
El enérgico tintineo de la alarma del pequeño reloj blanco es silenciado en forma abrupta por el índice de la mano derecha de Luis. Prende el botón de la luz del estrecho tubo fluorescente que se sitúa sobre él. La luz encandila los ojos marrones. Tratan de acostumbrarse a la penumbra artificial. Se levanta de la cama y se voltea para ver la hora. 05:15 AM. Se va al baño. Prende la luz y sus ojos nuevamente se molestan ante ella. Se higieniza. Sale del baño e ingresa a su habitación. La ropa de trabajo preparada anteanoche, junto a su mochila cargada de un libro, cartuchera y carpeta, lo deja bien lúcido para cambiarse lo más tranquilo posible. Se saca e pijama que no es sino una remera blanca que tiene el dibujo de prohibido estacionar, y un pantalón negro de gimnasia. Tirita de frío. Rápidamente se pone una remera negra de mangas largas y una camisa a cuadrillé color azul. Luego unos jeans oscuros y sus zapatillas negras. Coge su mochila parda y apaga la luz del tubo.
Abre el bolsillo lateral de la mochila y extrae sus llaves. Atraviesa el pasillo y abre cuidadosamente la puerta. Su madre y su pecunia hermana duermen como ángeles. Las nubes permanecen oscuras. Apenas corre el frío. Cierra la puerta. Pasa por el jardín escarchado y abre la reja y la cierra tras su paso. Mira su reloj pulsera. 05: 33 AM. Avanza lo más pronto posible. La ciudad no permanecería desierta sino fuera por aquellas personas que se empeñan en abrir sus ojos perezosos, pero ávidos de trabajar y ser ambiciosos en la vida. Ambición como fuente de progreso. Luego de pasar seis cuadras, ve esa última como un tramo entre la esperanza y la resignación. Se entusiasma. Se guarda sus expectativas para no probar un trago amargo. Gira a la izquierda y en la parada no hay nadie. Se coloca en el refugio. Al costado de él, hay una publicidad de shampoo enmarcada. Las pequeñas luces dentro del cartel la iluminan como un bien considerado. A los pocos segundos llegan dos personas a la parada. Conversan acerca del trabajo que deben realizar en el día de hoy, el cual es preparar cuatro encofrados robustos con abundante material. Delante de Luis, ve pasar los autos sobre la avenida horizontal. Taxis y camiones acoplados pasan, pero colectivos, nada. Lo que más le interesa es que ese colectivo llegue.
Está a punto de estornudar, pero amaga. De manera repentina, se tapa la boca y estornuda. Evita así un estruendoso ruido en aquella parada casi solitaria. No es que se haya olvidado, pero el desayuno lo ha omitido. Prefiere desayunar en el camino, ya que para Luis tomarse esos diez, quizás veinte, minutos entre hacer una taza de café, tomarla con tostadas y luego lavarla significan la partida de dos colectivos con destino a su trabajo. Tiene hambre, pero hace caso omiso. Se da vuelta y de tres personas que formaron fila se ha transformado en casi veinte. Las cuenta mentalmente. No observa sus caras y prefiere mirar los zapatos para no poner incómodos a los transeúntes. Exactamente son veinte personas. Se agrega una mujer. Veintiuno.
El pronóstico del tiempo había asegurado en el día de hoy que la madrugada se iba a tornar agradable. Pero una vez más, el señor del clima desacertó su atento augurio. Se escuchan un trueno. La gente de la parada, confundida. No saben con total precisión si lo que acaban de oír había sido un trueno o un acoplado. Ninguno se habla entre sí. Sólo lo piensan. El silencio reina en ese espacio pavimentado.
Pablo asevera en su interior que fue una mala y pésima idea la de no desayunar. “Por lo menos, media taza de té y una mísera tostada” refunfuña. Saca del interior de su mochila un paquete de pañuelos descartables. Lo abre y saca uno. Se suena la nariz. Lo guarda en su bolsillo derecho de la camisa. Cierra la mochila. Divisa a lo lejos un colectivo. Es gris con bandas rojas. Pablo suspira en son de alivio. Se acerca a la acera. Iza la mano para detener el colectivo. Pero el destino es errático. Va hacia otro lugar. Baja su brazo y vuelve a su lugar. El inhóspito colectivo se detiene y sube seis personas. Luego, arranca.
Mira su reloj. 05:51 AM. Aún no se inquieta por la tardanza, pero si su estómago. Mira la vereda de enfrente y ni un kiosco, ni tampoco un almacén, ha abierto sus persianas. Mira atrás y la fila recobra su desalentador letargo. Luis se encuentra afortunado en ser el primero de la cola. Voltea su cabeza para ver si llega el colectivo. Pasan tres colectivos. Uno atrás de otro, pero no el que debe tomar. Su pie izquierdo se impacienta y toca el suelo con la planta. Las personas de atrás, si fuesen ignaros, pensarían que tica en una banda metalero en el rol de baterista. “No puedo más” asegura. Se da vuelta y ve a una joven que la secunda. Su mirada se clava en el panel del celular mirando los frescos mensajes de textos. La interrumpe. “Perdoná si te molesto. Voy a un par de cuadras. ¿Me cuidas el lugar por un minuto?” le pide a la joven, quien responde con una sonrisa “Sí, no hay drama”. Pablo le devuelve con el mismo gesto y le agradece.
Va hacia adelante y gira a la izquierda. Más allá, de la otra vereda, ve a un portero limpiando la entrada del departamento y hablando con el encargado del edificio. En la vereda en donde se encuentra ve sólo edificios y garajes. Cruza la vereda y camina hacia la otra. Poco a poco se empieza a alejar de su lugar inconquistable. Tras pasar la segunda cuadra, ve en la esquina un kiosco. Se apresura y llega al local. Le compra dos barras de cereal y una botella de agua mineral. Pone la botella en el bolsillo lateral de la mochila y abre el envoltorio del cereal. Su lengua y estómago se complacen por igual. Regresa rápidamente a la parada. La fila se engrosa cada vez más. Cuando está a punto de llegar, no ve a esa chica. Sólo ve a un hombre mayor. Mira atrás de él y no ve a la joven. “Ya se fue” piensa.
“Respetá la fila” le dice el señor a Luis con un tono seco y de temer. Luis, anonadado, trata de explicarle al exasperado hombre que él, hace pocos minutos, era el primero en la fila, pero que se tuvo que ir por un par de minutos por un tema, pero que regresaba. El hombre no le cree y Luis les dice a los que están en la fila: “Gente, por favor, ustedes vieron que yo era el primero en estar en la parada. Háganlo entender al señor que por un problema me corrí de la fila”. Casi todas las caras miran hacia abajo, a los costados o se concentran en la espera del colectivo. Luis, azorado. No puede creer la frialdad y la falta de compasión que emana de sus rostros. Pura inmutabilidad. Luis menesa su cabeza y resignado se dirige a ocupar el último lugar.
Luis ostenta ser el pasajero número 31. Su estomago se le cierra y guarda lo que poco le queda de su desayuno improvisado en su mochila. Quiere saber la hora. 06:17 AM. Se está haciendo tarde. Delante de la marejada humana, se corre un poco hasta tocar la acera. Sólo autos. Pronto la preocupación lo envuelve. Apenas pocas personas charlan entre sí. Cada uno está enfrascado en su mundo. Uno teclea torpemente su celular para mandar un mensaje de textos y, otro, para matar al malvado del juego. Otro, escucha música por medio de su mp3. Otro, lee la sección Sociedad del diario. Otro envuelve bajo sus brazos a su novia para calmarle el frío en sus huesos. Una madre le acomoda la mochila a su hijo por la espalda. Un hombre no puede esforzarse por mantenerse despierto y cierra sus ojos, mientras sus piernas se debilitan por la pesadez. El resto permanece tranquilo, sin estallar su impaciencia e intolerancia. El resto implica a una elegante mujer con aires ejecutivos, un hombre bien trajeado con una maleta en su mano derecha, un adolescente que balancea su cabeza al compás de la música de su mp3, y un joven vestido con un mameluco azul.
Delante de Luis, hay una persona con una gabardina gris. Tiene la cabeza gacha. El pie de Luis se impacienta. No quiere tener una falta por ausencia de presentismo en el trabajo… otra vez. En su haber, posee dos faltas. Una fue por quedarse dormido, y la otra, también por quedarse dormido. Abre la mochila y saca la botella de agua. Desenrosca la tapa azul y bebe un sorbo. Lo mete en su morral. El colectivo no llega aún. El clima se empieza a caldear. 06:35 AM. Una hora esperando a que llegue el bendito colectivo y los escupa en sus labores cotidianos.
Escucha un par de pasos que provienen de atrás suyo y se voltea. Una señora mayor con su cartera de cuero marrón ha arribado. “¿Hace mucho que espera el colectivo, joven?” le pregunta con un tono amable a Luis, quien, se da vuelta para mirarla y, con una improvisada sutileza, le responde: “No, hace poco, señora”. Y se da vuelta. Ve un taxi y se acerca a la acera para hacer la señal, pero alguien de la fila se adelanta y el auto se detiene. La mujer ejecutiva ingresa al taxi y abandona afortunadamente la parada. ¿Es una ilusión o es de verdad? A lo lejos ve a su colectivo con el cartel color celeste. “Ojala sea, por Dios” implora Luis, al igual que todos los que forman la fila. Todos coinciden con eso. Y es ese colectivo. Luis suspira, y el resto también.
Sin embardo, tal transporte está lleno. Todos los asientos ocupados, al igual que los espacios estrechos. Algunas personas de la fila prefieren quedarse allí. Otros, porque no les queda otra opción, suben al colectivo. Es extraño, pero ninguno de los que se quedan y suben al colectivo tuvo la mejor idea de viajar por subte. No es chocante. En el presente día, los subtes de todas las líneas han parado sus servicios regulares debido a una huelga de 48 horas en reclamo de mejoras salariales. Por eso, todas las pardas de los colectivos de la ciudad permanecen abultadas, con lo que reina un pesimismo generalizado. La fila apenas se mueve. Solo a un paso se moviliza. Una marmota avanza más rápido que esta hilera. Luis no sabe si quedarse o subir. Está a punto de arrancar el colectivo. Titubea. Se abalanza hacia el mismo y se cuelga en las dos manijas. Viajará muy incómodo. Un rebaño bovino viaja mejor que estas personas apretadas en el interior del colectivo. Los que están sentados se sienten muy afortunados, pero los que están parados mascullan y maldicen interiormente. Aunque Luis hubiese sido el primero en la fila, igual hubiera viajado parado, por lo que un poco se tranquiliza y sonríe entre el peligro de caer en la calle.
Larga Vida al Colectivo!!!!!
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