
El desvelo no es sino una oscura treta tramada por la luna. Las estrellas refuerzan esa continua vigilia de sueño. Aquellas figuras estelares son enmarcadas en las ventanas de todas las casas, las cuales sólo reciben esa luz blanca-azulina de la noche. Algunos duermen sobre sus cómodos lechos. Otros, no pueden conciliar el sueño, ya sea por el insomnio o por una afligida angustia. Sin embargo, para algunos, o en mejor de los casos, para Juan, la sigilosa noche de verano se convierte en un ritual entrañable.
Sentado sobre el tercer peldaño de la escalinata, Juan contempla en frente suyo el gran lago que recorre todo el apacible vecindario. Los vetustos árboles ofrecen un espacio como entrada para quienes decidan aventurarse dentro del agua. La más mínima brisa ligera no altera las copas de la arboleda. Esa brisa que hace que uno sienta el verano como si fuera el mejor y el último de la vida. Más allá del lago, se divisan las inmóviles luces de las lámparas que apenas destellan sobre la calle, por la cual pasan de vez en cuando autos con sus respectivos largos y finos haces de luz de los faroles. Algún automovilista solitario o acompañado de su pareja o un ser querido que deambula sobre la casi oscuridad. Un auto, un mundo.
Las luces del pavimento se reflejan sobre el paisaje acuático. Estelas de colores rojo y amarillo serpentean sobre el lago en forma horizontal. El agua mansa se funde con estos colores como un mágico enlace. El zumbido de un mosquito lo saca de ese ensueño real y lo aleja con un ademán de su mano izquierda. El movimiento hace que el mosquito no pueda perpetrar su molesto cometido y se aleja para evitar su temprana expiración. Las luces de la casa de Juan están apagadas, pero no su entusiasmo. El delicado y constante sonido del cantar de los grillos, escondidos en alguna que otra rama del césped que rodea al lago y alas casas de los vecinos, sonoriza la mansa atmósfera. Juan se percata de que algunas casas tienen las luces apagadas. Se pregunta si aquellas personas que conviven en esos recintos también son apagadas. Si es así de este infortunio, el verano se enfriará.
Mira su reloj digital puesto en su muñeca derecha para ver la hora. Aprieta un botón derecho que dice led. Se enciende la pantalla del reloj de color celeste fuerte. Marcan las 1:17 AM. No es tarde. Quizás para aquel que deba madrugar temprano para ir a trabajar en una oficina apretada o en un espaciado escritorio. Para Juan, quien está de vacaciones luego de haber terminado el último nivel de la escuela terciaria, no se abate por estar despierto a altas horas de la noche. Es más, no es de levantarse tarde. Se levanta bien temprano para ayudar a sus padres en los quehaceres del hogar. Bastante alejado de esa juventud que se levanta cuando nace el crepúsculo.
La oscuridad de la noche se hace espesa y los árboles se transforman en pronunciadas siluetas. Figuras que simulasen ser recortadas cuidadosamente con una tijera, sin dejar surcos. Detrás, el escenario silencioso y lumínico. De pronto, su perro, Samuel, se le acerca por detrás y recuesta su cabeza sobre la rodilla derecha de Juan. De pelaje negro y medio robusto, los claros ojos del canino se deslumbran por su dueño. Juan acaricia su cabeza y el rabo del animal se mueve al compás de un péndulo. Le rasca su oreja derecha y el compás se multiplica dócilmente.
Una pequeña luciérnaga vuela y se reposa sobre su mano izquierda. Alumbra tres veces y vuela de ese pequeño lugar. Juan ve a ese insecto y la luz parpadeante del mismo se pierde en la oscuridad. Juan deja de rascarle la oreja a su mascota, pero Samuel sigue contemplando a su amo, mientras mueve el rabo lentamente. El joven alza la vista hacia arriba y la noche aún es estrellada. El cielo todavía esta oscuro, aunque se ve los atisbos de las nubes que tratan de hacer de esta noche más templada y cómoda. Baja su cabeza. De repente ve a lo lejos una delgada mancha blanca que atraviesa con lentitud el lago. No puede distinguir lo que está viendo. Se levanta lánguidamente de la escalinata y decide ver esa extrañeza.
Juan baja por el camino pastoso en bajada, mientras que Samuel le sigue los pasos a su joven amo. Sus ojotas negras pisan sobre el tierno césped. Se acerca a la orilla del lago y se enamora por lo que ve. Una hilera de cisnes nada sobre la endeble agua. Los siete cisnes navegan majestuosamente sobre el lago como si fuesen grandes héroes y príncipes del agua. Juan se queda perplejo mientras ve cómo la hilera perezosamente se desliza sobre el agua. Una bella danza transcurre en el escenario noctámbulo. Mientras contempla tal escenario, Juan se sienta cruzando las piernas sobre el pasto. Lo mismo hace su perro.
Los cisnes, unidos uno atrás del otro, nadan sin ninguna preocupación. La noche los alimenta y estos la admiran devotamente. Juan se levanta del pasto. Samuel lo ve desde abajo. Se quita el reloj y lo deja a un costado, al igual que sus ojotas. Sin importarle la temperatura del agua, se acerca a ella. Sus pies tocan el agua. En ese instante, piensa que un terrible escalofrío le iba a sembrar por todo su cuerpo. Sin embargo, el agua esta fresca. Sumerge todo el cuerpo, excepto su cabeza. Frente suyo ve las luces del suburbio y los cisnes allá lejos. Luego gira para atrás y ve a su perro, que lo mira con cierto desconcierto, mientras agita su rabo. Juan se ríe. Desde esa posición, el camino en bajada ahora parece una pequeña montaña.
El joven respira hondo cuatro veces y se sumerge dentro del agua. Abre los ojos y todo está oscuro. Nada se ve. Apenas se ven las luces de las calles a lo lejos. Total mutismo. Levita sobre el agua. Pequeñas burbujas salen de su boca. Emerge del agua y respira aire puro. Samuel llora cuando lo ve. Su rabo, más agitado. Esa experiencia de estar sumergido y de escuchar sólo el silencio es de admirar. Nuevamente Juan respira hondamente cuatro veces y se sumerge en el lago. Esta vez, nada. No sabe para que dirección o lugar. Pero quiere nadar. Oscuridad. Silencio. Mira hacia abajo. Nada. Quizás guijarros y plantas acuáticas sólo divisibles a la luz del sol. Mira hacia arriba. Las tímidas luces de afuera. Logra ver las ondas del agua gracias a los destellos de los faroles. Luego de nadar en línea recta, gira y emerge del agua. A Samuel lo ve un poco lejos. Se sorprende el haber nadado lo bastante lejos. Mira a los costados y las sombras de la arboleda brillan por su presencia. Respira hondo y se sumerge de nuevo para volver a tierra. En su trayecto, se emociona por la oscuridad silenciosa que ve a través de sus ojos marrones. Calcula que ya debe estar cerca de tierra firme. Así que se detiene y emerge del agua. No estaba equivocado. Suspira y el perro llora tristemente. Para no hacerlo sufrir, Juan se acerca un poco a la orilla para estar cerca de él, pero no abandona el cristalino lago. Quiere permanecer un par de horas para ver el nacimiento de la gloriosa madrugada. Respira hondo y se sumerge para emocionarse en esa extraña profundidad. Siente la frescura del agua en su piel con mucha ternura. Mientras tanto, los cisnes siguen navegando, siendo testigos de una bella noche de verano para Juan.
Larga Vida a la Inmersión!!!!!
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