
Unos soldados vestidos con un peto en forma de as rojo de carta la persiguen entre el tupido bosque. Ella se agita con el pasar de las tétricas ramas. El aire seca sus lágrimas con la corrida. Las pequeñas antorchas que llevan la milicia alumbran en forma minuciosa los recónditos espacios del boscaje. Ella siente el ardor de la luz. Huye más rápido hasta que se resbala y cae en un colchón de hojas, que al segundo se hace añicos. Con un grito ahogado, Alicia cae.
Mientras cae, siente una fresca brisa en su rostro, la cual permanece aterrada por su inevitable muerte. Cierra sus ojos celestes para mitigar el fuerte dolor. Siente que su cuerpo se aliviana. Se siente como una pluma de flamenco. La oscuridad de esa ciénaga empieza a tornarse clara. Ve aproximarse desde abajo flores. Está a punto de convertirse en polvo, pero levita en el aire. Cae en forme lenta. Finalmente llega al suelo. Ni una mínima herida sufre la joven. Así como una pluma cae a la tierra sin lastimadura alguna, ella reviste la misma templanza. Abre los ojos cuidadosamente. Huele a pasto. Todo verde. Escucha el graznido de aves. Se da vuelta boca arriba y ve un cielo completamente celeste. Desde el suelo ve rosas y petunias. Levanta su torso para ver los alrededores. Ve una hermosa plantación de vivas flores rojas y amarillas. Ella oscila entre la sorpresa y la emoción.
Se refriega sus ojos. Los abre una y otra vez. Es real. El plantío se extiende a lo lejos. No hay límite. El horizonte plagado de perfume natural y celestial. Se levanta del suelo y se acomoda su vestido celeste. Mira el paisaje y se tapa la boca con su mano derecha. No sabe en qué dirección recorrer tal paisaje. Da media vuelta y camina. El suelo es muy suave. ¿Acaso las nubes se depositan allí? Mientras camina, toca los pétalos de las flores que va dejando atrás. Inspira. El aire es puro. Ve tres sombras que se reflejan sobre el sembradío. Mira hacia arriba y ve a tres aves que vuelan sobre ella. Baja su mirada y sigue su indefinido recorrido. De pronto, su respiración se entrecorta. Se detiene por un momento. Le es difícil respirar. Se agacha. Sus ojos se nublan. Se desmaya y sus ojos se cierran.
De golpe, Alicia empieza a respirar y abre sus ojos desorbitadamente. Siente algo suave en su cabello rubio. Mira y alrededor de su cabeza hay plumas anaranjadas. No despega su cabeza para nada. Yace mirando a un costado. Respira en forma agitada. En frente suyo hay un ventanal. Las claras cortinas verdes abiertas se sacuden en forma frenética. A través de la ventana, apenas divisa una colina cubierta por la niebla nocturna. Frunce el ceño. Se levanta de esa extraña cama. Está acostada sobre una sábana cubierta de plumas. Al lado izquierdo de la ventana, hay una biblioteca; y del otro, un escritorio. Mira atrás suyo y solamente hay una puerta abierta. No quiere adentrarse a esa oscuridad. Se muerde los labios. Voltea su cabeza hacia el mirador. Abandona el lecho y se dirige al ventanal. El piso está hecho con vigas de madera. Se tambalea debido a un efímero mareo. Se toca su frente con la mano derecha. Camina hasta llegar a la curiosidad. Corre las cortinas. Un mar enturbiado se mueve con toda su furia. Mira hacia abajo y las cascadas rompen contra la pared de la casa que no es sino una torre. El viento sacude fuertemente su cabello. Casi hace volar la bincha roja que sostiene su peinado ondulante. Luego escucha un golpe sobre la puerta de atrás. Se voltea. Alguien o algo toca la puerta de manera constante. En la rendija inferior ve una potente luz roja y luego ve aparecer una sombra. Alicia se asusta.
Los golpes descargados sobre la puerta son muy fuertes. La perilla es movida frenéticamente. Escucha que rayan. En forma torpe, Alicia corre las cortinas y se equilibra en cuclillas sobre el marco inferior del ventanal, mirando a la colina. Se muerde los labios. Se agita. Se agarra sobre el marco. Mira para atrás y la puerta se abre con un tenebroso crujido. Cuando la luz roja y la sombra espectral se dejan entrever para invadir la habitación, ella se da vuelta y se lanza. Ve la enturbiada agua. Cierra sus ojos y respira intensamente.
Piensa en escuchar el estruendoso zambullido dentro del mar. Pero no ocurre nada de eso. Abre los ojos y siente en su rostro algo duro y rugoso. Sus brazos y piernas penden en el aire. Se incorpora, pero se sostiene fuertemente de una frondosa rama. Mira hacia abajo y está lo bastante alto del suelo. Padece vértigo. El follaje del árbol se agita. Es extraño pero no corre ni una tímida brisa. No quiere madrugar allí. Empieza a correrse para atrás. Luego escucha un crujido. Se detiene. La rama en la que se está sosteniendo comienza a resquebrajarse. Apresura su marcha atrás, pero la rama se rompe. Ella cae y agita sus brazos para agarrarse de una rama. Por suerte, una se compadece y la agarra. Ve abajo la caída de la rama, que despedaza hojas y gajos. Alicia suspira. Pende de una rama.
Trepa hasta llegar al tronco del árbol. Debajo de ella hay una rama frondosa. Parece ser segura. Suelta sus manos y cae sobre la fuerte corteza. Se bambolea. Se equilibra con sus brazos, los cuales están debilitados. Se agita. Se sienta y apoya su espalda sobre el tronco. Está exhausta. Acera su cabeza para mirar abajo. Ve solamente ramas y ramas. Le parece extraño ya que minutos antes había visto pasto y ahora hay follaje. Luego escucha un sonido al parecer animal. Mira a los costados. Nada. Lo escucha de vuelta. Parece el ronroneo de un gato. Mira hacia arriba y exactamente lo es. El felino blanco lo contempla con sus potentes ojos amarillos. Soslaya su cabeza como un perro que mira de manera compasiva. Ella se levanta y llama al gato tronando sus dedos y chistando suavemente. El gato se prepara para saltar; y ella para agarrarlo. El sociable animal se lanza sobre ella y lo agarra. Ella trastabilla, pero recupera el equilibrio. Lo tiene entre sus brazos. Pega suavemente su pequeña cabeza sobre la pera de la joven y se mimosea. Mientras lo carga entre sus brazos, se sienta sobre la rama. De un abrir y cerrar los ojos, el gato se duerme. Su cola se contornea.
Alicia siente una molestia en su nariz. Le empieza a picar y estornuda. Nota con sorpresa la asomada alergia por el pelaje gatuno. Estornuda cada tres segundos. Se levanta. Suelta al gato, que ya se ha despertado como consecuencia del ruido y se aleja saltando a otra rama. De tanto estornudar, sus ojos lagrimean. Ve todo borroso y trata de encontrar el tronco, pero es en vano. Finalmente esa suerte equilibrada se desvanece y Alicia cae. Las puntas de los gajos pegan y lastiman su pulcro rostro. Tapa su rostro para por lo menos proteger su alicaída cara. Siente que su cuerpo rebota como si estuviese saltando sobre una cama elástica. Abre los ojos y ve alrededor de su cara una cama blanca. Se incorpora y se percata de que no es un catre, sino una pomposa nube.
Desde el benévolo cielo en donde la suntuosa concordia reina, Alicia mira una bandada de golondrinas. También a lo lejos ve un globo aerostático. No sabe con exactitud si esa persona que maneja el globo la saluda agitando su brazo izquierdo, pero para no perder el lejano respeto, lo saluda con su brazo derecho. Observa a sus alrededores. No hay nubes de pequeñas proporciones, sino extensas capas de claros nubarrones que cubren el harapiento vacío de abajo. Se agacha para tocar la nube. Agarra un pequeño puñado con su mano derecha. Es esponjosa, pero a los cinco segundos se evapora.
Camina sobre el etéreo lugar. Hasta ahora, Alicia nunca percibió la paz en su máximo esplendor. Cierra sus ojos y sonríe. Extiende sus brazos. Se da cuenta de que su alergia ha desaparecido completamente. Cuando abre sus ojos para poder disfrutar de la encantadora zona, la atmósfera se oscurece allá abajo. Desde esa posición, ve el cielo ahora oscuro que refusila. Ella se detiene. Está anonadada, ya que debe ser la primera persona del mundo en ver una avecinada tormenta desde arriba. Siente el levitante suelo frío y húmedo. Escucha un estruendoso trueno que casi deja sorda a Alicia. Se tapa los oídos. Aún así, los truenos se amplifican. Luego, ve a la distancia un rayo que sale desde abajo capaz de hacer trizas una casa. Los fucilazos se acercan a ella amenazando su existencia. Ella corre por su vida.
Los rayos se acercan velozmente a Alicia. Cierra sus ojos y agiliza su corrida. De repente, el cielo se abre y ella, al tener los ojos cerrados, se desploma. Abre los ojos y se encuentra en el aire. Siente la fresca y fría lluvia sobre su cuerpo. “¿A dónde?” piensa. Se desmaya en el aire y su cuerpo divaga sin conciencia en el aura. Siente que alguien le tira agua. Se despierta. Sus ojos no ven nada. La vista está velada. Parece como si estuviese ciega. Hace un intento de enfocar su mirada. Definitivamente lo logra. Ve una manguera de color azul que despotrica su potente chorro de agua sobre ella. Pero ella no esquiva el chorro. Ni tampoco detiene a esa persona que lo acomete. Ella permanece estática. La crispante corriente trata de despejar la mirada dilapidada y apesadumbrada de Alicia, pero es inútil. La arcaica y pequeña estatua del humilde jardín, aunque por fuera derrocha abatimiento, por dentro emana lozanas, arriesgadas y bienaventuradas aventuras. Alicia desea no despertar de ese conjuro.
Mientras cae, siente una fresca brisa en su rostro, la cual permanece aterrada por su inevitable muerte. Cierra sus ojos celestes para mitigar el fuerte dolor. Siente que su cuerpo se aliviana. Se siente como una pluma de flamenco. La oscuridad de esa ciénaga empieza a tornarse clara. Ve aproximarse desde abajo flores. Está a punto de convertirse en polvo, pero levita en el aire. Cae en forme lenta. Finalmente llega al suelo. Ni una mínima herida sufre la joven. Así como una pluma cae a la tierra sin lastimadura alguna, ella reviste la misma templanza. Abre los ojos cuidadosamente. Huele a pasto. Todo verde. Escucha el graznido de aves. Se da vuelta boca arriba y ve un cielo completamente celeste. Desde el suelo ve rosas y petunias. Levanta su torso para ver los alrededores. Ve una hermosa plantación de vivas flores rojas y amarillas. Ella oscila entre la sorpresa y la emoción.
Se refriega sus ojos. Los abre una y otra vez. Es real. El plantío se extiende a lo lejos. No hay límite. El horizonte plagado de perfume natural y celestial. Se levanta del suelo y se acomoda su vestido celeste. Mira el paisaje y se tapa la boca con su mano derecha. No sabe en qué dirección recorrer tal paisaje. Da media vuelta y camina. El suelo es muy suave. ¿Acaso las nubes se depositan allí? Mientras camina, toca los pétalos de las flores que va dejando atrás. Inspira. El aire es puro. Ve tres sombras que se reflejan sobre el sembradío. Mira hacia arriba y ve a tres aves que vuelan sobre ella. Baja su mirada y sigue su indefinido recorrido. De pronto, su respiración se entrecorta. Se detiene por un momento. Le es difícil respirar. Se agacha. Sus ojos se nublan. Se desmaya y sus ojos se cierran.
De golpe, Alicia empieza a respirar y abre sus ojos desorbitadamente. Siente algo suave en su cabello rubio. Mira y alrededor de su cabeza hay plumas anaranjadas. No despega su cabeza para nada. Yace mirando a un costado. Respira en forma agitada. En frente suyo hay un ventanal. Las claras cortinas verdes abiertas se sacuden en forma frenética. A través de la ventana, apenas divisa una colina cubierta por la niebla nocturna. Frunce el ceño. Se levanta de esa extraña cama. Está acostada sobre una sábana cubierta de plumas. Al lado izquierdo de la ventana, hay una biblioteca; y del otro, un escritorio. Mira atrás suyo y solamente hay una puerta abierta. No quiere adentrarse a esa oscuridad. Se muerde los labios. Voltea su cabeza hacia el mirador. Abandona el lecho y se dirige al ventanal. El piso está hecho con vigas de madera. Se tambalea debido a un efímero mareo. Se toca su frente con la mano derecha. Camina hasta llegar a la curiosidad. Corre las cortinas. Un mar enturbiado se mueve con toda su furia. Mira hacia abajo y las cascadas rompen contra la pared de la casa que no es sino una torre. El viento sacude fuertemente su cabello. Casi hace volar la bincha roja que sostiene su peinado ondulante. Luego escucha un golpe sobre la puerta de atrás. Se voltea. Alguien o algo toca la puerta de manera constante. En la rendija inferior ve una potente luz roja y luego ve aparecer una sombra. Alicia se asusta.
Los golpes descargados sobre la puerta son muy fuertes. La perilla es movida frenéticamente. Escucha que rayan. En forma torpe, Alicia corre las cortinas y se equilibra en cuclillas sobre el marco inferior del ventanal, mirando a la colina. Se muerde los labios. Se agita. Se agarra sobre el marco. Mira para atrás y la puerta se abre con un tenebroso crujido. Cuando la luz roja y la sombra espectral se dejan entrever para invadir la habitación, ella se da vuelta y se lanza. Ve la enturbiada agua. Cierra sus ojos y respira intensamente.
Piensa en escuchar el estruendoso zambullido dentro del mar. Pero no ocurre nada de eso. Abre los ojos y siente en su rostro algo duro y rugoso. Sus brazos y piernas penden en el aire. Se incorpora, pero se sostiene fuertemente de una frondosa rama. Mira hacia abajo y está lo bastante alto del suelo. Padece vértigo. El follaje del árbol se agita. Es extraño pero no corre ni una tímida brisa. No quiere madrugar allí. Empieza a correrse para atrás. Luego escucha un crujido. Se detiene. La rama en la que se está sosteniendo comienza a resquebrajarse. Apresura su marcha atrás, pero la rama se rompe. Ella cae y agita sus brazos para agarrarse de una rama. Por suerte, una se compadece y la agarra. Ve abajo la caída de la rama, que despedaza hojas y gajos. Alicia suspira. Pende de una rama.
Trepa hasta llegar al tronco del árbol. Debajo de ella hay una rama frondosa. Parece ser segura. Suelta sus manos y cae sobre la fuerte corteza. Se bambolea. Se equilibra con sus brazos, los cuales están debilitados. Se agita. Se sienta y apoya su espalda sobre el tronco. Está exhausta. Acera su cabeza para mirar abajo. Ve solamente ramas y ramas. Le parece extraño ya que minutos antes había visto pasto y ahora hay follaje. Luego escucha un sonido al parecer animal. Mira a los costados. Nada. Lo escucha de vuelta. Parece el ronroneo de un gato. Mira hacia arriba y exactamente lo es. El felino blanco lo contempla con sus potentes ojos amarillos. Soslaya su cabeza como un perro que mira de manera compasiva. Ella se levanta y llama al gato tronando sus dedos y chistando suavemente. El gato se prepara para saltar; y ella para agarrarlo. El sociable animal se lanza sobre ella y lo agarra. Ella trastabilla, pero recupera el equilibrio. Lo tiene entre sus brazos. Pega suavemente su pequeña cabeza sobre la pera de la joven y se mimosea. Mientras lo carga entre sus brazos, se sienta sobre la rama. De un abrir y cerrar los ojos, el gato se duerme. Su cola se contornea.
Alicia siente una molestia en su nariz. Le empieza a picar y estornuda. Nota con sorpresa la asomada alergia por el pelaje gatuno. Estornuda cada tres segundos. Se levanta. Suelta al gato, que ya se ha despertado como consecuencia del ruido y se aleja saltando a otra rama. De tanto estornudar, sus ojos lagrimean. Ve todo borroso y trata de encontrar el tronco, pero es en vano. Finalmente esa suerte equilibrada se desvanece y Alicia cae. Las puntas de los gajos pegan y lastiman su pulcro rostro. Tapa su rostro para por lo menos proteger su alicaída cara. Siente que su cuerpo rebota como si estuviese saltando sobre una cama elástica. Abre los ojos y ve alrededor de su cara una cama blanca. Se incorpora y se percata de que no es un catre, sino una pomposa nube.
Desde el benévolo cielo en donde la suntuosa concordia reina, Alicia mira una bandada de golondrinas. También a lo lejos ve un globo aerostático. No sabe con exactitud si esa persona que maneja el globo la saluda agitando su brazo izquierdo, pero para no perder el lejano respeto, lo saluda con su brazo derecho. Observa a sus alrededores. No hay nubes de pequeñas proporciones, sino extensas capas de claros nubarrones que cubren el harapiento vacío de abajo. Se agacha para tocar la nube. Agarra un pequeño puñado con su mano derecha. Es esponjosa, pero a los cinco segundos se evapora.
Camina sobre el etéreo lugar. Hasta ahora, Alicia nunca percibió la paz en su máximo esplendor. Cierra sus ojos y sonríe. Extiende sus brazos. Se da cuenta de que su alergia ha desaparecido completamente. Cuando abre sus ojos para poder disfrutar de la encantadora zona, la atmósfera se oscurece allá abajo. Desde esa posición, ve el cielo ahora oscuro que refusila. Ella se detiene. Está anonadada, ya que debe ser la primera persona del mundo en ver una avecinada tormenta desde arriba. Siente el levitante suelo frío y húmedo. Escucha un estruendoso trueno que casi deja sorda a Alicia. Se tapa los oídos. Aún así, los truenos se amplifican. Luego, ve a la distancia un rayo que sale desde abajo capaz de hacer trizas una casa. Los fucilazos se acercan a ella amenazando su existencia. Ella corre por su vida.
Los rayos se acercan velozmente a Alicia. Cierra sus ojos y agiliza su corrida. De repente, el cielo se abre y ella, al tener los ojos cerrados, se desploma. Abre los ojos y se encuentra en el aire. Siente la fresca y fría lluvia sobre su cuerpo. “¿A dónde?” piensa. Se desmaya en el aire y su cuerpo divaga sin conciencia en el aura. Siente que alguien le tira agua. Se despierta. Sus ojos no ven nada. La vista está velada. Parece como si estuviese ciega. Hace un intento de enfocar su mirada. Definitivamente lo logra. Ve una manguera de color azul que despotrica su potente chorro de agua sobre ella. Pero ella no esquiva el chorro. Ni tampoco detiene a esa persona que lo acomete. Ella permanece estática. La crispante corriente trata de despejar la mirada dilapidada y apesadumbrada de Alicia, pero es inútil. La arcaica y pequeña estatua del humilde jardín, aunque por fuera derrocha abatimiento, por dentro emana lozanas, arriesgadas y bienaventuradas aventuras. Alicia desea no despertar de ese conjuro.
Larga Vida a la Imaginación!!!!!
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