jueves, 16 de abril de 2009

El Padrinazgo de Newbery


Facundo abre lentamente sus ojos y en frente suyo se encuentra el reloj despertador sobre la cómoda. Marca las 08:45 de la mañana. Se despoja de la blanca sábana y de la frazada marrón. La puerta corrediza de su pieza se encuentra cerrada. Él mismo la cierra antes de dormirse ante el menor ruido molesto. Por la delgada rendija debajo de la puerta se filtra la luz y el sonido. Luego escucha una queja: “Este que todavía no se levanta” Esa voz proviene del comedor y es la de su padre, Gerardo, un hombre desocupado e irascible que debe lidiar con sus hijos. Un mínimo detalle es objeto de discusión para cargar contra ellos. Específicamente, su padre embiste contra Facundo.

Se apresura a sacarse el pijama y se pone una remera negra, jeans azules y un par de zapatillas negras gastadas por el tiempo. Se las ata. Tiende su cama y abre la persiana blanca. Se dirige a abrir la puerta corrediza y se detiene. Agacha su cabeza y se refriega la mitad de su cara con su mano izquierda. Suspira. Abre la puerta. En el momento justo en que la abre, su padre abre la puerta de adelante y se marcha. Ve a través de la cortina beige a su padre tomar la bicicleta y cerrar la reja azul. Dobla a la izquierda y se marcha. Él se queda sólo, ya que también su hermana, Yamila, profesora de quinto grado, se había ido a la escuela para dictar las clases del día de hoy.

Va al baño y se higieniza su rostro y las manos. Se lava la boca y se seca con la toalla rosada. Va a la cocina y enciende la hornalla. Verifica si la pava esta llena de agua. No lo está. Abre la canilla de la pileta y la llena. La pone en el fuego y gira la perilla de la hornalla al máximo. Facundo recuerda cuando su padre lo retó cuando tal perilla estaba en mínimo. Va a la bolsa de pan que se encuentra atrás de la puerta de la cocina. No hay pan. Va hacia la pieza y busca su billetera negra para extraer de ella tres pesos. Corre hacia la puerta de adelante y se da cuenta de que no puede dejar sola la casa. Entonces espera sentado en la silla del comedor. Al cabo de un minuto, llega su padre con el diario en el portaequipaje de atrás. Deja a un costado la bicicleta.

Facundo abre la puerta y lo saluda: “Hola”, por lo que su padre responde “Hola”. Aunque el saludo es de un beso en la mejilla, es frío, bastante lejano de aquellos besos y abrazos que caracterizan a alguna que otra familia unida. Su hijo le dice: “Fijate de la pava. Ahora vuelvo. Voy a comprar pan”. “¿Todavía no compraste el pan? Dejá, dejá. No vayas. Comeremos cualquier cosa”. En realidad, no dista mucha distancia entre su casa y la panadería. Son dos cuadras. “Dejá, voy” le insiste a su padre. Gerardo le niega una vez más la salida. Se sienta en la mesa del comedor y abre el diario. Pregunta si la pava esta puesta en la hornalla. El balbucea que sí. Le pregunta si desea tomar té o café. No quiere ninguna de las dos cosas y prefiere maté. Facundo opta por una chocolatada. Abre la heladera y saca un sachet de leche. Saca una taza blanca de la alacena y la pone sobre la mesada. Vierte la leche en una jarra de acero inoxidable. Abre la perilla de la hornalla y lo enciende para luego poner la jarra. La pava está a punto de hervir. Se acerca a la puerta de la cocina y le pregunta a su padre si ya es hora de que la apague. Él se levanta de la mesa y se dirige hacia la cocina. Su hijo, atónito. Apaga la hornalla y vierte el agua sobre un termo azul. Agarra el azucarero y se lo lleva al comedor. Desde ese cuarto, le pide a su hijo que le traiga el termo. Lo lleva y se lo pone sobre la mesa marrón.

Facundo escucha un ruido. Algo se quema. Corre y ve que la leche se ha derramado sobre la cocina. Apaga la hornalla y deja a un costado la jarra. Agarra el trapo amarillo de la cocina y lo pasa por el desastre. Luego lo exprime en el lavadero. Abre la canilla de agua caliente y lava el trapo con abundante agua. Lo exprime nuevamente y lo coloca bien extendido sobre la mesada. Pone dos cucharadas de chocolate en polvo. Le falta el azúcar. Recuerda que lo llevó hacia su padre. Va al comedor con la taza y agrega dos cucharadas de azúcar, las cuales caen accidentalmente sobre la mesa. “Mirá, mirá. ¿Sos o te haces? Trae una servilleta o algo para limpiar”. Va de inmediato a la cocina y arranca una servilleta del rollo. Va al comedor y pasa sobre los ínfimos granos de azúcar desparramados en el centro de la mesa y los vuelca sobre su mano derecha. Los lleva al tacho de basura de la cocina. Levanta la tapa y los tira. Va por la taza que había dejado en la mesa del comedor para llevarla a la cocina. Luego vierte la leche sobre la taza y la mezcla con la cuchara. La lleva a la mesa del comedor. Se sienta en la punta de la mesa. Su padre está al costado.

Mientras sorbe el mate, Gerardo lee el diario. Facundo sólo bebe a sorbos la leche y mira a la ventana. Se respira un gran silencio. Sólo se escuchan los sorbos del mate. Luego, su padre comenta en voz alta sin despegar los ojos del diario una noticia acerca de un decreto firmado por el Poder Ejecutivo nacional. Su hijo asienta la cabeza mientras bebe la taza. Luego mira a su hijo, quien percibe la mirada. “¿Cuándo va a ser el día en que te vas a peinar?” le pregunta a su hijo. Él prosigue: “Pareces un abandonado”. Facundo se concentra en seguir tomando la chocolatada. Su padre menea su cabeza en son de resignación.

¿No compraste ni siquiera un mísero pan?” arremete contra Facundo, quien se sorprende ante tal sermón. “Me dijiste que no vaya a comprar”, responde su hijo. “Yo quiero que me des soluciones, no problemas” le dice a Facundo. Gerardo deja de beber mate y se mete en la lectura del diario. El joven no ve la hora de terminar lo más rápido posible la taza. No importa si todavía está caliente. Lo bebe en forma apresurada. Quiere dejar la mesa. La garganta se ha convertido en un volcán. Se queda un rato mirando los diarios que están al lado de él. Son de ediciones anteriores. Mira los titulares. Continúa el silencio.

Ve el reloj de la pared. Marcan las 09.35 hs. Le pregunta a su padre si qué quiere comer en el día de hoy, a lo que su padre responde: “No sé. No tengo hambre. Además es demasiado temprano para comprar la comida. Comprá lo que vos quieras”. Tal fría contestación es una forma de decir que Facundo tiene la total libertad de hacer lo que quiera, sin la mirada atenta de su padre. Sin embargo, él no es libertino.

Alguien golpea las manos. Es el vecino y amigo de su padre, Ricardo. Deja la mesa y abre la puerta. Se acerca a la reja para abrirla y charlar con él. Facundo respira aliviado tras la llegada del vecino. Se lleva su taza a la cocina y la lava. Vuelve al comedor y se sienta en la silla. A través de la cortina divisa a su padre, quien ríe y carcajea en la charla con su amigo. Se da cuenta de que su padre tiene una doble faceta. Similar al Dr. Jeckyll y Mr. Hyde de Stevenson, pero no tan mordaz y oscuro. Por un lado, es una buena persona con el vecindario. Todos lo estiman. Por otro, es un ser que no demuestra afecto por sus hijos. Quizás con su hija, quien siente más afinidad en cuanto a gustos por el folklore y el tango, como así también por las interminables charlas en cuanto a un tema. Su padre muta dependiendo el ambiente en que se encuentre.

Ese implacable carácter aflora todos los días de la semana. Recuerda hace un par de meses cuando en un gélido frío, Facundo estaba a punto de salir a encontrarse con dos compañeros del colegio para llevar a cabo un trabajo práctico acerca de una organización no gubernamental. Había estado preparando la mochila cuando sonó el teléfono. Atendió y su compañero canceló la salida por tener la casa en reparación a último momento. Colgó el teléfono y le dice a su padre, quien estaba trozando un pollo, que no iba a salir. De repente, dejó de trozar al animal y le dice: “¿No vas? Siempre pasa lo mismo. Tengo que dejar algo para que vos estés primero. Siempre mirás tu sombra. No te importo. El caso es que no concreté una salida por culpa tuya. Y ahora me venís a decir que no vas”. Facundo, quien temía lo peor, le preguntó: “¿Se podría saber con quién?”. Su padre le respondió: “¡¿Qué te importa, estúpido?!” Gerardo se acercó a su hijo y lo empujó muy fuerte contra la puerta de la cocina, la cual estaba rota. Él voló como una pluma. Rebotó contra la puerta y cayó al suelo de mármol del comedor. La puerta cayó haciendo un fuerte estruendo sobre el piso de la cocina. Facundo, adolorido de la espalda y del hombro izquierdo.

Ni un perdón había recibido ese día gris de invierno. Con el pasar de los días, empezaron a hablar sin tocar el violento episodio. En la víspera del último Año Nuevo, tras los saludos, su padre le dijo: “De las mil veces que cargué contra vos, mil veces me vas a tener que pedir perdón. Pero una cosa te puedo decir: yo te quiero, hijo” Cuando dijo esto último, lo abrazó fuertemente, pero Facundo no se le había movido ni una lágrima. Tampoco le dijo nada. Sólo asintió la cabeza. Descreía de eso. Lo que sí da por sentado es que no lo siente como padre ni como amigo. Sólo se remite a saludarlo cuando se levanta de la cama, cuando se va a dormir, en el Día del Padre y en las fiestas de fin de año. Los abrazos y los besos son ausentes en el resto de los días normales.

Se pregunta el por qué del duro carácter de su padre. Eso es un gran enigma. No se atreve a preguntarle, ya que teme meterse en su intimidad. Sin importar si está en presencia de amigos o familiares, su padre siempre le dice cuando comete una inocente torpeza: “Si los tontos volaran, vos serías Jorge Newbery” Teme que sea cierto, ya que esto altera su retraída personalidad. Piensa que cuando un día llegue a ser padre, no va a repetir la misma educación y trato que le ha dado su progenitor. No quiere retomar la cruda rudeza de su padre. Gerardo se despide de su amigo y Facundo corre rápidamente hacia habitación. Saca un trapo de lana puesto en el modular de la televisión para limpiar los muebles del cuarto. Quiere mantenerse ocupado para no soportar las críticas de cualquier tema hacia él. Empieza por la biblioteca. Su padre abre la puerta. Facundo agarra los libros y los saca de los estantes no sin antes pasarles el trapo. Su padre cierra la puerta y va a la pieza de su hijo, quien lo contempla. Nuevamente percibe esa mirada fría, pero Facundo se concentra en sacar cada libro y limpiarlo. No quiere hablar con él. Elipsis. Su padre se da vuelta y se sienta en la silla del comedor para seguir tomando el mate y leyendo el diario. Una fina lágrima se desgaja del ojo izquierdo del primogénito.

Larga Vida al Amor Paternal!!!!!

No hay comentarios: