
A través de los ojos de Lucero destilan chispas de pura fantasía. Una inocente visión de una realidad utópica, pero esperanzadora y radiante. Aquella joven quiere aislarse en todo momento para soñar despierta y recrear un panorama muy distinto al que vive en forma cotidiana. Su mirada se pierde en lo más alto del cielo claro. El color miel que emana de sus ojos persuade a que una abeja abandone para siempre su trabajo rutinario en el panal y retoce de alegría en los alrededores de sus ojos fascinantes. Cada vez que Lucero cierra sus ojos para soñar, una acogedora sonrisa se le dibuja en su rostro. Una leve pero profunda pincelada sobre su rostro forma una expresión placentera. Su mirada pensativa descansa sobre esa sonrisa de paz y regocijo. Más aún en su soledad, que por momentos es un lapso prolongado en su joven vida.
Sentada sobre el borde de la pared de su casa, las piernas de Lucero penden en el aire, mientras que sus dos manos se apoyan sobre el borde. La joven centra su rostro en las casas vecinas a la suya. Pero sus ojos definitivamente hacia arriba. Miran el despejado cielo celeste. Sin oscuridad. El sol se posiciona abajo de ella. Una frescura celestial reina en su alma. Pronto aparece la sonrisa. Sueña con que un día le salgan las alas para poder volar entre las nubes con el objeto de sentir una libre brisa sobre su rostro. Un día podrá levitar en las alturas y sentir una experiencia inigualable. Baja los ojos y observa el vecindario desde lo alto y ve a ciertas personas haciendo alguna que otra actividad. Cada balcón de los edificios que divisa encierra un mundo desgastado por la cotidianeidad. Una mujer de avanzada edad riega sus flores preferidas con una pequeña regadera verde claro. El cuidado que le ofrece a tales plantas rebaja a cualquier animal doméstico. Otra mujer empieza a tender su ropa recién lavada en un tendedero blanco portátil con suma delicadeza para no arrugar las prendas. Un señor sentado en una silla reposera lee el periódico del día para enterarse de lo que esta sucediendo en sus alrededores. No es ajeno al mundo atestado de crueldad, pero también de belleza, aunque oculta. Una joven limpia el piso del balcón con un trapo de piso quien sabe para qué. Una reunión es la situación más probable. O quiere limpiar para lustrar su auténtica vida. Estas personas ejecutan estas tareas como si fuera algo automático. No hay sorpresas en ellos. Lucero sueña con que los inquilinos, tanto del edificio que observa como los que están a su alrededor, se deshagan de todas sus quehaceres para vivir en forma plena. Por lo menos quince minutos al día. Piensa que podría caerles bien sentarse en un sofá o en un asiento cómodo para hacer un “stop” y descansar.
Mira a la derecha y ve a la plaza que siempre la contuvo en los momentos más felices de su temprana vida. Los árboles copan el terreno paradisíaco. Cubren el suelo, los bancos, las fuentes, los monumentos, los juegos y la intimidad como una capa protectora ante cualquier maldad proveniente del cielo. Sueña con que esta plaza se extienda por toda la faz de la Tierra, para poder así pasear por entre medio de una apacible arboleda, libre de cualquier ser salvaje que aceche la vida inocente de uno. Sólo aves, ardillas y una cama de hojas desprendidas silenciosamente de los árboles por efecto del viento, el cual penetra en los rincones de los espacios verdes de la plaza y se escurre por la vida. Imagina extendiendo sus delgadas manos hacia los costados para sentir el espíritu del bosque.
Acto seguido, se levanta del borde verde del techo haciendo fuerzas con sus dos brazos. Mueve su cuello un poco ladeando su cabeza mientras cierra sus ojos para hacerlo más satisfactorio. Abre sus ojos y se da vuelta. Se dirige hacia la puerta de chapa color marrón. La abre y baja por las escaleras manteniendo su brazo derecho sobre la delgada y reforzada baranda. Luego de bajar cuatro pisos, llega a una puerta de madera que conduce al pasillo de las habitaciones del edificio en donde vive Lucero. La abre y el pasillo se encuentra desierto. Luego de avanzar veinte metros, su habitación número 127 la espera. Saca su llavero de su bolsillo izquierdo e introduce la llave en la puerta. La abre. Entra. Prende las luces del comedor. Se dirige al mostrador de madrea en donde está el teléfono negro. Junto a él, hay un contestador. Aprieta el botón de las llamadas que se hicieron durante su breve ausencia. Dos mensajes:
“Hola, Lu. Te llama tu madre para saber cómo estás. Me da una tremenda alegría el saber que mañana nos vamos a ver en Renus. Te quiero. Nos vemos a la noche. Chauchis”.
“Hola, Lucero. Soy Diego y no se cómo decírtelo, pero pasado mañana no voy a poder salir con vos porque se me presentaron unas cosas a último momento. Después te llamo y te comento. Sorry. Besos”.
Después de un largo tiempo (precisamente ochos meses) Lucero y su madre, Teresa, no veían por culpa de estar bastantes ocupadas con el trabajo. Su madre trabaja de ama de casa todos los días, mientras que Lucero trabaja en una oficina de un consultorio médico a la mañana y estudia Contabilidad a la noche. Sus trabajos mantienen vivo la mutua añoranza del vínculo madre-hijo. Su lugar de encuentro, Renus, en un modesto restaurante ubicado en el centro de la ciudad.
Aquel Diego de voz teñida de frialdad mantuvo en vilo durante un mes a Lucero para saber si salía con ella o no a tomar algo en un pub. La respuesta ante el evento parece ser demasiada capciosa. Ingenua, por así decirlo. De por sí ella ya presentía tal contestación por medio de tontos esquivos. Lucero prefiere que le digan la verdad, aunque la mortifique. Sin embargo, ella hace caso omiso a ello y prefiere olvidar la tormenta. De hecho, las malas rachas en cuanto al amor son un poco frecuentes en su vida. Pero ella no se entristece. Al contrario, la hace más segura de sí misma.
Luego de escuchar los dos mensajes, roza su índice izquierdo por sobre el contestador y se le dibuja una leve sonrisa. Sueña con prolongar aún más el cariño que siente por su madre. Ser abrazada por su gran madre que actúa como una amiga a quien nunca la va a defraudar, ni embaucar. Su padre, desde el Paraíso, los debe contemplar y sentirse alegre, quizás con una lágrima. Pero alegre. Además sueña con poder sentirse amada por alguien y ser rodeada de abrazos, besos y caricias mientras nieva. El amor, siempre presente en sus sueños. Sueña con no ser desgarrada por una ilusión idílica recalcitrante. Sueña amar y sentir esas “mariposas en el estómago”.
Mira el reloj digital de su muñeca y marcan las 17.54 hs. Se va al baño y prende la luz. Se lava las manos y la cara con jabón y agua. Se seca las manos y su rostro con una toalla celeste. Luego se mira en el espejo. Es conciente de que su rostro vierte belleza e inocencia, dos aspectos humanos que se concretan en una perfecta dosis de dulzura. Sueña con que todas las almas sean hermosas por dentro y por fuera. Ella siempre admite que las personas son lindas, más allá del aspecto, porque lo que cuenta es el interior tímido de uno que, muchas veces, resulta ser más atractivo que el rostro y el cuerpo. Agarra el peine colocado sobre el botiquín y se alisa su cabello lacio color rojo que descansa sobre sus hombros. Un mechón cuelga sobre pálido rostro como una frágil cortina de tela. Sonríe y apaga la luz del baño para abandonarlo.
Va hacia la puerta del comedor y la abre. Ingresa al pasillo y cierra bien la puerta de su habitación. Gira a la izquierda y ve a un hombre vestido con traje de vestir esperando a que baje el ascensor. Ella se coloca al lado de él y éste lo saluda amablemente. Luego de veinte segundo, el ascensor llega hacia ellos. Hace el gesto noble de hacerla ingresar primero a ella y luego él. Ella agradece tal gesto. Ambos van hacia la planta baja. Silencio. Durante la espera, mira su reflejo difuminado en la puerta del ascensor. Sueña con que todas las personas sean gentiles y bondadosas. Que se entreguen a la beneficencia en pos del otro. La desatención es un mal que corroe por dentro tanto al que lo hace como al que necesita auxilio. La nobleza demuele a la indiferencia por completo y no la hace resurgir. Llegan a su destino. Se abre la puerta y el hombre se dirige a la mesa del conserje para charlar. Cualquier tema viene bien. Siempre y cuando no ofenda la integridad de uno. Lucero abre la puerta de vidrio con su llave y la cierra ya estando afuera. Baja los tres escalones de mármol y gira a la derecha.
Camina sobre la vereda y ve a una pareja de jóvenes mendigos que duermen sobre la pared de un edificio. Sueña con que toda la gente tenga todas las oportunidades para acceder a todos los bienes y servicios que deseen, ya sea en el trabajo, como en la salud. Sueña con que nadie caiga en la miseria, ni en la avaricia. Ve al lado de ellos una lata de aluminio y saca de su bolsillo izquierdo un billete de dos pesos y lo coloca en ella sin hacer el menor ruido posible. Luego, sigue su camino. Cruza la calle y camina una cuadra más hasta llegar a la plaza.
Lo verde brilla por su estelar estampa. Ve a tres chicos jugando a la pelota ensuciándose la ropa con la tierra, una niña que baja por el tobogán con emocionantes risitas y luego vuelve a subir, cuatro chicos que están sentados en los troncos de un árbol mientras se tiran una pequeña pelota entre sí, y a una madre que columpia a su pequeño hijo en una hamaca. Sueña con que la diversión infantil no termine más. La noche no es signo de un final abrupto para los saltos y las risas inofensivas. La cortina de tela azulada nunca se va a cerrar porque sueña con que la inocencia acapare la vida de uno para siempre. Quiere recostarse y ve una robusta piedra grande, la cual simula ser una especie de monumento. Tan simple, pero grande. Sueña con que la gente sea creativa, artista de la vida y original en sus acciones. Cree así que uno puede ir más allá de todo. Arriesgarse es la clave. Se dirige a la piedra para descansar. Pronto empieza a oscurecer. Adiós día. Mientras, Lucero se recuesta sobre el simple bloque sólido que le llega a sus hombros. Cruza sus brazos sobre el mismo y reclina soslayadamente su cabeza mientras mira el cielo. Su mirada y su vida navegan en el ensueño, sin posibilidad alguna de encallar.
Larga Vida a los Sueños!!!!!
Sentada sobre el borde de la pared de su casa, las piernas de Lucero penden en el aire, mientras que sus dos manos se apoyan sobre el borde. La joven centra su rostro en las casas vecinas a la suya. Pero sus ojos definitivamente hacia arriba. Miran el despejado cielo celeste. Sin oscuridad. El sol se posiciona abajo de ella. Una frescura celestial reina en su alma. Pronto aparece la sonrisa. Sueña con que un día le salgan las alas para poder volar entre las nubes con el objeto de sentir una libre brisa sobre su rostro. Un día podrá levitar en las alturas y sentir una experiencia inigualable. Baja los ojos y observa el vecindario desde lo alto y ve a ciertas personas haciendo alguna que otra actividad. Cada balcón de los edificios que divisa encierra un mundo desgastado por la cotidianeidad. Una mujer de avanzada edad riega sus flores preferidas con una pequeña regadera verde claro. El cuidado que le ofrece a tales plantas rebaja a cualquier animal doméstico. Otra mujer empieza a tender su ropa recién lavada en un tendedero blanco portátil con suma delicadeza para no arrugar las prendas. Un señor sentado en una silla reposera lee el periódico del día para enterarse de lo que esta sucediendo en sus alrededores. No es ajeno al mundo atestado de crueldad, pero también de belleza, aunque oculta. Una joven limpia el piso del balcón con un trapo de piso quien sabe para qué. Una reunión es la situación más probable. O quiere limpiar para lustrar su auténtica vida. Estas personas ejecutan estas tareas como si fuera algo automático. No hay sorpresas en ellos. Lucero sueña con que los inquilinos, tanto del edificio que observa como los que están a su alrededor, se deshagan de todas sus quehaceres para vivir en forma plena. Por lo menos quince minutos al día. Piensa que podría caerles bien sentarse en un sofá o en un asiento cómodo para hacer un “stop” y descansar.
Mira a la derecha y ve a la plaza que siempre la contuvo en los momentos más felices de su temprana vida. Los árboles copan el terreno paradisíaco. Cubren el suelo, los bancos, las fuentes, los monumentos, los juegos y la intimidad como una capa protectora ante cualquier maldad proveniente del cielo. Sueña con que esta plaza se extienda por toda la faz de la Tierra, para poder así pasear por entre medio de una apacible arboleda, libre de cualquier ser salvaje que aceche la vida inocente de uno. Sólo aves, ardillas y una cama de hojas desprendidas silenciosamente de los árboles por efecto del viento, el cual penetra en los rincones de los espacios verdes de la plaza y se escurre por la vida. Imagina extendiendo sus delgadas manos hacia los costados para sentir el espíritu del bosque.
Acto seguido, se levanta del borde verde del techo haciendo fuerzas con sus dos brazos. Mueve su cuello un poco ladeando su cabeza mientras cierra sus ojos para hacerlo más satisfactorio. Abre sus ojos y se da vuelta. Se dirige hacia la puerta de chapa color marrón. La abre y baja por las escaleras manteniendo su brazo derecho sobre la delgada y reforzada baranda. Luego de bajar cuatro pisos, llega a una puerta de madera que conduce al pasillo de las habitaciones del edificio en donde vive Lucero. La abre y el pasillo se encuentra desierto. Luego de avanzar veinte metros, su habitación número 127 la espera. Saca su llavero de su bolsillo izquierdo e introduce la llave en la puerta. La abre. Entra. Prende las luces del comedor. Se dirige al mostrador de madrea en donde está el teléfono negro. Junto a él, hay un contestador. Aprieta el botón de las llamadas que se hicieron durante su breve ausencia. Dos mensajes:
“Hola, Lu. Te llama tu madre para saber cómo estás. Me da una tremenda alegría el saber que mañana nos vamos a ver en Renus. Te quiero. Nos vemos a la noche. Chauchis”.
“Hola, Lucero. Soy Diego y no se cómo decírtelo, pero pasado mañana no voy a poder salir con vos porque se me presentaron unas cosas a último momento. Después te llamo y te comento. Sorry. Besos”.
Después de un largo tiempo (precisamente ochos meses) Lucero y su madre, Teresa, no veían por culpa de estar bastantes ocupadas con el trabajo. Su madre trabaja de ama de casa todos los días, mientras que Lucero trabaja en una oficina de un consultorio médico a la mañana y estudia Contabilidad a la noche. Sus trabajos mantienen vivo la mutua añoranza del vínculo madre-hijo. Su lugar de encuentro, Renus, en un modesto restaurante ubicado en el centro de la ciudad.
Aquel Diego de voz teñida de frialdad mantuvo en vilo durante un mes a Lucero para saber si salía con ella o no a tomar algo en un pub. La respuesta ante el evento parece ser demasiada capciosa. Ingenua, por así decirlo. De por sí ella ya presentía tal contestación por medio de tontos esquivos. Lucero prefiere que le digan la verdad, aunque la mortifique. Sin embargo, ella hace caso omiso a ello y prefiere olvidar la tormenta. De hecho, las malas rachas en cuanto al amor son un poco frecuentes en su vida. Pero ella no se entristece. Al contrario, la hace más segura de sí misma.
Luego de escuchar los dos mensajes, roza su índice izquierdo por sobre el contestador y se le dibuja una leve sonrisa. Sueña con prolongar aún más el cariño que siente por su madre. Ser abrazada por su gran madre que actúa como una amiga a quien nunca la va a defraudar, ni embaucar. Su padre, desde el Paraíso, los debe contemplar y sentirse alegre, quizás con una lágrima. Pero alegre. Además sueña con poder sentirse amada por alguien y ser rodeada de abrazos, besos y caricias mientras nieva. El amor, siempre presente en sus sueños. Sueña con no ser desgarrada por una ilusión idílica recalcitrante. Sueña amar y sentir esas “mariposas en el estómago”.
Mira el reloj digital de su muñeca y marcan las 17.54 hs. Se va al baño y prende la luz. Se lava las manos y la cara con jabón y agua. Se seca las manos y su rostro con una toalla celeste. Luego se mira en el espejo. Es conciente de que su rostro vierte belleza e inocencia, dos aspectos humanos que se concretan en una perfecta dosis de dulzura. Sueña con que todas las almas sean hermosas por dentro y por fuera. Ella siempre admite que las personas son lindas, más allá del aspecto, porque lo que cuenta es el interior tímido de uno que, muchas veces, resulta ser más atractivo que el rostro y el cuerpo. Agarra el peine colocado sobre el botiquín y se alisa su cabello lacio color rojo que descansa sobre sus hombros. Un mechón cuelga sobre pálido rostro como una frágil cortina de tela. Sonríe y apaga la luz del baño para abandonarlo.
Va hacia la puerta del comedor y la abre. Ingresa al pasillo y cierra bien la puerta de su habitación. Gira a la izquierda y ve a un hombre vestido con traje de vestir esperando a que baje el ascensor. Ella se coloca al lado de él y éste lo saluda amablemente. Luego de veinte segundo, el ascensor llega hacia ellos. Hace el gesto noble de hacerla ingresar primero a ella y luego él. Ella agradece tal gesto. Ambos van hacia la planta baja. Silencio. Durante la espera, mira su reflejo difuminado en la puerta del ascensor. Sueña con que todas las personas sean gentiles y bondadosas. Que se entreguen a la beneficencia en pos del otro. La desatención es un mal que corroe por dentro tanto al que lo hace como al que necesita auxilio. La nobleza demuele a la indiferencia por completo y no la hace resurgir. Llegan a su destino. Se abre la puerta y el hombre se dirige a la mesa del conserje para charlar. Cualquier tema viene bien. Siempre y cuando no ofenda la integridad de uno. Lucero abre la puerta de vidrio con su llave y la cierra ya estando afuera. Baja los tres escalones de mármol y gira a la derecha.
Camina sobre la vereda y ve a una pareja de jóvenes mendigos que duermen sobre la pared de un edificio. Sueña con que toda la gente tenga todas las oportunidades para acceder a todos los bienes y servicios que deseen, ya sea en el trabajo, como en la salud. Sueña con que nadie caiga en la miseria, ni en la avaricia. Ve al lado de ellos una lata de aluminio y saca de su bolsillo izquierdo un billete de dos pesos y lo coloca en ella sin hacer el menor ruido posible. Luego, sigue su camino. Cruza la calle y camina una cuadra más hasta llegar a la plaza.
Lo verde brilla por su estelar estampa. Ve a tres chicos jugando a la pelota ensuciándose la ropa con la tierra, una niña que baja por el tobogán con emocionantes risitas y luego vuelve a subir, cuatro chicos que están sentados en los troncos de un árbol mientras se tiran una pequeña pelota entre sí, y a una madre que columpia a su pequeño hijo en una hamaca. Sueña con que la diversión infantil no termine más. La noche no es signo de un final abrupto para los saltos y las risas inofensivas. La cortina de tela azulada nunca se va a cerrar porque sueña con que la inocencia acapare la vida de uno para siempre. Quiere recostarse y ve una robusta piedra grande, la cual simula ser una especie de monumento. Tan simple, pero grande. Sueña con que la gente sea creativa, artista de la vida y original en sus acciones. Cree así que uno puede ir más allá de todo. Arriesgarse es la clave. Se dirige a la piedra para descansar. Pronto empieza a oscurecer. Adiós día. Mientras, Lucero se recuesta sobre el simple bloque sólido que le llega a sus hombros. Cruza sus brazos sobre el mismo y reclina soslayadamente su cabeza mientras mira el cielo. Su mirada y su vida navegan en el ensueño, sin posibilidad alguna de encallar.
Larga Vida a los Sueños!!!!!
No hay comentarios:
Publicar un comentario