domingo, 5 de abril de 2009

Lemon Me


La sonrisa es de una completa satisfacción. El profesor de teatro, Rubén, se lleva las manos a su boca ante la sorprendente performance de Micaela sobre el escenario. La joven acaba de interpretar una obra, escrita por su profesor, acerca de una peculiar historia: la de una chica que reflexiona sobre su primer amor detrás de la ventana de su casa. Rubén rompe en aplausos, al igual que los compañeros de la precoz actriz. Ella se emociona a tal punto que baja su mirada por un rato en son de agradecimiento. Sale de la casa improvisada y se coloca en el centro de las tablas. Su maestro sube las pequeñas escalinatas y se acerca a ella. Palmea su hombro izquierdo mientras le dice: “Micaela, estuviste estupenda. Tus palabras se sostienen firmemente como tus expresiones”. Ella le agradece tal gesto. Sus siete colegas se levantan de sus pardas butacas y se aproximan hacia ella. Suben al escenario y la felicitan. Los halagos multiplican su felicidad.

La función que acaba de ensayar se es estrenada al día siguiente. Las expectativas son tan fuertes que el brillo sobre la obra Siete Años están puramente puestas sobre Micaela, quien es la protagonista. En realidad es un unipersonal, pero el guión es escrito por Rubén. No obstante, ella improvisa un poco durante la hora y media que dura el acto. Ella esta muy ansiosa acerca de aquello. Más si es la estrella del evento. Pensar que el pánico escénico la achacaba en la primaria a la hora de leer los discursos de los actos patrióticos. Ese resquebrajar se traducía en un latente tartamudeo, lo cual hacía que sus ojos se llenaran de lágrimas y balbuceaba: “No puedo”. Más tarde, siguió los consejos de sus padres: suspirar levemente, mirarse frente a un espejo y hablar. Fue difícil de pilotear tal hazaña. Afortunadamente, superó ese escollo en los dos últimos años y ahora le es fácil enfrentarse al público, tanto en la lectura de discursos como en interpretaciones teatrales.

Rubén mira su reloj y marcan las 18:00 hs. Luego, les dice a sus alumnos: “Bueno, gente. Terminó la clase. No es necesario recordarles de vuelta que mañana hay que estar a las 16:00 para hacer un breve ensayo” Todos los jóvenes asienten ante el pedido. Recogen sus mochilas y morrales de las butacas. Se dirigen a su mentor. Los despiden con un beso. Él permanece en el teatro. Los demás se retiran. Dejan atrás las butacas y abren la gran puerta de entrada. Afuera refresca. Los estudiantes se saludan entre sí y se desean buena suerte para mañana. Toman caminos diferentes. Micaela espera a que un auto azul cruce y atraviesa la calle paralela al teatro. Saca de su mochila negra un libro que acaba de comprar media hora antes de ingresar a la clase. Es la novela: Súbitamente en Verano y Otras Obras de Tenesee Williams. Le resulta incómodo leer el prólogo mientras esquiva a los transeúntes de la vereda. Prefiere sentarse y leer en forma apacible. Se detiene. Se ubica a un costado para no convertirse en un estorbo entre la gente. Piensa en un lugar agradable para poder disfrutar de la lectura. La plaza se encuentra a unas diez cuadras. Esta lejos. Sigue su camino. Llega a la esquina y se encuentra con una pizarra, en donde se ha escrito un menú, particularmente una merienda. La mediana pizarra fileteada decía lo siguiente:

Bar Búscame.
Un encuentro…
Merienda especial: Submarino + 3 facturas
A sólo $6,00

Se siente atraída por la deliciosa merienda del día. Deja que la dulzura la invite a ingresar al establecimiento. Abre la puerta y entra al bar. El mismo es grande. Algunas mesas se encuentran ocupadas por hombres de negocios leyendo el diario, mujeres con sus hijos, parejas entregadas al cariño y solitarios que exhalan pena. Se va al costado de la puerta y se sienta al lado de la ventana que da a la calle. Levanta la silla y se sienta. Pone su mochila en la silla de al lado y coloca su libro sobre la mesa. A los pocos segundos, arriba una mesera. La saluda en forma cortés y le entrega la carta. En un principio va a pedirle la merienda del día. La mira pero le dice: “Perdoná, pero voy a ver bien la carta. Te llamo” La mesera asienta su cabeza y se marcha para atender a otros clientes. Más allá de los precios, no le convencen los platos. Está convencida en elegir un capuchino. Falta el complemento. Mientras piensa, su mirada se clava en el título de la obra del escritor estadounidense, Súbitamente en Verano.

Casualidad del destino. La obra que la tiene como protagonista tiene como trama a una joven que recuerda su primer amor que, casualmente, fue en un verano tórrido y duró como un atardecer. Pensar que un breve encuentro entre dos personas dispuestas a pasar un amorío puede alojarse para siempre en la memoria y en el corazón. A veces, con el pasar del tiempo, las personas dejan en el tintero al primer amor sin posibilidad alguna de escribirlo en la boca. Ni siquiera importa su nombre o su abrazo. Pero ella lo recuerda. Se llamaba Ignacio. Sus ojos color miel, su mano que acarició sus dos mejillas y la beso en forma apasionada y sus susurros. Aquel salón vació sirvió como escena para su primer peso y quizás, ahora, es digna de otro romance. Luego despeja su mente y su mirada se desvía hacia el mostrador del bar. Ve las botellas de vinos y licores. Cuántas personas habrán bebido hasta el cansancio afín de olvidar sus pesares, o de enajenarse por un par de horas. Se da cuenta de que la obra de mañana la ha absorbido. El personaje que interpreta, llamada Clarisa, no es sino ella. Se ha metido tanto en el papel de aquella persona sufrida que lo siente en carne propia. Se maldice por haber comprado la novela en esa venta de libros en el parque. Mira debajo del mostrador y hay un muestrario de varias tartas. Las hay de manzanas, frambuesas y membrillo. Hay una que está al costado. Es un Lemon Pie.

De todos los postres que ha comido Micaela (eso incluye frutas, golosinas y helados), nunca degustó esa tarta endulzada con crema y mousse de limón. Pronto advierte que ha pasado quince minutos de demora para elegir el plato. La llama a la camarera que está conversando con el barman. Ella se acerca y le pide un capuchino con una porción de Lemon Pie. Ella lo anota en un papel y le dice que dentro de un minuto iba a estar su merienda. Se retira. Luego abre el libro y empieza a hojearlo. Por suerte, la trama de la novela no gira en torno a un amorío. Sino, a una frustración. Lee algunos pasajes. Llega la camarera con la taza blanca de capuchino sobre un plato en la mano izquierda, en la otra, la porción de tarta. Los deja sobre la mesa de madera y le agradece a la camarera. Ella devuelve el gesto con una sonrisa.

La merienda de por sí es muy tentador. El capuchino rebasa el borde de la taza. Una espuma blanca con chispas de chocolate engalana el pocillo. Abajo de la inmensa serena marejada dulce, se encuentra la cuchara, la cual apunta a porción de Lemon Pie. Está cubierta por una empalagosa crema de leche. El relleno, limón y maicena. Y la masa, parece crocante. Atrás de la porción, el tenedor espera, y al costado, hay un chorro de caramelo en forma de onda.

Deja de leer y se saca los anteojos. Los pone sobre el libro abierto y lo deja a un costado. Antes de probar la llama a la moza para pedirle un sobre de edulcorante y dos servilletas. La misma le pide disculpas, ya que minutos antes había limpiado la mesa y se había olvidado de poner la mesa. Le trae seis sobres de azúcar y edulcorante, como así también un servilletero de plástico. Agarra un sobre de edulcorante. Lo corta por el extremo y vierte el contenido sobre la taza. Agarra la cuchara, lo introduce y mezcla. Lo lleva a la boca y lo degusta. Muy rico. No queda atrás la tarta. Agarra el tenedor. Corta un pequeño pedazo y lo unta con el caramelo. Lo leva a la boca y se deshace en su interior. Cierra sus ojos. No pensó que era la gran cosa. Muy delicioso. Su gusto agridulce es su gran fuerte. Luego bebe un pequeño sorbo de capuchino. Contempla a través de la ventana los peatones que cruzan una avenida. Los coches esperan a que el semáforo cambie a verde para proseguir su marcha hacia donde el destino los lleve. Van y vienen los transeúntes. Precoces, jóvenes y adultos de ambos sexos cruzan la avenida. Luego ve el cielo. Aún esta claro.

Es raro, pero una vez que probó el Lemon Pie, su reciente nostalgia por el primer amor retomó la senda de su personaje. Aquella tristeza es propia de Clarisa, no de Micaela. Parece que tal postre funciona o bien para despabilar, o como un antídoto contra la angustia. Su sentimiento está abocado a tal postre. Sucumbe ante tal delicia. Sonríe al pensar en hacerle un club de fans. Las Lemons se llamaría. Se ríe. Ya se imagina, haciendo estampas de remeras con la figura de tal complemento. No tiene en mente acometer tales actividades, pero sí hacer ella misma el postre. “Es una buena idea”, piensa.

Luego de 35 minutos, acaba su merienda. Llama a la camarera y le paga el plato con la plata justa. Le da una propina de dos pesos. Le agradece tal gesto. Se pone los anteojos, guarda el libro en su mochila, se levanta de la silla y abandona el bar. Tiene pensado en ir los siguientes días para seguir levitándose ante el Lemon Pie. Aprovecha que el semáforo está en rojo y cruza la avenida. Dos cuadras para llegar a la parada de colectivos. En la media cuadra, pasa por un supermercado. Se le viene el recuerdo del postre. Mira su reloj. Marcan las 19:02 hs. Micaela sonríe. Se acerca a la entrada del autoservicio. Hay poca gente. Es conciente de que debe ensayar tenazmente para la obra de mañana, pero luego se pregunta: “¿Es necesario estar bastante firme? Si se lo está, más si se es nervioso, no hay nada mejor que algo dulce para disipar los nervios. ¡Y eso dulce es el Lemon Pie!” Ingresa al mismo para comprar los ingredientes del postre. Su paladar ya extraña el Lemon Pie, pero pronto endulzará su alma.

Larga Vida al Postre!!!!!

No hay comentarios: