miércoles, 29 de octubre de 2008

Flying…


Cuidadosamente, saca sus diminutos ojos negros de la hoja de trébol. Nada. El peligro pasó. La mantis religiosa desapareció. Todavía está asustada. Es presa fácil. No tiene grandes proporciones. Percibe un ruido y se esconde rápidamente. Cierra sus ojos. Trata de no temblar. Escucha. Se alivia. Son los revoloteos de una abeja. Abre los ojos y se asoma. La ve ingresando en la linaria. A los dos segundos, la abeja sale cubierta de polen. Los rayos del sol atraviesan levemente la hoja del trébol. Puede sentirlos. Duda de que su predador vuelva a atacarla. Sale tímidamente de la hoja que fue su refugio hace unos instantes. Sus seis patas caminan con un poco de seguridad sobre la hoja. Siente seguridad. Mira alrededor suyo. Los tallos y las flores se erigen frente a ella como grandes castillos. Y el cielo… es el testigo de su vida. Las nubes señalan la vida en movimiento. El sol hace que cada ser vivo sea feliz y cumpla con sus respectivos nichos. Una suave brisa sacude las margaritas que ve desde abajo. El hábitat es perfecto. No hay por qué temer. La mariquita de San Antonio despliega sus aletas y se dispone a volar, dejando su refugio.

Siente en sus palpos la brisa cálida del aire. Revoltea dejando el campo de flores. Vuelta alto. Como siempre, lo hace en forma plana. Ve las margaritas, los lirios y las linarias. Pareciera que estas flores la saludaran. Un saludo como deseo de buena suerte en uno de sus tantos viajes. Sube y baja levemente en el viaje. El aire la protege. Ve pasar un ave. No distingue ver qué clase de ave es. ¿Rapaz? Tiene miedo. Por suerte, pasa de largo. Una vez más, la suerte la acompaña. Ve pasar a los autos. Rojo. Gris. Negro. Casi todos los colores puede apreciar. Sin embargo, la carretera esta prácticamente vacía. Al menos, siete vehículos pasaron. La mariquita sólo escucha la brisa y su aleteo. Luego de quince minutos de vuelo, descansa en una plantación de rosas. Aminora su velocidad y se detiene en un pétalo. Descansa un rato sus alas. Baja su pequeño caparazón rojo a manchas negras y esconde sus palpos. Escucha un aleteo. ¿De vuelta la mantis? Se hunde en el pétalo. No se mueve. Siente que las patas le tiemblan. Siente las patas del insecto posándose sobre el pétalo. ¿El fin? Abre los ojos para enfrentar el peligro. Sólo es una mariposa. La misma se alimenta del néctar. Naranja con líneas negras decoran sus alas. Mueve sus patas delicadamente sobre los pétalos de la rosa. Luego de alimentarse, ve a la mariquita. Al cabo de tres segundos, bate sus alas y se va. Otra rosa la mantiene con alimento. La mariquita hace lo mismo. En el tallo de la rosa, hay muchos pulgones. Pero no hay tiempo. Pronto el sol va a caer. Bate sus alas y se marcha.

Planea como una gran maestra del aire. Ve desde lo alto a dos perros jugando con su joven amo. La pelota es la clave de la diversión. El pasto, bien verde. La brisa hace que traiga varios dientes de león. Esquiva a algunos. Se metería en grandes aprietes si es atrapado por uno de ellos. Una gran odisea. Cree salvarse, pero no. Un diente de león la atrapa. Trata de escapar, pero no puede. La lleva lejos. El diente de león la lleva a chocarse contra el tronco de un árbol. Afortunadamente, el diente de león amortigua el golpe sin que la mariquita sufra algún daño. Levemente, el diente desciende sobre el césped. ¿Cómo se escapará? No puede deshacerse de los filamentos. Se enreda aún más. ¿El fin? Su mirada apunta hacia al cielo. Suplica. Luego escucha un par de pasos. ¿La zapatilla es cómplice de la mantis? Cierra sus ojos. No siente alguno que otro crujido de su exoesqueleto a romperse. Escucha una dulce voz. Abre los ojos. Ve a una bella mujer. ¿Un ángel de la guarda? Se agacha y agarra el diente de león. Ve a la marquita. Y trata cuidadosamente de extraerla de tal sufrimiento con sus delicados dedos. Lo logra. Tira el diente de león a un lado de ella. La mariquita, agradecida. “¡Te salvé!”. La mariquita se aferra al dedo índice de la mano. Y camina a lo largo de su puño y muñón. El brazo de la bella joven es un puente seguro para ella. Un camino bien liso atraviesa la mariquita. No tiene prisa en retirarse. La joven la ve con mucha ternura. Una sonrisa de oreja en oreja. Llega al codo. Avanza. Usa sus palpos para tantear el terreno. Nada por qué temer. “Siete puntos negros para mí” susurra la joven. Escala el antebrazo. Ninguna dificultad. La joven desvía su mirada de la mariquita para ver si uno de sus tres hermanos o su padre está cerca de donde está ella para contemplar tal insecto. Gira su cabeza a los costados. Nada. Su mirada vuelve a la marquita. Acaba de llegar a su desnudo hombro. Luego se queda quieta. “¿Esperás un deseo?” dice tímidamente la joven. Sigue quieta la mariquita. Luego abre sus aletas y las bate. Ella la mira. Vuela y se posa en su mejilla. La joven cierra sus ojos y pide un deseo, mientras asienta su cabeza. Sonríe. Ni bien termina de formular su deseo, no siente a la mariquita en su mejilla. Luego abre los ojos y se toca la mejilla. Exactamente, no está. Gira a los costados. La ve volando. Una brisa sacude su dorado pelo lacio.

El sol está a punto de caer. Es hora de que la mariquita descanse por el día de hoy. Aminora la velocidad de sus aletas y desciende poco a poco. Ve una botella de vidrio sobre el pasto. Un buen refugio contra el vidrio y los depredadores. Baja. Camina lentamente hacia la botella. Antes de ingresar a la misma, se cerciora si hay una araña adentro. Mete su cabeza. Nada. Ni una telaraña. Se introduce. No quiere descansar sobre la botella. Así que trepa hacia el techo de la botella y se sujeta con sus patas y se encierra en su caparazón. Escucha un par de grillos con sus hermosos cantos para atraer a sus parejas. Bella melodía la que escucha. Perfecta para descansar y seguir su rumbo sin destino alguno. Libre como el aire, concreta deseos para todos.

Larga Vida a los Buenos Deseos!!!!!

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