
El estío realiza sus últimos esfuerzos para prolongar su lapso de vaho caliente, pero sus bríos se esfuman. Se pierden al igual que las grandes y fantásticas experiencias que acaecen en verano, de las cuales uno nunca desdeña. Aquellos lúcidos árboles que conocieron el esplendor de la primavera y la palpitación del verano, ahora cubren un cómodo espacio para aquellas almas que deambulan en pos de encontrar tranquilidad y ensimismamiento. El sol deja filtrar sus débiles rayos entre las hojas, ajenas a la juventud, para desnudar sus débiles sentimientos, quizás empapados de timidez y soledad. La vejez arboleda siente que el tenue brillo del sol la consuela de su desgano. Las hojas vetustas gravitan en forma lenta al compás de la brisa sureña. ¡Qué languidez se siente en el alma! Acompañada de ella, deviene la mirada melancólica, cabizbaja en todo momento. Ese irremediable estado taciturno se aprecia en el cielo gris y en la ropa lúgubre. La melancolía transformada en una hermosa vía de contemplación por medio de una ventana impregnada de tibio vapor y de lágrimas. Pero a veces de un tierno regocijo, tal como siente la delicada alma de Anahí.
La ciudad le es indiferente a esa atmósfera embebida de un gusto agridulce que se siente en el fondo de la sensibilidad. Está abstraída en sus quehaceres rutinarios, sin dejar espacio a un lugar íntimo que enajena a todo ser humano de sus usuales tareas, a veces superfluas. Una zona natural de calma y amor. La búsqueda de ese paraíso no se hace tardar y el mapa lóbrego le llega a sus tibias manos a Anahí como un objeto apreciado. Un bosque abierto a los corazones de las almas felices o torturadas es el suntuoso punto de encuentro de Anahí y su incesante paz. Ni siquiera enrejado o alambrado, este bosque da entrada libre a cualquier ser para ambientarse en forma dulce y placentera.
Luego de realizar una mansa caminata, lejos de la aquejada ciudad traducida en ruidos y malogros, Anahí llega al inmenso bosque. Cruzando la calle, está esa triste arboleda llena de colores apagados, pero nutridas de tímida vida. Una débil sonrisa se le dibuja en su bello semblante y da sus primeros pasos al mundo teñido de pardo. Mira a los costados. Primero a la izquierda. Nada. Luego, a la derecha y a lo lejos observa a un auto rojo que se acerca a mediana velocidad. Ella se apresura y cruza la calle. Pisa el suelo fértil. Las hojas cubren la superficie. Apenas la tierra se asoma. Las pequeñas botas negras se empapan de escarcha matinal. Se levanta una brisa que provoca el pasar de hojas de arces frente a ella. Una de las hojas se deposita en el recogido pelo azabache de Anahí. Ella se lo saca de su cabeza y la ve. Los nervios y sus finas ramificaciones a lo largo de la hoja se ven alicaídas. La brisa la quiso llevar a quien sabe a qué lugar remoto, pero el destino quiso que se topara con un espíritu. Abre el abrojo de su morral marrón y extrae de él su diario personal. Su tapa es dura y está cubierta de dibujos de flores y corazones de todos los colores. Abre el cuaderno e introduce la hoja en las páginas del medio. Luego lo cierra y lo mete en el morral. Hay una leve bajada al bosque y ella sucumbe a su encanto afable.
Escucha el graznido de aves, las cuales no sabe distinguir a qué clases pertenecen. Duda de que escapen de un peligro que los acecha, ya que cantan por la llegada de un nuevo lapso de vida, la cual trae consigo cambios para bien. Levanta su rostro y ve volar aquellas aves en forma separada, pero siguiendo un camino. Baja su rostro y sigue caminando. Transita sobre una superficie repleta de hojas. La tierra pasa desapercibida. Es más, se esconde de las personas por temor a ser agredida por pisadas. Mientras deambula, se escuchan sus pasos que crepitan sobre las hojas. Ella, cabizbaja. Levanta su vista y divisa a un par de metros un joven venado. Tal animal la ve a través de sus profundos ojos negros. Ella se queda anonadada por lo que ve y decide acercarse para poder verlo más de cerca. Tal intento resulta ser un tropiezo. El venado retrocede torpemente y se da vuelta, para luego fugarse. Se pierde en el denso bosque.
Para no perder el rumbo, Anahí camina por el paisaje natural en forma recta. No teme perderse en este hermoso mundo, pero quiere salvaguardarse ante cualquier riesgo y regresar a su hogar sana y feliz, además de cumplir sus responsabilidades como estudiar y cuidar la casa. Los frondosos árboles que atraviesa a su paso dejan espacio. Lo suficiente para que cualquier ser pase en ellos como si fuesen puertas. Entre los introvertidos robles y arces, se ven los flácidos y endebles árboles que apenas se le asoman unos pequeños retoños, pero que más tarde caerán a suelo. Suerte de él que será adornada aún más. De repente, se escucha un ringtone del celular de Anahí, pero no le hace caso sumiso a ello. No quiere atender a nadie en este momento. Disfruta del buen pasar. Las hojas castañas brillan por su presencia. Se cuelan también hojas desprovistas de clorofila y teñidas de amarillas, naranjas y rojas. Tal es la correspondiente sucesión de colores que sufren las hojas antes de sucumbir al suelo en este tiempo que hace parecer a la vida tal cual es. Un ciclo que ondula por la juventud, la adultez y la vejez, para luego expira tras haber vivido dichosamente en los mejores casos.
Anahí circula y mira a los costados y el paisaje se repite a lo lejos. ¿Cuántas almas se amaron, rieron y lloraron por donde ella camina? La cantidad no importa. Lo que toca de cerca es el hecho de haber sentido algo fulgurante en el corazón con la ayuda de una cálida vista. Nuevamente escucha el canto de las aves. Quizás las mismas que regresan a la arboleda para cerciorarse de que el peligro haya desaparecido para siempre. O mejor, retornan luego de pasear más allá del bosque. Luego de ver su calmo vuelo, ve las cortezas de los árboles. Hablan de una total madurez, aún más en esta etapa. Alrededor de ellos, se encuentran las oscuras hojas simulando una total adoración a las ramas que supieron contenerlas en las etapas anteriores. No pueden regresar a su lugar de origen, pero sí pueden contemplar esas ramas desde abajo y añorar esa dichosa altura. Ella pasa su mano derecha sobre una corteza en forma lentamente y siente esa cruda frialdad que deben sentir los árboles cuando les llega los meses posteriores a verano. Atrás de ese árbol, hay un tronco caído y encima de él, más hojas de arce.
Se dirige hacia el tronco y despeja un poco el leño de las hojas que lo cubre sin romper alguna. Esta etapa siempre le trae nostalgia. Recuerda cuando su madre, Delia, la abrigaba con una blusa y un gorro de lanas tejidas por ella para salir a lo de sus amigas, como así también a su primer amor cuando la besó a solas en una plaza cuando caía la tarde. Además rememora cuando tomaba la chocolatada con masitas mientras charlaba con su madre y más tarde sacaba a pasear a Body, su collie barbudo, por la plaza. Mientras que su mente se diluye en aquella invencible nostalgia de vivir con una sonrisa, su mirada se concentra en las hojas de arce. Su forma de una gloriosa estrella ilumina, en conjunto, el amedrentado suelo en este momento, en este pasar. Anahí se refriega perezosamente su brazo izquierdo con su mano. Se da cuenta de que el sol empieza a perder su ligero centelleo y empieza a caer para dar paso al anochecer. Se levanta del leño y se dispone a dejar aquel lugar.
Antes de emprender su marcha, una fría brisa se levanta en el bosque que hace mover los diversos matices del follaje y las hojas se desploman como si fuera una apabullante y delicada lluvia. Las hojas caen en forma vaga hacia el suelo. Caen con un lento vaivén. Es sorprendente lo que Anahí percibe en este clima. Una hermosa lluvia parda la embriaga, mientras que los rayos del sol tratan de filtrarse por alguna que otra hoja que se desprende de su hogar para comprender su inevitable tristeza. Esta vez, ambos tienen suerte. Sin importar la hora, Anahí no tiene preocupación alguna por llegar tarde a su hogar. Tiene más desvelo por abandonar este bosque, su bosque. No quiere dejarlo. En él, se siente como otra hoja más, que descansa como una poeta sobre la musa inspiradora de su juventud. Se agacha y se recuesta sobre el lecho de hojas marchitas que deja la lluvia. Su cabeza se apoya sobre su brazo derecho como almohada, pero se da cuenta de que es inútil, ya que tal lecho natural la hace sentir muy cómoda y saca su brazo. Cierra sus ojos mientras el sol se filtra en su rostro aniñado. La lluvia, intermitente, pero majestuosa. Es el comienzo del otoño y de un nuevo ciclo de vida, tapizada de melancolía y nostalgia, llena de plenas vicisitudes, a veces dichosas y agridulces, pero conmovedoras.
Larga Vida al Otoño!!!!!
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