miércoles, 11 de febrero de 2009

Pista Gris


No se sabe con exactitud cuándo el día acaba y se inicia la noche en este pueblo enclavado en el más allá. La solitaria joven Natacha, como el resto de la gente de esta zona, siempre está acostumbrada a contemplar la oscuridad que siembra con total apacibilidad y delicadeza los hogares de esta zona. Los rayos del sol no brillan por su presencia, pero esta falta es compensada en su alma por copos de nieve. El paisaje es totalmente azulino oscuro, ya que las densas capas de nubes recubren cos sus sombras permanentes los tiesos árboles, los perros y gatos durmiendo en sus compasivos refugios, los tortuosos caminos y las casas cobijadas de colgadura y parquedad. Natacha apenas ve la luz del sol, pero es animada por su propia luz, la de ternura y levitación. A la tarde siempre se recae en la idílica siesta, en ese pequeño pero rico mundo en donde esta alma se salvaguarda de los míseros temores que la acongojan en su vida rutinaria. Se escapa por un par de horas dentro de las cómodas almohadas y bajo una sabana. Los ojos sólo cierran lo rutinario de su vida para dar paso a la belleza extraña de los sueños. Luego de abrir los ojos en forma conciente, la vida se reanuda en forma más joven.

Natacha abre sus ojos color miel en forma delicada y lo primero que observa a través de su ventana con las cortinas verdes desteñidas atadas a los costados es un paisaje frío, cubierto de nieve, mientras que el viento suspira con aires polares. Con su mano derecha, ella se destapa la sabana gris con vagos dibujos de orquídeas. Se sienta sobre el colchón y se tapa su rostro. Luego se pasa sus manos sobre sus pómulos y su mentón, para luego apoyarlas sobre su pantalón negro. Se pone sus zapatillas color marrón y se las ata. Se pone una blusa negra que esta colgada en el espaldar de la silla de su escritorio. Con la escasa luz de la tarde se guía para ir al baño para lavarse su rostro amen de despabilarse un poco. Frente al espejo en forma de ovalo, se peina su corto pelo rubio. Vuelve a su cama para tenderla. Aún se siente cansada la joven dulcinea. Pero hace el esfuerzo para estar despierta. Ni bien termina de hacer su lecho, siente un poco de frío en su espalda. Se da vuelta y se percata que la ventana esta un poco abierta. Por ella se escurre una brisa fría que trastoca su cuarto y el resto de las habitaciones desoladas. Descubre al culpable del despertar de su siesta. Camina hacia la ventana y la cierra. Contempla el paisaje despojado de almas deambulantes. Todas están encerradas en sus apretadas casas. Divisa el humo de las chimeneas que se cola por entremedio del aire polar. Abandona su cuarto y la cama es acompañada por la tenue luz de la naturaleza.

Se dirige hacia la cocina amparado sobre la leve luz natural y pone la pava para tomar un té. Luego abre la puerta principal de su casa o sin antes ponerse su bufanda lila oscura sobre su delicado cuello y su saco negro. Con las manos metidas sobre las mangas de la blusa, ve la calle cubierto por nieve como así también los jardines de las casas vecinos. Apenas puede divisar algunos arbustos tupidos. Las cercas parecen ser nuevas si no fuera porque su superficie esta cubierta de nieve. La luz del sol es frágil, delicada. Tirita mientras ve su vaho proferido de su boca. Escucha el silbido de la pava y se da vuelta para entrar su casa y cerrar la puerta con llave.

Nuevamente va hacia la cocina y gira la perilla de la cocina para apagar el fuego. Abre la puerta izquierda de la alacena y extrae de un pequeño cofre de madera un saco de té. Cierra la puerta del mueble y coloca el saco dentro de una taza blanca con dibujos de frutillas. Vierte el agua sobre la taza, le pone tres cucharadas de azúcar al té y lo mezcla. Saca la cuchara y lo prueba. Justo. Camina hacia la entrada de la cocina y se apoya sobre el marco. Toma un par de sorbos y apoya en forma soslayada su cabeza sobre el marco de la entrada. Ve a través de las tres angostas ventanas dispuestas en el rincón izquierdo del comedor los árboles emplazados a los costados de las casas de adelante despojados de sus hojas secas. Están completamente desnudos. Escucha el frío soplido del viento polar. Agacha su cabeza para ver el contenido de la taza. Le falta poco. Termina de beber. Sale del marco, entra a la cocina y deja la taza en la mesada para tomar más tarde, antes de irse a dormir pronto. Se dirige hacia el sillón para ver algún que otro programa en televisión. Agarra el control remoto y prende el televisor. Hace zapping por todos los canales, pero no encuentra nada interesante. Ni un programa o película le despierta energía u otra sensación similar. La apaga y se recuesta sobre el espaldar del sillón mientras contempla de costado el paisaje que tiene delante suyo en la ventana.

Cierra sus ojos por un momento y escucha solamente el gélido soplido de afuera. Ella mueve lentamente su cabeza como si estuviese escuchando música clásica. Mientras sonríe, ella ladea su cabeza como un vago péndulo. Ella se levanta del sillón y sobre la alfombra beige y todo su cuerpo también se mueve vagamente mientras sus brazos penden como hojas quebradizas. Ella da pequeñas vueltas como si estuviese bailando un delicado vals. Se imagina la música: una pieza sutil de vals ejecutado por cellos y violines en medio de árboles desposeídos de hojas. Entre estos árboles flácidos, se filtra un crudo aire que resquebraja las pocas hojas que penden de las ramas y caen sobre el suelo cubierto de nieve. A medida que oscurece, Natacha baila al compás de la música melancólicamente con vagos ademanes. El cansancio vespertino logra ser superada a medida que baila vagamente con una sonrisa y sus ojos cerrados, mientras la estepa se recrea en su alma pura de cálida soltura.

Larga Vida al Baile!!!!!

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