
Las palomas abaten tanto sus alas que lo despertaron de un largo letargo. Mario abre perezosamente sus ojos color oscuro. Ve los rayos del sol. Parpadea en forma rápida. Se pasa su mano izquierda sobre su rostro. Se siente medio incómodo. Tiene dos grandes ojeras que atemorizarían a cualquier ser desprevenido. Se tapa su boca para bostezar. No quiere que algún que otro ser viviente alrededor de él se ofenda. Mira a los costados. Sólo ramas. Arquea sus cejas. Estira sus brazos y piernas. Es hora de despertarse. Baja de la gruesa rama del árbol que lo cobijó durante toda la noche. Las hormigas, los horneros y las arañas fueron testigos de su presencia. Ningunos de estos seres se incomodó frente a Mario. Él les señaló que no iba a hacer el menor ruido que los incomodara. Vio sus miradas y se quedó conforme. Baja rama por rama con mucho cuidado. Ocho ramas aguantaron su débil cuerpo. Finalmente, llega al suelo.
Se sacude un poco la ropa de vestir. Un poco de arrugas en su negro pantalón, su saco beige y su camisa celeste no le hacen nada mal a nadie. Sus media azules, impecables. Gira a su izquierda y empieza a escarbar la tierra con sus manos. Finalmente lo encuentra. Saca la caja, abre la tapa y cuidadosamente extrae su par de mocasines negros. Como siempre, limpios. Se sienta sobre el pasto. Se pone los mocasines y se levanta del suelo. Entierra la caja. “Como debe ser” masculla Mario.
Mira su Rolex para saber la hora. Marcan las 7.30 AM. Duda de las agujas que marcan tal horario. Ve la sombra del mástil ubicado en el centro de la plaza. Se acerca a la sombra. Luego mira al sol. Hace un par de pasos a la izquierda, luego a la derecha. Frunce las cejas. “Sí, son las 7.30 AM”. Levanta la cabeza. Gira a los costados. Camina derecho. Sale de la plaza. Llega a la senda peatonal. Semáforo en verde. “Mi deseo es tener el trapecio de Zeus frente a mí” canta Mario con mucho entusiasmo. Una mujer con su pequeño hijo lo miran con cierto desconcierto. Él los mira y la mujer y el niño miran a otro lado. Parpadea tres veces rápidamente. Rojo. Cruza y repite a lo largo del cruce “La moneda da cierta vitalidad al rozamiento del contrapeso de cualquier estado de la materia”. Terminado el cruce, arriba a la calle. La gente camina incesantemente. Individuos que van y vienen del trabajo. Celulares en manos. Discusiones en plena calle. Bocinazos. Una marea de multitud no aturde para nada a Mario. A las dos cuadras, cruza en diagonal. No mira a sus costados. Un auto casi anula su vida para siempre. El auto lo roza. El automovilista para en seco. Luego, sigue su marcha. Mario gira a la derecha. Llega a su departamento.
Saca su llave del bolsillo de su saco. Abre la puerta de vidrio. La cierra. Se dirige hacia su habitación. En su camino a tomar al ascensor, saluda al portero. No atiende al saludo. Él es sordo. Pulsa el botón del ascensor. Espera diez segundo y se abren las puertas. Ingresa y pulsa el botón 7. Antes de cerrarse las puertas, una joven mujer corre tras él. Le pide que lo detenga. Mario pulsa el botón de detener. Ingresa la joven al ascensor. Le da las gracias a Mario. El asienta la cabeza. Mario le pregunta a qué piso va. Ella le responde el quinto. Pulsa el botón 6. Se cierran las puertas. Siente que se eleva por los aires. Mira a la joven de pies a cabeza. Zapatos negros. Medias negras. Pollera azul a cuadrille. Una remera blanca asoma por la blusa azul. Rostro bello. Ojos café. Pelo negro. Ella mira a las puertas. Solamente a las puertas. Mario se encandila por la belleza que tiene al lado de él. Ella tímidamente gira su cabeza hacia él. Pero Mario rápidamente fija su mirada a los botones del ascensor. Luego al visualizador del elevador. 3. 4. Silencio. Percibe que él quiere decirle algo pero no se atreve. Lo mismo piensa Mario. 6. Se abren las puertas. Ella tarda dos segundos en salir del cubículo. Deja de mirar el visualizador y la ve caminando derecho. Tercera habitación. Saca sus llaves para abrir la puerta. Ella gira levemente su tierna mirada hacia él. Apenas pudo verla. Las puertas del ascensor se cierran.
Mira de vuelta el visualizador. 7. Se abren las puertas. Sale del ascensor. Gira a la izquierda. Abre la puerta de su habitación. Atraviesa el comedor. Luego el corredor oscuro. Va directo hacia su dormitorio. Saca todas las corbatas de su placard. Tras media hora meditando qué corbata va a ponerse, elige entre todas la de color azul a cuadrille. Pone de vuelta todas las corbatas en su lugar. Va al baño a lavarse un poco la cara. Abre el botiquín. Saca la crema para afeitar. Se una por todo el rostro. Luego se afeita con la máquina. Él ni siquiera tiene barba. Pero cree que sí la tiene. Luego, se lava su cara con abundante agua. Ni piensa peinarse. Le queda cómodo su pelo negro revuelto. Contempla su rostro frente al espejo del botiquín por quince minutos. Frunce sus cejas. Se retira del baño. Va a la cocina. Abre la canilla para beber agua. Toma una copa y lo bebe. Se va de la cocina. Va a su escritorio. Saca la maleta que estaba guardada en el interior de un sofá negro. Gira la combinación. La abre. Ningún papel. Cierra. La agarra. Atraviesa el oscuro corredor y luego el comedor. Cierra la puerta de su habitación. Se dirige al ascensor. Pulsa el botón. Espera diez segundos. Las puertas del ascensor se abren. Un anciano y el conserje salen del mismo. Lo miran. Mario ingresa y pulsa el botón de Planta Baja.
Fija su mirada reflejada en la puerta del cubículo. Imagen distorsionada. “Emergencia se coloca antes de la primera evasión personal” balbucea. Abre la boca lo más grande posible. 6. 5. 4. 3. 2. 1. Cierra su boca. PB. Puertas abiertas. Sale del ascensor. Saca su llave. Abre la puerta de vidrio. Corre lo más antes posible hacia la plaza. Gira a la izquierda. Cruza en diagonal. Dos cuadras lo separan. Esquiva a la gente como un gran esquiador. La gente, anonadada. Estallan de risas algunos transeúntes. Llega a la senda peatonal. Rojo. Camina despacio. Sale de la senda. Camina derecho hacia la plaza. Contempla la sombra del mástil. Mira su reloj. “Como siempre. Veinte minutos exactos”. Va hacia el árbol. Se saca sus mocasines. Se agacha. Escarba la tierra. Saca la caja. Abre la tapa. Pone sus mocasines adentro. Cierra la tapa. Lo pone en el agujero de vuelta. Tapa con tierra el agujero. Gira a su izquierda. Escala las ocho ramas del árbol. “No te fuiste de mí”. Llega a la gruesa rama. Se acomoda. Y mira entre las hojas de las ramas el sol. Ve como cae durante el atardecer y la noche. Sólo estrellas. Sonríe a la luna. “Shine on you, crazy diamond” le susurra a la luna. Se da vuelta a la izquierda. Cierra sus párpados y se duerme. Entre dormido balbucea “estoy donde quiero estar gracias al número 9". Cae de vuelta en sus profundos sueños.
Larga Vida a la Buena Salud Mental!!!!!
Se sacude un poco la ropa de vestir. Un poco de arrugas en su negro pantalón, su saco beige y su camisa celeste no le hacen nada mal a nadie. Sus media azules, impecables. Gira a su izquierda y empieza a escarbar la tierra con sus manos. Finalmente lo encuentra. Saca la caja, abre la tapa y cuidadosamente extrae su par de mocasines negros. Como siempre, limpios. Se sienta sobre el pasto. Se pone los mocasines y se levanta del suelo. Entierra la caja. “Como debe ser” masculla Mario.
Mira su Rolex para saber la hora. Marcan las 7.30 AM. Duda de las agujas que marcan tal horario. Ve la sombra del mástil ubicado en el centro de la plaza. Se acerca a la sombra. Luego mira al sol. Hace un par de pasos a la izquierda, luego a la derecha. Frunce las cejas. “Sí, son las 7.30 AM”. Levanta la cabeza. Gira a los costados. Camina derecho. Sale de la plaza. Llega a la senda peatonal. Semáforo en verde. “Mi deseo es tener el trapecio de Zeus frente a mí” canta Mario con mucho entusiasmo. Una mujer con su pequeño hijo lo miran con cierto desconcierto. Él los mira y la mujer y el niño miran a otro lado. Parpadea tres veces rápidamente. Rojo. Cruza y repite a lo largo del cruce “La moneda da cierta vitalidad al rozamiento del contrapeso de cualquier estado de la materia”. Terminado el cruce, arriba a la calle. La gente camina incesantemente. Individuos que van y vienen del trabajo. Celulares en manos. Discusiones en plena calle. Bocinazos. Una marea de multitud no aturde para nada a Mario. A las dos cuadras, cruza en diagonal. No mira a sus costados. Un auto casi anula su vida para siempre. El auto lo roza. El automovilista para en seco. Luego, sigue su marcha. Mario gira a la derecha. Llega a su departamento.
Saca su llave del bolsillo de su saco. Abre la puerta de vidrio. La cierra. Se dirige hacia su habitación. En su camino a tomar al ascensor, saluda al portero. No atiende al saludo. Él es sordo. Pulsa el botón del ascensor. Espera diez segundo y se abren las puertas. Ingresa y pulsa el botón 7. Antes de cerrarse las puertas, una joven mujer corre tras él. Le pide que lo detenga. Mario pulsa el botón de detener. Ingresa la joven al ascensor. Le da las gracias a Mario. El asienta la cabeza. Mario le pregunta a qué piso va. Ella le responde el quinto. Pulsa el botón 6. Se cierran las puertas. Siente que se eleva por los aires. Mira a la joven de pies a cabeza. Zapatos negros. Medias negras. Pollera azul a cuadrille. Una remera blanca asoma por la blusa azul. Rostro bello. Ojos café. Pelo negro. Ella mira a las puertas. Solamente a las puertas. Mario se encandila por la belleza que tiene al lado de él. Ella tímidamente gira su cabeza hacia él. Pero Mario rápidamente fija su mirada a los botones del ascensor. Luego al visualizador del elevador. 3. 4. Silencio. Percibe que él quiere decirle algo pero no se atreve. Lo mismo piensa Mario. 6. Se abren las puertas. Ella tarda dos segundos en salir del cubículo. Deja de mirar el visualizador y la ve caminando derecho. Tercera habitación. Saca sus llaves para abrir la puerta. Ella gira levemente su tierna mirada hacia él. Apenas pudo verla. Las puertas del ascensor se cierran.
Mira de vuelta el visualizador. 7. Se abren las puertas. Sale del ascensor. Gira a la izquierda. Abre la puerta de su habitación. Atraviesa el comedor. Luego el corredor oscuro. Va directo hacia su dormitorio. Saca todas las corbatas de su placard. Tras media hora meditando qué corbata va a ponerse, elige entre todas la de color azul a cuadrille. Pone de vuelta todas las corbatas en su lugar. Va al baño a lavarse un poco la cara. Abre el botiquín. Saca la crema para afeitar. Se una por todo el rostro. Luego se afeita con la máquina. Él ni siquiera tiene barba. Pero cree que sí la tiene. Luego, se lava su cara con abundante agua. Ni piensa peinarse. Le queda cómodo su pelo negro revuelto. Contempla su rostro frente al espejo del botiquín por quince minutos. Frunce sus cejas. Se retira del baño. Va a la cocina. Abre la canilla para beber agua. Toma una copa y lo bebe. Se va de la cocina. Va a su escritorio. Saca la maleta que estaba guardada en el interior de un sofá negro. Gira la combinación. La abre. Ningún papel. Cierra. La agarra. Atraviesa el oscuro corredor y luego el comedor. Cierra la puerta de su habitación. Se dirige al ascensor. Pulsa el botón. Espera diez segundos. Las puertas del ascensor se abren. Un anciano y el conserje salen del mismo. Lo miran. Mario ingresa y pulsa el botón de Planta Baja.
Fija su mirada reflejada en la puerta del cubículo. Imagen distorsionada. “Emergencia se coloca antes de la primera evasión personal” balbucea. Abre la boca lo más grande posible. 6. 5. 4. 3. 2. 1. Cierra su boca. PB. Puertas abiertas. Sale del ascensor. Saca su llave. Abre la puerta de vidrio. Corre lo más antes posible hacia la plaza. Gira a la izquierda. Cruza en diagonal. Dos cuadras lo separan. Esquiva a la gente como un gran esquiador. La gente, anonadada. Estallan de risas algunos transeúntes. Llega a la senda peatonal. Rojo. Camina despacio. Sale de la senda. Camina derecho hacia la plaza. Contempla la sombra del mástil. Mira su reloj. “Como siempre. Veinte minutos exactos”. Va hacia el árbol. Se saca sus mocasines. Se agacha. Escarba la tierra. Saca la caja. Abre la tapa. Pone sus mocasines adentro. Cierra la tapa. Lo pone en el agujero de vuelta. Tapa con tierra el agujero. Gira a su izquierda. Escala las ocho ramas del árbol. “No te fuiste de mí”. Llega a la gruesa rama. Se acomoda. Y mira entre las hojas de las ramas el sol. Ve como cae durante el atardecer y la noche. Sólo estrellas. Sonríe a la luna. “Shine on you, crazy diamond” le susurra a la luna. Se da vuelta a la izquierda. Cierra sus párpados y se duerme. Entre dormido balbucea “estoy donde quiero estar gracias al número 9". Cae de vuelta en sus profundos sueños.
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