miércoles, 6 de mayo de 2009

De Repente


Aún se arrepiente de no haberle mandado una simple carta. Le parecía en su momento medio cursi, algo que descaradamente atentaba su fría modestia. Pero una vez que reflota esa idea en su cabeza, a Ismael le hubiese encantado de concebir una maquina del tiempo y retroceder para curar semejante herida. Cuando el joven recibe la triste noticia de que su abuela, Carmen, ha perecido como consecuencia de un paro cardíaco, se encuentra almorzando en un restaurante. A punto de dar la vuelta la tercera hoja del diario, recibe un llamado de su celular. Deja el periódico y contesta la llamada. Su madre tiene una voz lastimera y agrietada. Sus oídos no pueden ocultarse tras el triste sonido del hecho.

Manejando el auto a una velocidad moderada, Ismael recuerda ese momento exacto en que su vida da una tremenda vuelta de 180 grados. Y ya nada vuelve a ser lo mismo de antes. Se muerde los labios para superar tal trance. El desértico suelo aliviana apenas las ruedas de su auto, mientras deja atrás las frondosas coníferas que resisten el paso del tiempo. Delante de la ventanilla, las coníferas se intimidan con el avance del auto y cada vez se achican. Pronto Ismael divisa los tejados desprovistos del color ojo rojo intenso que brillaba cada vez que recibía visitas. Sobre la casona, el cielo empieza a nublarse. Detiene lentamente el auto. Enfrente de él, hay un angosto cerco de madrea blanca, el cual permanece cerrado con un candado y una oxidada cadena que lo envuelve. Detiene el auto finalmente, pero no apaga el motor. Saca de la guantera una llave. Abre la puerta y sale. Distan pocos pasos para llegar a la puerta. Introduce la llave en el candado y lo abre y desenreda el candado. Luego, abre el cerco.

Ingresa al auto y lo arranca. Pasa la entrada y gira levemente respetando el suelo empedrado color blanco. El pasto no está descuidado. Había pensado en encontrase con una verdadera jungla, pero el suelo verde está cortado al ras. En esos quinces días entre la repentina muerte y su franca aceptación, pueden pasar cosas. Se detiene en el pórtico de la casona. Apaga el motor y saca la llave. Abre la puerta y sale. Cierra y le pone el seguro. En el porche permanecen las dos mecedoras de maderas colocados uno al extremo del otro. Una baranda de madera pintada de verde separa ese pasillo del patio. Antes de pisar el primero de los cuatro escalones para entrar a la casa, un hombre lo llama. “Joven, le recomiendo no entrar”. Ese tétrico tono de voz lo hace trastabillar del escalón. Se da vuelta para reconocer esa voz. Es el jardinero de la casa. Un hombre de más de 60 años que ha trabajado para su abuela por 25 años. Tiene un aspecto dejado. Su creciente barba y calvicie, y sus ojos lacrimógenos muestran a una persona agotada.

Pedro, ¿cómo anda? Hace mucho que no lo veo. Creo que…”. Antes de continuar, el jardinero completa la respuesta: “Ocho años”. Ismael asienta. “¿Qué lo trae por la casa de la señora?” le pregunta al joven, quien le responde: “Vine a recorrer la casa por adentro y por afuera”. Silencio. Con una mirada desconfiada, le pregunta: “¿Para qué?” Esa atropellada inquisición le produce cierta molestia a Ismael. Se pasa la mano derecha por la frente y le responde: “Con todo el respeto… porque es la casa de mi abuela y tengo el derecho de entrar cuando se me dé la gana” Pedro carraspea y le dice: “Bueno”. Se da vuelta y se marcha atravesando el cerco de la entrada.

Ismael sube al pasillo y mira a los costados. De aquí para allá corría cuando estaba solo, mientras su abuela le preparaba en la cocina una tarta de membrillo. Más tarde lo comían en ese lugar con una taza de té. Saca del bolsillo izquierdo de su camisa lila las llaves de la puerta de la casona. La introduce en el cerrojo y la abre. Espera ver telarañas y cucarachas que viven en una rustica y paupérrima atmósfera. Nada de eso. Todo está limpio. No hay ningún desorden. Las mesas colocadas en el interior de la mesa redonda. Las bajas mesas resguardan revistas y diarios, otros floreros y adornos antiquísimos. Las pardas cortinas están atadas y las ventanas, cerradas. Cierra la puerta.

Se acerca a los adornos de los muebles. Les pasa la mano, nada de suciedad. Pasa su dedo índice izquierdo sobre la superficie de los muebles. Nada de polvo. Es como si alguien los hubiese limpiado hace un par de minutos. “Quizás fue Pedro, pero que yo sepa sólo es un jardinero. Aún así, eso no quita que pueda limpiar” asevera en su interior. Mira por la ventana de la izquierda. Se ve el jardín lateral. Sigue siendo deslumbrante. El vidrio, lustroso. Se asombra. En frente suyo, hay un mueble donde se cuelgan platos. Tienen dibujos de barcos, frutas y paisajes. Los cuadros dispersos en las tres paredes laterales no se quedan atrás y tiene los mismos motivos. También se guardan copas de diferentes tamaños. Va al otro lado, donde se ubican dos sillones de cuero. No hay rotura ni polvo asentado sobre ellos.

Va a la cocina. La canilla del lavadero gotea. Se acerca para cerrarla. Igual, sigue goteando. Abre las alacenas y los vasos están en su lugar. Ni una cucaracha. Abre la otra puerta del mismo mueble y los frascos están desprovistos de arroz, fideos, té, azúcar, café y especias. Cierra. Sobre el lavadero hay una alacena para guardar los platos. La abre. Nada. A los costados hay cuatro cajones en donde se guardaban los cubiertos, servilletas, manteles y libros de cocina. Abre cada uno. Vacío. Cero insectos. Cuando abre el último cajón, encuentra una carta.

Se agacha y lo saca. Cierra el cajón y se endereza. No hay remitente. Del costado izquierdo lo corta en forma vertical. Saca un papel. Nada. El papel, desnudo de palabras. Frunce su ceño. Guarda el papel y la carta y lo pone de vuelta en el último cajón. Una puerta de chapa de la cocina da entrada al patio trasero. Saca la llave otra vez de su bolsillo y abre la puerta. La ligustrina, bien podada. Una pequeña fuente con forma de cisne se apoya sobre el pasto del lado izquierdo, mientras que el derecho, hay dos bancos de mármol. Una increíble paz se respira. Un lugar verdaderamente íntimo. Entra a la casa y cierra la puerta con llave. Sale de la cocina y a la izquierda hay dos habitaciones. Primero, a la izquierda, va al cuarto de su abuela. La puerta blanca, media abierta. Apenas la luz matinal se filtra por las cortinas color beige. Al costado, un florero de origen galés descansa sobre una mesa de caoba. Y al costado, una radio de la década del ’40. Delante de esta, un sillón de cuero marrón que servía a su abuela para coser. Los hilos, las agujas y el resultado maravilloso de esa unión descansaban, al igual que un portalámparas sobre una mesa angosta, el cual era tapado por un mantel color trigo. Atrás de él, hay un piano negro que brilla por el lustro. Ismael se acerca y abre la tapa. No hay partitura. Toca unas notas. No quiere avergonzar a la casa con su incipiente dote artístico. El piso está alfombrado con color beige. Está suave. Las paredes, que soportan algunos cuadros de paisajes, no se descascaran. La humedad no ha podrido su superficie. Sale de la pieza y va a su cuarto. La ventana, media abierta.

Se acuesta sobre la cama tendida. Raramente está limpia la frazada. Pensar que antes pasaba todo un fin de semana en esta casa y descansaba como un ángel en esta apreciada cama. Suspira. Delante de él hay un escritorio. Plagado de cuadernos y juguetes, ahora está desierto. Tres cajones hay abajo. Deja la cama y abre cada cajón. En el primero encuentra dos lápices de color naranja y azul. En el segundo, una hoja con garabatos. Y en el último, otra hoja con un garabato incomprensibles de la edad de 4 años. Cierra los cajones y deja todo en su lugar. Se sienta en la cama y medita. Su mirada, perdida. A medida que creció, se despojó de esa dulce inocencia infantil que lo laureaba. La etapa adulta lo convirtió en un ser frío. Nada fue lo mismo. “Le debo todo a mi abuela” piensa mientras se le hace un nudo en la garganta.

Escucha el sonar de una tecla, al parecer la del piano. Sus ojos se abren y sale de la cama. Sigilosamente se acerca a la pieza de Carmen. No quiere hacer el menor ruido. No hay nadie. Le parece una locura que el piano toque por su propia voluntad. No se acuerda de haber abierto la tapa del teclado. Entra a la pieza y la cierra. Sale. Mira su reloj. Es tarde. Debe tramitar la venta de la casa de su abuela. Luego, si todo resulta perfecto, ir a la inmobiliaria. Abre la puerta y sale al patio de adelante. Saca el control para destrabar el seguro. Abre la puerta y pone en marcha el auto. Se encuentra delante de él al cerco, pero cerrado con candado y cadena. Maldice al jardinero por su supuesta broma. Saca de la guantera la llave y sale al exterior. Se está nublando. Abre el candado y saca la cadena. Abre la puerta e ingresa al auto. Lo arranca y sale. Detiene el auto y sale para cerrarla. El cerco ya está cerrado. “Un fantasma…” sonríe y se mete en el auto. Arranca. Aún así no hay vuelta atrás para la venta de la casa. Un inconsciente nudo en su garganta lo hace flaquear. Culpa a la prematura gripe. Trata de convencerse.

Larga Vida a lo Espectral!!!!!

1 comentario:

Sol dijo...

wow! qué bien escribis D! yo me hubiera quedado con la casa, más aún si tiene fantasmita, y más aún si es el de mi nona! Besho.