lunes, 1 de diciembre de 2008

Encontrándose en el pasillo


Tan sólo el paso de de una de las manecillas del reloj simula ser el paso casi apresurado de Esteban. Su reloj de pulsera bien ajustado a su muñeca izquierda es empapado por la fría escarcha. A cada rato tiene que pasarle un pañuelo para ver a cado rato la hora. Es conciente de que va a llegar un poco tarde a su trabajo. Quince minutos de tardanza no representan algo fatal. Sí lo es para su jefe. El inventario fue perfectamente realizado en la madrugada del presente día. Su mente trata de despejarse un poco. Contempla el cielo oculto entre los edificios de la ciudad. Tratan de retener la bronca que está por descargarse contra las personas. Esteban no se dio cuenta de llevarse consigo su paraguas. Apresura su paso. Llega a la parada del colectivo, pero una larga cola frena su entusiasmo de llegar lo más pronto posible a sus quehaceres de oficina. Se da media vuelta y ve una buena opción: un subte.

Siente las primeras gotas en su cabello. Extrañamente nadie baja por los escalones. Pasa su mano derecha por la baranda. Deja de lado los primeros quince escalones y pasa por la superficie plana. Luego termina de bajar los otros quince escalones restantes. Un pequeño farol se ubica en la esquina. Esteba gira a la izquierda y nota que no hay ninguna alma en el interior del pasillo. Le sorprende el vació que inunda en el pasillo. En cuestión, dicho pasillo es estrecho. Casi abstracto. Raro. La iluminación proviene de varios metros de tubos incandescentes dispuestos a lo largo del piso. Las pequeñas cerámicas pardas están sanas y salvas. Por lo menos, pueden seguir embelleciendo la pared. El techo prácticamente pareciera ser el reflejo del piso. Lo más extraño que el camino que atraviesa todo el pasillo está limpio. Como si a cada minuto alguien puliera con tanta delicadeza el piso. Un camino puramente gris, como la vida tediosa. Esteban está anonadado por no ver a nadie ingresando o saliendo del túnel para tomar el tren amen de llevarlo a su fortuito destino. Todavía no acaba de dar un paso hacia delante para tomar su transporte subterráneo. Más bien, da un paso atrás. Decide no pasar el túnel. Se da vuelta y desde el último escalón ve desde abajo un gran diluvio. Esteban suspira. Mira hacia al cielo gris. No tiene otra opción. La lluvia lo empuja hacia el túnel. Se da vuelta y retoma su camino. Gira a la izquierda y el mismo escenario.

Ni un alma se puede divisar. Sus pasos son la melodía que escucha por entonces. ¿El único sonido? Se percata de escuchar los pasos de tacones. El paso resulta ser suave, sin apresurarse. Luego nota que los pasos se escuchan más próximos. A veinte metros divisa una figura. La misma es difusa. Luego puede verla claramente. Es una joven. “Que bella que es” piensa Esteban. Las luces de los tubos la alumbran como si fuera una luciérnaga con su luz interna. Sus ojos negros solo contemplan las cerámicas. Quizás se siente atraída por las cerámicas condenadas a ser destruidas. Una leve sonrisa muestra. Su negro pelo ondulado pende hasta su cintura. Sólo una camisa oscura de mangas cortas la protege del frío que se siente en el pasillo. Sus brazos están cruzados y escondidos detrás de su espalda. Camina sin prisa. Se cruzan entre sí. Ella sigue su camino, mientras Esteban la ve caminar. Pareciera que aquella joven estuviera contemplando un muestrario de pinturas en un museo. Esteban se detiene y ve caminar a aquella extraña persona. La joven se esfuma entre la oscuridad. Esteban sigue su camino.

¿Este túnel tendrá salida?” se pregunta Esteban. Mira su reloj. A este paso, su jefe tiene su mirada puesta en el asiento vacío y en los papeles. Avanza rápidamente. Es interminable la caminata. Luego aparece otra figura. Un hombre de avanzada edad. Vestía un sombrero de copa, una gabardina beige, pantalones negros y zapatos marrones bien lustrados. Ojos bien celestes y un rostro anguloso pintan su cara. Eso si: su mirada apunta al piso. Y lo más extraño, susurra muy despacio. Casi no se escucha lo que esta diciendo. Se cruzan. Luego él se detiene para contemplar su paseo. Y sigue susurrando.

Esteban empieza a incomodarse. Y es demasiado tarde. Se maldice por haber entrado a este tétrico túnel. Luego ve aparecer atrás suyo un niño. Casi se le sale el corazón de su pecho. Corre como si estuviera jugando a las escondidas con la felicidad. Tiene una remera naranja y un pantalón marrón con zapatillas negras. En su mano izquierda sostiene un globo celeste con una frase inscripta: ¡Feliz Cumpleaños! Salta como si fuera la última vez que lo hiciera en su temprana vida. Esteba sonríe. A los pocos minutos, ve en frente suyo una pequeña lámpara en medio de aquella oscuridad. ¿Será la salida? Cuestión de indagar. Avanza lo más rápido posible. “¿Habrá parado de llover?” susurra. Ya no camina. Trota. La lámpara de luz amarilla esta cerca. Finalmente, llega a su destino.

Extrañamente la lámpara se quema y Esteban se desvanece. Alcanza ver tan sólo un destello que encandila sus ojos. Al día siguiente, el portero del subte encuentra a un cuerpo yacido en el piso. Precisamente cerca del último escalón de la entrada del subte. Le toca su hombro y no responde. Llama por su celular a la policía y da aviso de lo sucedido. Llega el patrullero junto con una ambulancia a los cinco minutos. Luego de media hora, el cuerpo de Esteban es llevado a la morgue para realizarle los estudios correspondientes. Uno de los forenses dictamina que probablemente se habría resbalado en unos de los escalones del subte y se habría quebrado el cuello al dar tumbos por la escalinata hasta sufrir una fatal fractura en su cráneo, lo que provocó su inmediato deceso.

Larga Vida al Tránsito!!!!!

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