
Las inquietantes lágrimas que se derraman en sus tiernas mejillas no atenúan los agudos puñetazos que asesta Walter sobre el delgado y alicaído ombligo de la precoz víctima del día. Obviamente su anodina diversión debe (y tiene) que ser enriquecida por seres alcahuetes que no son sino unos excelentes chupamedias; en este caso son Javier y Leandro, quienes se ríen de la presente situación como dos auténticas hienas que padecen idiotismo. “Por favor, no… no me pegues” suplica el temeroso estudiante de Humanidades. Sin embargo, este ruego no trastoca la mente de Walter y descarga su cierta inmadurez sobre el pobre alumno, quien se ahoga con sus propios lamentos.
La circulación en el baño de hombres es escasa. Los pocos que ingresan allí entran con la sola tarea de lavarse las manos tras mantener un entretenido fútbol y salir de ahí. Prefieren no entrometerse en el violento cubículo, a veces salpicado de sangre y ahuecada estupidez, ya que si lo hacen, pronto se convertirán en los nuevos y resignados monigotes. Saben que ese destino es demasiado perturbador, y más para aquel que debe lidiar con semejante carga en su garganta.
“¿Sabés lo que sos? Un tontito que anda por ahí, como un fracasado” – apoya su mano izquierda sobra el azulejo beige y lo mira – “a ver… repetí: “soy un fracasado”. Repetí” – muestra sus dientes – “o le digo a mi mano que hable por vos” – hace un ademán con su puño derecho cerrado – “¡Dale!” El estudiante de primer año del Polimodal teme que su vida sea desvanecida y baja sus brazos para demostrar su completa resignación. Empieza a repetir tales palabras rasgadas de vergüenza. “Soy… soy… soy un…”. Su titubeo se acalla cuando Walter lo golpea fuertemente en su pecho. El alumno se desploma sobre el costado derecho del inodoro y se agarra la parte afectada con sus dos manos. Lloriquea. Walter se agacha y le dice: “Maricón, mañana te veo”. Se incorpora y sale del cubículo pardo. Sus posteriores pasos son seguidos por sus servidores. Salen del baño y mientras se alejan del cuarto, los estudiantes se acercan al baño de manera tímida e ingresan al mismo para auxiliar a la demacrada víctima, una de las tantas personas acosadas por el bravucón de Walter.
Cada vez que Walter se aprovecha, en este caso y como regla estrictamente universal, de un individuo débil (a saber, sujetos destinadamente impopulares dentro de la clase y del vecindario sumergidos en la inocencia y en los libros rotulados como “cultos”), siente un gran poder, un completo control sobre la reñida situación. Nadie se atreve a desafiarlo, ya que eso implicaría un latente peligro que pone en jaque la injustificada dualidad dominador-dominado.
El desaliñado estilo de vestir de Walter (remera negra gastada, guardapolvo desplanchado y manchado con la tinta de su tapicera, jeans gastados de jugar a la pelota milésimas de veces y las zapatillas de tenis media rotas en sus costados) no contrasta mucho con su rostro alejado de la seriedad estudiantil, ya que posee oscuro cabello corto lamido por el gel que se pasa en su hogar, exorbitantes ojos color verde, pecas en sus mejillas y una sonrisa diabólica. Su enorme estatura le permite ser aún más divisible en los pasillos de la escuela, más en los dos recesos.
Ni bien dobla a la derecha, Walter se topa bruscamente con el director de la escuela, Gustavo Solanas, quien lo mira fieramente y lo lleva desde la punta de su oreja izquierda. Quiere aguantar el quejido, por lo que cierra sus ojos y muerde sus labios. Sus dos lacayos miran la escena de modo estupefacto. Mientras se dirigen al salón de congratulaciones, rectificaciones y castigos, los alumnos ven asombradamente la escena. No tarda mucho en que más de uno suelta una leve risita o se tapa la boca para que no se escape una carcajada y produzca un efecto dominó. Walter siente una extraña sensación en sus ojos que nunca había sentido antes, la de la vergüenza. Las risas se sostienen hasta cuando el director y el sujeto castigado arriban al lugar del destino. Gustavo abre la puerta del mismo e ingresa primero Walter y luego el rector. Una vez que la puerta se cierra tras ellos, los estudiantes ríen y luego murmuran por lo acaecido.
“Haceme el favor, Ozuna, sentante”. Sin quitarle la vista, Gustavo le señala la silla plástica verde a Walter, quien lo mira consternado y lleno de odio por la vergüenza que le hizo pasar frente a los alumnos. El director se sienta en su cómodo sillón giratorio de cuero con marrón. Luego pone sus grandes manos y los entrelaza sobre el escritorio. Lo mira fijamente a Walter, quien mira hacia abajo y masculla mentalmente en el silencio. Solanas rompe el silencio y le dice: “Ozuna… te soy sincero, estoy cansado de vos. No sé qué es lo que te pasa. No sé… En esta escuela privilegiamos la educación por excelencia. Tenemos a los mejores alumnos con mejores calificaciones del poblado y vos” – lo señala con su índice izquierdo – “andas por ahí, avergonzando la imagen de esta escuela pública. Maltratas… mirame cuando te estoy hablando, veo que eso nunca lo aprendiste ni acá ni en tu casa. Mirame y sentate como corresponde, maleducado” – Walter se acomoda en el asiento y lo mira – “A ver, Walter, decime… ¿por qué te comportás de eso modo, tan… mal? ¿Por qué?”.
Walter se rasca la cabeza con sus dos manos y le dice: “No lo sé”. Su breve confesión lo hace irritar a Gustavo, quien posee una conducta bastante tranquila, pero cuando está en presencia de un asunto que desborda la maldad injustificada, su bondadoso rostro se desfigura y da lugar a uno tétrico. “No lo sé. Esa es tu simple respuesta. No lo sé… Nunca escuche una respuesta tan elaborada como la que acabo recién de escuchar” – lo mira y no sale de su asombro – “Realmente, estoy sin palabras. Sin palabras porque un mocoso me hace pasar por un idiota. A ver, voy a ver si tu magnífica justificación es cierta o no”. Se levanta de su asiento y se dirige hacia el gabinete color ocre. Abre la puerta y busca el cuaderno de disciplina. Lo halla y cierra el gabinete. Vuelve al asiento y pone el robusto cuaderno forrado con color amarillo y lunares blancos. Un delgado folio cubre la libreta generadora de malestares.
Gustavo se sienta y abre el cuaderno. Pasa las hojas y se detiene en una de las primeras. “El 10 de marzo le pegaste a un alumno y le provocaste una rotura en su tabique nasal ¿Por qué? No lo sabes… El 26 del mismo mes le tiraste los pelos a una estudiante y la empujaste contra los bancos del aula ¿Por qué? No lo sabes…. El 7 de abril rompiste los vidrios de la puerta de tu aula con tu zapatilla ¿Por qué? No lo sabes… El 29 de abril moliste varias tizas blancas y le tiraste a otro alumno en su cara ¿Por qué? No lo sabes... El 11 de mayo le embarraste con chicle el pelo a una estudiante ¿Por qué? No lo sabes… El 28 de mayo le tiraste un pelotazo a una alumna en su cara ¿Por qué? No lo sabes… Junio…” – Gustavo mueve su cabeza a los costados laterales – “Junio… El 2 de junio le robaste el cuaderno de comunicaciones a un alumno y lo tiraste a la calle para que los autos pasen por encima de él, el 11 de junio le diste una patada a una alumna en su estomago porque no te cedió el asiento en el salón, el 19 de junio le escupiste la cara a la maestra de Química por una nota que crees que no era merecida, el 25 de junio ahogaste a un alumno en la pileta de natación que casi se muere y ahora me entero que golpeaste a un estudiante en el baño…Se te tuvo mucha paciencia y concesión. Creí por un momento que un día ibas a cambiar, pero no. No pasó nada de eso. ¿Por qué? No lo sabes. Bueno, Walter, te voy a decir por qué actuas de ese modo” – cierra el cuaderno y lo deja a un costado izquierdo del escritorio – “En realidad voy a dejarlo a tu cuenta, que pienses muy bien acerca de tus actos, pero antes de eso…” – abre de nuevo el cuaderno de disciplinas y escribe, luego habla en voz alta – “El alumno Walter Ozuna se lo ha suspendido de la escuela por tiempo indeterminado por haber golpeado a un alumno en el baño de hombres. Bien. Firmá” – le pasa el cuaderno a Walter, quien lo contempla estupefacto.
Walter mira las palabras redactadas por el director en el renglón inferior de la hoja. Luego la firma de Solanas y a un costado el espacio en blanco en donde debe firmar el responsable de la falta a la moral. Gustavo lo mira firmemente. Walter se tapa la boca y trata de contener las lagrimas. Luego lo mira al director, quien lo ve como a un ser despojado de su coraza jactanciosa. “Pido perdón, señor Director. Pero no quiero que me saquen de esta escuela. Se lo pido por Dios,” – se levanta de la silla y al costado derecho se arrodilla y junta sus manos – “no me suspenda. Le prometo que nunca maltrataré a nadie. Se lo juro”. Luego escuchan que alguien toca la puerta. Solanas ve a más de una sombra a través del vidrio opaco. “Sí, pasen” ordena el director.
Walter mira atrás y ve a caras muy conocidas. Son aquellas que vieron, en un pasado no muy distante, furtivamente la cara y después sus puños. Desde aquel alumno que sufrió un golpe en su nariz, pasando por la escupida profesora de Química, hasta el estudiante golpeado en el baño ingresan a la dirección. Solanas los acomoda alrededor del escritorio. Todas las miradas apuntan únicamente a Walter, a quien un nudo en la garganta se le hace. “Bueno Walter, quizás sepas ahora la causa que te motiva a hacer semejantes barbaridades en esta escuela ¿Podes ahora razonar?” le dice a Walter, quien se mantiene todavía arrodillado. El problemático joven percibe las miradas llenas de resentimientos acumulados en sus fríos rostros, puños cerrados y vidriosos ojos que resisten a maldecirlo. “Lo… hago… lo hago porque me gusta sentirme superior. Por eso…”, confiesa. “Hacer ¿qué?”, le pregunta Gustavo. “Maltratar, gastar y hacerle pasar vergüenza a la gente” dice. Todos tratan de contenerse ante las repulsivas palabras de su boca. “Bueno, lo admitís. Ahora quiero que a cada uno de los presentes le pidas perdón por lo que hiciste” le ordena a Walter, quien se levanta del piso y empieza a pedirles perdón cabizbajamente. Los rostros de las personas permanecen inmutados. Walter piensa en desaparecer, esfumarse ante la imprevista situación de incomodidad. Cuando termina de pedirles perdón, Solanas pide a los alumnos y a la maestra de Química que se retiren de la dirección. Luego de irse y cerrar la puerta, Solanas le dice a Walter que firme el cuaderno. Acto seguido, el joven lo hace y le dice: “Te doy un plazo de dos semanas para que cambies esa conducta que me atosiga. Si no lo respetas, te suspenso de por vida. Ahora retirate y andá al recreo” Walter suspira y le dice: “Gracias, señor por…” Gustavo corta abruptamente las palabras del joven diciéndole: “Retirate”. Walter retrocede, se da vuelta y abre la puerta y la cierra. Su nudo en la garganta permanece.
Walter ve alrededor las caras de esos alumnos que soltaron en el aire escolar grandes carcajadas. Aún la atmósfera está viciada con el mismo cariz. Quiere refugiarse en sus dos servidores, pero no los encuentra. Se aleja de esas risotadas precoces hasta llegar al patio de la escuela. Mira a su alrededor y no los ve. De repente, un pelotazo en su nariz le dificulta respirar y ver. “¿Quién fue el…?” Walter se detiene al ver enfrente de él un joven bastante y más robusto que él. Se acerca a él y le dice en forma increpante: “Sí, fui yo, pero ibas a seguir hablando y te interrumpí, ¿qué ibas a decir?” “No, nada…”, dice y empieza alejarse de ese extraño estudiante. “¿Cómo que nada?, ibas a decirme algo, dale, decímelo, dale” increpa nuevamente a Walter. Suelta a un costado la pelota y se acerca a él, mientras que el mismo empieza a avanzar rápidamente hasta ser perseguido por el patio. Esconderse en un lugar seguro, eso sí lo sabe.
Larga Vida a la Madurez!!!!!
La circulación en el baño de hombres es escasa. Los pocos que ingresan allí entran con la sola tarea de lavarse las manos tras mantener un entretenido fútbol y salir de ahí. Prefieren no entrometerse en el violento cubículo, a veces salpicado de sangre y ahuecada estupidez, ya que si lo hacen, pronto se convertirán en los nuevos y resignados monigotes. Saben que ese destino es demasiado perturbador, y más para aquel que debe lidiar con semejante carga en su garganta.
“¿Sabés lo que sos? Un tontito que anda por ahí, como un fracasado” – apoya su mano izquierda sobra el azulejo beige y lo mira – “a ver… repetí: “soy un fracasado”. Repetí” – muestra sus dientes – “o le digo a mi mano que hable por vos” – hace un ademán con su puño derecho cerrado – “¡Dale!” El estudiante de primer año del Polimodal teme que su vida sea desvanecida y baja sus brazos para demostrar su completa resignación. Empieza a repetir tales palabras rasgadas de vergüenza. “Soy… soy… soy un…”. Su titubeo se acalla cuando Walter lo golpea fuertemente en su pecho. El alumno se desploma sobre el costado derecho del inodoro y se agarra la parte afectada con sus dos manos. Lloriquea. Walter se agacha y le dice: “Maricón, mañana te veo”. Se incorpora y sale del cubículo pardo. Sus posteriores pasos son seguidos por sus servidores. Salen del baño y mientras se alejan del cuarto, los estudiantes se acercan al baño de manera tímida e ingresan al mismo para auxiliar a la demacrada víctima, una de las tantas personas acosadas por el bravucón de Walter.
Cada vez que Walter se aprovecha, en este caso y como regla estrictamente universal, de un individuo débil (a saber, sujetos destinadamente impopulares dentro de la clase y del vecindario sumergidos en la inocencia y en los libros rotulados como “cultos”), siente un gran poder, un completo control sobre la reñida situación. Nadie se atreve a desafiarlo, ya que eso implicaría un latente peligro que pone en jaque la injustificada dualidad dominador-dominado.
El desaliñado estilo de vestir de Walter (remera negra gastada, guardapolvo desplanchado y manchado con la tinta de su tapicera, jeans gastados de jugar a la pelota milésimas de veces y las zapatillas de tenis media rotas en sus costados) no contrasta mucho con su rostro alejado de la seriedad estudiantil, ya que posee oscuro cabello corto lamido por el gel que se pasa en su hogar, exorbitantes ojos color verde, pecas en sus mejillas y una sonrisa diabólica. Su enorme estatura le permite ser aún más divisible en los pasillos de la escuela, más en los dos recesos.
Ni bien dobla a la derecha, Walter se topa bruscamente con el director de la escuela, Gustavo Solanas, quien lo mira fieramente y lo lleva desde la punta de su oreja izquierda. Quiere aguantar el quejido, por lo que cierra sus ojos y muerde sus labios. Sus dos lacayos miran la escena de modo estupefacto. Mientras se dirigen al salón de congratulaciones, rectificaciones y castigos, los alumnos ven asombradamente la escena. No tarda mucho en que más de uno suelta una leve risita o se tapa la boca para que no se escape una carcajada y produzca un efecto dominó. Walter siente una extraña sensación en sus ojos que nunca había sentido antes, la de la vergüenza. Las risas se sostienen hasta cuando el director y el sujeto castigado arriban al lugar del destino. Gustavo abre la puerta del mismo e ingresa primero Walter y luego el rector. Una vez que la puerta se cierra tras ellos, los estudiantes ríen y luego murmuran por lo acaecido.
“Haceme el favor, Ozuna, sentante”. Sin quitarle la vista, Gustavo le señala la silla plástica verde a Walter, quien lo mira consternado y lleno de odio por la vergüenza que le hizo pasar frente a los alumnos. El director se sienta en su cómodo sillón giratorio de cuero con marrón. Luego pone sus grandes manos y los entrelaza sobre el escritorio. Lo mira fijamente a Walter, quien mira hacia abajo y masculla mentalmente en el silencio. Solanas rompe el silencio y le dice: “Ozuna… te soy sincero, estoy cansado de vos. No sé qué es lo que te pasa. No sé… En esta escuela privilegiamos la educación por excelencia. Tenemos a los mejores alumnos con mejores calificaciones del poblado y vos” – lo señala con su índice izquierdo – “andas por ahí, avergonzando la imagen de esta escuela pública. Maltratas… mirame cuando te estoy hablando, veo que eso nunca lo aprendiste ni acá ni en tu casa. Mirame y sentate como corresponde, maleducado” – Walter se acomoda en el asiento y lo mira – “A ver, Walter, decime… ¿por qué te comportás de eso modo, tan… mal? ¿Por qué?”.
Walter se rasca la cabeza con sus dos manos y le dice: “No lo sé”. Su breve confesión lo hace irritar a Gustavo, quien posee una conducta bastante tranquila, pero cuando está en presencia de un asunto que desborda la maldad injustificada, su bondadoso rostro se desfigura y da lugar a uno tétrico. “No lo sé. Esa es tu simple respuesta. No lo sé… Nunca escuche una respuesta tan elaborada como la que acabo recién de escuchar” – lo mira y no sale de su asombro – “Realmente, estoy sin palabras. Sin palabras porque un mocoso me hace pasar por un idiota. A ver, voy a ver si tu magnífica justificación es cierta o no”. Se levanta de su asiento y se dirige hacia el gabinete color ocre. Abre la puerta y busca el cuaderno de disciplina. Lo halla y cierra el gabinete. Vuelve al asiento y pone el robusto cuaderno forrado con color amarillo y lunares blancos. Un delgado folio cubre la libreta generadora de malestares.
Gustavo se sienta y abre el cuaderno. Pasa las hojas y se detiene en una de las primeras. “El 10 de marzo le pegaste a un alumno y le provocaste una rotura en su tabique nasal ¿Por qué? No lo sabes… El 26 del mismo mes le tiraste los pelos a una estudiante y la empujaste contra los bancos del aula ¿Por qué? No lo sabes…. El 7 de abril rompiste los vidrios de la puerta de tu aula con tu zapatilla ¿Por qué? No lo sabes… El 29 de abril moliste varias tizas blancas y le tiraste a otro alumno en su cara ¿Por qué? No lo sabes... El 11 de mayo le embarraste con chicle el pelo a una estudiante ¿Por qué? No lo sabes… El 28 de mayo le tiraste un pelotazo a una alumna en su cara ¿Por qué? No lo sabes… Junio…” – Gustavo mueve su cabeza a los costados laterales – “Junio… El 2 de junio le robaste el cuaderno de comunicaciones a un alumno y lo tiraste a la calle para que los autos pasen por encima de él, el 11 de junio le diste una patada a una alumna en su estomago porque no te cedió el asiento en el salón, el 19 de junio le escupiste la cara a la maestra de Química por una nota que crees que no era merecida, el 25 de junio ahogaste a un alumno en la pileta de natación que casi se muere y ahora me entero que golpeaste a un estudiante en el baño…Se te tuvo mucha paciencia y concesión. Creí por un momento que un día ibas a cambiar, pero no. No pasó nada de eso. ¿Por qué? No lo sabes. Bueno, Walter, te voy a decir por qué actuas de ese modo” – cierra el cuaderno y lo deja a un costado izquierdo del escritorio – “En realidad voy a dejarlo a tu cuenta, que pienses muy bien acerca de tus actos, pero antes de eso…” – abre de nuevo el cuaderno de disciplinas y escribe, luego habla en voz alta – “El alumno Walter Ozuna se lo ha suspendido de la escuela por tiempo indeterminado por haber golpeado a un alumno en el baño de hombres. Bien. Firmá” – le pasa el cuaderno a Walter, quien lo contempla estupefacto.
Walter mira las palabras redactadas por el director en el renglón inferior de la hoja. Luego la firma de Solanas y a un costado el espacio en blanco en donde debe firmar el responsable de la falta a la moral. Gustavo lo mira firmemente. Walter se tapa la boca y trata de contener las lagrimas. Luego lo mira al director, quien lo ve como a un ser despojado de su coraza jactanciosa. “Pido perdón, señor Director. Pero no quiero que me saquen de esta escuela. Se lo pido por Dios,” – se levanta de la silla y al costado derecho se arrodilla y junta sus manos – “no me suspenda. Le prometo que nunca maltrataré a nadie. Se lo juro”. Luego escuchan que alguien toca la puerta. Solanas ve a más de una sombra a través del vidrio opaco. “Sí, pasen” ordena el director.
Walter mira atrás y ve a caras muy conocidas. Son aquellas que vieron, en un pasado no muy distante, furtivamente la cara y después sus puños. Desde aquel alumno que sufrió un golpe en su nariz, pasando por la escupida profesora de Química, hasta el estudiante golpeado en el baño ingresan a la dirección. Solanas los acomoda alrededor del escritorio. Todas las miradas apuntan únicamente a Walter, a quien un nudo en la garganta se le hace. “Bueno Walter, quizás sepas ahora la causa que te motiva a hacer semejantes barbaridades en esta escuela ¿Podes ahora razonar?” le dice a Walter, quien se mantiene todavía arrodillado. El problemático joven percibe las miradas llenas de resentimientos acumulados en sus fríos rostros, puños cerrados y vidriosos ojos que resisten a maldecirlo. “Lo… hago… lo hago porque me gusta sentirme superior. Por eso…”, confiesa. “Hacer ¿qué?”, le pregunta Gustavo. “Maltratar, gastar y hacerle pasar vergüenza a la gente” dice. Todos tratan de contenerse ante las repulsivas palabras de su boca. “Bueno, lo admitís. Ahora quiero que a cada uno de los presentes le pidas perdón por lo que hiciste” le ordena a Walter, quien se levanta del piso y empieza a pedirles perdón cabizbajamente. Los rostros de las personas permanecen inmutados. Walter piensa en desaparecer, esfumarse ante la imprevista situación de incomodidad. Cuando termina de pedirles perdón, Solanas pide a los alumnos y a la maestra de Química que se retiren de la dirección. Luego de irse y cerrar la puerta, Solanas le dice a Walter que firme el cuaderno. Acto seguido, el joven lo hace y le dice: “Te doy un plazo de dos semanas para que cambies esa conducta que me atosiga. Si no lo respetas, te suspenso de por vida. Ahora retirate y andá al recreo” Walter suspira y le dice: “Gracias, señor por…” Gustavo corta abruptamente las palabras del joven diciéndole: “Retirate”. Walter retrocede, se da vuelta y abre la puerta y la cierra. Su nudo en la garganta permanece.
Walter ve alrededor las caras de esos alumnos que soltaron en el aire escolar grandes carcajadas. Aún la atmósfera está viciada con el mismo cariz. Quiere refugiarse en sus dos servidores, pero no los encuentra. Se aleja de esas risotadas precoces hasta llegar al patio de la escuela. Mira a su alrededor y no los ve. De repente, un pelotazo en su nariz le dificulta respirar y ver. “¿Quién fue el…?” Walter se detiene al ver enfrente de él un joven bastante y más robusto que él. Se acerca a él y le dice en forma increpante: “Sí, fui yo, pero ibas a seguir hablando y te interrumpí, ¿qué ibas a decir?” “No, nada…”, dice y empieza alejarse de ese extraño estudiante. “¿Cómo que nada?, ibas a decirme algo, dale, decímelo, dale” increpa nuevamente a Walter. Suelta a un costado la pelota y se acerca a él, mientras que el mismo empieza a avanzar rápidamente hasta ser perseguido por el patio. Esconderse en un lugar seguro, eso sí lo sabe.
Larga Vida a la Madurez!!!!!
2 comentarios:
Hola fer!! tanto tiempo!! cmo va??
yo acá, tratando de ponerme al día con tu blog!!
escribís maravilloso, dejame repetírtelo!!
yo ando colgada...tuve algunos "asuntos" q capaz se resolvían escribiendo a modo de terapia...
pero voy a escribir más seguido....y prometo mandar mail o algo y ponernos al tanto de nuestras vidas!!
Espero q estés bien!! te mando un abrazo!!
Larga vida a Fer!!
Hola fer!! gracias x tu comentario...
larga vida a la nostalgia...pero ahira...chan...las 2das partes trajeron más tormentas...
visto está q el fortuito no es el q volvió...sino q aún quizás no aparece
nos estamos escribiendo Fer...besos!!
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