
Marcos escucha un suave susurro en su oído derecho. No sabe si está sumergido en un sueño o si está fuera de ella. Lo único que sabe es que las palabras que escucha son de ánimo, casi de heroísmo. “Vamos, Mar. Es hora de ir a la escuela”. El despertar es acompañado por el beso de su madre, Clarisa, en su mejilla derecha. Marcos se da vuelta y ve a su madre, quien sonríe en forma dulce. Mismo gesto le devuelve a ella. Luego Clarisa se dirige a la ventana de la habitación y corre las cortinas color naranja para abrir las persianas blancas. El sol irradia. Marcos se incorpora en su cama y bosteza, mientras estira sus brazos. Su madre le dice que vaya al baño a higienizarse mientras ella le va a preparar un rico desayuno.
Marcos se dirige al baño para lavarse las manos y la cara. Su pelo castaño está totalmente despeinado. Luego, se lava los dientes. Sale del baño y su madre la espera sentada en la cama. Tiene a su lado, sobre la cama recién tendida, el uniforme escolar. Se levanta y ayuda a su hijo a despojarlo del pijama color bordó. Luego lo ayuda a vestirse en cuanto a las medias azules, una remera blanca, una camisa celeste, pantalón de vestir gris, una corbata azul, una blusa azul oscuro y zapatos negros bien lustrados. Luego van al baño y le moja la cabeza para peinarlo cuidadosamente. “Estas hermoso” alcanza a decir Clarisa a Marcos entre sonrisas. Él sonroja. Luego van a la cocina y desayunan café con leche con masitas dulces. “Acordate, Mar. Siempre tenés que prestar atención y nunca faltar el respeto a nadie” le dice a Marcos. “Esta bien, mamá” le responde a Clarisa. Ella apoya su mano sobre el hombro de su pequeño orgullo. Escuchan un “clack”. Es el reloj colgado al lado de la heladera que marcan las 08.00 hs. Es hora de partir.
En forma rápida, Clarisa lava las tazas de café y el plato donde contenían las masitas. Marcaos va a su pieza a buscar su mochila verde oscura. La abre para cerciorarse de que todo se encuentre en ella. Carpeta con las hojas, cuaderno de comunicaciones y cartuchera cargada. Todo en orden. La cierra y se dirige al comedor donde su madre la espera. “¿Te fijaste si tenés todo para el día de hoy, hijo?” le pregunta a su hijo, quien le responde: “Sí. Todo está bien, ma”. Su madre cierra la puerta de adelante y ambos se dirigen atrás. Entran al garaje y le abre la puerta trasera del auto a su hijo, quien se sienta del lado derecho de la ventana. Clarisa agarra el control de la puerta puesto en una silla para abrirla. Aprieta el botón rojo y la puerta se abre lentamente. El patio, despejado. Antes de ingresar al auto, le pone a Marcos el cinturón de seguridad. Clarisa abre la puerta delantera del auto y se sienta para conducir. Ella también se abrocha el cinturón. Por medio del retrovisor ve a su hijo, quien le sonríe. Pone las llaves del auto, lo enciende y pone en marcha el vehículo, para así emprender el viaje hacia la escuela.
Mientras maneja el auto, Clarisa ve por medio del retrovisor a su hijo, quien contempla el pasar de los autos y de las madres que acompañan a sus respectivos hijos a la escuela. Siempre, agarrados de la mano como signo de cariño y protección. Luego de quince minutos, arriban a la escuela. Su madre estaciona el auto en frente de la institución. Apaga el motor del mismo y saca las llaves para ponérselas en su cartera de cuero. Se desabrocha el cinturón de seguridad. Abre la puerta y la cierra. Luego abre la puerta trasera y lo ayuda a sacarse el cinturón, como así también a salir del carro. Ambos ven la fachada de la escuela y la entrada de la misma. Padres e hijos brillan por su estelar presencia. Algunos ingresan. Otros se quedan para darles consejos, besos y abrazos. Luego escuchan el timbre del colegio que anuncia el ingreso a la escuela para formar las filas correspondientes de los grados. Clarisa abraza a Marcos como si fuera la última vez en verlo. Unas cuatro horas sin él es una total perdición. Marcos siente lo mismo. Lo besa en las dos mejillas y le dice “Acordate de lo que te dije, Mar. Que tengas un excelente día. Te quiero”. Marcos le responde: “Lo voy a recordar, ma. Y yo también te quiero mucho. Hasta el cielo” Clarisa lo abraza aún más y le dice “Yo aún más. Te recojo a las 12.00 y luego vamos a la plaza. ¿Dale?” le propone a su hijo, quien asienta la cabeza. Ambos se abrazan y se despiden con un agrio sabor de no verse por cuatro horas, pero teniendo la certeza de que se van a ver dentro de un par de horas.
Marcos pasa por la entrada y luego por un gran pasillo, en donde funciona la administración y la secretaría. Luego se encuentra la entrada que da a un patio muy inmenso. Todavía los alumnos permanecen jugando a la pelota, mientras que las alumnas juegan con la soga. Luego, Marcos se dirige al aula que le corresponde en este año: 5º B. Abre la puerta del aula y alguna que otra mochila ve en algunas sillas. Coloca su mochila verde en uno de los bancos del medio. Escucha nuevamente el timbre de la escuela. Deja el aula y cierra su puerta. Ahora sí. Los chicos forman las filas en el medio del patio. Cuatro maestros y tres maestras señalan a los chicos en qué filan deben formarse en cuanto al grado que le corresponden. Cuando escucha que una de las maestras dice “Los que pertenecen a 5º B, fórmense acá” Marcos se dirige a la fila que le concierne. Atrás tiene a una chica muy hermosa, mientras que adelante suyo tiene a un robusto chico. Con dos extremos se encuentra: por un lado, la dulzura y, por el otro, la bravuconería. Aún sin conocerlos, estas pequeñas personas inspiran esas impresiones.
Marcos se dirige al baño para lavarse las manos y la cara. Su pelo castaño está totalmente despeinado. Luego, se lava los dientes. Sale del baño y su madre la espera sentada en la cama. Tiene a su lado, sobre la cama recién tendida, el uniforme escolar. Se levanta y ayuda a su hijo a despojarlo del pijama color bordó. Luego lo ayuda a vestirse en cuanto a las medias azules, una remera blanca, una camisa celeste, pantalón de vestir gris, una corbata azul, una blusa azul oscuro y zapatos negros bien lustrados. Luego van al baño y le moja la cabeza para peinarlo cuidadosamente. “Estas hermoso” alcanza a decir Clarisa a Marcos entre sonrisas. Él sonroja. Luego van a la cocina y desayunan café con leche con masitas dulces. “Acordate, Mar. Siempre tenés que prestar atención y nunca faltar el respeto a nadie” le dice a Marcos. “Esta bien, mamá” le responde a Clarisa. Ella apoya su mano sobre el hombro de su pequeño orgullo. Escuchan un “clack”. Es el reloj colgado al lado de la heladera que marcan las 08.00 hs. Es hora de partir.
En forma rápida, Clarisa lava las tazas de café y el plato donde contenían las masitas. Marcaos va a su pieza a buscar su mochila verde oscura. La abre para cerciorarse de que todo se encuentre en ella. Carpeta con las hojas, cuaderno de comunicaciones y cartuchera cargada. Todo en orden. La cierra y se dirige al comedor donde su madre la espera. “¿Te fijaste si tenés todo para el día de hoy, hijo?” le pregunta a su hijo, quien le responde: “Sí. Todo está bien, ma”. Su madre cierra la puerta de adelante y ambos se dirigen atrás. Entran al garaje y le abre la puerta trasera del auto a su hijo, quien se sienta del lado derecho de la ventana. Clarisa agarra el control de la puerta puesto en una silla para abrirla. Aprieta el botón rojo y la puerta se abre lentamente. El patio, despejado. Antes de ingresar al auto, le pone a Marcos el cinturón de seguridad. Clarisa abre la puerta delantera del auto y se sienta para conducir. Ella también se abrocha el cinturón. Por medio del retrovisor ve a su hijo, quien le sonríe. Pone las llaves del auto, lo enciende y pone en marcha el vehículo, para así emprender el viaje hacia la escuela.
Mientras maneja el auto, Clarisa ve por medio del retrovisor a su hijo, quien contempla el pasar de los autos y de las madres que acompañan a sus respectivos hijos a la escuela. Siempre, agarrados de la mano como signo de cariño y protección. Luego de quince minutos, arriban a la escuela. Su madre estaciona el auto en frente de la institución. Apaga el motor del mismo y saca las llaves para ponérselas en su cartera de cuero. Se desabrocha el cinturón de seguridad. Abre la puerta y la cierra. Luego abre la puerta trasera y lo ayuda a sacarse el cinturón, como así también a salir del carro. Ambos ven la fachada de la escuela y la entrada de la misma. Padres e hijos brillan por su estelar presencia. Algunos ingresan. Otros se quedan para darles consejos, besos y abrazos. Luego escuchan el timbre del colegio que anuncia el ingreso a la escuela para formar las filas correspondientes de los grados. Clarisa abraza a Marcos como si fuera la última vez en verlo. Unas cuatro horas sin él es una total perdición. Marcos siente lo mismo. Lo besa en las dos mejillas y le dice “Acordate de lo que te dije, Mar. Que tengas un excelente día. Te quiero”. Marcos le responde: “Lo voy a recordar, ma. Y yo también te quiero mucho. Hasta el cielo” Clarisa lo abraza aún más y le dice “Yo aún más. Te recojo a las 12.00 y luego vamos a la plaza. ¿Dale?” le propone a su hijo, quien asienta la cabeza. Ambos se abrazan y se despiden con un agrio sabor de no verse por cuatro horas, pero teniendo la certeza de que se van a ver dentro de un par de horas.
Marcos pasa por la entrada y luego por un gran pasillo, en donde funciona la administración y la secretaría. Luego se encuentra la entrada que da a un patio muy inmenso. Todavía los alumnos permanecen jugando a la pelota, mientras que las alumnas juegan con la soga. Luego, Marcos se dirige al aula que le corresponde en este año: 5º B. Abre la puerta del aula y alguna que otra mochila ve en algunas sillas. Coloca su mochila verde en uno de los bancos del medio. Escucha nuevamente el timbre de la escuela. Deja el aula y cierra su puerta. Ahora sí. Los chicos forman las filas en el medio del patio. Cuatro maestros y tres maestras señalan a los chicos en qué filan deben formarse en cuanto al grado que le corresponden. Cuando escucha que una de las maestras dice “Los que pertenecen a 5º B, fórmense acá” Marcos se dirige a la fila que le concierne. Atrás tiene a una chica muy hermosa, mientras que adelante suyo tiene a un robusto chico. Con dos extremos se encuentra: por un lado, la dulzura y, por el otro, la bravuconería. Aún sin conocerlos, estas pequeñas personas inspiran esas impresiones.
Luego de cinco minutos, las filas están acomodadas. Luego viene el director del colegio. Es un hombre delgado, con un semblante que inspira confianza y temor al mismo tiempo. “Bueno, chicos. Un nuevo año ha empezado. Y eso implica nuevas responsabilidades. Un año que va a implicar una nueva generación de estudiantes aplicados y respetuosos. Como siempre digo en cada año que pasa, sean estudiosos y el destino los va a recompensar para bien. Que tengan un muy buen día, como así también el resto de este año. Pueden pasar a sus aulas acompañados de sus maestros” Las palabras cayeron como un profundo consuelo. Más para aquellos tienen pavor frente a la escuela y a las pruebas. Marcos siente un bienestar por dentro. Ya esas palabras las escuchó de su madre y también de su padre, Rafael, quien le deseó éxitos la noche anterior. Ahora sólo resta participar en las clases en forma activa. Una maestra guía a sus alumnos a entrar al aula de 5 º B. Marcos mira para su costado para ver la puerta que da a la entrada de la escuela y ve a su madre, quien agita su mano izquierda para saludarlo. Él hace lo mismo, con un nudo en la garganta y una lágrima. Luego mira adelante e ingresa al aula, junto a los demás compañeros.
Todos se sientan sus respectivos asientos y la maestra dice: “Buenos días, chicos. Mi nombre es Mónica y soy la maestra de Ciencias Sociales. Hoy vamos a hacer un repaso de lo que vieron en cuarto grado y luego vamos a hacer un balance de lo vamos a ver en este año” Los chicos, atentos a sus palabras. Pasa una hora y se escucha el timbre del colegio que da entrada para el primer recreo a las 9.00 hs. Su maestra les dice: “Hora del recreo. Disfruten el receso”. Abre la puerta y los alumnos salen de allí. Juegan a la pelota. Otros charlan. Otros juegan a la bolita. Otros juegan a la rayuela… En fin, se divierten. Marcos se percata de que no conoce a nadie. Sus compañeros y amigos del año pasado se fueron a otra escuela y otros cursan a la tarde. Marcos apoya su espalda sobre la pared del aula y la chica que estaba atrás suyo en la fila se acerca. Ella le dice: “Hola. Mi nombre es Sonia. ¿El tuyo?” “Mi nombre es Marcos” le responde y le ve su rostro. Parece una doncella salida de un cuento de hadas. Pelo castaño corto y ojos celestes. “Es hermosa” piensa. Hablan de sus respectivos gustos en cuanto a la televisión y a la música. Pasa tan rápido el tiempo cuando uno conoce a alguien. El timbre suena para ingresar nuevamente a las aulas a las 9.20 hs. Sonia, quien está sentada atrás de Marcos, se sienta al lado de él. Los dos se miran en forma dulce. ¿El comienzo de un amor demasiado joven a los diez años?
Luego de terminar el repaso del grado anterior, suena el timbre del segundo recreo a las 10.45 hs. Salen del aula. Sonia les presenta sus tres amigas y dos amigos a Marcos. Se integra fácilmente al grupo. La pasa muy bien Marcos. Más cuando Sonia lo ve con una sonrisa de oreja a oreja. La charla se disipa cuando termina el receso a las 11.10 hs. Todos entran al aula. Ni bien Mónica termina el balance de Ciencias Sociales, suena el agudo, pero esperanzador sonido del timbre de las 12.00. Todos guardan sus útiles escolares en sus mochilas. Se escucha el crepitar conjunto de los cierres de las mismas y la maestra les abre la puerta. Todos los alumnos de los grados, desde 1º hasta 7º grado, hacen la fila para salir en el medio del patio. En forma ascendente sale 1º grado acompañado de su maestro. Así hasta llegar al grado de Marcos. Pasan por la puerta y el gran pasillo y luego salen por la entrada principal. Los chicos se dispersan para ir a los brazos reconfortantes de sus padres. Marcos ve a su madre con una gran sonrisa. Antes de ir a con ella, le da un beso en la mejilla a Sonia y le dice “Mañana nos vemos. Chau”. Sonia se queda anonadada y se toca su mejilla derecha como si fuera muy sorprendente lo que acaba de sentir. Marcos se da la vuelta y corre hacia su madre, quien lo sube a su pecho para abrazarlo y besarlo. “Cómo te extrañé, Mar. ¿Cómo te fue?” pregunta Clarisa en medio de una inmensa alegría. “Muy bien, ma. La pasé muy bien. Me encanta la escuela”. Las dichas de Marcos y de su madre rebosan en un lunes rutinario, en un lunes de un nuevo comienzo de vida escolar.
Larga Vida a las Clases!!!!!
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