sábado, 9 de mayo de 2009

Gravedad


"Uno no puede manejar el destino. El mismo vaga en piloto automático. Todos (o casi todos) forjamos nuestro futuro como deseo de un buen provecho. Pero, sinceramente, el futuro me es incierto. Últimamente nada me hace reír. Sufro. Dejé de lidiar contra la depresión. Abandono la lucha desde este momento. Antes reía y revoloteaba como un ave. Ahora, no se cómo comportarme si veo una acción hilarante. Trato de hacer esa mueca que creo que se llama sonrisa. Pero las comisuras de mis labios están selladas. ¿Qué soy yo sin amor de mis padres? En realidad, amor nunca hubo. Sí mucho respeto, pero similar al que rige en un servicio militar. No sé qué es un abrazo o una palabra de aliento. El destino no me fue a medida.

Siempre quise plantearme aquel sentimiento llamado felicidad, pero no puedo precisarlo, no puedo definirlo on exactitud. Trataré de puntualizarlo. Es una abrigadora quietud que se siente en el pecho que, luego, se ensancha a lo largo del cuerpo. En ese momento, aparece esa sonrisa y esa mirada llena de paz. Eso nunca lo sentí. De hecho, no se qué es. A veces lloro a escondidas para no incomodar a los que me rodean. O mejor dicho, a los pocos que me rodean. O sea, compañeros de trabajo. Digo compañeros por no decir amigos, porque no tengo. La única persona que la considera como amigo es mi alma. Puede resultar ilógico, pero cuando pienso (a veces balbuceo), esa alma se calla y me escucha. El silencio que se escucha luego de terminar mi pena no es sino un apoyo condicional de un perfecto entendimiento. Soy conciente de que esa alma no tiene la solución para mi tristeza, pero por lo menos no se escapa. Rodea a mi corazón. Así que solo no estoy.

No se cómo relacionarme con las personas. No tengo mucho tacto en ese terreno. Debe ser muy especial el conocer a gente y poder disfrutar de cosas en común. Pero temo acercarme por miedo al rechazo. De hecho, siempre fui rechazado. Obviamente no se qué es un beso, una caricia, un abrazo y un escuchar un te amo en la tenue brisa del susurro. No es que me haya acercado a varias chicas para confesarles lo que sentía sino que por terceros me enteraba que ya estaban en pareja, o que ni estando embebida etílicamente se acercarían a mí por ser un esperpento. Eso me puso y me pone mal.

Carezco de virtudes incapaces de sorprender a una persona. Quizás la única salvedad es que tuve una educación de primerísimo nivel en la escuela y en la facultad, lo que me permitió trabajar. Pero eso no me satisface de ningún modo. Cuando me levanto de la cama, pienso que otro día gris se desdobla sin grandes sorpresas. Me tapo con la sábana y lagrimeo. Soy de lágrima fácil. Los desayunos no me son ricos. Será porque comparto la mesa con mis inmutes y fríos padres. ¿Esa cuestión es de herencia? Me alivio un poco cuando mi puerta se cierra tras de mí. La incomodidad da lugar al ahogo. Antes de entrar al trabajo, me voy al banco del parque. Aprovecho que no hay casi nadie y cierro los ojos para aguantar el llanto. Es en vano. Debo aguantar toda esa pena en esas siete horas de trabajo. Hago el mejor esfuerzo para prosperar, pero no hay remedio. Ya lo dije antes. Nada me complace.

En fin. A pesar de tener una malograda relación con mis padres, les deseo un buen provenir. A la escasa gente que un día me saludó y el otro, no, también les deseo lo mejor. No voy a contagiarles mi tristeza. Sólo me resta decirles que piensen en positivo. Creo que hay cosas bellas por las cuales vale la pena vivir. En este momento no me sale nada para ejemplificar, pero que las hay, las hay. No sean como yo. Si un día sienten que su pecho se llena de lágrimas, recurran a sus padres y a su pareja. Deben tener el mejor remedio para ello: el amor y un apoyo incondicional. Un día ansío saber lo que realmente es eso.

Cuídense.

Besos.”

Eduardo.

Un agrio nudo en su garganta siente. Luego de firmar la carta con un bolígrafo color violeta, le pone el capuchón y lo guarda en el primer cajón del escritorio de la mesa del comedor. Dobla la hoja rayada en dos y lo introduce en un sobre blanco. Le pasa su lengua sobre la solapa para pegarlo. Le pasa el dedo índice y pulgar de su mano derecha para asegurarse de la adhesión. Lo pone acostado sobre una pequeña estatua de mármol que representa a una delgada campesina que lleva una canasta con naranjas. Eduardo se muerde los labios y baja su mirada. Vierte lágrimas. Se las seca con la manga derecha de su blusa. Se acerca a la ventana. Corre la cortina rojiza para ver el cielo. Apenas hay sol.

Pasa a través de comedor y va al baño. Prende la luz y se lava la cara. Se seca con una toalla blanca. Antes de salir del cuarto, se ve su cara en el espejo del botiquín. Va a extrañarse. Apaga a luz. Pasa por la habitación de sus padres, quienes están acomodando la ropa del placard. Los mira en forma detenida. Ellos, concentrados en doblar cuidadosamente las mangas de las prendas. Quiere decirles algo, pero nada se le viene a su mente. Los mira por última vez. Entra a su habitación y prende la luz. Ese cuarto fue si siempre será el refugio de su pesar. Su cama, su aposento, su solitario diván. Su almohada, su cobija. Pasa por el comedor y abre el pasador, luego la puerta. Ninguno de ellos advierte el abrir y cerrar de la puerta. Hace un par de pasos al frente y se voltea para ver la casa, aquel nido que le ha traído infortunio. Gira a la izquierda y abandona la vereda de su casa, de los vecinos hogares y del barrio. Poco a poco deja atrás ese pasado.

El hormigón de la carretera es testigo de los pasos silenciosos de Eduardo, cargado de profundo abatimiento que se refleja en su cara. Camina sobre la vía desierta. Los autos no pasan. Solo un ciclista que lo mira con consternación cuando pasa por atrás de él. Los árboles dispuestos en los costados de la carretera, algunos vetustos, otros joviales, miran con compasión a aquella alma en pena. Luego de caminar por una hora, llega a una bifurcación. Su mente, en blanco.

A la izquierda, la carretera es sinuosa. Conduce a la autopista. A la derecha, la calzada se levanta sigilosamente para dar entrada al puente. Camina hacia esa dirección. Sube por el cordón pintado de amarillo y se balancea. No pierde el equilibrio. Llega a la mitad del puente y se detiene. Gira a un costado para mirar el horizonte. Debajo del puente, hay un río que está paralelo al otro. El puente tiene dos entradas por las que dan bienvenida en forma continua el doble y frío cauce. Las piedras rocosas y puntiagudas sienten el gélido pasar del agua, que arrastra hojas y ramas caídas de esos débiles árboles. El río sigue a lo lejos y se pierde en el horizonte por donde contempla Eduardo, quien tiene los ojos vidriosos. Se tapa la boca. Su corazón late con mucha prisa. Titubea. Se muerde los labios. Se baja del cordón y se sienta sobre el mismo mirando al otro costado.

Balancea su cabeza de arriba hacia abajo. Se tapa la cara entre medio de sus piernas para apaciguar su nerviosa tortura. En media de esa endeble oscuridad, cierra sus ojos y se muerde los labios. Lagrimea. No hay nadie a la redonda. Se seca sus lágrimas con su manga derecha y levanta su cabeza. Se incorpora del suelo y se da vuelta. Se sube al cordón y mira hacia abajo. Se percibe en él una imagen muy melancólica. Cierra sus ojos y siente el aire que sacude su flequillo. Se balancea. Nudo en su garganta. Pronto abre sus ojos. Pensamientos, cero. El balance sucumbe. Pero su vida joven, no. No quiere matarse. Es conciente del dolor que padecerá. Mira al horizonte. Recuerda algunas cosas por las cuales vale la pena vivir: una canción, una pintura, una comida, una película, un disco, un beso de su tan lejano primer amor que ahora le viene a su mente, su mascota y una charla con sus padres. No se da cuenta, pero aquella mueca que nunca se le dibujó en su rostro, aparece. Una sonrisa. Se baja del cordón y abandona ese lugar que ha servido por muchos años para deslindar para siempre las almas suicidas. Mientras va en camino hacia su casa, recuerda aquellas valiosas cosas. Eduardo estrena sonrisa y dicha. Sublime descubrimiento.

Larga Vida a la Cordura!!!!!

No hay comentarios: