entender esos textos aburridos y complicados días antes de los parciales. ¿Estoy en lo cierto?” Guido afirma. “Ahora me acuerdo bien” - continúa -“fuimos muy buenos compañeros”. “¿Fuimos? Temo por aquellas palabras” piensa Guido. “Por suerte, hicimos una buena dupla. Pero el crédito total te correspondía. Yo me avergonzaba cuando la profesora me preguntaba algo sobre un trabajo que hicimos… No sabía qué responderle, pero vos estabas allá, salvándome”, aclara Telma. Esas últimas palabras acaban de enternecer aún más a Guido. Luego, ella mira la lluvia.

Algunas transeúntes corren en búsqueda de un refugio estable, libre del ajetreo y de las goteras. Algunos optan por entrar a un bar y tomar un café o un té para entibiar sus cuerpos. Otros entran en los pequeños mercados sin presagiar la mirada desalentadora del dueño e instarle a que compre por lo menos un caramelo masticable. Los que esperan en las paradas aguardan a la espera de un bendito colectivo. Algunos automovilistas se funden en los charcos para enchastrar la ropa de los pobres sujetos. Algunos lo hacen adrede, otros… no saben lo que hacen. Frente a Telma y a Guido, cruza un joven que mantiene agarrada la mano de una chica por atrás. Los dos extraños carcajean levemente. Atrás de ellos, corre un perro raza Fox Terrier. Las burbujas que nacen en los charcos del cordón de la vereda indican que la lluvia va a prolongarse por horas.

El cielo se empieza a oscurecer. El anochecer acomete su primera arremetida contra la fría tarde. “¿Qué andabas haciendo por acá?” le pregunta a Telma, quien responde sin mirarlo: “¿Por acá? Vengo de ver un departamento. Acá, a siete cuadras,” - se inclina un poco hacia fuera y señala con el índice derecho a la derecha - “el alquiler es un poco costoso, pero vale la pena porque tengo todo a mano: el trabajo y lugares para pasear y comprar”. Pronto suena el celular de Telma. Abre su cartera color beige y saca el teléfono. Es un mensaje de texto. Guido advierte que ella sonríe tras la llamada. Luego de veinte segundos, cierra la tapa de su celular y lo guarda en su cartera.


¿Y vos? ¿Trabajas por estos lados o qué?”, le pregunta a Guido. “Sí, trabajo en el estudio jurídico que queda a diez cuadras de donde estamos ahora. Ni bien terminé de salir del estudio, empezó a llover. Ni un refugio había a la vista. Justo me topé con este”. La galería permanece cerrada por estructuración de los locales, los cuales mantienen cerradas sus persianas metálicas. A la izquierda, hay un local de confitería y uno de ropa de bebés; a la derecha, uno de telefonía celular y uno de computación. Al fondo apenas se puede ver una escalinata que da entrada a más negocios de diversa índole. La oscuridad no permite ver más allá de eso.

¿Trabajas o estudias, Telma?” le pregunta. Ella mira la nada oscura de atrás. Guido mira atrás suyo para ver qué la hace perder. “Telma… ¿Telma?”. Hace un además con su mano izquierda. Por fin, ella se desconcentra y lo mira. Le pregunta que desea. Vuelve a preguntarle acerca de su ocupación actual, a lo que ella responde: “Ah, perdoná… Sí… Trabajo y estudio al mismo tiempo. Por suerte, estoy bien en eso. Soy una barwoman, por así decirlo, y estudio para ser nutricionista. Los tiempos me dan para estudiar a la mañana y trabajar a la noche. Estoy contenta con eso”.

La lluvia es intermitente. No deja respiro a las veredas. Empieza a correr viento. Telma se corre y se coloca al costado derecho de Guido. A pesar del naciente frío, él siente apenas un roce cálido de ella. “No me animo”, se tortura. Telma estornuda y busca en su cartera un pañuelo descartable. Nada. Él saca del interior de su mochila color verde pastel un pañuelo. Le da en la mano y siente la piel tibia de aquella hermosa ¿amiga? Traga un poco de saliva. Ella le agradece el gesto con una mirada lánguida. Guido siente una profunda emoción. Pensar que esa mirada característica de Telma lo hizo soñar todos los días de su vida. Aún revolotea ese claro gesto en sus ojos. ¡Las veces que le ha alegrado ese corazón cuando lo miraba así! Él atinaba sólo a sonreír con torpeza y bajar la mirada porque tenía miedo de morir. Guido no sabe qué decir. Contemplan la lluvia. Telma se abrocha su campera de cuero marrón. Nuevamente suena el celular de Telma, quien lo saca de su cartera. Nuevo mensaje de texto. “Esperá un rato”, le dice a Guido. Se aleja hacia la oscuridad. Él ve la penumbra que desprende la pantalla de su celular. Puede verle una sonrisa de confort. Se tapa la boca como si una persona pecara de vanidad. Retira la mano de su boca y le contesta el mensaje. Guido deja de contemplarla y mira la calle. Junta sus dos manos en forma de puño y se las lleva a su boca. Sopla en su interior para calentarlas.

Telma cierra su celular y lo pone en su cartera. Vuelve hacia Guido. “Hace frío, ¿no, Guido?” le pregunta. “Sí, mucho” responde. Silencio. Guido mira cabizbajo y desde esa piadosa posición le dice: “Telma… voy a arriesgarme con lo que voy a decirte, pero gran parte de mi no puede acallarlo… Tal vez no te vea más a partir de esto, pero quiero que sepas que… ¿cómo decirlo?... que desde hace mucho tiempo no dejo de pensar en una chica a la que realmente estimo demasiado. Creo que a eso no se le llama amistad. Va más allá de eso. No se si me entendés”. Guido cierra sus ojos y mira a Telma, quien tiene la mirada pensativa en la lluvia. “Dudo que me haya escuchado” piensa Guido. La joven aparta su mirada por un rato y le dice: “¿Qué?... Ah, perdoná Guido. No te escuché. Es que estaba pensando”. Guido frunce su ceño y le pregunta: “¿En qué?”. Telma lo mira con un especial brillo en los ojos y le dice bien de cerca: “Te cuento: tal vez me viste un poco atolondrada en estos momentos, pero lo que pasa es que pienso en un chico que acabo de conocer hace una semana. Se llama Mario y es un divino. Escuchá” - saca de su cartera el celular y se va al menú de los recientes mensajes de texto - “Telma, te extraño mucho. Deseo verte el domingo. ¿Podré? Besos. Te quiero. Mario”.

¿Qué te parece? ¿No es un ángel?” le pregunta con un exaltado entusiasmo a Guido, quien qué decir acerca de eso. Siente más frío de lo costumbre. “Sí, lo es” dice. Las luces de los faroles de los autos que pasan por la calle están prendidas y se reflejan en la acera. “Por eso estaba perdida. Simplemente pensaba y pienso en él, en Mario. Me encanta decirlo” dice con una sonrisa. “¿Y vos, Guido? ¿Novia?” se acerca más a él, quien mira perdidamente en la atmósfera casi nocturna del día. ¿Acaso es una bruma que imprevistamente envuelve la calle o sus ojos se nublaron y los siente más cristalinos que nunca?

Larga Vida a la Atención!!!!!

No hay comentarios: