domingo, 8 de febrero de 2009

La Inquietante y Espasmódica Historia del Ambicioso J&B


Sólo hace falta comprar una cosa. No es una cosa. Más que cosa es el elemento de la noche. Es el catalizador para una estrafalaria fiesta. Desde lo más alto de la góndola de vinos, es contemplada por aquellas personas que requieren de la llave para despertar cualquier muerto en una amarga reunión. Provoca en Miguel una sugestión desde la repisa de la góndola que hace llamarlo a una aventura. Su carrito de compra está prácticamente lleno. Papas fritas, chizitos, cientos y cientos de rodajas de diversos fiambres, una bandeja de aluminio a estrenar, diez gaseosas de los gustos más comunes (coca, lima-limón, naranja y pomelo amarillo), y cinco kilos de frutas (naranjas, pomelos, uvas y cerezas). Sin embargo, todavía no ha optado por alguna bebida alcohólica. Tal como dice Miguel: “Sin un néctar etílico, decir fiesta es como algo innombrable”. Su sentencia, su lema. Luego de comprar dos kilos de pan, entre los cuales figura galletas, miñones y flautas), el carrito empieza a andar con lentitud. Miguel tiene que empujar un poco para avanzar y, al mismo tiempo, lidiar con el peso del carrito. La casualidad hace que el chango, como consecuencia de kilos y kilos de chatarra fanfarrona, no avance y se detenga en el sector de Vinos.

Miguel suspira y levanta la cabeza y ve una botella de J&B. Nada de polvo. Reluce como si fuera recién salida de la fábrica. Es conciente de que este gran supermercado, la atención al cliente es excelente, pero no quiere llamar a los encargados de tal servicio, ya que quiere que lo tilden de un alcohólico empedernido. Mira a los costados y sólo ve gente que está concentrado en su respectiva compra de productos. Se humedece los labios y se estira con la punta de los pies lo más alto posible para alcanzar la botella de whisky, pero no llega. En otro gran esfuerzo manotea la botella, pero la misma se balancea sobre la repisa de caoba oscura. Miguel pierde paciencia y pisa los dos primeros estantes de la góndola. Por suerte alcanza a agarrar el J&B, pero dicho mueble cede el peso del joven y se resquebraja los dos estantes, por lo que Miguel cae secamente sobre el duro piso y todas las botellas de vinos finos. Algunas caen sobre el piso y se rompen, vertiendo todo el contenido. Otras caen sobre el cuerpo de Miguel, pero se protege rápidamente y se refugia debajo de sus brazos. Firmemente mantiene en su mano derecha el J&B, pero un pedazo de vidrio sale disparado del estallido de una botella y hiere su brazo derecho, por lo que involuntariamente la botella de whisky se le desprende de su mano y rueda. De forma inmediata, el carrito de compra rompe los cuatro lados forzados con hierro y sale todo su contenido.

Una de las personas que acude a socorrerlo es Mauro, asistente de Atención al Cliente. De prisa, corre los diez metros que lo separan del accidente y llega al escenario. Le saca cuidadosamente las botellas de alcohol que descansan sobre su cintura y alrededores. Más asistentes acuden a ayudar a Miguel. Luego, hay un gran tumulto de gente que se acapara para contemplar la escena. Algunas personas murmullan, otras se quedan sin palabras, otras inconscientemente emiten una leve risa. Bolsas rotas, frutas dispersas, el y el contenido de las gaseosas vertidas sobre el suelo, sumadas a los pedazos de vidrios de las botellas de vino. Miguel se encuentra aturdido. Una terrible vergüenza lo ensombrece. Quiere retirarse de ese lugar. Todos lo miran con total desconcierto. Unos de los asistentes lo ayuda a retirarse del supermercado, mientras la gente comienza a desconcentra de a escena para volver a sus compras del día. Los encargados de Limpieza empiezan a limpiar el desorden. Algunos asistentes de Atención al Cliente ayudan con la limpieza de la zona. Unos de los encargados de limpieza, Julián, mientras limpia en los alrededores del desastre, mete su escoba angosta abajo de la góndola de Gaseosas y toca algo medio pesado. Al no poder sacarlo de ahí, se agacha y ve una botella de whisky, que no es sino el J&B que salió despedido de la mano de Miguel. Extiende su mano y la agarra. La tiene en sus manos. Gira a sus costados para que nadie lo vea. Nadie esta atento a sus quehaceres. Se marcha de ahí.

Luego de pasar por el local de Verdulería, se dirige afuera del supermercado. Algunos camiones con productos en su interior esperan por un encargado amen de despacharlos. Contempla la botella. Vidrio verde por donde aprecia el contenido y la etiqueta amarilla con marrones letras mayúsculas y las tres granes letras del whisky. Decide abrirla y beber un par de sorbos. A Julián ni siquiera le interesa si alguien lo sorprende, a manos que sea Mauro. Escucha que alguien le grita su nombre y decide tirarlo bien lejos a la botella. La botella pasa por encima de la mediana tapia. Julián se da vuelta y es Mauro, quien le entrega la escoba que se había olvidado en el interior del supermercado. Julián, aliviado.

La botella fue a parar al césped de una casa totalmente descuidada. Quien vive en ese terreno es Eugenio, un señor de avejentada edad que pasa su vida estando en el pórtico de su casa haciendo algo. Ya sea limando un cuchillo o construyendo un mueble, Eugenio siempre hace algo. Mientras decide poner en marcha su cortadora de césped para cortar el tan descuidado jardín de su casa, las aspas de la cortadora chocan con algo duro, por lo que decide apagar el motor del aparato. Se agacha y ve la botella de whisky. La recoge, pero se le resbala y cae dentro de un mediano pozo hecho con material para arrojar madera y hacer fogata. Eugenio va por él y se adentra en el pozo. La recoge nuevamente y sale de ese pozo. Muestra su sonrisa de oreja a oreja y va directo a su casa para beberla, pero prefiere tomarla bajo la sombra de un árbol. Se sienta sobre una gran raíz del árbol, gira fuertemente la tapa de la botella y la saca del pico. Lo bebe a tragos como si fuera agua. Su estado es demasiado embriagante. Con la poca conciencia que le queda, deja el envase totalmente vacío en el cesto de basura y se va a su casa para dormir una gran siesta.

Un recolector de botellas, llamado Darío, vacías pasa por la casa de Eugenio. Se fija si hay alguna que otra botella de vidrio o de plástico. Nada. Sin embargo, sus brazos alcanzar a tocar una botella de vidrio. La agarra y la ve. Se sorprende de que sea whisky de gran marca, ya que en su haber siempre recolectaba botellas sin etiquetas. La pone en su boca para ver si queda algo de contenido. Apenas una gota puede catar. Desilusionado por no tener que tomar de esa botella, la tira al tacho y no a su carro entre medio de todas la botellas que recolectó en el día. Luego emprende su habitual marcha. Al cabo de media hora, llega los recolectores de basura y vierten el escaso contenido del tacho hacia el camión. Ahora, la botella comparte lugar con chatarras como latas de pintura o cajas de zapatos. Luego de pasar una avenida y dos peajes, el camión de basura llega a un terreno baldío y descarga toda la basura sobre el suelo. La última chatarra en caer es J&B, la cual se regodea con toda la chatarra desperdiciada que deja la ciudad. Con el pico para arriba apuntando hacia el cielo, J&B luce, aún en medio de toda los residuos, como algo a ostentar para pasar el rato. Esta vez, J&B pasará un buen rato con la luz del sol apuntando sobre su él, siempre reluciendo su porte.

Larga Vida a la Modestia!!!!!

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