
El gélido frío se filtra por la capucha de su campera y penetra en el bello rostro taciturno de Juliana. Pero ella no siente alguna que otra sensación, porque su alma está abatida. La tarde, a veces pasable para endebles personas, no es sino para este momento, un pesado pesar para Juliana. La fuerte brisa choca contra ella como una helada bofetada para hacerla reaccionar, pero ella se mantiene indiferente. O mejor dicho, se refugia en ese benévolo viento. Mientras mantiene cerrados sus ojos color negro, sus pasos lentos deambulan sobre la delicada rambla, ese suelo que soporta el pasear de sus turistas.
La brisa sobre su rostro no hace secar rápidamente las lágrimas que se le asoman en sus ojos cerrados. Sus cejas señalan a una afligida alma, turbada de malogrados y abortados pensamientos. Apenas se le nota el brillo en su mejilla no a causa del sol, sino por la presencia de un dolor. Las lágrimas penden sobre su mentón. No se sabe si van a permanecer en ese lugar o más lágrimas van a aumentar el lúgubre caudal del cuadro. Tal brisa hace mover los pequeños flecos negros que abundan en el interior de la capucha. Lo único que rebalsa son sus labios corroídos por el sinsabor.
Sus delicadas y frágiles manos se encuentran metidas en sus bolsillos correspondientes. Pero aún así, sus manos sienten frío. Tiritan. Ni el más ardiente sol sirve para avivar la llama de su corazón, hecho de quebrantable cristal dispuesto a ser quebrado por las almas inhumanas. A pesar de que Juliana esta abrigada, el frío cala en cada rincón de su cuerpo. Su cara emana esa sensación de sufrimiento. Mientras camina hacia su casa, las pocas personas que la ven ni siquiera se detienen para averiguar su pesar. Se mantienen distantes frente a ella. Quizás por pensar que es una lunática o una insana. Pero esa certidumbre es irrefutable. Sólo para ellos. Una inquietud puede liberar miles de dudas, pero aquellas personas carentes de compasión no van más allá y se quedan en su incuestionables status quo. Las mismas personas no tienen tiempo para eso y sólo miran el mar apoyados sobre la baranda de la rama o algunos están sentados en unos angostos asientos y se ríen del buen pasar. La diferencia radica en que esa gente padece una alegría anodina, mientras que Juliana se reserva el derecho de lagrimear.
Ella no tiene el poder de desaparecerse, pero si puede cerrar sus ojos para abstraerse por un momento de ese mundo. Ve a través de sus ojos cerrados la oscuridad. Aquella, a veces muy perceptible, aparece ante ella como un vago recuerdo. Un recuerdo diluido por imágenes y sonidos. Mientras siente ese terrible frío en su hermoso rostro y camina lánguidamente, sus ojos contemplan la lóbrega oscuridad que ve por medio de su fina retina. Un Te Amo bajado de un disparo fulminante para caer inevitablemente en una densa abisal. Ni un salvavidas es seguro. La vuelta atrás es encallada para siempre. El rostro de un alma invariablemente segura es corroído por las agresivas olas de la tempestad. Aún permanece un idilio en sus ojos, pero desconsolado.
Un momento se detiene. Saca su mano derecha del bolsillo y la coloca sobre la baranda sin abrir sus ojos. Abre apenas su boca y suspira. Arquea sus finas cejas para arriba y luego para abajo como signo de dolor. Una delgada pero pesada lágrima surca su mejilla derecha. El sollozo, escondido, pero presente. Juliana percibe que una persona se detiene. Ella abre los ojos, pero su mirada se concentra sobre el piso de madera. Sin embargo, esa persona se retira sin una previa pregunta de estado de ánimo. Tal vez, aquella persona no se animó a preguntarle por temor o por vergüenza. O por falta de interés. Una vida sin compasión es como una rosa sin ningún pétalo. Es nada. Una lástima que no da lástima.
Su capucha actúa como un gran casco para no ser vista tanto desde arriba como por abajo. El único contacto que tiene su rostro es con esos flecos, que actúan como caricias reconfortantes amen de subsanar su malestar. Abandona su mano de la baranda y levanta su cabeza. Suspira nuevamente. Derrama una tremenda tristeza en su mirada. Mete su mano derecha en el bolsillo y sigue su latente marcha. Su garganta siente un nudo. El principio del llanto. Cierra sus ojos para aplacar ese nudo. Pero no vale su esfuerzo. Abre sus ojos y resaltan lo vidrioso de su congoja. A un par de pasos divisa una escalera que conduce hacia debajo de la rambla. Camina hacia ella y se detiene cuando llega a su destino.
El último escalón se contacta con pequeños guijarros y grandes piedras refrescadas por algún que otro salpicón del mar. Juliana bajo los dieciséis escalones y contempla el cielo tempestuoso y el mar abocado a inspirar temor. El viento se hace más patente y surca sus débiles ojos. Saca sus manos de los bolsillos y los cruza para ponérselos sobre su pecho. Una manera de sentirse protegida consigo misma. Baja su cabeza y su mirada se transforma en una mueca de verdadera tristeza. Llora. Derrama lágrimas por doquier. Sus lágrimas acarician sus mejillas, surcan su nariz y siente un agrio sabor en su boca. El viento, más crudo. Juliana mira a los costados mostrando signos de turbación, no con el objeto de llamar la atención, sino para ver a algo a alguien capaz de sostenerla. Mira atrás y ve una piedra en forma cuadrada debajo de la rambla. Camina hacia ella con mucho cuidado, esquivando los guijarros y llega a esa especie de aposento. Se sienta. Solloza. Su mirada contempla la nada del suelo. Suspira. Juliana llora, mientras agacha su cabeza. No tiene palabras para decir o expresar lo que siente. Las lágrimas están en sus frágiles ojos. Fluyen como un caudal de angustia que recorre por un mustio bosque.
Juliana permanece en ese rincón como un refugio destinado a albergar a aquella alma descorazonada. Su cabeza gacha y sus lágrimas que entibian los fríos guijarros provienen de una enlutada elegía. Juliana llora.
Larga Vida al Consuelo!!!!!
1 comentario:
Hola Fer!!! que triste esta historia,pobre chica hoy es un día para el consuelo al menos para mí que lo necesito, muy buen escrito como siempre atrapante, besotes!!!,hasta pronto!!!.
Majo
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