miércoles, 8 de abril de 2009

Femme Fatale


No es de extrañar que Francisca lleve en su elegante cartera negra un revolver para silenciar a cada hombre que conoce en su vida. Por suerte, ella no ha perpetrado hasta el momento un homicidio. Tales hombres no mueren desangrados por un desgarrante tiro. Al contrario, sucumben ante su belleza y cuando parece que la relación va en viento en popa, ella capitula en forma abrupta. Nada de un adiós. Ni siquiera un abrazo o un beso. Ella se aleja. Desaparece. No le importa si aquel sujeto es muy dulce o bonachón. Desdeña de las citas románticas. A veces soporta el resplandor de los faroles mientras camina con ellos. Pero eso no le inspira ni una fructífera poesía. Su corazón esta rodeado por un grueso alambrado de púa que nunca se oxida con el pasar de las lujurias. La sensibilidad rebota en ella. Y las lágrimas no funcionan en ella. Francisca toma como diversión fastidiar a cualquier hombre. Las consecuencias, qué importan.

Tal es su desenfrenada perversidad que lleva consigo una pequeña libreta en donde vuelca sus efímeros amoríos. Simplemente, pone la fecha del día y escribe el nombre de la no tan inocente víctima y sus defectos. Ello no redime las virtudes. La lista es tan considerable que tranquilamente se pueden publicar tres tomos de cualquier enciclopedia importante. Bajo esos ojos negros, se esconde pura frialdad y desprestigio hacia el encanto de amar. Sus cejas marcadamente arqueadas refuerzan ese orgullo y su cabello azabache, tijereteado en forma agresiva, muestran a un ser carente de sentimientos.

Más allá de su esbelto cuerpo, esculpido quizás por cualquier prestigioso escultor renacentista, lo que más cautiva es su sonrisa. Esta sonrisa, como todas, enternece e hipnotiza, pero frustra a la víctima después del amanecer. Ella juega con los hombres. O mejor, los desecha como pañuelos descartables. Ningún hombre se ha resistido ante su sugestiva maldad hasta hoy. Ella piensa que la bondad existe (si es que la siente), pero debe existir la maldad para equilibrar el mundo. La maldad como resultado de lo irracional. La pasión como respuesta de lo irracional.

Más acrecienta su pose sensual, más abre las posibilidades de conseguir a cualquier hombre, ya sea despistado o bien despierto. Ella siente más predilección por aquellos hombres que rebosan de introversión, de timidez y de un silencioso naufragio. O sea, se complace por dañar a los etiquetados como perdedores. Es más fácil manejarlos como dóciles mascotas, ya que acatan todo lo que dicta ella. Es conciente de que esta clase de gente padece sensiblería, por lo tanto, sufre más por su belleza mortal. Al contrario de los hombres brillantes, dotados de músculos, que derrochan superficialidad, ella escoge los debiluchos para gozar su desgraciada actitud.

Como un radar, Francisca busca minuciosamente aquel sujeto sin grandes cualidades para aprovecharse lo más efectivo como rápido posible. Se traslada por medio de su descapotable auto gris. Tras unas cuantiosas direcciones callejeras a plena tarde, el hombre del día no se encuentra disponible. Detiene su auto bajo la sombra de un árbol y siente algo en sus ojos. No sabe si una extraña partícula ha invadido las retinas de sus ojos porque empieza a lagrimear. Se pasa la mano con su pañuelo que saca de su cartera. Luego se ríe por el hecho de que lagrimea. Para ella, es un hecho tanto insólito como fastidioso. Abre la ventanilla derecha y saca de su cartera un atado de cigarrillos y un encendedor plateado. Saca uno y lo enciende. Pronto advierte que de todos los lugares que ha recorrido, la plaza fue la anomalía. Sonríe y arranca su auto.

Superadas las siete cuadras, Francisca arriba a la plaza. Estaciona su auto y desde ese cómodo lugar, contempla cada espacio del terreno verde. Juega con su encendedor sobre el oscuro volante. No pierde de vista a la plaza. Divisa a parejas, pero a ningún soltero, menos perdedor. Luego de dos horas, arranca el motor de su vehículo. El mismo se pone en marcha. De repente, un joven cruza la calle corriendo y no divisa el auto. Francisca frena en forma tosca y el individuo se asusta. Se le caen dos libros que tiene bajo su brazo derecho. El mismo le pide perdón con un triste balbuceo. Agacha y recoge sus libros. Ella se sorprende. Lo ve que se dirige a la plaza y se sienta en un asiento de piedra. Apaga el motor. Ella pita su cigarrillo y emana de su boca una gran bocanada. Saca de su cartera una colonia y se lo rocía alrededor de su cuello. Lo guarda. Abre la puerta del auto y la cierra.

Camina hacia el tímido joven. Él percibe que alguien se acerca a él, pero quiere concentrarse en la lectura de las reacciones químicas producidas por la oxidación y reducción. Llega a él y lo saluda. Él hace lo mismo en forma cortante. Francisca se sienta al lado de él y le dice: “Casi te mato, perdoname. Me llamo Francisca. ¿Cómo te llamas?”, pregunta, a lo que él responde sin despegar sus ojos verdes del libro: “Abel”. “Como el desafortunado hermano de Caín, pero espero que no seas como él”. Abel, quien se siente anonadado ante la conversación, no le responde. Ella le cierra el libro, lo mira y agrega: “Mirá, desde que te vi recién, me pareces una persona bastante interesante. Quiero remediar el accidente que sufriste hace un par de minutos. ¿Qué te parece si paseamos por ahí?” Abel se siente fascinada por aquella sensual y extraña mujer. Ella le sonríe y él se debilita. “Bueno, esta bien” responde apenas. Ambos se levantan del banco y lo invita a entrar al descapotable. Lo mismo hace ella.

Empieza a anochecer. Francisca arranca su auto. Ella no le dirige ni una palabra a Abel, quien se siente perplejo ante semejante cuadro. Ella pita su cigarrillo. Llega a un semáforo, el cual se pone en rojo. Del otro lado de la banquina, una pandilla silba desde su auto a la joven, quien guiña su ojo derecho y sonríe. Abel frunce el ceño. El semáforo, en verde. El auto, en marcha. Luego de veinte minutos, Abel pregunta intrigado: “¿A dónde vamos?”. Ella le responde sin perder la maniobra al auto: “A un lugar que me despierta fantasías”.

Abel se da cuenta que el paseo deja atrás los suburbios y las casas prácticamente no existen. La oscuridad se hace latente. Francisca detiene el carro. Luego Abel escucha un tenue sonido. Es el del mar. Aquella fantasía de la joven no es sino la del puerto abandonado. Este lugar es una especie de cementerio de barcos. Grandes y pequeñas embarcaciones descansan silenciosamente, ya sea sobre la arena o sobre el agua. El deterioro de estos buques muestra un total apego por el abandono. Las canoas, que otrora sirvieron como ayuda a apenadas almas, se encuentran encalladas por una soga sujeta a un palo corrompido. Nada parece compensar su utilidad.

Los faroles encendidos del auto iluminan sólo el vaho del fresco aire. Apenas se distinguen las sobras de los barcos. Francisca, quien fuma, mira el retrovisor. Luego lo mira a Abel y se acerca. Ella tira el cigarrillo por la ventanilla y lo besa en forma apasionada. El se queda atónito. Cierra sus ojos. Ella, no. La mente del joven, almacenada para el estudio y las responsabilidades de la casa, se sedimenta de besos y caricias. Ella lo desnuda, pero él no la toca. Apenas roza sus manos sobre su cuerpo. Ella lo mira y sin mediar alguna palabra lo agarra de la mano y salen del auto. Lo tira hacia al capot y hacen el amor en forma desenfrenada. Abel no sabe si esto es un sueño, pero experimenta una sensación de puro placer. Ella finge sentir lo mismo. La perversidad acaricia su mejilla.

Luego de concluir tal acto, ella se acomoda la ropa y baja del capot. Abel está completamente exhausto. Mira al cielo totalmente nublado. Escucha quebradizo oleaje del mar. Sonríe. Francisca abre la puerta del auto y enciende el motor del auto. Cierra la puerta y el auto se pone violentamente en marcha atrás. Abel se sorprende y se agarra fuertemente de los costados del auto, pero esto no le sirve nada, ya que el auto da una brusca vuelta y él sale disparado para caer boca abajo en el pedregoso suelo. Luego, ella se acerca a la orilla del mar y le tira sus prendas de vestir y sus libros al fondo del agua. Arranca su vehículo y deja una espesa humareda tras Abel, quien se ahoga y se lamenta por las heridas producto de la fuerte caída. Francisca mira por el retrovisor. Completa oscuridad. Ella carcajea. Una línea más para llenar a su lista.

Larga Vida a la Sensualidad!!!!!

1 comentario:

Majo dijo...

Que lista tiene la chica!!! jaja ando atrasada en la lectura,ya me pondré al día, muy bueno Fer, gracias por visitarme, besotes!!!
Majo

www.refugiodelkaos.blogspot.com