jueves, 2 de abril de 2009

Bandera Blanca


Un fuerte golpe marea a una mosca doméstica que revoloteaba alrededor del rabo de Moto, un pequeño ovejero alemán. Él no se da cuenta del minúsculo daño que acaba de acometer contra tal insecto. No gira su cabeza hacia atrás. Sus profundos ojos marrones están clavados en el vidrio de la ventana. Con sus puntiagudas orejas, escucha atentamente el interior de la casa de Teresa. Se escuchan ligeros que van y vienen. Luego, escucha el chirrido de la puerta situada sobre la mesada de la mesa. Un plato de acero se escucha sonar sobre la mesa. Moto empieza a segregar salivas. Saca la lengua para pasársela sobre su hocico. Escucha pasos cada vez más cerca de la puerta, cada vez más cerca de él. Ve la manija dorada de la puerta girarse. Su rabo se agita aún más. Tal es la excitación que padece el perro que las pocas personas que pasan por la casa lo miran con extrañeza y asombro. Se abre la puerta y Teresa mantiene desde lo alto un sabroso y gran puñado de carne contenido en el hondo plato. Moto brinca de alegría.

Teresa trata de caminar cuidadosamente sobre el porche para no tropezar con su mascota. Moto jadea. Dobla a la izquierda y se dirige hacia atrás, en donde se ubica un mediano patio. El pasto se encuentra recién cortado. Su dueña se agacha y le pone su comida sobre el suelo. Moto mira su merienda y la mira a ella. La comida. Ella. Moto le lame la mano a Teresa, mientras su rabo se mueve con mucha fuerza. Teresa, con una sonrisa, le acaricia su cabeza y se mete en su casa. Moto come sin prisa. Le encanta comer el “budín de carne” que siempre le cocina su adorable dueña. Su rabo empieza a tener un lento movimiento. De repente, escucha un ruido sobre el techo de chapa del cuarto de herramientas. Para de comer y levanta sus orejas, al igual que su cabeza. Contempla el techo. “Creo que me estoy volviendo paranoico”, piensa Moto, mientras baja su cabeza para terminar de comer. Nuevamente, se hace presente el ruido sobre el techo. Parecen pasos muy avanzados, sigilosos. Alguien o algo está al acecho en el patio. O peor, en la casa de su ama. Levanta la cabeza. Gruñe. Mira la cubierta. Nada. Luego, escucha algo atrás de él y se da vuelta.

Frente a él, se encuentra un ser abominable. Su maldito Némesis. Desde los albores del planeta Tierra, apareció este ser dotado de maldad y crueldad. Provocativo como salvaje, el gato da pie para una brutal riña. Moto gruñe. Eric, el gato de Teresa, sólo contempla la escena. Luego, abre su pequeña boca y muestra sus filosos colmillos capaces de blandirlos sobre cualquier amenaza latente. Se le crispa su lomo para aparentar ser más grande. Su pelaje color gris torna a Eric en un animal que se camufla para asestar su gran golpe. Sus ojos disparan odio. Moto no se queda atrás y crispa su lomo. Muestra sus dientes. Ambos gruñen. Ninguno de los dos hace movimiento alguno para empezar la contienda. Las dos mascotas de Teresa se miran fijamente.

Ambos escuchan el cerrar de la puerta delantera. Miran a su dueña bien vestida. Abre la reja y la cierra. Lleva una cartea de cuero negra. Quizás un encuentro íntimo la despabile de sus vacaciones. Siguen su rostro alegre desde su actual posición. Hasta que la tapia bloquea sus vistas y ella desaparece. Las mascotas sienten congoja. No es de extrañar tal sensación, ya que las mismas experimentan tristeza cuando su dueño abandona literalmente la casa y no arriba hasta altas horas de la medianoche. No tienen otro remedio que esperar. La espera se hace tan larga. Los animales no tienen noción del tiempo. Desafortunadamente, ellos no tienen la lucidez de saber que dentro de una, dos o seis horas, su amo estará ausente. Por lo tanto tiene dos opciones: recostarse sobre el pasto y soslayarse, o mantenerse ocupado con algo. Sin embargo, se le es difícil hacer una cosa, mientras piensa en su ser querido. No es posible la abstracción.

Moto y Eric se miran nuevamente y empiezan levemente a sollozar. La pelea acaba de esfumarse. Se han olvidado que unos minutos antes se iba a librar una batalla con grandes proporciones catastróficas. Lentamente sus lomos se amansan y cierran sus mandíbulas. El odio profundo que inspiraba sus miradas se convierte en una total inocencia y culpa. Sollozan. Eric camina hacia Moto. Piensa que lo va a arañar. Nada de eso ocurre. Pasa al lado de él y con un gran esfuerzo, salta y se agarra de la chapa del techo. Desaparece. Moto lo ve y baja su cabeza. Mira su plato. Aún le queda un pequeño puñado de “budín”, pero el hambre se lo llevó el viento. Escucha un par de pasos. Mira adelante. Mueve su rabo. Sólo es el vecino de Teresa, Carlos, que vive a tres cuadras de donde vive ella. Su cola la escode atrás de sus piernas. Mientras solloza, se dirige hacia su refugio, una pequeña casa construida por su dueña. Es un poco oscuro, pero él no se queja, ya que un poco le molesta un poco el sol. No por eso es taciturno.

Ingresa al refugio, se da vuelta y se acuesta sobre el suelo. Monta guardia. Mira el pasar de los transeúntes. Algunos se dirigen hacia sus respectivos hogares. Moto se imagina la situación. Llegan a sus casas y los recibe la familia con besos y abrazos. Una fiesta viste la ocasión. Otros abandonan sus residencias y se entregan al trabajo. Su familia no ve la hora de que lleguen a sus casas, porque se siente su ausencia. Ve a niños comiendo manzanas acarameladas, acompañados de la mano de su madre. Ve pasar un par de autos. De tanto contemplar la calle desde afuera, sus ojos empiezan a cerrarse. No advierte que Eric se acerca tímidamente al refugio del perro asomando su cabeza. Moto abre rápidamente los ojos y Eric desaparece. No sabe por qué pero sintió una presencia no incomoda. Al contrario, extraña. Esta vez, el sueño se escapa y piensa en su dueña, motivo perfecto para que no se debilite. Tiene vagos recuerdos de su llegada a la casa. Solamente recuerda que su ama lo besó y lo abrazó cual hijo perdido en un bosque. Asimismo, recuerda los juegos que practicaba con ella, como lanzar un frisbee o una pelota de tenis. Aún, esas travesuras perduran en su tiempo. Mientras recuerda, su rabo se agita lánguidamente.

Ve cómo el sol empieza a bajar y esconderse entre los árboles. El cielo se torna anaranjado. Es el momento del crepúsculo. Esta hermosa vista se refleja en los ojos de Moto. Luego, la luna hace su elegante entrada, al igual que las estrellas que engalanan el oscuro espacio. Los grillos empiezan a cantar para atraer un abrazo. Se escucha pasos de tacos. Levanta su cabeza y sus orejas. El entusiasmo parece salírsele de su pecho. Es ella. Viene risueña, atolondrada. En fin, se encuentra feliz. Moto sale de su refugio y se dirige a ella, sacudiendo el rabo. Solloza, pero de felicidad. Teresa lo abraza y lo besa. De repente, Eric sale de entre los matorrales y maúlla. Corre rápidamente hacia su dueña y hace pasar su lomo sobre las piernas de Teresa. Ronronea. La acongojada espera ha llegado a su fin. La acompañan a la puerta como dos guardianes. Saca la llave de su cartera y la coloca en el cerrojo para abrir la puerta. La abre y sus dos mascotas ingresar al dulce hogar.

Teresa prende la luz del comedor y la del patio. Deja su cartea en el mostrador y se sienta sobre el sofá. Moto reclina su cabeza sobre la pierna de Teresa, mientras Eric salta sobre la falda de ella y se recuesta. Uno mueve lentamente su rabo y el otro ronronea. Aquella conflicto diurno ha desaparecido. Teresa sonríe. Siempre le agrada tener ese gran recibimiento. Siente que es especial. Ser dueña de estos dos preciosos animales lo justifica.

Larga Vida a las Mascotas!!!!!

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