domingo, 19 de abril de 2009

P.M.


Una simple pero complicada duda asalta la mente de Pamela: ¿ir o no? De un abrir y cerrar los ojos, el día, soleado y atractivo, pasó a un gris y contemplativo anochecer. Más allá del frío polar que se avecina para calar hasta los pómulos, a ella lo que más le angustia es saber si Diego va a estar ausente en la plaza. Cada vez que piensa en él, se siente motivada a suspirar y taparse medio rostro con su mano, mientras asoma una sonrisa complacida. Cierra sus ojos marrones para recrear su mirada. Su corazón se abraza a sus brazos. Una tibia brisa acaricia su rostro, la cual se apoya sobre los brazos. El marco de la ventana sostiene su cara de ángel. Se levanta de la silla de mimbre y agarra de la pequeña mesa de luz su celular negro. Lo abre para ver si le ha llegado un mensaje de texto de parte de Diego. No hay vislumbre. Lo cierra. Va a la punta de la cama y se sienta. Deja su celular al costado suyo. Realmente no sabe que hacer.

Contempla la nada cifrada en la pared de verde pastel. Se pasa su mano izquierda sobre su brazo derecho. Tan estrecha y delgada es la línea que separa la duda de la certeza. En las situaciones límites, uno no sabe qué hacer. ¿Qué bifurcación tomar si ambos trechos conducen a distintos y concretos destinos? Luego escucha un leve trueno. Gira su cabeza para ver sobre la ventana el cielo. Aún es gris. Baja su cabeza y coge su celular. Lo abre y lo llama a Diego. Aguarda. No hay contestación alguna. Cuelga. Llama nuevamente. Espera hasta al cuarto tono. Cuelga. Se levanta de su cama. “Él me dijo que si se presentaba algún inconveniente, me iba a llamar”, balbucea Pamela. Decide esperar quince minutos para que una novedad haga tocar su dubitativa puerta.

Cierra la ventana de su pieza. El frío se cuela en su habitación y trastoca los osos de peluche que descansan sobre el espaldar de su cama. Se sienta sobre la silla marrón giratoria de su escritorio. El presente mueble de color blanco está completamente ordenado. Los libros de Historia y Contabilidad II descansan sobre una hoja de cartón rosa. Un pequeño cesto de aluminio sirve para colocar sus lapiceras y biromes de color azul, rojo y verde. El pequeño péndulo, obsequio otorgado por su abuela Carmen, sigue su curso de encantador hipnosis. Al costado, se encuentra un cuaderno anillado de tapa beige, una especie de diario íntimo en donde vuelca, más que impresiones del día codificado en letra cursiva, garabatos y pequeñas frases. Abre el cuaderno y abre la última página. Saca del cesto una birome azul. Abre el capuchón y lo deja a un costado. Apoya la biromé sobre la hoja en blanco. No sabe que escribir. Más en este momento de encanto perturbado. Lo único que le sale de su alma es dibujar los signos de interrogación.

Mientras remarca los contornos de los signos de pregunta se le brillan sus ojos. Ansía verlo, aún si una tormenta resquebraja los árboles y el techo de la vieja escuela. Ella, tímida, no quiere arruinar una relación de amistad con Diego, también reservado. No se anima a decirle a él que piensa en él todo el día. Prefiere acallar su abrasivo sentimiento y continuar siendo un buen compañero de estudio con quien puede compartir sus alegrías y desdichas. Un mes ha servido de prueba para corroborar una fructífera relación. Ella extraña sus palabras reconfortantes, pero no sabe si él siente lo mismo.

Gira su cabeza hacia atrás para ver el reloj. Marcan las 16:45 hs. Pamela decide arriesgarse. Abre la perta del placard y extrae de él su gabardina negra. Cierra la puerta. Se pone el abrigo sobre un pulóver violeta que tiene puesto. Se va al baño. Prende la luz y se peina su ondulado pelo castaño que llega hasta sus hombros. Se maquilla. Mira por un rato su bello rostro. Suspira. Apaga la luz y se va del baño. Baja las escaleras en forma rápida. Apoya su mano izquierda sobre la baranda. Sus pequeñas botas negras hacen eco sobre el solitario comedor. Pronto advierte que no tiene el celular. Sube por él y baja nuevamente al comedor. Abre la puerta con su llave. Sale afuera y la cierra tras ella. El frío se hace presente en las esquinas del barrio y se cuela hasta dentro de los constreñidos adoquines de la calle.

Pamela se abotona hasta el cuello y mete sus manos en los bolsillos de la gabardina. Camina dos cuadras hasta llegar a la parad del colectivo. Nadie se encuentra en ese frío lugar. Tras diez minutos se impacienta por la tardanza del colectivo. Parece que el mundo se ha puesto en contra para hacer todo lo posible para que ella no lo vea a ese ¿amigo? Pasan varios autos, pero colectivos, cero. Luego divisa un taxi y hace la señal de parada con su mano derecha. El taxi disminuye su velocidad y para el carro. Ella abre la puerta y se adentra. “A la Plaza Torres” le avisa al taxista, quien pone el taxímetro en marcha, al igual que el auto. Silencio absoluto en el interior del taxi. Pamela mira los autos pasar, pero nota la ausencia total de los transeúntes. El asaltante cambio de clima ha provocado que todos se refugien en sus cómodas y cálidas casas. Otros, permanecen en el trabajo para adelantar el trabajo del día de mañana. ¿Acaso ella es la única persona, aparte del conductor, que va mientras los otros vienen?

Tras veinte minutos de viaje, Pamela llega a la plaza. El taxista detiene el taxímetro y ella le abona la tarifa correspondiente. Desciende del auto y cierra la puerta. El taxi sigue su marcha en busca de más pasajeros. Camina sobre el empedrado del suelo de la plaza. Casi nadie hay en el espacio antes verde. Sólo emanan de la tierra árboles desprovistos de hojas. Las ramas cuelgan como brazos en búsqueda de alguna ayuda. Se sienta sobre un gran banco en forma de U, el cual la pintura blanca ha empezado a desgastarse con e pasar del tiempo. Mira a sus alrededores. A lo lejos, divisa a un hombre de avanzada edad, quien lee el diario del día. El viento empieza a soplar y le incomoda al señor seguir leyendo debido a que la corriente dobla las hojas del periódico, como así también su creciente calvicie que deja al descubierto unos cuantos pelos canosos. También observa a un joven cuidador de perros, quien está sentado sobre el pasto mientras los caninos mueven frenéticamente sus rabos y mantienen sus mandíbulas boquiabiertas.

Pamela se acomoda su manga derecha para ver la hora de su reloj. Marca la 17:20 hs. En cuestión, el esperado encuentro tenía como horario las 17:00 hs. Pero ella se asombra, ya que la primera vez que se conocieron, Diego le confesó que la puntualidad es su norma, para aclarar acerca de los compromisos a confirmar. Pensar que esa breve charla entre dos desconocidos sobre cualquier asunto puede catapultar a una conversación interesante y deliciosa. Justo esa plática se había dado en frente del añejo portón negro de la escuela terciaria. Las ventanas cerradas de los tres pisos se encuentran desprovistas de cortinas. Acaso para despabilar la creciente longevidad del edificio Fue una completa satisfacción verlo esperando por ella a la salida del colegio. No se animaba a decirle algo debido a que Pamela estaba con sus tres mejores amigas, por lo que agachó su cabeza y miró hacia el suelo. Mientras los estudiantes salían para despejar sus mentes tras una ardua educación diurna, Pamela y Diego se encontraban charlando acerca de preferencias e ideas. Cada comentario terminaba con una sonrisa y un brillo en los ojos.

La baja temperatura se hace más evidente. Aquel señor del periódico cierra la lectura y lo pone sobre su hombro y el joven de los perros se levanta, con lo que los perros avanzan a pasos agigantados. El paseador es tirado como una pluma por la fuerza canina, que no ve la hora de llegar a sus respectivas casas para comer y dormir sobre una alfombra cerca de la cálida fogata y de la sonrisa de los dueños. Pamela se queda sola completamente. Sus manos, que buscaban calor entre sí mismas, se refugian en las axilas. El viento sacude sutilmente su cabello lacio. Suspira. El primer botón de su gabardina se desprende. Saca su mano derecha de la axila y se lo abrocha. Escucha el recalcitrante sonido del viento, agriado por la vida oscura y solitaria que lleva.

Saca la mano derecha de su axila y extrae del bolsillo derecho su celular. Le tiemblan las manos. Manda un mensaje de texto a la augurada ilusión. Lo guarda en su bolsillo. Espera por la contestación. Mira atrás para ver si Diego llega por atrás para sorprenderla. Detrás del banco hay una pequeña flor de lirio que descansa sobre el enfermizo pasto. El viento parece haberla arrancado de su fértil pedestal. Todavía irradia de blancura. Lo agarra con su mano derecha y se lo acerca a su nariz. Emana un rico perfume sabor a un dulce encuentro. Se da vuelta y mantiene la flor en su mano. Mientras lo huele, sonríe.

A los lejos ve a una persona. No sabe con perfecta seguridad si es Diego. Su corazón empieza a palpitar y una sonrisa se le dibuja en su rostro. Ella se levanta con su flor en la mano. El esfuerzo ha sido en vano. El peatón cruza el centro de la plaza y la ve con seriedad y extrañeza. Quizás por ser una de las pocas personas que se encuentran en este lugar. Pamela se sienta. Saca su celular y marca el número. Nadie atiende. Llama a su casa. La misma situación. Suspira. “Quizás tuvo una emergencia” trata de converse a sí misma. Pero ella ni cree en esa vagancia dubitativa. Guarda su celular. Se levanta del banco y decide irse. Antes de cruzar la calle, mira para atrás afín de encontrarlo. El semáforo se pone en rojo. Los autos detienen sus motores. Da vuelta su cabeza hacia atrás al igual que su cuerpo y regresa al banco. Camina y llega a su malogrado asiento.Cruza sus brazos para abrigar sus frías manos. Sus ojos se tornan vidriosos. Se seca sus lágrimas con su manga izquierda.

La oscura noche baja definitivamente. Pamela tirita. Aún mantiene la esperanza de que Diego llegue en cualquier momento. Saca de su bolsillo izquierdo una barra de caramelos de miel. Extrae uno y mete el resto en su bolsillo. Le saca el envoltorio y lo come. El papel se lo guarda para tirarlo en un cercano bote de basura. Los grillos empiezan a cantar en forma pausada. La joven ve las sombras de los árboles vetustos y de la fachada de la escuela proyectadas por los faroles incandescentes. Ve su reloj. Marca las 19:45 hs. De pronto llaman a su celular. Lo saca del bolsillo y lo abre. Es un mensaje de texto acerca de una promoción de SMS gratis por seis meses. Mina sus fuerzas. Lo cierra y lo guarda. Tiene miedo de que a Diego le haya pasado algo grave. Se angustia. “No me enojaría con él. Ni menos voy a basurearlo. Pido tan sólo que llegue” susurra Pamela. La flor de lirio se resiste a perecer, mientras, acurrucada de frío, su corazón batalla contra la tardanza. “¿Vendrá?”.

Larga Vida a la Prontitud!!!!!

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