
Un gran terronazo de tierra se estrella contra el desordenado cabello castaño de Fabián. Tal impacto le hace rememorar a cuando su compañero, Julio, le arrojó una piedra desde veinte metros de largo. Puntería tuvo. Pero Fabián no atinó en decir algo. Le fue indiferente. Lo mismo ocurre ahora. Lucas le tiró el terronazo que hizo que el cabello de Fabián sea convertido en una maceta. Apenas cierra los ojos de dolor. Con carcajadas abiertas, Lucas festeja tal suceso. Lo acompañan en el júbilo Orlando y Pablo. No se encuentra Cristian, su “torturador”. Faltan los fuegos artificiales y todo completo. Fabián gira hacia atrás y observa las risas. Lucas le dice “¡Estúpido!”. Y todos se ríen. Fabián se saca la tierra que tiene sobre su pelo. Eso no es nada a lo que pasó hace cinco minutos. El terrible trío le hizo pasar una vergüenza… otra vez. En el preciso momento en que el fotógrafo apretó el disparador para sacarle una foto a Tercer Año de la modalidad Economía y Gestión de las Organizaciones, Lucas, Orlando y Pablo lo empujaron a Fabián con patadas en la espalda. El resultado: Fabián salió en la foto como si fuera despedido de un cañón. El profesor, cero. Luego de la patética foto y la burla, todos se dirigen hacia el aula para continuar la clase de Formación Ética y Ciudadana.
Entre risas, todos se sientan. El profesor es el último en ingresar. Antes de continuar con la clase, señala que debe irse a la sala de profesores por un asunto. Y deja el salón a merced de la supuesta quietud de los alumnos. Sale el profesor. Se escuchan las risas y el jolgorio anodino. Fabián está sentado a la izquierda en el doble asiento. Doble asiento al que nadie se le acerca porque se sienta Fabián. Quizás la condición de ser extremadamente tímido y desgarbado sea la esencia de las burlas que pesan sobre él. A eso hay que sumarle que es escuálido y bastante inteligente en todas las materias dictadas en las clases. El hecho de que siempre aporta una considerable información a cada clase hace que casi todos los alumnos de la clase le tomen el pelo. O sea, en un nerd, un sujeto que está sumergido en los libros de estudios y escapa de toda actividad recreativa. Para Fabián, ser nerd es una condena. La única compañía que tiene es la literatura. Nadie quiere tener cerca de Fabián… salvo para molestarlo. Ahora es el momento justo.
Fabián deja de leer la carpeta por un momento. En realidad, su carpeta sirve para que él solamente vea las hojas y no vea alrededor suyo para no ser molestado. Descansa un rato la vista y mira a la izquierda. Está sentado Lucas. “¿Por qué no miré a otro lado?” piensa Fabián. Lucas lo mira cínicamente. De su asiento patea el otro banco continuo. “¿Qué miras?”. Fin de la tranquilidad. Lucas se levanta del asiento y se dirige hacia Fabián. De atrás salen Orlando y Pablo. Fabián no se atreve a contestarles porque supone que a la salida del colegio, la va a pasar pésimamente. Fabián no dice nada. Baja la cabeza. Sumisión ante todo. Sin previo aviso, el trío lo agarra violentamente en medio de risas. Lucas lo toma de las piernas, mientras que Orlando y Pablo lo agarran de los brazos y hacen que caerlo al piso. Cae de espaldas. Todos estallan en burdas carcajadas. Hasta su buena compañera, Silvina. “Sos un patético personaje, Fabián”. Lentamente, se dirige a su asiento correspondiente y se sienta como si nada hubiera pasado. Contiene sus lágrimas. Quiere gritar, pero no puede. Quiere llorar, pero no puede. Abre su carpeta y sigue leyendo, pero no puede concentrarse. El profesor llega y pone fin a la diversión. Todos en sus asientos. La clase continúa.
Son las 12.00 hs. Suena el timbre. Todos salen de la clase y se acomodan para hacer fila para retirarse. Caminan y atraviesan la puerta. Luego, el corredor. Giran a la derecha y salen por la puerta de salida. Lucas pone su mano sobre la cabeza de Fabián y la empuja hacia abajo en un gesto ordinario. Casi todos se van en grupos o acompañado de a dos o tres, menos Fabián. Él camina solo hacia la parada. Pero se queda un rato hasta que todos hayan doblado la esquina y desaparezcan. Se siente aliviado. Apoya su dolorida espalda sobre la pared la fachada de la escuela. Espera quince minutos y se va a tomar el colectivo. Gira en la esquina y el trío con un par de sus compañeros de clase lo observan. Se asusta. Él no profiere nada de su boca y sigue caminando. “Avanzá, Avanzá”. Apresurado camina. Dos cuadras lo separan de la parada. Para nada advierte que un cascote se dirige contra él. Choca con tanto impacto sobre su cabeza que lo hace marear. Siente que algo brota de su cabeza. Es sangre. Siente dolor tanto por el cascotazo como las carcajadas de los responsables de tal episodio. Se da vuelta y los mira. Los contempla. Siguen riéndose la pandilla. Fabián tiene los puños encerrados con mucha fuerza. Su cara muestra odio. Se da vuelta y sigue su trayecto al colectivo. Por suerte, lo agarra. Sube. Saca el boleto y se sienta atrás. Todavía siente dolor. Alos diez minutos llega a su casa.
Golpea la puerta. Nadie contesta. Abre la puerta con su llave y se da cuenta que todos se fueron a trabajar. Ve en la mesa del comedor un papel. Lo lee. “Te dejé tarta de jamón para comer. Besos. Mamá”. Fabián lagrimea. Se va al baño y se lava las manos y la herida de su cabeza con abundante agua. Luego se pone alcohol y aguanta el dolor… como siempre. Se pone una gasa y se lo pega. Y se mira frente al espejo del botiquín. Lagrimea y solloza. Se pasa su mano sobre su mejilla derecha en forma temblorosa. Luego, estrella su brazo contra el espejo y hace trizas el mismo. Se lastima con los trozos de vidrios. Se ahoga en un llanto. Se lava rápidamente su mano herida del golpe. Se pone alcohol y grita fuertemente. Luego se venda la mano como un boxeador. “¡Basta!” Va hacia la cocina y agarra un cuchillo afilado. Lo lleva hacia su pieza donde dejó su mochila. Lo mete. Cierra su mochila no sin antes agarrar del escritorio su carpeta de plástica para cursar el contraturno dentro de una hora. Pasa por el comedor y se dirige hacia la puerta para abrirla. Cierra la puerta con un gran estruendo y se dirige a tomar el colectivo.
Está ciego de ira. Espera seis minutos el colectivo hasta que llega. Lo toma y se sienta. Tras diez minutos de viaje, llega al colegio. Espera en la fachada a los demás apoyando su espalda contra la pared. Piensa en amenazarlos, no en matarlos. Su mente está en blanco. No razona. Masculla insultos de cualquier calibre. Su mirada apunta a la esquina donde puede verlos. Espera. Espera. Luego, ve a una pareja con su hijo que recién sale del colegio. Lo reciben con toda la alegría y lo llevan de la mano. Él los contempla detenidamente. Y luego piensa: “Si los amenazo, mi imagen de alumno respetuoso, aplicado y distinguido se esfumará para siempre. Seré apartado de la escuela y de la familia. Correré el riesgo de ir a la cárcel o a un instituto psiquiátrico. Seré infeliz por el resto de mi vida. ¿En qué va a quedar aquel Fabián de las notas altas y del objeto de cariño de mis padres y de mi hermana?” Medita. Asienta su cabeza. Luego sonríe. Mira su reloj. Es muy temprano. Faltan cuarenta y cinco minutos para que empiece el contraturno. Suspira. Deja de estar reposado sobre la pared y camina con pasos seguros hacia la parada del colectivo. Decide irse a su casa sólo para dejar el cuchillo. Mientras camina, piensa que la mejor solución para aquella situación es hablar seriamente con ellos. Y así dejará de ser molestado por sus compañeros. El diálogo es la única solución. La violencia sólo manchará su vida en forma trágica y destrozará las vidas de su entorno familiar. En un futuro no muy distante dirá: “No mirés atrás con rencor” Y tendrá absoluta razón.
Larga Vida a la Consideración Estudiantil!!!!!
Entre risas, todos se sientan. El profesor es el último en ingresar. Antes de continuar con la clase, señala que debe irse a la sala de profesores por un asunto. Y deja el salón a merced de la supuesta quietud de los alumnos. Sale el profesor. Se escuchan las risas y el jolgorio anodino. Fabián está sentado a la izquierda en el doble asiento. Doble asiento al que nadie se le acerca porque se sienta Fabián. Quizás la condición de ser extremadamente tímido y desgarbado sea la esencia de las burlas que pesan sobre él. A eso hay que sumarle que es escuálido y bastante inteligente en todas las materias dictadas en las clases. El hecho de que siempre aporta una considerable información a cada clase hace que casi todos los alumnos de la clase le tomen el pelo. O sea, en un nerd, un sujeto que está sumergido en los libros de estudios y escapa de toda actividad recreativa. Para Fabián, ser nerd es una condena. La única compañía que tiene es la literatura. Nadie quiere tener cerca de Fabián… salvo para molestarlo. Ahora es el momento justo.
Fabián deja de leer la carpeta por un momento. En realidad, su carpeta sirve para que él solamente vea las hojas y no vea alrededor suyo para no ser molestado. Descansa un rato la vista y mira a la izquierda. Está sentado Lucas. “¿Por qué no miré a otro lado?” piensa Fabián. Lucas lo mira cínicamente. De su asiento patea el otro banco continuo. “¿Qué miras?”. Fin de la tranquilidad. Lucas se levanta del asiento y se dirige hacia Fabián. De atrás salen Orlando y Pablo. Fabián no se atreve a contestarles porque supone que a la salida del colegio, la va a pasar pésimamente. Fabián no dice nada. Baja la cabeza. Sumisión ante todo. Sin previo aviso, el trío lo agarra violentamente en medio de risas. Lucas lo toma de las piernas, mientras que Orlando y Pablo lo agarran de los brazos y hacen que caerlo al piso. Cae de espaldas. Todos estallan en burdas carcajadas. Hasta su buena compañera, Silvina. “Sos un patético personaje, Fabián”. Lentamente, se dirige a su asiento correspondiente y se sienta como si nada hubiera pasado. Contiene sus lágrimas. Quiere gritar, pero no puede. Quiere llorar, pero no puede. Abre su carpeta y sigue leyendo, pero no puede concentrarse. El profesor llega y pone fin a la diversión. Todos en sus asientos. La clase continúa.
Son las 12.00 hs. Suena el timbre. Todos salen de la clase y se acomodan para hacer fila para retirarse. Caminan y atraviesan la puerta. Luego, el corredor. Giran a la derecha y salen por la puerta de salida. Lucas pone su mano sobre la cabeza de Fabián y la empuja hacia abajo en un gesto ordinario. Casi todos se van en grupos o acompañado de a dos o tres, menos Fabián. Él camina solo hacia la parada. Pero se queda un rato hasta que todos hayan doblado la esquina y desaparezcan. Se siente aliviado. Apoya su dolorida espalda sobre la pared la fachada de la escuela. Espera quince minutos y se va a tomar el colectivo. Gira en la esquina y el trío con un par de sus compañeros de clase lo observan. Se asusta. Él no profiere nada de su boca y sigue caminando. “Avanzá, Avanzá”. Apresurado camina. Dos cuadras lo separan de la parada. Para nada advierte que un cascote se dirige contra él. Choca con tanto impacto sobre su cabeza que lo hace marear. Siente que algo brota de su cabeza. Es sangre. Siente dolor tanto por el cascotazo como las carcajadas de los responsables de tal episodio. Se da vuelta y los mira. Los contempla. Siguen riéndose la pandilla. Fabián tiene los puños encerrados con mucha fuerza. Su cara muestra odio. Se da vuelta y sigue su trayecto al colectivo. Por suerte, lo agarra. Sube. Saca el boleto y se sienta atrás. Todavía siente dolor. Alos diez minutos llega a su casa.
Golpea la puerta. Nadie contesta. Abre la puerta con su llave y se da cuenta que todos se fueron a trabajar. Ve en la mesa del comedor un papel. Lo lee. “Te dejé tarta de jamón para comer. Besos. Mamá”. Fabián lagrimea. Se va al baño y se lava las manos y la herida de su cabeza con abundante agua. Luego se pone alcohol y aguanta el dolor… como siempre. Se pone una gasa y se lo pega. Y se mira frente al espejo del botiquín. Lagrimea y solloza. Se pasa su mano sobre su mejilla derecha en forma temblorosa. Luego, estrella su brazo contra el espejo y hace trizas el mismo. Se lastima con los trozos de vidrios. Se ahoga en un llanto. Se lava rápidamente su mano herida del golpe. Se pone alcohol y grita fuertemente. Luego se venda la mano como un boxeador. “¡Basta!” Va hacia la cocina y agarra un cuchillo afilado. Lo lleva hacia su pieza donde dejó su mochila. Lo mete. Cierra su mochila no sin antes agarrar del escritorio su carpeta de plástica para cursar el contraturno dentro de una hora. Pasa por el comedor y se dirige hacia la puerta para abrirla. Cierra la puerta con un gran estruendo y se dirige a tomar el colectivo.
Está ciego de ira. Espera seis minutos el colectivo hasta que llega. Lo toma y se sienta. Tras diez minutos de viaje, llega al colegio. Espera en la fachada a los demás apoyando su espalda contra la pared. Piensa en amenazarlos, no en matarlos. Su mente está en blanco. No razona. Masculla insultos de cualquier calibre. Su mirada apunta a la esquina donde puede verlos. Espera. Espera. Luego, ve a una pareja con su hijo que recién sale del colegio. Lo reciben con toda la alegría y lo llevan de la mano. Él los contempla detenidamente. Y luego piensa: “Si los amenazo, mi imagen de alumno respetuoso, aplicado y distinguido se esfumará para siempre. Seré apartado de la escuela y de la familia. Correré el riesgo de ir a la cárcel o a un instituto psiquiátrico. Seré infeliz por el resto de mi vida. ¿En qué va a quedar aquel Fabián de las notas altas y del objeto de cariño de mis padres y de mi hermana?” Medita. Asienta su cabeza. Luego sonríe. Mira su reloj. Es muy temprano. Faltan cuarenta y cinco minutos para que empiece el contraturno. Suspira. Deja de estar reposado sobre la pared y camina con pasos seguros hacia la parada del colectivo. Decide irse a su casa sólo para dejar el cuchillo. Mientras camina, piensa que la mejor solución para aquella situación es hablar seriamente con ellos. Y así dejará de ser molestado por sus compañeros. El diálogo es la única solución. La violencia sólo manchará su vida en forma trágica y destrozará las vidas de su entorno familiar. En un futuro no muy distante dirá: “No mirés atrás con rencor” Y tendrá absoluta razón.
Larga Vida a la Consideración Estudiantil!!!!!
No hay comentarios:
Publicar un comentario