domingo, 26 de octubre de 2008

Escondidas


Juan escucha los graznidos de dos pájaros. Tiene los ojos cerrados. La almohada de su cama pide que ignore lo rutinario de la vida, pero él debe estar inmerso en él para sobrevivir. De vuelta, los graznidos. Un canto a la vida. Gira su cabeza a la izquierda. No quiere abrir los ojos. “Por favor, que no sean las 06.00” Abre los ojos. “Demasiado tarde”. 07.00 AM. Gira su cuerpo. Sale de su cama rápidamente. Abre el placard. Saca la camisa, saco, pantalón de vestir y corbata sin elegir. Afortunadamente, no desentona mal. Blanca, negro, beige y celeste a rayas, respectivamente. Acomoda su pijama bordo. Hace su cama. “¡Los zapatos!” Nuevamente, abre el placard y saca un par zapatos negros. Como siempre, bien lustrados. Se los pone y se los ata. Listo. Va al baño. Se lava su cara y se peina. Pasa por el comedor. Para en seco. Ve el reloj. Las agujas marcan las 7.30. “No llego”. Decide no tomar un café en la cocina. Sigue derecho por la cocina. Atraviesa la sala de estar. Abre la puerta principal con su llave. La abre y cierra. Pasa por el porche y para en seco de nuevo. “El maletín, flor de estúpido” masculla entre dientes. Gira. Pasa por el porche. Puerta principal. Sala de estar. Cocina. Comedor. Habitación. Escritorio. Se cerciora de que estén las dos carpetas que tiene que entregar en la oficina. Todo en su lugar. Cierra. Combinación. Agarra el maletín. Se va de su casa como el diablo lleva a un alma desarmada.

Juan mira su reloj. 7.45. “No llego, no llego” repite inquietantemente. Dobla en la esquina. Sin darse cuenta, una mujer se topa bruscamente con él. Él le pide perdón. Extrañamente, ella sonríe. Una sonrisa dulce. No atiende decir nada. Juan le iba a preguntar algo, pero ella dobla la esquina rápidamente. Acerca su cabeza a la esquina donde ella desapareció. Está sorprendido. Juan sigue su camino. Avanza a grandes pasos. La gente acapara toda la vereda. “¿Vendrá Benedicto?” piensa Juan ante el estupor de ver tanto movimiento. Una odisea cruzar la vereda. Esquiva a la gente con mucha torpeza. El maletín, en alto. “Perdón, perdón” atina a responder a las personas. Su mirada está perdida. Está en la nebulosa. Colores pardos y grises dominan la ropa de los transeúntes. La desorientación se esfuma. Entre toda esa atmósfera convulsionada, la ve. Está parada entre toda esa multitud. La gente la esquiva. Pelo negro corto, tez pálida, ojos color miel, blusa verde a rayas, pollera violeta y zapatos azules. Ve a aquella joven mujer que chocó contra él. Aquella joven con la dulce sonrisa. La misma sonrisa. Juan se queda anonadado. Ella sonríe nuevamente y gira. Se va rápidamente. Juan sale del tumulto. Ve su reloj. 08.00. “Ya tendría que haber estado sentado en mi oficina” Mira a la joven que se va. Mira nuevamente su reloj. “Esto no se da todos los días” Mira a la joven yéndose. Mira al cielo. “Vida hay una sola”. Decide perseguirla. Avanza rápidamente. Ve que ella entra a una galería. Corre por ella. Insólitamente, ella desparece. “¿Quién es?”. El misterio reina en su mente. Desilusionado se encuentra. Mira su reloj. “Mejor voy a trabajar”. Toma un taxi. Abre la puerta. “A Alcorta al 1324, por favor”. Cierra la puerta. Se sienta. Abre el maletín para ver alguno que otro informe en la carpeta. “Bien”. Pasan tres cuadras. Mira por la ventanilla. La ve. La dulce sonrisa. Los mismos bellos ojos. “Paré por favor” Para en seco. Le paga al taxista. Abre bruscamente la puerta y la cierra. Se va el taxi. No está. Mira a todos los costados. Nada. “No puede ser”. Toma otro taxi.

Llega a su trabajo. Pasa totalmente desapercibido. Va la oficina para entregar los informes. Mientras que los dos ejecutivos evalúan sus informes ente su presencia, Juan piensa en ella. Entregan sus informes. Perfecto. Se va a su oficina. Se sienta en la silla de su escritorio. No puede concentrarse para la redacción de otros informes. Se levanta del asiento. Se dirige a la ventana. Mira desde los alto los edificios y los autos que pasan. “Todo un misterio”. Desde que intenta hacer los informes, pasando por la hora del almuerzo y la conferencia y exposición de los informes trimestrales, ella esta en su mente. 21.00 hs. Hora de irse. Deja el trabajo. Abre la perta del vidrio y la ve. “¿Me está esperando?” Ni bien cierra la puerta ella corre. “¡Esperá!” Corre tras ella. Apenas puede escuchar su leve risa en el viento. La joven corre rápido. El semáforo en rojo. Ella pasa. Verde. Frena Juan. Ella insólitamente se detiene. Su sonrisa. Rojo. Ella ve el semáforo y se echa a correr. Juan también.

Ella se interna en la plaza. Las luces de los faroles alumbran las esquinas del lugar. Juan llega a la plaza. No la divisa para nada. Hay poca gente en la plaza, pero ninguna persona encuadra con ella. Está agitado. No da más. Se da vuelta para irse hasta que la ve enfrente de él. Está sorprendido. Se emociona. Por fin la ve bien de cerca. No puede decir nada. Está encantado bajo su sonrisa y mirada. El flequillo de ella parece un velo. “Es hermosa” piensa. Ella lo besa en su mejilla tiernamente. Luego, ella corre. Se queda contemplando la ida de aquella joven. Más allá está el bosque y la imaginación como paraíso La oscuridad de los árboles la hace esfumar. ¿Para siempre? No sabe Juan. La mirada de aquella bella joven parece que hubiera querido decir: “Seguíme”. Y eso es lo que Juan va a hacer.


Larga Vida a los Misterios!!!!!

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