
El cuarto vaso de vodka compensa la soledad que padece Damián en la mesa redonda apostada en el rincón derecho del primer piso del bar. Aún el efecto embriagador no se hace presente en su mente. Sus tres amigos pudieron acaparar la atención de tres chicas que estaban en el centro del reducto. Pero, Damián, bajo ese aspecto de galán empedernido, se esconde un joven retraído. Bebe para ahuyentar ese estado puro y, de esta ingenua manera, despertar al otro Damián. Aquel avispado y atrevido que consigue que hasta una chica le diga que es el sostén de su vida. La exageración a veces o casi sierre, fanfarronea a la par suya.
Luego de beber el cuarto vaso, apoya el pequeño vaso con un grave golpe sobre la mesa negra. Pero nadie se sorprende ante tal demostración de fuerza, ya que la fuerte música proveniente de los ocho bafles dispuestos en los cuatro costados del bar empantana cualquier ruido. Es más, casi anula el diálogo entre la clientela del lugar. Se debe gritar lo más fuerte posible a la persona (agresivo) o, más bien, acercarse al oído y platicar (más sutil) Las diversas tonalidades de los haces de luz derivados del techo se disparan por todos los lados y hace que los colores bañen a la gente.
Luego de beber aquel fuerte trago y apoyar su vaso, mira al techo del bar. Sus somnolientos ojos apenas distinguen arriba. Ve apenas borroso. Se refriega sus ojos con la mano izquierda. Se la saca. Baja su mirada y ve los desperdicios que yacen sobre la mesa. Servilletas blancas de papel hechas bollos, dos vasos de vodka boca abajo, pequeños pedazos de cáscaras de maníes, palitos salados y cortes de fiambres sobre una pequeña bandeja de madrea, las huellas circulares de los vasos, colillas de cigarrillos a medio terminar, dos botellas de cerveza vacías, sin olvidar la botella de vodka. Este degustativo ritual se lleva a cabo los sábados a la noche. Cuando la exhausta jornada laboral de la semana que acalla todo sentido de libertinaje se disuelve por un día y los lugares públicos claman por la llegada de los jóvenes. Damián, quien trabaja como gerente de marketing en Yacom, compañía de telecomunicaciones, suspira una vez que sale a la noche cos sus tres amigos: Diego, Mario y Gastón.
Sus tres amigos bailan en forma sugestivas con tres chicas que acaban de conocer. Damián se pregunta si tienen alguna que otra pócima mágica o una feromona natural que despiden su urbanidad frente a las mujeres, porque el no la posee. Cuando se acerca a una chica para poder entablar una conversación, aquella lo rechaza o le dice simplemente que esta comprometida. No sabe si esto es mentira o no, pero el caso es que a él lo botan. De hecho, sus últimos tres meses de salida nocturna fueron un total fiasco. No hubo nombres para rellenar en su lista mental de rápidas conquistas. Su trivial anecdotario empieza a decantar, como así también su paciencia.
Mientras juega con el vaso, suena su celular. Lo saca del bolsillo de su saco y lo abre. Es un mensaje de texto. El mismo trata de una importante reunión para llevar a cabo una charla acerca de los logros y desafíos de la empresa. Después de leerlo, lo cierra y lo pone en su lugar. No quiere saber nada del trabajo en este momento. Quiere despejarse un poco. Mira la botella de vodka y la toma. Lo abre y vierte un poco en su vaso. Derrama un poco en los costados. Bebe. Su garganta empieza levemente a fogonearse. Se levanta del asiento. Abandona la mesa para ir al baño. Sus amigos no advierten su salida. Pasa por la multitud y baja por la escalera de caracol. Se tambalea. Abajo, el mismo escenario. Gente bailando sin cesar. Atrás de la escalera, se encuentra el baño. Abre la puerta y escucha risas y parloteos sin sentido. Abre la canilla y se lava las manos. Echa agua sobre su rostro y se lo ve en el espejo. Sus ojos marrones empiezan a decaer. La sombra de la barba empieza a acercarse. Se peina un poco con la mano. Se seca las manos con servilletas. Abre la puerta del baño y sale. Mira el reloj en su mano derecha. Marcan las 3:15 AM. Pasa por la variada muchedumbre de personas para llegar a la entrada y sale.
Varias personas que hacen cola para entrar al pub lo miran con un tono de gracia. Damián empieza a tambalearse y se agacha. Se sienta sobre la acera. Todavía está conciente, pero debilitado. Se saca su saco y se lo pone en las rodillas como una especie de abrigo. Agacha su cabeza y se acuesta sobre el saco. Los flashes de los faroles de los autos que pasan a pocos centímetros de él no lo despiertan para nada. Tampoco los bocinazos. Sus ojos caen en un profundo sueño. La gente pasa sobre él, lo miran así al pasar y nada. Damián farfulla sin sentido. El alcohol hizo estragos en él, pero no fatales. Damián duerme y no tiene noción de lo que pasa atrás suyo. Menos en los alrededores.
No sabe si es parte de un sueño, de una locura o una alucinación, pero siente como si alguien se lo llevara. Quiere despertarse, pero sus ojos se encuentran totalmente pesados. No ve nada. Sólo ve una mano. Al parecer de una mujer. Pero, si fuese un sueño, ¿las cosas no serían muy reales, muy palpables? Entonces, ¿porque “siente” ese sueño? Siente esa mano. Es delicada, suave. La misma pareciera que lo conduce a un incierto lugar. Donde parará, no lo sabe. Pero padece una sensación de bienestar al tener estrecha su mano con la de ella. No sabe por qué. Cierto alivio. No puede balbucear. Siente que su caminar se vuelve pesado. Los sonidos que lo envuelven apenas son audibles. Cree haber escuchado risas, pero no sabe. Su vista, totalmente nublada. Pronto siente un golpe en su espalda. Por suerte, no lo aqueja. Luego, siente que su ropa empieza desprenderse. Pero no se les es despojada. Empieza a forcejear. Piensa que ese alguien es quizás un delincuente, pero no tiene energía para enfrentarlo. Apenas distingue una sombra que tiene frente a él. Luego, siente un beso profundo en sus labios. Se queda atónito. Él sigue el juego. Siente que las manos de esa persona extraña acarician su pelo y sus mejillas. Quiere ver quién es aquella persona, pero sus ojos no se abren. Siente una rica fragancia que le llega a su nariz. Siente que aquellas manos le desabotonan las mangas de su camisa blanca y le desanudan su corbata negra. Piensa para sí mismo: “¿es real esto?”. Suaves caricias y frescos besos recorren por su mente. Ve borrosamente una delgada silueta y atrás una puerta desvencijada y más allá, grandes ventanas sin vidrios. Luego, todo oscuro.
Tras cuatro horas de un recóndito sueño, abre sus ojos repetidas veces. Su cabeza pende sobre el borde de una blanca tina de baño. Mira al piso. Pocas cerámicas se encuentran en buen estado. Levanta un poco su cabeza y ve a la derecha una pared corroída por la humedad. Ausencia de decoración. Mira al frente y ve una puerta abierta y al fondo un ventanal. Recién se acaba de enterar que está adentro de una bañera. Emite una pequeña risa. Bosteza y agacha su cabeza. Sube su cabeza y mira por detrás de su espalda un marco de ventana por donde se filtra la luz del día. Cierra sus ojos para que lo bañe el sol. Trata de recordar de cómo llegó en ese marchito lugar. Solo sabe que horas antes había ingerido alcohol y luego fue al baño. De ahí en más, su mente está en blanco. También sabe que una mujer lo cobijó durante su embriaguez en medio de arrumacos y besos. Pero descree en eso. Se siente muy cansado. Sus músculos se encuentran frágiles. No puede levantarse. Nuevamente bosteza. Sus ojos pierden fuerzas y empiezan a cerrarse. Su cabeza empieza a columpiarse. Él intenta mantenerse despierto, pero el sueño termina por derrotarlo y su cabeza se apoya sobre el borde de la tina. Su mano derecha, como almohada. La borrachera aún no lo abandona. Advierte esa envolvente fragancia en el aire, pero no sabe si producto del ensueño o de la realidad. Finalmente, sus ojos se pierden en ese lúcido lecho con un manso suspiro.
Larga Vida a la Embriaguez!!!!!
Luego de beber el cuarto vaso, apoya el pequeño vaso con un grave golpe sobre la mesa negra. Pero nadie se sorprende ante tal demostración de fuerza, ya que la fuerte música proveniente de los ocho bafles dispuestos en los cuatro costados del bar empantana cualquier ruido. Es más, casi anula el diálogo entre la clientela del lugar. Se debe gritar lo más fuerte posible a la persona (agresivo) o, más bien, acercarse al oído y platicar (más sutil) Las diversas tonalidades de los haces de luz derivados del techo se disparan por todos los lados y hace que los colores bañen a la gente.
Luego de beber aquel fuerte trago y apoyar su vaso, mira al techo del bar. Sus somnolientos ojos apenas distinguen arriba. Ve apenas borroso. Se refriega sus ojos con la mano izquierda. Se la saca. Baja su mirada y ve los desperdicios que yacen sobre la mesa. Servilletas blancas de papel hechas bollos, dos vasos de vodka boca abajo, pequeños pedazos de cáscaras de maníes, palitos salados y cortes de fiambres sobre una pequeña bandeja de madrea, las huellas circulares de los vasos, colillas de cigarrillos a medio terminar, dos botellas de cerveza vacías, sin olvidar la botella de vodka. Este degustativo ritual se lleva a cabo los sábados a la noche. Cuando la exhausta jornada laboral de la semana que acalla todo sentido de libertinaje se disuelve por un día y los lugares públicos claman por la llegada de los jóvenes. Damián, quien trabaja como gerente de marketing en Yacom, compañía de telecomunicaciones, suspira una vez que sale a la noche cos sus tres amigos: Diego, Mario y Gastón.
Sus tres amigos bailan en forma sugestivas con tres chicas que acaban de conocer. Damián se pregunta si tienen alguna que otra pócima mágica o una feromona natural que despiden su urbanidad frente a las mujeres, porque el no la posee. Cuando se acerca a una chica para poder entablar una conversación, aquella lo rechaza o le dice simplemente que esta comprometida. No sabe si esto es mentira o no, pero el caso es que a él lo botan. De hecho, sus últimos tres meses de salida nocturna fueron un total fiasco. No hubo nombres para rellenar en su lista mental de rápidas conquistas. Su trivial anecdotario empieza a decantar, como así también su paciencia.
Mientras juega con el vaso, suena su celular. Lo saca del bolsillo de su saco y lo abre. Es un mensaje de texto. El mismo trata de una importante reunión para llevar a cabo una charla acerca de los logros y desafíos de la empresa. Después de leerlo, lo cierra y lo pone en su lugar. No quiere saber nada del trabajo en este momento. Quiere despejarse un poco. Mira la botella de vodka y la toma. Lo abre y vierte un poco en su vaso. Derrama un poco en los costados. Bebe. Su garganta empieza levemente a fogonearse. Se levanta del asiento. Abandona la mesa para ir al baño. Sus amigos no advierten su salida. Pasa por la multitud y baja por la escalera de caracol. Se tambalea. Abajo, el mismo escenario. Gente bailando sin cesar. Atrás de la escalera, se encuentra el baño. Abre la puerta y escucha risas y parloteos sin sentido. Abre la canilla y se lava las manos. Echa agua sobre su rostro y se lo ve en el espejo. Sus ojos marrones empiezan a decaer. La sombra de la barba empieza a acercarse. Se peina un poco con la mano. Se seca las manos con servilletas. Abre la puerta del baño y sale. Mira el reloj en su mano derecha. Marcan las 3:15 AM. Pasa por la variada muchedumbre de personas para llegar a la entrada y sale.
Varias personas que hacen cola para entrar al pub lo miran con un tono de gracia. Damián empieza a tambalearse y se agacha. Se sienta sobre la acera. Todavía está conciente, pero debilitado. Se saca su saco y se lo pone en las rodillas como una especie de abrigo. Agacha su cabeza y se acuesta sobre el saco. Los flashes de los faroles de los autos que pasan a pocos centímetros de él no lo despiertan para nada. Tampoco los bocinazos. Sus ojos caen en un profundo sueño. La gente pasa sobre él, lo miran así al pasar y nada. Damián farfulla sin sentido. El alcohol hizo estragos en él, pero no fatales. Damián duerme y no tiene noción de lo que pasa atrás suyo. Menos en los alrededores.
No sabe si es parte de un sueño, de una locura o una alucinación, pero siente como si alguien se lo llevara. Quiere despertarse, pero sus ojos se encuentran totalmente pesados. No ve nada. Sólo ve una mano. Al parecer de una mujer. Pero, si fuese un sueño, ¿las cosas no serían muy reales, muy palpables? Entonces, ¿porque “siente” ese sueño? Siente esa mano. Es delicada, suave. La misma pareciera que lo conduce a un incierto lugar. Donde parará, no lo sabe. Pero padece una sensación de bienestar al tener estrecha su mano con la de ella. No sabe por qué. Cierto alivio. No puede balbucear. Siente que su caminar se vuelve pesado. Los sonidos que lo envuelven apenas son audibles. Cree haber escuchado risas, pero no sabe. Su vista, totalmente nublada. Pronto siente un golpe en su espalda. Por suerte, no lo aqueja. Luego, siente que su ropa empieza desprenderse. Pero no se les es despojada. Empieza a forcejear. Piensa que ese alguien es quizás un delincuente, pero no tiene energía para enfrentarlo. Apenas distingue una sombra que tiene frente a él. Luego, siente un beso profundo en sus labios. Se queda atónito. Él sigue el juego. Siente que las manos de esa persona extraña acarician su pelo y sus mejillas. Quiere ver quién es aquella persona, pero sus ojos no se abren. Siente una rica fragancia que le llega a su nariz. Siente que aquellas manos le desabotonan las mangas de su camisa blanca y le desanudan su corbata negra. Piensa para sí mismo: “¿es real esto?”. Suaves caricias y frescos besos recorren por su mente. Ve borrosamente una delgada silueta y atrás una puerta desvencijada y más allá, grandes ventanas sin vidrios. Luego, todo oscuro.
Tras cuatro horas de un recóndito sueño, abre sus ojos repetidas veces. Su cabeza pende sobre el borde de una blanca tina de baño. Mira al piso. Pocas cerámicas se encuentran en buen estado. Levanta un poco su cabeza y ve a la derecha una pared corroída por la humedad. Ausencia de decoración. Mira al frente y ve una puerta abierta y al fondo un ventanal. Recién se acaba de enterar que está adentro de una bañera. Emite una pequeña risa. Bosteza y agacha su cabeza. Sube su cabeza y mira por detrás de su espalda un marco de ventana por donde se filtra la luz del día. Cierra sus ojos para que lo bañe el sol. Trata de recordar de cómo llegó en ese marchito lugar. Solo sabe que horas antes había ingerido alcohol y luego fue al baño. De ahí en más, su mente está en blanco. También sabe que una mujer lo cobijó durante su embriaguez en medio de arrumacos y besos. Pero descree en eso. Se siente muy cansado. Sus músculos se encuentran frágiles. No puede levantarse. Nuevamente bosteza. Sus ojos pierden fuerzas y empiezan a cerrarse. Su cabeza empieza a columpiarse. Él intenta mantenerse despierto, pero el sueño termina por derrotarlo y su cabeza se apoya sobre el borde de la tina. Su mano derecha, como almohada. La borrachera aún no lo abandona. Advierte esa envolvente fragancia en el aire, pero no sabe si producto del ensueño o de la realidad. Finalmente, sus ojos se pierden en ese lúcido lecho con un manso suspiro.
Larga Vida a la Embriaguez!!!!!
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