
Últimamente, el placer se le ha desvanecido entre sus brazos. Esa satisfacción que le provocaba brindarles a aquellas personas que requerían de su compañía ha perdido su cariz. Ya no es más aquella joven que estaba dispuesta a hacer lo que sus clientes le pedían que haga. El placer convertido en amargor. El avasallamiento, en hartazgo. La ramera de la esquina, en Ximena Acuña.
Sentada en una pequeña escalinata de mármol blanco, Ximena mantiene en su mano izquierda un cigarrillo colocado en su delgada boquilla. Mientras hace una pitada, mira a sus costados en búsqueda de un cliente. El humo, producto del tabaco, sale expedido de su boca lentamente y se mezcla con el aire nocturno. La calle recibe una especie de pequeña niebla que cubre una débil escarcha que cubre el pavimento. Su brazo izquierdo se apoya sobra la otra que se mantiene acostada sobre su regazo. Su leve sonrisa se dibuja en la atmósfera nocturna. Su boina marrón claro descansa sobre su largo cabello negro azabache. El maquillaje resalta su total belleza, pero de perversidad. Delineador negro, sombra violeta, rimel negro, rubor claro y labial sabor coco exaltan su rostro. Con o sin maquillaje, Ximena es hermosa. Su atavío, en contacto permanente con la noche. Camisa blanca de mangas cortas con los tres primeros botones abiertos para dar su gran hechizo y un saco color verde pardo ajustado con un cinturón de la misma textura. Su pequeña falda azul oscuro da entrada siguiente para sus bellas piernas protegidas con medias transparentes. Sus pequeñas botas negras con tacos descansan para luego ir a caminar sobre las sombras de los clientes. La boquilla, la cual le regaló unos de sus primeros clientes, que mantiene en su mano izquierda adquiere galantería impúdica. Su sonrisa clava un puñal a la escena.
Sus penetrantes ojos color verde claro se desvían del humo para ver la hora. Su reloj pulsera puesto en su muñeca derecha marcan las 11.35 PM. Lentamente se levanta de la escalinata y se limpia la parte trasera de falda. Sube un escalón y se apoya sobre la vieja puerta de una casa abandonada. Mientras hace otra pitada, espera. En la cuadra, Ximena no está sola. En el mismo sector se encuentra una mujer morocha cruzada de brazos en clave de espera por un cliente. Del otro lado de la calle, se encuentra una chica blonda que espera a uno de sus tantos clientes predilectos. El dinero a cambio de placer momentáneo.
Conoce a estas jóvenes. Son muy ambiciosas y disfrutan de su labor plagado de sensualidad, gozo y tentación. Pero Ximena le hace mutis a esas delicias que aprovechan los hombres rebosantes de superficialidad en el lecho. Pero debe ganar dinero para mantenerse. Una solitaria joven que requiere no sólo del dinero que le tiran en la cara aquellos duros hombres, sino de alguien que le de ternura y compasión por unos minutos de su vida. Ella no es una prostituta, ella en sí es un ser humano. El envase es atractivo, pero si aquellos clientes supieran que Ximena desborda de madurez, comprensión y creatividad en su interior, aquella joven sería enaltecida, en vez de ser abonada suciamente.
Las luces de los faroles dispuestos en la cuadra donde está Ximena alumbran el pavimento en búsqueda de una sombra atraída por la belleza y el desenfreno noctámbulo. Pasa una pandilla de jóvenes, cuatro chicos de barrio, pero no la escoge. Sin embargo, uno de ellos se detiene para verla y le sonríe. Ella acomete lo mismo. Ella le dice dulcemente mientras mueve sensualmente su cintura: “Mi cuerpo… todo tuyo”. Sus amigos le gritan: “¡Ignacio, apurate!”. El joven gira su cabeza hacia ellos y les dice: “Sigan, yo me quedo”. Los otros estallan en carcajadas y siguen con su marcha. Ignacio vuelve su cabeza hacia ella y mira su rostro. Además de ver enfrente de él una verdadera y sugestiva beldad, ve una mochila de yeso que carga en su mirada. Ella le susurra en el oído: “Nacho, ¿en mi casa o en la tuya?”. Tímidamente, él le dice: “En mi casa”. Baja el escalón y lo agarra de la mano, para luego ponerla en su pecho desprovisto de ropa. Sin quitarle los ojos de su mirada, le pregunta dónde vive, con lo que él responde: “A tres cuadras de acá”. Ximena hace otra pitada a su boquilla y despide el humo al costado del cuello del joven y le susurra al oído: “Entonces, vamos”.
Durante el trayecto hacia la casa de Ignacio, ella sostenía la mano de él. Ambos miraban a las prostitutas que pasaban sobre sus ojos. Él tenía los ojos puestos en ella, pero Ximena miraba con tristeza a aquellas mujeres, destituidas de una libertad y felicidad que antes abrazaban con afección, pero que, bajo las circunstancias de la vida, recayeron en un oficio sádico para obtener una mísera moneda. Cada vez que dejaban atrás a una prostituta, Ximena se aferraba más a la mano de Ignacio, quien ya sentía más que atracción, preocupación. Sin embargo, ella mantenía su leve sonrisa mientras se llevaba a la boca su boquilla.
Luego de quince minutos, arriban a la casa. Ignacio abrió la puerta del edificio. La hizo entrar primero y él después. Cerró la puerta y tomaron el ascensor. Él aprieta el piso 6º. Luego de las escalas en los pisos posteriores, llegan al piso en donde vive Ignacio. Salen del ascensor y se cierra tras ellos la puerta del mismo. Giran a la izquierda y caminan por un pasillo de color ocre. Ignacio saca su llave de su bolsillo trasero al llegar a la cuarta puerta. La hace pasar y le agradece el gesto. Cierra tras de él la puerta de su casa. Prende las luces del comedor. El color beige domina la pared y las puertas. A su costado izquierdo, están dispuestas dos puertas, la cuales están cerradas. En el rincón, hay una estrecha mesa, en la que está apoyada un florero con horizontales líneas blancas y azules. Al costado, hay un pasillo oscuro. Al otro costado, un televisor de 29 pulgadas apoyado en un modular. Al costado, una biblioteca color caoba. A su derecha, hay una ventana con cortinas rojizas y atrás suyo, una computadora apoyada sobre un gran escritorio. En el medio de la habitación, se encuentra una mesa con seis sillas. Y al costado de ella, un sofá. La invita a tomar un poco de whisky. Ella acepta el trago. Él desaparece en la oscuridad del pasillo y viene con el trago. Ximena lo bebe y deja el vaso sobre la mesa. Ella deja la boquilla en un cenicero colocado en el medio de la mesa y de inmediato, lo besa apasionadamente y él hace lo mismo. Entre besos, ella lo guía hacia al sofá. Él se recuesta sobre este y ella deja de besarlo para agacharse y desabrocharle los botones de su jean. Luego, los calzoncillos. Mientras él goza, ella ya siente que lo hace como si fuera algo corriente, algo banal en su vida. Mientras hace su servicio, piensa: “¿Para qué cambiar? Ximena, deja de pensar en estupideces y dedicate a hacer lo que mejor sabes hacer”. Y ella se sumerge en ese mar de anodina insignificancia que, en el fondo de su mente, sabe perfectamente que no sirve de nada. Le corren las lágrimas sobre sus pómulos. El maquillaje se deshace. Ella abre sus ojos vidriosos y mira a aquel cliente desde abajo, el cual, a partir de ese momento, es el último. Ella se levanta lentamente del piso. Se acomoda la ropa. Ignacio muestra una expresión de consternación en su cara. Ximena lo mira dulcemente. Gira a su costado y agarra la boquilla que tantos años la acompañó y la rompe en dos con sus manos. Luego se lo da como presente poniéndola entre las manos del joven. Lo besa en la mejilla izquierda a Ignacio como signo de despedida, mientras él contempla las mitades de la boquilla. Ella abre la puerta y se retira de ese cómodo lugar, mientras que capas y capas de perversión, sexo y deshonra caen sobre el suelo y se esfuman para siempre. El abandono como conversión.
Larga Vida a la Plenitud!!!!!
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