miércoles, 22 de abril de 2009

Un Frecuente Claustro


Una fuerte jaqueca, producto de una temible resaca matinal, levanta del sillón a Mauro. Acostado como un niño de apenas unos meses de vida, bosteza y apoya su cara sobre sus manos. Respira hondo. Escucha su calmo respirar. Saca sus manos y sus cejas se fruncen. Los primeros rayos del sol se filtran por las ventanas del oscuro comedor, que deja de serlo. Decide dormir un par de horas más, pero el dolor de cabeza es recurrente, por lo que le es imposible descansar. Abandona el apreciado sillón y se va al baño. Prende la luz y observa su rostro que muestra signos de destrucción y colección de borracheras. Sus grandes ojeras y su acrecentada barba son las evidencias. Se lava su cara con abundante agua y jabón. Aún así, esto no soluciona su pesadez.

Abre la puerta del botiquín de abajo. Saca de allí un recipiente de plástico con una tapa azul. Lo destapa y busca en el interior alguna aspirina. Es inútil. Hurga entre el termómetro, vendas, bandas adhesivas, tijera, pastillas para dormir y otros remedios alguna “poción mágica” para sanar su calamitoso estado. Una bendita aspirina no hay. Tapa el recipiente y lo coloca adentro del botiquín. Cierra la puerta y apaga la luz del baño. Va hacia su habitación y enciende la luz. La cama de su hermano, Ariel, aún deshecha desde hace cuatro días. Su cama no se queda atrás. Las sabanas blancas y frazadas verdes están completamente revueltas como si sus tres perros hubieran lidiado una contienda para quedarse con el puesto de la mejor mascota de su amo. Mauro se dirige al escritorio y entre la maraña de hojas arrugadas, lapiceras sin capuchones y CD’s desprovistos de la tapa busca una aspirina. Revuelve todo y en su búsqueda arroja algunas lapiceras al suelo. Abre los tres cajones del escritorio y registra sus interiores. Tira todo al suelo haciendo al suelo una especie de arena movediza. Nada. Se restriega su rostro con su mano derecha. Se fija en el cajón de la mesa de luz.

De repente sus ojos se fijan en un portarretrato de madera clara boca abajo. Levemente su garganta empieza a hacérsele un agrio nudo. Sus dientes muerden sus labios. Remisamente extiende su mano derecha para poner de pie tal portarretrato, pero se arrepienta y aprieta su puño mientras cierra sus ojos. En forma frenética abre el cajón del mueble, pero entre su prenda íntima y las medias, no hay ni una mísera calmante. Cierra el cajón y abandona el cuarto olvidándose de apagar la luz. Llega a la puerta de adelante y suspira. Mete su mano izquierda en los bolsillos de su jeans para ver si le queda alguna que otra moneda para comprar un remedio. Sólo tiene dos pesos. El resto del dinero, derrochado en vinos y champagne.

Abre la puerta y la luz del saliente sol baña su aún demacrado rostro. Cierra un poco sus ojos. Cierra la puerta con sus llaves y se las guarda en el bolsillo de atrás. En el aire se percibe una tolerante humedad. Camina en forma torpe. Luego de dos cuadras, llega a un kiosco. Lo atiende el dueño quien se siente inseguro de atenderlo, pero al final opta por considerarlo. Mauro compra una tableta de aspirinas y una pequeña botella de agua mineral. No quiere regresar a su casa.

Camina para despejarse un poco. La calle se encuentra casi despierta. Sólo existen un par de personas que duermen sobre la acerca bajo un estado embriagante. Algunos duermen, otros murmullan cosas incomprensibles. Mauro quiere alejarse más de la casa. Tanto estar deambulando se ha olvidado de tomar la aspirina. Se detiene un rato. Abre un comprimido de la tableta y se lo pone en su boca. La tableta se lo guarda en el bolsillo izquierdo de su pantalón. Desenrosca la tapa del agua mineral y bebe tres sorbos. Traga el analgésico y se siente bien como si se le hubiese aplicado un suave placebo. Luego escucha una ambulancia que va a toda prisa y pasa por frente de él. Si no hubiese visto esa cruda asistencia pasar como si el mal lo estuviese persiguiendo, su mente no se hubiera tornado gris.

Cuando Mauro termina de ver cómo pasa la ambulancia, en la vereda de enfrente se topa con una casa antigua, construida quizás a principios de siglo XX. El tiempo lo va devastado del todo. Por adentro no lo sabe, pero por fuera la lluvia y el calor han maltratado el hogar en forma inescrupulosa. Pronto el joven siente de vuelta un nudo en su garganta. Cierra sus ojos. Los abre y decide seguir su marcha, pero algo lo detiene. Mira para atrás y esa arcaica casa lo invita a acercarse. Siente una nostalgia en su pecho. A lo lejos, Mauro no puede distinguir lo que brota por el agujero de la llave. Algo brillante se destaca entre el comprensivo hábitat. Supera sus miedos y se acerca. Mira a los costados para cuidar que ningún coche lo atropelle. La calle, vacía. Algunos autos se divisan, pero a lo lejos. Cruza la calle y ese radiante objeto empieza a tomar forma a medida que Mauro se acerca a la casa. Una consuelda real pende fuertemente sobre el cerrojo. La flor color azul y violeta aún no ha perdido su gloriosa tonalidad. “Alguien lo dejó” piensa Mauro. La puerta desmenuzada de pintura clara y madera podrida no tiene un picaporte. El cerrojo, oxidado. Mira hacia arriba. Las ventanas de la casa de dos pisas se encuentran abierta de par en par. Algunos vidrios están rotos a causa del granizo y de las piedras arrojadas por los torpes adolescentes. Mauro traga con un fuerte sonido. Pasa suavemente su mano derecha sobre la puerta, la cual se abre con un fino crujido.

Por un lado, Mauro no quiere adentrase en ese mundo cubierto de polvo y suciedad capaz de avejentar a cualquier niño; pero por lado, desea ingresar al mismo para recordar a ella. Se percata que ambas opciones lo van a entristecer… aún más. Cierra la puerta poniendo su índice dentro del agujero en donde debió estar el picaporte. La consuelda, inamovible. Mauro se queda un rato frente a la puerta. Una chica pasa por la vereda y lo ve en forma extraña. Él no percibe la mirada curiosa de la transeúnte, quien camina a partir de ahí con mucha prisa. ¿Acaso las personas se apagan cuando ven a un objeto propio de la naturaleza? ¿Más una flor silvestre?

Aquella consuelda no es un flor cualquiera. Quizás para aquel que no le despierta algún sentimiento, pero para Mauro significa y ha significado mucho. La oreja de ella había servido como sostén para esa flor. Griselda se había emocionado por tal regalo. No espera un regalo simple pero idílico ante el primer aniversario. Ella lo besó primero en la mejilla derecha y luego lo besó profundamente, por lo que Mauro sintió una fricción en su corazón. Mientras los peatones pasaban, la pareja, indiferente para ellos, se entregaban a los besos.

La madrugada caía y la llovizna hacía lo mismo. Mauro y Griselda buscaron un refugio para protegerse ante la molesta lluvia. Encontraron una vieja casa y entraron por la puerta, desprovista de un picaporte. La flor sujetada a la oreja derecha de ella sorprendentemente no se había empapado. El comedor, dotado de una fría y extraña beldad, estaba corrompido de telas de arañas y polvo. Los cuadros de personas y paisajes, las mesas, los sillones d cuero podrido y las pequeñas estatuas sirvieron de albergue para las arañas y demás insectos. Las paredes de los cuartos que comunicaban con el comedor se oscurecían gradualmente a medida que se iban alargando. De por sí, el ambiente era tétrico. Griselda lo agarró fuertemente de la mano derecha, quien lo estrechó con mucho cuidado y la abrazó para contenerla. “Shhh. No tengás miedo. Estoy yo” le susurraba en su oído, mientras sentía ese delicado perfume en su nariz. La besó y la abrazó. Mauro despejó la suciedad impregnada en un sillón cubierto de plástico y se sentó. Luego ella se sentó sobre él como una espantadiza niña que busca un refugio seguro. Mauro la abrazó y le dijo: “Feliz aniversario. Te amo” El temible trueno que se escuchó no espantó a los novios mientras se besaban. La consuelda seguía arrojando desde lo alto su encantador oda.

Griselda…” Su voz se entrecorta en el vaho matutino. Se muerde sus labios. ¿Será acaso que aquella chica haya dejado esa flor en el cerrojo? ¿O que este lugar sigue siendo un reducto para cubrir a cándidos amantes? ¿Hay una familia de consueldas que se sienten ávidas de vivir en ese tibio espacio y que no lo abandonan por nada del mundo porque quieren enamorarse de las almas que se refugian allí y tener un grato recuerdo? Pensar que hace un año ese inocente amor, que duró tres años, se despedazó. El alcohol de la madrugada no le ha servido para nada, para olvidarla. “Me hubiera quedado en casa” se consuela Mauro. Cierra sus ojos y sus pestañas se levantan. Podía haber soportado esa jaqueca, pero duda de hacer llevadero el hecho de tener en su corazón a Griselda. De todas las cosas que abandonó y arrojó a la basura, como breves y conmovedoras cartas y osos de peluche, la foto boca abajo ubicado en su mesa de luz es la excepción.

Es conciente de que lo hace mal tenerla al lado, pero esa foto representa mucho, ya que la tomó un día domingo a la mañana en que le regaló la consuelda. Aunque haya pasado un año de inconfundibles besos y tiernas caricias, Mauro no puede dejar de lado ese insondable recuerdo que le provoca un brillo en sus ojos marrones. Toca en forma delicada los pétalos de la flor. Mira a los costados. Se aleja un paso y decide regresar a su casa. Las calles aún permaneces deshabitadas. Llega a su hogar. Abre la puerta con sus llaves. La cierra. Va hacia la cocina. Coloca la botella de agua dentro de la heladera. Abre las persianas del comedor. Va hacia su pieza. Abre la persiana. La luz entra al cuarto y empieza a acomodar su cama y el escritorio. Su vista se clava en el portarretrato. Se acerca a la mesa de luz y lo levanta. Destapa el pie del adorno de madera. Saca la foto y lo da vuelta para verla. El dolor de cabeza aparece, como su anual y triste nostalgia.

Larga Vida al Aniversario!!!!!

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