
Los dos fox-terriers levantan sus orejas y luego giran sus cabezas rápidamente. Ven a su amo que abre la puerta principal de su hogar. Se lo ve tranquilo, como siempre. Acaricia a sus perros y se alegan los mismos. Una alegría que se aprecia en sus rabos. Luego se dirige al jardín para sacar un par de penachos rojos. Antes se dirige al garaje para sacar unas tijeras. Sus perros los siguen. Abre la puerta de la habitación, abre la caja de herramientas y las encuentra. Luego va a cortar tales flores. Ve cuáles son las más bellas y corta cuatro. Vuelve a su casa. Siente en sus zapatillas el rocío que cubre todo el pasto del jardín. Más que rocío, es escarcha. Parece que el invierno no se ha ido a pesar de la primavera. Todavía está instalado el crudo frío. Entra a su hogar y se dirige a la cocina. Envuelve los penachos en hojas de diario y luego lo introduce en una bolsa. La pone sobre la mesa de la cocina. Luego, hace hervir la pava para tomar un té con tostadas. Mientras toma la infusión, contempla los penachos que se asoman por la bolsa.
Su sonrisa, su mirada y su forma de ser. Un poco le tiemblan los labios a Francisco. Pero se contiene. La mirada que se desvanece en buenos recuerdos. Los ricos desayunos que ella le preparaba antes de irse a la escuela. La caricia de su mano cuando ella lo llevaba de la mano a la puerta del colegio. El abrazo que él sentía con mucha alegría cuando ella lo venía a buscar a la salida de la escuela. Los juegos en la plaza en el que ella lo empujaba en la hamaca o hacía el contrapeso en el sube y baja o lo tenía en sus brazos cuando bajaba por el tobogán. Los almuerzos y las divertidas comidas que hacía. La ayuda que ella le prestaba cuando estaba en dificultades para aprender. Las meriendas y sus excelentes chocolatadas con ricas facturas. Los dibujos que veían juntos en su pieza, siempre rodeado de sus brazos. La cena. Y luego los dulces sueños en su cama no sin antes de que ella le diera un fuerte abrazo, un beso y una mirada, todo con un “te amo”.
Francisco piensa sobre los bellos recuerdos que pasó con su madre, Angélica. Sabe que nadie se los va a arrebatar, y menos el recuerdo de su madre. Luego mira a la ventana y empieza a lloviznar. Termina de tomar el té y lava la taza, junto con el plato. Los pone en la escurridera y luego se seca sus manos con el repasador. Luego agarra la bolsa, la cierra y se lo pone en el hombro. Apaga las luces de la cocina y del comedor. Abre y cierra la puerta del comedor con sus llaves. Los perros están ansiosos por salir con él, pero solamente él se va. Abre la reja y cierra la misma con un candado. La reja es propensa a ser abierta a hocicazos por los fox-terriers. Es por eso que la cierra de ese modo. Los perros ya empiezan a llorar. “Cuiden la casa. Ya vengo” les dice a sus perros. Ahogan aún más en sus penas los canes.
Su sonrisa, su mirada y su forma de ser. Un poco le tiemblan los labios a Francisco. Pero se contiene. La mirada que se desvanece en buenos recuerdos. Los ricos desayunos que ella le preparaba antes de irse a la escuela. La caricia de su mano cuando ella lo llevaba de la mano a la puerta del colegio. El abrazo que él sentía con mucha alegría cuando ella lo venía a buscar a la salida de la escuela. Los juegos en la plaza en el que ella lo empujaba en la hamaca o hacía el contrapeso en el sube y baja o lo tenía en sus brazos cuando bajaba por el tobogán. Los almuerzos y las divertidas comidas que hacía. La ayuda que ella le prestaba cuando estaba en dificultades para aprender. Las meriendas y sus excelentes chocolatadas con ricas facturas. Los dibujos que veían juntos en su pieza, siempre rodeado de sus brazos. La cena. Y luego los dulces sueños en su cama no sin antes de que ella le diera un fuerte abrazo, un beso y una mirada, todo con un “te amo”.
Francisco piensa sobre los bellos recuerdos que pasó con su madre, Angélica. Sabe que nadie se los va a arrebatar, y menos el recuerdo de su madre. Luego mira a la ventana y empieza a lloviznar. Termina de tomar el té y lava la taza, junto con el plato. Los pone en la escurridera y luego se seca sus manos con el repasador. Luego agarra la bolsa, la cierra y se lo pone en el hombro. Apaga las luces de la cocina y del comedor. Abre y cierra la puerta del comedor con sus llaves. Los perros están ansiosos por salir con él, pero solamente él se va. Abre la reja y cierra la misma con un candado. La reja es propensa a ser abierta a hocicazos por los fox-terriers. Es por eso que la cierra de ese modo. Los perros ya empiezan a llorar. “Cuiden la casa. Ya vengo” les dice a sus perros. Ahogan aún más en sus penas los canes.
Luego de tres cuadras, llega a la parada del colectivo. Espera tres minutos y llega el mismo. Sube y saca el boleto. Por suerte, tiene un asiento. Se acomoda atrás, pegado a la ventana. Luego arranca el colectivo. Francisco ve cómo pasan rápido las casas, los árboles, las personas, los edificios y los transeúntes. Todo pasa rápido ante sus ojos, menos su amor por su madre. La alegría de su madre cuando él fue quien escoltó la bandera la primera vez. Y no fue la única vez. Cuando sacaba más de un diez en las pruebas o el maestro le ponía “Distinguido” en su cuaderno de clases por su buen comportamiento. Y cuando él se quedaba día y noche estudiando, y su madre lo abrazaba y le susurraba que era un orgullo para ella. Un beso en la mejilla sobre él cerraba un paisaje. Mientras recuerda, afuera del colectivo sigue lloviznando. Una fina lluvia que provoca una bucólica atmósfera entre los transeúntes. Luego mira a través de la ventana. Está por llegar. Se levanta, le pide permiso a la señora que está sentada a lado de él y toca el timbre. Desciende la velocidad el colectivero. Se abre la puerta de atrás y baja. El colectivo sigue su camino.
Francisco se persigna ante la cruz que tiene en frente suyo. Ingresa al cementerio. Ni bien pasa la entrada principal, ve a la fuente. Llena de hojas. Luego ve varias florerías establecidas en el lugar. Los precios, accesibles. Luego se detiene porque ve cruzar dos autos. Observa los rostros de las personas que están en el vehículo. Miran a los costados de las ventanillas. Luego, sigue su camino. Pocas personas están en el lugar. Algunas están sacando y poniendo nuevas flores. Otras están sentadas en los bancos. Otras están agachadas y acariciando las cruces. Otras, lagrimean y sollozan. Otras piden perdón frente a sus seres queridos. Sigue caminando derecho hasta que dobla la esquina a la izquierda. Está un poco oscuro el lugar debido a la sombra de los árboles. El camino está empedrado. Cruza el camino y va por una vereda. Ve algunas tumbas, algunas cuidadas, otras destruidas por el paso del tiempo y otras, desenterradas. “¿Qué pensarán aquellas almas que son olvidadas por sus seres amados?”, se pregunta Francisco.
Gira a la derecha y sigue su camino. Siete tumbas separan a la de su madre. El pasto, cubierto de escarcha. Llega a la tumba. Deja un bolso a un costado y se agacha. Toca la cruz y se persigna. “Hola mamá”. Balbucea. Luego acaricia la foto de su madre en la cruz. “Te quiero mucho”. Luego limpia los alrededores de la tumba. Saca un poco la suciedad que cubre la misma con un trapo que encontró a un costado de la tumba. Luego saca las flores marchitas del florero. Abre la bolsa y saca los penachos no sin antes sacarle las hojas del diario que envolvían los mismos. Pone los penachos. Va al bebedero y agarra una botella que estaba tirada en el suelo. Lo llena y pone un poco de agua en el florero. Luego pone un poco de agua en las rosas blancas que están en el medio de la tumba. Tira un poco de agua sobre las cerámicas que conforman la tumba para limpiarlas con el trapo. Termina de limpiar y se queda contemplando la tumba. Mira detenidamente la cruz, la bella foto de su madre sonriendo. Aquella foto que sacó un día antes de que partiera al cielo. Luego mira los penachos, las rosas y luego la tumba. Lagrimea. Agacha su cabeza. Solloza. El pasto siente sus lágrimas.
Recuerda el último día que pasó con ella. Fue a buscarla a la parada del colectivo a las 20.00 hs. A la media hora, ella bajó del mismo y le dio un fuerte abrazo. La ayudó con las bolsas de compras. Llegaron a la casa. Acomodaron las cosas que compró y luego cenaron pollo con papas. Él limpió los platos, los vasos y los cubiertos. Luego, Angélica le dio de tomar té con facturas. Luego charlaron acerca de ir al zoológico el próximo domingo. Un fuerte abrazo y un “te quiero” cerraron el día para los dos. Un paro cardíaco anuló aquella felicidad al día siguiente.
“Mamá, te extraño mucho. Quiero que sepas que siempre te querré. Pasaron cinco años desde que te fuiste, y fue muy doloroso haberte perdido. Aquel 24 de agosto fue muy triste para mí. Deseo que seas feliz en el cielo con los abuelos. Ahora tenés la oportunidad de verlos y charlar mucho con ellos. Has que me vaya bien en todo las cosas que me proponga. Como verás, ya estoy a punto de recibirme. Sólo vos vas a poder ayudarme. Estarás muy orgullosa de mí, como siempre. Sé feliz mamá. Te amo”. Francisco se seca las lágrimas con sus manos y acaricia la foto de su madre. “Feliz día, ma”. Agarra su bolsa y se persigna frente a la tumba. Es hora de partir. Se da vuelta y sale del cementerio. Ni bien se va, levemente para de lloviznar y asoman tímidamente los rayos del sol. Un día nuevo ha comenzado. La vida ha de continuar.
Larga Vida a las Madres!!!!!
1 comentario:
Hola Fer, muy lindo texto bien narrado, hay que disfrutar de ellas mientras las tenemos, uno nunca sabe cuando sera el ultimo dia, besos.
Majo
www.refugiodelkaos.blogspot.com
Publicar un comentario