
Constanza atraviesa la interna y apretada marejada de pasajeros en el colectivo para llegar al fin a la puerta trasera y apretar con su mano derecha el timbre negro. El bus disminuye la velocidad y la puerta se abre. Ella baja y atrás de ella bajan un joven de mediana edad y un hombre veterano. Sube a la acera y camina en línea recta. La vereda por donde ella camina, al igual que todas, está atestadas de transeúntes impacientes de arribar a sus casas y continuar construyendo su mundo privado. La joven agarra fuertemente su cartera de cuero marrón para evitar cualquier sacudida proveniente de un incurable maleante. Tras una tranquila caminata de tres cuadras, llega al edificio en donde vive.
Abre la puerta de vidrio y saluda al portero, quien devuelve el mismo gesto de amabilidad. En frente de ella, el ascensor. Ingresa a él y aprieta con su índice derecho el botón del 4º Piso. Mete su mano izquierda en el interior de la cartera para aseverar si su celular esta allí adentro. Por suerte, está sano a salvo. En el 2º Piso, el elevador se detiene e ingresan una mujer con su hijo. La madre pulsa con su mano derecha el botón del 7º Piso. Se cierran las puertas y el ascensor sigue su recorrido. Finalmente, Constanza llega al piso deseado. Sale del elevador y se cierran las puertas. Dobla a la izquierda. El piso está alfombrado con color rojo tirando a pardo. Las paredes, color beige. Pequeños cuadros enmarcados con color negro con motivos de paisajes cuelgan en las paredes. En cada esquina, un jarrón azul con una potus. Las luces amarillas se desprenden de las lamparas incrustadas en el techo color verde pastel. La joven dobla a la derecha y sigue derecho hasta llegar a su departamento.
Abre el cierre de su cartera y saca su llavero. Advierte en la rendija inferior de la puerta por donde pasan siempre el fortuito diario y los afligidos impuestos una carta blanca a media pasar por la hendidura. Pone la llave en la cerradura y se agacha para sacar la epístola. Ve en el remitente. Ve un dibujo de un corazón pintado de rojo. Se asombra al ver que en la parte de destinatario dice solamente dos palabras escritas con tinta roja: Te Amo. La agarra con las dos manos como si fuera un bello misterio. La pone en su cartera y se incorpora del suelo. Abre la puerta, entra a su mundo privado y cierra la puerta con el pasador.
Prende la luz del comedor y deja su cartera en el sillón de cuero negro, no sin antes sacar ese sobre. La deja sobre la mesa de mármol y se va al baño para lavarse las manos. Prende la luz y se las higieniza. Se las seca con una toalla naranja y apaga la luz. Vuelve al comedor y se sienta en la silla de la mesa. Agarra la carta con las dos manos y se concentra en esa inocente letra cursiva. Lo abre por el costado izquierdo y saca la esquela. Es una pequeña hoja rayada en forma horizontal plegada en dos. Deja la carta a un costado y abre la hoja. “Un día…” lee en la mitad de la hoja. La letra, con el mismo color y letra del destinatario. Constanza se tapa la boca con su mano derecha y se sorprende ante la extrañeza y simplicidad que despierta tal contenido. No sale del presente asombro.
Se levanta de la silla y se dirige a la cocina. Prende la luz y abre la puerta izquierda de la alacena. Saca un vaso y cierra la puerta. Abre el grifo de agua fría y llena el vaso por la mitad. La cierra. Bebe un sorbo y frunce su ceño. Mira al techo color pastel y trata de descifrar lo acaecido. Lleva el vaso en su mano derecho y se retira de la cocina. No bien llega al umbral del comedor se detiene. Ve un sobre.
Deja el vaso en la mesa y un leve entusiasmo la empuja a recoger el sobre sin agacharse, sacar el pasador y abrir la puerta. Mira a los costados. Nadie a la vista. Cierra la puerta. El mismo sobre con el mismo remitente: un corazón. El mismo destinatario: Te Amo. Se sienta en el sillón y corre a un pequeño costado su cartera. Por unos segundos teme que alguien la este acosando. ¿Y si acaso esa inquietante idea no es cierta? ¿Y si acaso ella es una errónea destinataria? ¿Tal vez alguien la ama? Su corazón se angustia y se enternece al mismo tiempo. Corta en forma cuidadosa el costado izquierdo del sobre y saca la hoja.
“…sonreiré…” Constanza hace lo mismo. Se le dibuja en su joven rostro una gran sonrisa. El misterio crece a cada minuto. Mientras sonríe, se tapa medio rostro con su mano derecho. “¿Quién es?”, balbucea. Trata de pensar, pero aquellas palabras redactadas que zumban en sus oídos no le permiten interpretar tal enigma. Escucha un par de pasos en el pasillo de afuera. Sin levantarse del sillón de cuero, asoma su cabeza y observa la rendija por donde la luz se ve. La sombra sigue de largo. Vuelve a su estado. Suspira. Levanta su vista y mira la hora. 20:25 PM. Se levanta del sillón y deja la carta junto con la hoja sobre el comedor. Va la cocina y prepara la cena. Pasta con salsa napolitana. Le demanda media hora prepararla. Entre ese momento de preparar los ingredientes, cocinarlos y volcarlo al plato, no puede asimilar lo que le pasa. Mezcla de incógnita y entusiasmo se desparrama en sus ojos marrones. De vez en cuando se acerca un poco para ver la rendija de la puerta. Ningún sobre.
El plato cuadrado siente la rica pasta con salsa. Constanza prepara la mesa para cenar. Lleva los cubiertos, una botella con jugo de naranja, una servilleta, el salero y la panera con dos miñones. Estando la mesa lista, se dispone a traer el plato. Cuando vuelve al comedor, ve una sombra a través de la hendidura. Ella se paraliza. No sabe qué hacer. Luego esa silueta hace meter una carta. Constanza abre los ojos bien grande. Deja el plato sobre la mesa y la sombra desaparece. Se abalanza sobre la puerta. Recoge la esquela. Saca el pasador y la abre. Mira a los costados. Nadie. Saca la llave de su puerta y la cierra. Corre hacia la esquina y llega. Nadie. Retorna a su departamento. Abre la puerta y entera. La cierra. Aún, humea el sabroso plato. Antes de sentarse para comer, ve la epístola. Mismo remitente, mismo destinatario. Lo abre. “…cuando sepa…” Sólo dice eso. Para ella, es de una creciente inmensidad lo que trata de expresar ese misterioso escritor. “¿Acaso tengo un admirador secreto?” piensa.
Lleva el sobre con la hoja hacia la mesa. Se sienta y come. Mientras come, mira al costado la ventana, por donde apenas se ve la luna entremezclada con las nubes nocturnas. La comida es muy sazonada. En frente del plato, están las tres extrañas pero galantes cartas. Trata nuevamente de concentrase en el sigilo que rodea a esos escritos. Piensa en quienes pueden haber escrito esas dulces palabras. “Apenas tengo diálogo con Rubén, así que no creo que sea él” susurra. La primera persona a barajar es el vecino del próximo departamento, un hombre de mediana edad muy reservado y tímido, aunque un poco oscuro. “Gustavo… está en pareja”. Ese joven vive en el departamento anterior a ella. En frente a su rico mundo, vive Carla, quien está casada con Luis, un hosco hombre cansado de gritarle a su mujer por motivos insignificantes. “Obviamente, ese señor no tiene el tacto para decir semejantes palabras dulces”, comenta Constanza.
Se encuentra perdida. No sabe quien puede ser la persona que se esconde detrás de esos cortos mensajes. Termina de cenar y bebe lo que queda de agua en el vaso para servir un poco de jugo de naranja. Lo llena menos de la mitad y lo bebe. Levanta la mesa. Lleva el plato casi vacío con los cubiertos hacia la pileta de la cocina. Luego, la panera junto con el salero y la servilleta. Por último, el vaso. Pone un poco de agua en la pava para lavar tanto la olla como el sartén, el plato, los utensilios y el vaso. Gira la perilla hacia máximo para que hierva lo más rápido posible. Va al comedor para cerrar las cortinas. Su corazón sueña una vez más. Un nuevo sobre.
La silueta se va en forma rápida en dirección a la izquierda. Ella agarra la carta y desprende el pasador de la puerta para abrirla. Ve a la izquierda. Apenas ve la mitad de la espalda de esa persona que se desvanece en la esquina. Parece que está vestido con un saco de vestir negro. Agarra las llaves y cierra la puerta. Ella corre y llega a la esquina. La pierna izquierda ingresa al ascensor. Va por él. Cuando llega al elevador, la puerta se cierra tras ella, imposibilitando que viera la cara de ese extraño sujeto. Se percata de que el otro ascensor funciona. Aprieta el botón para abrir sus puertas. Luego de cinco segundos, se abren. Una joven está en el pequeño recinto. Constanza ingresa y no sabe por qué, quizás un presentimiento, pero pulsa el botón de Planta Baja. Se cierra las puertas. En el tercer piso, el ascensor se detiene y un pequeño adolescente entra y aprieta el botón de PB. Se juntan las puertas. Finalmente, PB.
Se abren las puertas y sale. Espera a un costado del otro elevador. Los números de arriba descienden hasta llegar a la Planta Baja. Se acerca a la puerta y se abren. Hay cinco personas. Una madre con sus dos pequeñas hijas y dos hombres bien vestidos con un saco gris y negro. Constanza está confundida. No sabe si aquella persona vestía de negro o gris cuando le vio la espalda. Teme preguntarle a uno de ellos por esas cartas. La gente se desconcentra y la madre con sus hijas abren la puerta de vidrio, atrás suyo le siguen los jóvenes trajeados. Hablan acerca de una cena que se concretará en la casa de un amigo. El joven vestido de gris no aparenta ser un secretario si no fuera por sus anteojos y su maletín. El otro ataviado de negro ostenta el papel de tímido e inseguro. Quizás se construyen, para bien, adecuados personajes para evadir sus verdaderas personalidades. Sigue confundida. Recuerda la pava para lavar.
Abre bien sus ojos. Se da media vuelta y pulsa con el índice izquierdo para que se abran las puertas. Se dividen y entra. Aprieta el botón del 4º Piso y se juntan las puertas. Asciende y llega a su destino. Se abren. Camina de manera apresurada hacia su departamento. Saca las llaves de su bolsillo y lo introduce en la cerradura. Abre la puerta y la cierra con la llave y el pasador. Avanza hacia la cocina y la pava silba. Apaga la hornalla. Vierte un poco de agua hervida en la olla, junto con detergente color verde y una esponja amarilla. Está muy caliente el agua, por lo que abre la canilla de agua fría. Lava el vaso para luego terminar con la olla. Todo lo pone en el secaplatos. Agarra el repasador amarillo y lo pasa sobre la pileta para dejarlo bien limpio. Luego lo exprime y lo extiende sobre la mesada gris. Apaga la luz de la cocina y se retira de ese cuarto.
Mira las cartas desparramadas en la mesa del comedor. Mira hacia la puerta y ve una esquela. Se agacha para agarrarla. Un corazón rojo y un Te Amo. Junta las tres hojas y las introduce en los sobres correspondientes. Llevas las cuatro esuelas en su mano izquierda. Apaga las luces del comedor. Va hacia su habitación y prende la luz. Se sienta sobre las sábanas color beige. Deja las cartas sobre ellas. Abre la reciente carta y lee: “…el sabor de tus labios…” Constanza cierra sus ojos y muestra una gran sonrisa de regocijo, de una delicada alma que vive un real ensueño. Cae sobre su cama, mientras mantiene apretado en su pecho esa última carta. ¿La última?
Larga Vida a las Revelaciones!!!!!
Abre la puerta de vidrio y saluda al portero, quien devuelve el mismo gesto de amabilidad. En frente de ella, el ascensor. Ingresa a él y aprieta con su índice derecho el botón del 4º Piso. Mete su mano izquierda en el interior de la cartera para aseverar si su celular esta allí adentro. Por suerte, está sano a salvo. En el 2º Piso, el elevador se detiene e ingresan una mujer con su hijo. La madre pulsa con su mano derecha el botón del 7º Piso. Se cierran las puertas y el ascensor sigue su recorrido. Finalmente, Constanza llega al piso deseado. Sale del elevador y se cierran las puertas. Dobla a la izquierda. El piso está alfombrado con color rojo tirando a pardo. Las paredes, color beige. Pequeños cuadros enmarcados con color negro con motivos de paisajes cuelgan en las paredes. En cada esquina, un jarrón azul con una potus. Las luces amarillas se desprenden de las lamparas incrustadas en el techo color verde pastel. La joven dobla a la derecha y sigue derecho hasta llegar a su departamento.
Abre el cierre de su cartera y saca su llavero. Advierte en la rendija inferior de la puerta por donde pasan siempre el fortuito diario y los afligidos impuestos una carta blanca a media pasar por la hendidura. Pone la llave en la cerradura y se agacha para sacar la epístola. Ve en el remitente. Ve un dibujo de un corazón pintado de rojo. Se asombra al ver que en la parte de destinatario dice solamente dos palabras escritas con tinta roja: Te Amo. La agarra con las dos manos como si fuera un bello misterio. La pone en su cartera y se incorpora del suelo. Abre la puerta, entra a su mundo privado y cierra la puerta con el pasador.
Prende la luz del comedor y deja su cartera en el sillón de cuero negro, no sin antes sacar ese sobre. La deja sobre la mesa de mármol y se va al baño para lavarse las manos. Prende la luz y se las higieniza. Se las seca con una toalla naranja y apaga la luz. Vuelve al comedor y se sienta en la silla de la mesa. Agarra la carta con las dos manos y se concentra en esa inocente letra cursiva. Lo abre por el costado izquierdo y saca la esquela. Es una pequeña hoja rayada en forma horizontal plegada en dos. Deja la carta a un costado y abre la hoja. “Un día…” lee en la mitad de la hoja. La letra, con el mismo color y letra del destinatario. Constanza se tapa la boca con su mano derecha y se sorprende ante la extrañeza y simplicidad que despierta tal contenido. No sale del presente asombro.
Se levanta de la silla y se dirige a la cocina. Prende la luz y abre la puerta izquierda de la alacena. Saca un vaso y cierra la puerta. Abre el grifo de agua fría y llena el vaso por la mitad. La cierra. Bebe un sorbo y frunce su ceño. Mira al techo color pastel y trata de descifrar lo acaecido. Lleva el vaso en su mano derecho y se retira de la cocina. No bien llega al umbral del comedor se detiene. Ve un sobre.
Deja el vaso en la mesa y un leve entusiasmo la empuja a recoger el sobre sin agacharse, sacar el pasador y abrir la puerta. Mira a los costados. Nadie a la vista. Cierra la puerta. El mismo sobre con el mismo remitente: un corazón. El mismo destinatario: Te Amo. Se sienta en el sillón y corre a un pequeño costado su cartera. Por unos segundos teme que alguien la este acosando. ¿Y si acaso esa inquietante idea no es cierta? ¿Y si acaso ella es una errónea destinataria? ¿Tal vez alguien la ama? Su corazón se angustia y se enternece al mismo tiempo. Corta en forma cuidadosa el costado izquierdo del sobre y saca la hoja.
“…sonreiré…” Constanza hace lo mismo. Se le dibuja en su joven rostro una gran sonrisa. El misterio crece a cada minuto. Mientras sonríe, se tapa medio rostro con su mano derecho. “¿Quién es?”, balbucea. Trata de pensar, pero aquellas palabras redactadas que zumban en sus oídos no le permiten interpretar tal enigma. Escucha un par de pasos en el pasillo de afuera. Sin levantarse del sillón de cuero, asoma su cabeza y observa la rendija por donde la luz se ve. La sombra sigue de largo. Vuelve a su estado. Suspira. Levanta su vista y mira la hora. 20:25 PM. Se levanta del sillón y deja la carta junto con la hoja sobre el comedor. Va la cocina y prepara la cena. Pasta con salsa napolitana. Le demanda media hora prepararla. Entre ese momento de preparar los ingredientes, cocinarlos y volcarlo al plato, no puede asimilar lo que le pasa. Mezcla de incógnita y entusiasmo se desparrama en sus ojos marrones. De vez en cuando se acerca un poco para ver la rendija de la puerta. Ningún sobre.
El plato cuadrado siente la rica pasta con salsa. Constanza prepara la mesa para cenar. Lleva los cubiertos, una botella con jugo de naranja, una servilleta, el salero y la panera con dos miñones. Estando la mesa lista, se dispone a traer el plato. Cuando vuelve al comedor, ve una sombra a través de la hendidura. Ella se paraliza. No sabe qué hacer. Luego esa silueta hace meter una carta. Constanza abre los ojos bien grande. Deja el plato sobre la mesa y la sombra desaparece. Se abalanza sobre la puerta. Recoge la esquela. Saca el pasador y la abre. Mira a los costados. Nadie. Saca la llave de su puerta y la cierra. Corre hacia la esquina y llega. Nadie. Retorna a su departamento. Abre la puerta y entera. La cierra. Aún, humea el sabroso plato. Antes de sentarse para comer, ve la epístola. Mismo remitente, mismo destinatario. Lo abre. “…cuando sepa…” Sólo dice eso. Para ella, es de una creciente inmensidad lo que trata de expresar ese misterioso escritor. “¿Acaso tengo un admirador secreto?” piensa.
Lleva el sobre con la hoja hacia la mesa. Se sienta y come. Mientras come, mira al costado la ventana, por donde apenas se ve la luna entremezclada con las nubes nocturnas. La comida es muy sazonada. En frente del plato, están las tres extrañas pero galantes cartas. Trata nuevamente de concentrase en el sigilo que rodea a esos escritos. Piensa en quienes pueden haber escrito esas dulces palabras. “Apenas tengo diálogo con Rubén, así que no creo que sea él” susurra. La primera persona a barajar es el vecino del próximo departamento, un hombre de mediana edad muy reservado y tímido, aunque un poco oscuro. “Gustavo… está en pareja”. Ese joven vive en el departamento anterior a ella. En frente a su rico mundo, vive Carla, quien está casada con Luis, un hosco hombre cansado de gritarle a su mujer por motivos insignificantes. “Obviamente, ese señor no tiene el tacto para decir semejantes palabras dulces”, comenta Constanza.
Se encuentra perdida. No sabe quien puede ser la persona que se esconde detrás de esos cortos mensajes. Termina de cenar y bebe lo que queda de agua en el vaso para servir un poco de jugo de naranja. Lo llena menos de la mitad y lo bebe. Levanta la mesa. Lleva el plato casi vacío con los cubiertos hacia la pileta de la cocina. Luego, la panera junto con el salero y la servilleta. Por último, el vaso. Pone un poco de agua en la pava para lavar tanto la olla como el sartén, el plato, los utensilios y el vaso. Gira la perilla hacia máximo para que hierva lo más rápido posible. Va al comedor para cerrar las cortinas. Su corazón sueña una vez más. Un nuevo sobre.
La silueta se va en forma rápida en dirección a la izquierda. Ella agarra la carta y desprende el pasador de la puerta para abrirla. Ve a la izquierda. Apenas ve la mitad de la espalda de esa persona que se desvanece en la esquina. Parece que está vestido con un saco de vestir negro. Agarra las llaves y cierra la puerta. Ella corre y llega a la esquina. La pierna izquierda ingresa al ascensor. Va por él. Cuando llega al elevador, la puerta se cierra tras ella, imposibilitando que viera la cara de ese extraño sujeto. Se percata de que el otro ascensor funciona. Aprieta el botón para abrir sus puertas. Luego de cinco segundos, se abren. Una joven está en el pequeño recinto. Constanza ingresa y no sabe por qué, quizás un presentimiento, pero pulsa el botón de Planta Baja. Se cierra las puertas. En el tercer piso, el ascensor se detiene y un pequeño adolescente entra y aprieta el botón de PB. Se juntan las puertas. Finalmente, PB.
Se abren las puertas y sale. Espera a un costado del otro elevador. Los números de arriba descienden hasta llegar a la Planta Baja. Se acerca a la puerta y se abren. Hay cinco personas. Una madre con sus dos pequeñas hijas y dos hombres bien vestidos con un saco gris y negro. Constanza está confundida. No sabe si aquella persona vestía de negro o gris cuando le vio la espalda. Teme preguntarle a uno de ellos por esas cartas. La gente se desconcentra y la madre con sus hijas abren la puerta de vidrio, atrás suyo le siguen los jóvenes trajeados. Hablan acerca de una cena que se concretará en la casa de un amigo. El joven vestido de gris no aparenta ser un secretario si no fuera por sus anteojos y su maletín. El otro ataviado de negro ostenta el papel de tímido e inseguro. Quizás se construyen, para bien, adecuados personajes para evadir sus verdaderas personalidades. Sigue confundida. Recuerda la pava para lavar.
Abre bien sus ojos. Se da media vuelta y pulsa con el índice izquierdo para que se abran las puertas. Se dividen y entra. Aprieta el botón del 4º Piso y se juntan las puertas. Asciende y llega a su destino. Se abren. Camina de manera apresurada hacia su departamento. Saca las llaves de su bolsillo y lo introduce en la cerradura. Abre la puerta y la cierra con la llave y el pasador. Avanza hacia la cocina y la pava silba. Apaga la hornalla. Vierte un poco de agua hervida en la olla, junto con detergente color verde y una esponja amarilla. Está muy caliente el agua, por lo que abre la canilla de agua fría. Lava el vaso para luego terminar con la olla. Todo lo pone en el secaplatos. Agarra el repasador amarillo y lo pasa sobre la pileta para dejarlo bien limpio. Luego lo exprime y lo extiende sobre la mesada gris. Apaga la luz de la cocina y se retira de ese cuarto.
Mira las cartas desparramadas en la mesa del comedor. Mira hacia la puerta y ve una esquela. Se agacha para agarrarla. Un corazón rojo y un Te Amo. Junta las tres hojas y las introduce en los sobres correspondientes. Llevas las cuatro esuelas en su mano izquierda. Apaga las luces del comedor. Va hacia su habitación y prende la luz. Se sienta sobre las sábanas color beige. Deja las cartas sobre ellas. Abre la reciente carta y lee: “…el sabor de tus labios…” Constanza cierra sus ojos y muestra una gran sonrisa de regocijo, de una delicada alma que vive un real ensueño. Cae sobre su cama, mientras mantiene apretado en su pecho esa última carta. ¿La última?
Larga Vida a las Revelaciones!!!!!
1 comentario:
Revelaciones!!! que tema! buenisimo escrito Fer, buen finde!!! besos!
Majo
www.refugiodelkaos.blogspot.com
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