
A pesar de haber sobrepasado los tempranos veinte años, ese reflexivo lapso de segunda juventud, Gisela actúa como una cándida niña. Una espléndida inocencia se encandila sobre un rostro. Quien se haya topado con ella una vez en la vida, sabrá entender que ella inspira una profunda confianza y bondad. La humildad, ante todo. Su cabello castaño pende sobre sus delicados hombros. Cuando abre sus ojos color miel da la increíble sensación de estar sumergido en un apacible río de emoción. Su sonrisa provoca que quien este cerca de ella haga lo mismo, ya que este pomposo gesto es capaz de contagiar y despertar a cualquier sujeto atormentado. Ningún tétrico nubarrón se ha sembrado sobre su tierno espíritu. El sol se encarga de despejar cualquier tempestad que se aproxima. No es necesario que cargue un paraguas, porque ella irradia placidez.
En plena oscuridad matinal de la habitación de Gisela, sus padres la despiertan con un gran beso en cada mejilla. Ella despierta con una sonrisa. Mira a sus padres, quienes la contemplan como una princesa de un extraño y lejano reino terrenal. Luego de vestirse y acomodar su cuarto, se dirige al comedor para desayunar. Una taza de chocolatada con dos budines, uno de vainilla y el otro de limón, alimenta su buen comienzo del día. Sus padres no se quedan atrás y desayunan el mismo plato. Esta acertada devoción se debe a que ella es hija única, por lo que sus padres depositan su alegría y cariño en ella.
Luego del desayuno, su padre, Darío, va al supermercado a comprar comida para el almuerzo. Saluda a los dos miembros de la familia con un beso en la frente. Luego, Gisela y su madre, Erica, limpian la mesa y llevan las tasas hacia la cocina. Su madre limpia los utensilios, mientras su hija los seca y los pone en el secaplatos. Luego ella le propone a su madre limpiar el jardín del patio de atrás. Ella acepta enérgicamente. Se dirigen al jardín y sacan cuidadosamente las malas hierbas para colocarlas en una bolsa de residuo. Las hay pocas, ya que en su jardín, lo agraciado cita una verdadera templanza. Por eso, el trabajo no demanda mucho tiempo. Las rosas y los penachos se balancean débilmente tras una breve brisa, la cual acaricia los rostros de ambas mujeres.
Su madre, profesora de música, le ha inculcado a su hija pasión por el piano, aquel instrumento que tocaba cuando era un alma precoz. Le fascinaba el sonido que se desprendía de cada tecla. Las melodías que extraía del mismo eran fuertes, pero bastantes agradables. Hacía sentir a uno que estaba en otro mundo, diferente a este. Un universo lleno de contemplaciones y sueños palpables. Esa recreación suscita en Gisela cuando la ve tocando el piano. Se pierde en la melodía. Ela cierra sus ojos y con la armonía vuela hacia ese mundo en donde corre por una colina cubierta de flores amarillas de pensamientos. La última tecla que toca su madre es el cierre perfecto para tal cuento. Luego, su madre le enseña varias canciones para ser tocadas apropiadamente en el piano. Gisela esta atenta y entusiasmada en deleitarse.
Su padre llega del centro con varias bolsas cargadas de cosas, como alimentos envasados y artículos de limpieza. Madre e hija justo dan por terminada la clase y acuden a su “pesado” rescate. Proceden a desembolsar el contenido de las cuatro bolsas y se acomoda el mismo en cada lugar correspondiente: cocina y baño. Luego, sus padres preparan el almuerzo. Mientras, Gisela practica el piano. Cuarenta y cinco minutos más tarde, la comida está lista.
El bife con puré de papas y zanahorias es acompañada por las charlas de lo sucedido del día de ayer y hoy. Momentos divertidos en el trabajo y en la facultad se ensalzan en la comida. Terminado el almuerzo, levantan la mesa para limpiar los platos, cubiertos y vasos en la cocina. Luego de la limpieza, Erica le propone a su marido escuchar el piano ejecutado por su querida hija. Antes de tal suceso, Erica extrae del frizzer tres copas de helado de tramontana y naranja cubierto de caramelo de dulce de leche. Toda la familia se traslada al otro comedor, por donde se filtra la luz del sol en la cortina verde, ofreciendo una bella iluminación.
Gisela se siente en el oscuro taburete y abre la cubierta del piano. Los acordes son dominados por una mansa escena. Transmite a cada miembro de la familia una cierta lejanía, en donde es imposible resistirse ante la seguridad y la afección. Sus padres saborean el sabroso helado. El postre de Gisela se encuentra en un apoyavasos sobre el piano. La melodía comprime los corazones de los más desprevenidos y provoca que los sentimientos más dúctiles se desparramen por el aire. Finalizada la canción, sus padres la aplauden fervorosamente y la abrazan. La felicitan ante tal actuación.
Luego de la exaltación, come el helado. Los tres terminan el postre. Erica lleva a la cocina las tres copas y las lava. Luego vuelve al comedor. Darío propone a la familia pasear por el parque. Ellas aceptan tal invitación. Darío cierra la puerta de atrás y toma una blusa por si refresca. Lo mismo hace su mujer. Gisela agarra su campera de cuero. Sus padres la esperan en el umbral de la puerta de adelante. Se dirige hacia ellos, pero se detiene. Le preguntan si pasa algo, pero ella admite estar muy bien. Les propone que se adelanten al paseo. Asevera que los alcanzará dentro de quine minutos. Los padres se tranquilizan y le dan un beso en cada mejilla. Le dicen que la van a esperar en la fontana del centro. Cierran la puerta.
Gisela contempla el piano y se enfila hacia él. Roza algunas teclas del mismo. Luego se sienta en el taburete. Improvisa una vaga melodía que luego tiende a cobrar fuerza. La cadencia de estables sonidos cubre la atmósfera hogareña. Mientras toca, cierra sus dulces ojos e imagina ese edén en donde no existe la maldad y la indiferencia, en donde se respira la belleza y la dulzura. Ella balancea su cabeza. Bajo el cielo completamente templado, las casas de campo se encuentran abiertas de par en par. Ahora ella recorre montada en un monopatín sobre firme suelo de arcilla. Los habitantes de este pueblo sonríen ante el pasar de la eterna adolescente. Mujeres y hombres de todas las edades se muestran contentos. Ella sonríe y saluda con la mano izquierda. Todos dejan de hacer lo que están haciendo y se dedican a mostrar tal gesto de gentileza. Cualquier alma ajena a este pueblo sentiría envidia por tal gratitud. Una verdadera lastima.
Los perros que deambulan entre las flores de los patios de los hogares sacuden sus rabos cuando ve a aquella joven en el delgado vehículo. Llega muy lejos hasta llegar a una colina. Detiene su monopatín y desciende. La deja a un costado del suelo. Cuesta abajo, la tierra esta cubierta de esplendorosos pensamientos. No hay un camino marcado. Sólo flores del color del sol. Finas nubes pasan lentamente sobre el sol, que brilla tenuemente sobre Gisela. Es una forma de expresarse ante ella. Una elocuente reverencia. En el cielo tan celeste, ella divisa una bandada de aves dirigiéndose al norte. Quizás emigran en busca de comida o de un floreciente futuro. Una mariposa se posa en su nariz y bate sus delgadas alas naranjas. Vuela alrededor de ella y desaparece en el aire.
La cuesta abajo persuade a Gisela a que descienda hacia una profunda dulzura. Deja de lado su incipiente miedo y cierra sus ojos. Extiende sus brazos y baja por la colina. Las flores acarician su pantalón y su cintura. Desciende la velocidad de su corrida y cae sobre las flores, las cuales acarician su tez caucásica. Huele a paz, estima y cariño. Fragancias que pocas veces se encuentran en un sitio tan agradable como el que siente Gisela en sus manos. Terminada la canción, deja de balancear la cabeza y abre sus ojos. Cierra la tapa del piano y se levanta del taburete. Se dispone a alcanzar a sus padres lo más pronto posible. Agarra las llaves puestas en una ganzúa. Antes de partir, saca del bolsillo del interior de su campera un chupetín. Lo abre y se lo mete en su boca. Sale al exterior y cierra la puerta. El sol irradia. Mientras corre hacia sus cándidos padres, da pequeños saltos y tararea la melodía que acaba de tocar. La sonrisa y su canto empalagan a todos aquellos transeúntes que la observan con curiosidad, pero con una gran sonrisa que encienden su corazón.
Larga Vida a la Dulzura!!!!!
En plena oscuridad matinal de la habitación de Gisela, sus padres la despiertan con un gran beso en cada mejilla. Ella despierta con una sonrisa. Mira a sus padres, quienes la contemplan como una princesa de un extraño y lejano reino terrenal. Luego de vestirse y acomodar su cuarto, se dirige al comedor para desayunar. Una taza de chocolatada con dos budines, uno de vainilla y el otro de limón, alimenta su buen comienzo del día. Sus padres no se quedan atrás y desayunan el mismo plato. Esta acertada devoción se debe a que ella es hija única, por lo que sus padres depositan su alegría y cariño en ella.
Luego del desayuno, su padre, Darío, va al supermercado a comprar comida para el almuerzo. Saluda a los dos miembros de la familia con un beso en la frente. Luego, Gisela y su madre, Erica, limpian la mesa y llevan las tasas hacia la cocina. Su madre limpia los utensilios, mientras su hija los seca y los pone en el secaplatos. Luego ella le propone a su madre limpiar el jardín del patio de atrás. Ella acepta enérgicamente. Se dirigen al jardín y sacan cuidadosamente las malas hierbas para colocarlas en una bolsa de residuo. Las hay pocas, ya que en su jardín, lo agraciado cita una verdadera templanza. Por eso, el trabajo no demanda mucho tiempo. Las rosas y los penachos se balancean débilmente tras una breve brisa, la cual acaricia los rostros de ambas mujeres.
Su madre, profesora de música, le ha inculcado a su hija pasión por el piano, aquel instrumento que tocaba cuando era un alma precoz. Le fascinaba el sonido que se desprendía de cada tecla. Las melodías que extraía del mismo eran fuertes, pero bastantes agradables. Hacía sentir a uno que estaba en otro mundo, diferente a este. Un universo lleno de contemplaciones y sueños palpables. Esa recreación suscita en Gisela cuando la ve tocando el piano. Se pierde en la melodía. Ela cierra sus ojos y con la armonía vuela hacia ese mundo en donde corre por una colina cubierta de flores amarillas de pensamientos. La última tecla que toca su madre es el cierre perfecto para tal cuento. Luego, su madre le enseña varias canciones para ser tocadas apropiadamente en el piano. Gisela esta atenta y entusiasmada en deleitarse.
Su padre llega del centro con varias bolsas cargadas de cosas, como alimentos envasados y artículos de limpieza. Madre e hija justo dan por terminada la clase y acuden a su “pesado” rescate. Proceden a desembolsar el contenido de las cuatro bolsas y se acomoda el mismo en cada lugar correspondiente: cocina y baño. Luego, sus padres preparan el almuerzo. Mientras, Gisela practica el piano. Cuarenta y cinco minutos más tarde, la comida está lista.
El bife con puré de papas y zanahorias es acompañada por las charlas de lo sucedido del día de ayer y hoy. Momentos divertidos en el trabajo y en la facultad se ensalzan en la comida. Terminado el almuerzo, levantan la mesa para limpiar los platos, cubiertos y vasos en la cocina. Luego de la limpieza, Erica le propone a su marido escuchar el piano ejecutado por su querida hija. Antes de tal suceso, Erica extrae del frizzer tres copas de helado de tramontana y naranja cubierto de caramelo de dulce de leche. Toda la familia se traslada al otro comedor, por donde se filtra la luz del sol en la cortina verde, ofreciendo una bella iluminación.
Gisela se siente en el oscuro taburete y abre la cubierta del piano. Los acordes son dominados por una mansa escena. Transmite a cada miembro de la familia una cierta lejanía, en donde es imposible resistirse ante la seguridad y la afección. Sus padres saborean el sabroso helado. El postre de Gisela se encuentra en un apoyavasos sobre el piano. La melodía comprime los corazones de los más desprevenidos y provoca que los sentimientos más dúctiles se desparramen por el aire. Finalizada la canción, sus padres la aplauden fervorosamente y la abrazan. La felicitan ante tal actuación.
Luego de la exaltación, come el helado. Los tres terminan el postre. Erica lleva a la cocina las tres copas y las lava. Luego vuelve al comedor. Darío propone a la familia pasear por el parque. Ellas aceptan tal invitación. Darío cierra la puerta de atrás y toma una blusa por si refresca. Lo mismo hace su mujer. Gisela agarra su campera de cuero. Sus padres la esperan en el umbral de la puerta de adelante. Se dirige hacia ellos, pero se detiene. Le preguntan si pasa algo, pero ella admite estar muy bien. Les propone que se adelanten al paseo. Asevera que los alcanzará dentro de quine minutos. Los padres se tranquilizan y le dan un beso en cada mejilla. Le dicen que la van a esperar en la fontana del centro. Cierran la puerta.
Gisela contempla el piano y se enfila hacia él. Roza algunas teclas del mismo. Luego se sienta en el taburete. Improvisa una vaga melodía que luego tiende a cobrar fuerza. La cadencia de estables sonidos cubre la atmósfera hogareña. Mientras toca, cierra sus dulces ojos e imagina ese edén en donde no existe la maldad y la indiferencia, en donde se respira la belleza y la dulzura. Ella balancea su cabeza. Bajo el cielo completamente templado, las casas de campo se encuentran abiertas de par en par. Ahora ella recorre montada en un monopatín sobre firme suelo de arcilla. Los habitantes de este pueblo sonríen ante el pasar de la eterna adolescente. Mujeres y hombres de todas las edades se muestran contentos. Ella sonríe y saluda con la mano izquierda. Todos dejan de hacer lo que están haciendo y se dedican a mostrar tal gesto de gentileza. Cualquier alma ajena a este pueblo sentiría envidia por tal gratitud. Una verdadera lastima.
Los perros que deambulan entre las flores de los patios de los hogares sacuden sus rabos cuando ve a aquella joven en el delgado vehículo. Llega muy lejos hasta llegar a una colina. Detiene su monopatín y desciende. La deja a un costado del suelo. Cuesta abajo, la tierra esta cubierta de esplendorosos pensamientos. No hay un camino marcado. Sólo flores del color del sol. Finas nubes pasan lentamente sobre el sol, que brilla tenuemente sobre Gisela. Es una forma de expresarse ante ella. Una elocuente reverencia. En el cielo tan celeste, ella divisa una bandada de aves dirigiéndose al norte. Quizás emigran en busca de comida o de un floreciente futuro. Una mariposa se posa en su nariz y bate sus delgadas alas naranjas. Vuela alrededor de ella y desaparece en el aire.
La cuesta abajo persuade a Gisela a que descienda hacia una profunda dulzura. Deja de lado su incipiente miedo y cierra sus ojos. Extiende sus brazos y baja por la colina. Las flores acarician su pantalón y su cintura. Desciende la velocidad de su corrida y cae sobre las flores, las cuales acarician su tez caucásica. Huele a paz, estima y cariño. Fragancias que pocas veces se encuentran en un sitio tan agradable como el que siente Gisela en sus manos. Terminada la canción, deja de balancear la cabeza y abre sus ojos. Cierra la tapa del piano y se levanta del taburete. Se dispone a alcanzar a sus padres lo más pronto posible. Agarra las llaves puestas en una ganzúa. Antes de partir, saca del bolsillo del interior de su campera un chupetín. Lo abre y se lo mete en su boca. Sale al exterior y cierra la puerta. El sol irradia. Mientras corre hacia sus cándidos padres, da pequeños saltos y tararea la melodía que acaba de tocar. La sonrisa y su canto empalagan a todos aquellos transeúntes que la observan con curiosidad, pero con una gran sonrisa que encienden su corazón.
Larga Vida a la Dulzura!!!!!
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