
Rojo o violeta. No sabe por cual optar. Elige el violeta. Saca del botiquín el pequeño esmalte de color violeta. Cierra el botiquín. Se sienta en el banco apostado en el rincón del baño. Abre la tapa del esmalte y cuidadosamente se pinta las uñas. Luego de veinte minutos, termina. Sale del baño y se dirige hacia el placard de su habitación. Mientras sopla sus uñas, contempla su gran vestuario. Vestidos de terciopelo, sacos y camisas a rayas componen el paisaje intermedio. El paisaje superior está dedicado a las remeras y el superior a las zapatillas y zapatos. El color pop como predilección. Su mirada similar a la de un cirujano analiza qué ropa va a ponerse para ataviarse. Opta por una camisa lila corta y una blusa azul marino. Los saca del perchero. Los pone sobre la cama. Luego ve un abrigo pardo y lo saca para ponerlo sobre la cama. Ve entre los zapatos los más adecuados para calzarse. El negro le sienta bien. Los saca y cierra las puertas del placard. Se saca la remera celeste, el jean claro y sus zapatillas negras. Las prendas del placard puestas sobre la cama ahora se trasladan al cuerpo de Mayra. El perfume a nuevo nunca desaparecerá.
Tras vestirse, se dirige al espejo. El espejo siente ternura por ella. Peca por reflejar lo más bello de la casa. Ella sonríe. Va al escritorio por su celular. Lo abre. Ve los mensajes. Nada. Lo cierra. Va de vuelta al baño y abre nuevamente el botiquín. Se perfuma tanto su delgado cuello como su negro cabello corto. Se lo peina. Aplica su tierna mirada al espejo. Va al escritorio de vuelta por su cartera de cuero. La cartera aloja al celular, carilina, lápiz labial, una colonia sabor a jazmín y su DNI. La oscuridad llega a los objetos ni bien escuchan el cerrar de la cartera. Hora de salir.
Deja la luz del porche prendida. Abre y cierra la puerta con sus llaves. Mira a los costados. Quizás, la seguridad no pase por los malhechores, sino por la de uno mismo. Cada casa se cobija tras el resplandor de las luces. ¡Qué maravilla es la luz sobre cada casa! Pareciera ser que la vida es fuerte y vital aún en lo nocturno. Las veredas sienten el crujido de sus pasos. La sonrisa de Mayra, de oreja a oreja. Si alguien envidia su bella sonrisa, pobre de él. Será el ser más amargo del planeta. Mientras camina por la vereda, concentra su mirada en las sombras de los árboles. ¿Estos seres hablarán con sus respectivas sombras si están al lado de ellos? Aún el árbol más grande se intimida por su propia sombra. Luego, Mayra ve a un joven medio desgarbado. Parece un espantapájaros luego de que una tormenta haya pasado sobre él. Lo sombra lo acompaña. Uno se debe sentir seguro si su sombra lo custodia, más si es su única compañía. Esta vez, la luz gana la lucha. Se deja entrever su rostro. Pero por pocos segundos. La sombra gana la guerra. Ella pasa sobre él. Percibe que la mira. Nada más. Ella se da vuelta y lo mira al sujeto. Él sigue con su marcha. Ella camina. Dobla en la esquina. Ve un par de pubs abiertos. La alegría se condensa en las sillas ubicadas afuera del pub. Charlas, besos y risas son la música del hedonismo. Ella se detiene en uno llamado “Antorcha”. Su letrero, con su letra cursiva y su luz azul de neón, anticipa una noche de inolvidable intimidad. ¿Lo será? Ella ingresa al local. La puerta, su entrada.
La barra para pedir alguno que otro trago amen de pasarla bien es un buen lugar. Otro son las mesas dispersas. La conversación se circunscribe a una mesa sola, pero puede pasar que se forme una congregación, en donde los desconocidos pasan a ser amigos de toda la vida. El factor etílico brilla por su presencia. Más allá, está un espacio sin cielorraso. Sólo la luz de la luna brilla en aquellas caras que están volteadas por el alcohol o por un amor. Los abrazos se funden con las caricias y los besos entre las parejas. La tentación de ir a un lugar a otro capitula en la barra. Se sienta en un elevado taburete color rojo. Mira a sus costados. Los taburetes nunca fueron hechos para ser solitarios de por vida. Necesitan a alguien para sentirse cómodos. Su lengua se engalana con tomar un vaso de Frizee. Mira de vuelta a los costados. A la derecha, ve a dos jóvenes conociéndose. A la izquierda, una pareja besándose y atrás de ella, un joven que contenla su vaso. La embriaguez no quiso entablar un juego con él. Por eso lo abandonó. Ella se siente atraída. Toma otro vaso. Su paladar, agradecido. Se baja de su taburete. Se acerca a él, pero siente que él la mira de reojo y bruscamente salta del taburete y deja la barra. El viento lo lleva bien lejos. Ella, sorprendida. Ni le pudo decir un simple hola. Ella vuelve a su lugar. Toma un tercer vaso y paga. Abandona el lugar.
Ya en la vereda, sigue su marcha. No tiene una clara idea de dónde puede ir a estas horas de la noche. No sabe. Lo que le importa más es pasear por estas calles. Otrora, estas calles fueron caminadas por almas entregadas al desenfreno de la noche. Ahora, es igual. Ve las luces de los faroles de los autos. Líneas horizontales pasan con una espectacular belleza. Al estar tan maravillada por esas luces, no se da cuenta de que un joven choca contra ella. Sus hombros chocaron levemente. Se pide perdón mutuamente. Él sigue con su marcha. Ella le pide su nombre. Pero él sigue su marcha. ¿Embriaguez o indiferencia? ¿O ambas se funden en una sola cosa? Ella lo contempla. Entra a “Antorcha” Quiere hablar con él, pero algo dentro de su alma dice que no vale la pena. Se da vuelta y sigue. A las tres cuadras, está una plaza. Luces blancas adornan las cuatros esquinas de la misma. Cuatro faroles más completan el resplandor. Los bancos están ocupados. Algunos están reservados a las personas que sueñan tras los efectos del alcohol. Otros están reservados para parejas que se endulzan el uno con el otro. Un banco espera por ella. Se sienta y cruza sus piernas. Mira a los costados y ve a un joven que está solo. Quizás el banco estaba reservado sólo para él. El mote de solitario le queda chico. Él la observa. Ella también. Una sonrisa para otra sonrisa. Él se levanta y se dirige hacia ella. Sigue su mirada. Pero se da cuenta de que la mirada de este muchacho no era dedicada a ella. En realidad iba en busca de su pareja. Ella se da vuelta y exactamente es su novia. Ella arquea sus finas cejas y abre su cartera. Los objetos ven apenas la luz. Saca su celular. Lo abre. Mensajes de su madre y su hermano. Preguntar por alguien para saber su estado de ánimo vale mucho. Ela le contesta que todo va muy bien. Cierra su celular y lo pone en su cartera. Mira su reloj y marcan las 02.45 a.m. Se levanta y camina alrededor de la plaza. Embriaguez y besos perfuman la atmósfera. Ya no tiene que nada en ese lugar. Lo abandona. Sigue caminando. Se extraña mucho de que las calles no lleven su nombre porque siempre camina por los mismo lugares amen de conocer a alguien. Todavía no se dio la oportunidad. Pero ella no baja los brazos. Alguien esperará por ella con un hola y una cita nocturna. Sus ojos proyectan esperanzas en su andar. Una noche más y un sentido más a su vida.
Larga Vida a la Vida Nocturna!!!!!
Tras vestirse, se dirige al espejo. El espejo siente ternura por ella. Peca por reflejar lo más bello de la casa. Ella sonríe. Va al escritorio por su celular. Lo abre. Ve los mensajes. Nada. Lo cierra. Va de vuelta al baño y abre nuevamente el botiquín. Se perfuma tanto su delgado cuello como su negro cabello corto. Se lo peina. Aplica su tierna mirada al espejo. Va al escritorio de vuelta por su cartera de cuero. La cartera aloja al celular, carilina, lápiz labial, una colonia sabor a jazmín y su DNI. La oscuridad llega a los objetos ni bien escuchan el cerrar de la cartera. Hora de salir.
Deja la luz del porche prendida. Abre y cierra la puerta con sus llaves. Mira a los costados. Quizás, la seguridad no pase por los malhechores, sino por la de uno mismo. Cada casa se cobija tras el resplandor de las luces. ¡Qué maravilla es la luz sobre cada casa! Pareciera ser que la vida es fuerte y vital aún en lo nocturno. Las veredas sienten el crujido de sus pasos. La sonrisa de Mayra, de oreja a oreja. Si alguien envidia su bella sonrisa, pobre de él. Será el ser más amargo del planeta. Mientras camina por la vereda, concentra su mirada en las sombras de los árboles. ¿Estos seres hablarán con sus respectivas sombras si están al lado de ellos? Aún el árbol más grande se intimida por su propia sombra. Luego, Mayra ve a un joven medio desgarbado. Parece un espantapájaros luego de que una tormenta haya pasado sobre él. Lo sombra lo acompaña. Uno se debe sentir seguro si su sombra lo custodia, más si es su única compañía. Esta vez, la luz gana la lucha. Se deja entrever su rostro. Pero por pocos segundos. La sombra gana la guerra. Ella pasa sobre él. Percibe que la mira. Nada más. Ella se da vuelta y lo mira al sujeto. Él sigue con su marcha. Ella camina. Dobla en la esquina. Ve un par de pubs abiertos. La alegría se condensa en las sillas ubicadas afuera del pub. Charlas, besos y risas son la música del hedonismo. Ella se detiene en uno llamado “Antorcha”. Su letrero, con su letra cursiva y su luz azul de neón, anticipa una noche de inolvidable intimidad. ¿Lo será? Ella ingresa al local. La puerta, su entrada.
La barra para pedir alguno que otro trago amen de pasarla bien es un buen lugar. Otro son las mesas dispersas. La conversación se circunscribe a una mesa sola, pero puede pasar que se forme una congregación, en donde los desconocidos pasan a ser amigos de toda la vida. El factor etílico brilla por su presencia. Más allá, está un espacio sin cielorraso. Sólo la luz de la luna brilla en aquellas caras que están volteadas por el alcohol o por un amor. Los abrazos se funden con las caricias y los besos entre las parejas. La tentación de ir a un lugar a otro capitula en la barra. Se sienta en un elevado taburete color rojo. Mira a sus costados. Los taburetes nunca fueron hechos para ser solitarios de por vida. Necesitan a alguien para sentirse cómodos. Su lengua se engalana con tomar un vaso de Frizee. Mira de vuelta a los costados. A la derecha, ve a dos jóvenes conociéndose. A la izquierda, una pareja besándose y atrás de ella, un joven que contenla su vaso. La embriaguez no quiso entablar un juego con él. Por eso lo abandonó. Ella se siente atraída. Toma otro vaso. Su paladar, agradecido. Se baja de su taburete. Se acerca a él, pero siente que él la mira de reojo y bruscamente salta del taburete y deja la barra. El viento lo lleva bien lejos. Ella, sorprendida. Ni le pudo decir un simple hola. Ella vuelve a su lugar. Toma un tercer vaso y paga. Abandona el lugar.
Ya en la vereda, sigue su marcha. No tiene una clara idea de dónde puede ir a estas horas de la noche. No sabe. Lo que le importa más es pasear por estas calles. Otrora, estas calles fueron caminadas por almas entregadas al desenfreno de la noche. Ahora, es igual. Ve las luces de los faroles de los autos. Líneas horizontales pasan con una espectacular belleza. Al estar tan maravillada por esas luces, no se da cuenta de que un joven choca contra ella. Sus hombros chocaron levemente. Se pide perdón mutuamente. Él sigue con su marcha. Ella le pide su nombre. Pero él sigue su marcha. ¿Embriaguez o indiferencia? ¿O ambas se funden en una sola cosa? Ella lo contempla. Entra a “Antorcha” Quiere hablar con él, pero algo dentro de su alma dice que no vale la pena. Se da vuelta y sigue. A las tres cuadras, está una plaza. Luces blancas adornan las cuatros esquinas de la misma. Cuatro faroles más completan el resplandor. Los bancos están ocupados. Algunos están reservados a las personas que sueñan tras los efectos del alcohol. Otros están reservados para parejas que se endulzan el uno con el otro. Un banco espera por ella. Se sienta y cruza sus piernas. Mira a los costados y ve a un joven que está solo. Quizás el banco estaba reservado sólo para él. El mote de solitario le queda chico. Él la observa. Ella también. Una sonrisa para otra sonrisa. Él se levanta y se dirige hacia ella. Sigue su mirada. Pero se da cuenta de que la mirada de este muchacho no era dedicada a ella. En realidad iba en busca de su pareja. Ella se da vuelta y exactamente es su novia. Ella arquea sus finas cejas y abre su cartera. Los objetos ven apenas la luz. Saca su celular. Lo abre. Mensajes de su madre y su hermano. Preguntar por alguien para saber su estado de ánimo vale mucho. Ela le contesta que todo va muy bien. Cierra su celular y lo pone en su cartera. Mira su reloj y marcan las 02.45 a.m. Se levanta y camina alrededor de la plaza. Embriaguez y besos perfuman la atmósfera. Ya no tiene que nada en ese lugar. Lo abandona. Sigue caminando. Se extraña mucho de que las calles no lleven su nombre porque siempre camina por los mismo lugares amen de conocer a alguien. Todavía no se dio la oportunidad. Pero ella no baja los brazos. Alguien esperará por ella con un hola y una cita nocturna. Sus ojos proyectan esperanzas en su andar. Una noche más y un sentido más a su vida.
Larga Vida a la Vida Nocturna!!!!!
1 comentario:
interesantes palabras..
un abrazo
saludes..
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