
La fina cuerda se tensa en forma segura. La flecha de liviana madera con una punta bañada de frambuesa está lista. El arco dibuja un perfecto semicírculo. Mientras apunta con su mano derecha, el amorcillo libera la pasión contenedora al soltar su mano izquierda. La jara se desprende del arco y atraviesa el vanidoso aire. Deja una estela de chispas tras su heroico paso. En un abrir y cerrar los ojos, el amorcillo cumple con su gloriosa labor. Más que labor, placer. Impacta en el pecho de dos jóvenes y sienten que sus corazones se alumbran de una forma especial. Se ven y se enamoran a primera vista.
Guarda su arco y sus flechas en su carcaj de algodón color marrón y se marcha revoloteando sus resistentes alas. Se eleva hasta las nubes. Su corto y ondulado cabello dorado apenas se mueve en el cielo. Se sienta en una nube y mira desde lo alto personas ávidas de besos y caricias. Su vista de lince le permite ver a aquellas almas solitarias que desconocen la comprensión del afecto. Divisa en una plaza a un hombre adulto que teme aproximarse a una mujer que juega con su pequeño hermano en el sube y baja. Con mucha valentía, se acerca a la dama. El amorcillo se levanta de la densa nube y vuela hacia ese espacio floreado. Llega. Desenfunda su arco y una flecha. Lo pone en la cuerda y lo tensa. Apunta a la espalda de la señora en conjunto con el pecho del acobardado mortal y la cuerda se relaja. La saeta los une y una tierna conversación se inicia.
La crepuscular tarde es abocada por la inocente figura. Decenas de almas sienten un ardor en sus corazones y pómulos. Se entregan a las dulces palabras, a los besos y a los abrazos. ¡Cuántas almas enamoradizas! El ángel siente un profundo bienestar demostrándolo con una amplia sonrisa. Se le iluminan sus ojos celestes. Aletea sus abrigadoras alas y pasea por cada rincón de la ciudad. Le es medio difícil enlazar dos almas en un espacio tan hostil y vertiginoso. Ninguno cae en la empalagosa tentación de conocer a alguien y entablar una amistad que más tarde se cubrirá de puro amor. Nada a la vista, salvo dos gatos que ronronean al verse. No tardan en lamerse el uno con el otro en sus delgados cuellos.
Deja la atropellada vereda y vuela hacia la avenida, donde un desperfecto en el semáforo ha provocado un convulsionado embotellamiento. Los insultos pasan de auto en auto. La desesperación reina en el ambiente. Un joven que no ve la hora de correrse de la banquina y acelerar lo más rápido posible. Justo cuando está a punto de pisar el acelerador, un coche choca la parte trasera del auto, por lo que le provoca una bolladura de gran consideración. El joven se da vuelta. Abre la puerta. Baja del carro y ve el desastre. Luego ve al sujeto, quien padece una completa consternación y miedo. Avanza hacia al conductor y le pide que baje la ventanilla. Le hace caso.
No puede articular ni una palabra. La triste mirada de la conductora lo emociona, pero quiere mantener su dura actitud. La flecha sale del arco y los atraviesa. Ambos se miran. Ella le abre la puerta y se corre para el asiento derecho para que entre. Ingresa al coche y charlan en forma acaramelada. Todos los pasajeros y conductores alojados en las dos cuadras de atasco maldicen, salvo el auto amarillo en donde abriga al novato afecto. Luego de quince minutos, llega el técnico para reparar la avería del semáforo. Abre la caseta. Arregla los cables y las luces vuelven al estado normal. Los conductores de tranquilizan y ponen en marcha los motores. Todos avanzan y quieren llegar a su lugar de destino, salvo la pareja del auto amarillo, la cual no para de hablarse y sonreír.
La luna se despierta y levemente acerca su clara figura. El cansancio no lo ha derrotado al amorcillo, por lo que persiste en su búsqueda de concatenar dos alientos. Va a otra plaza. El frío no cala sus huesos porque irradia mucho entusiasmo y divinidad. Distingue a un grupo de jóvenes que están sentados sobre las raíces de un frondoso árbol. Charlan y se ríen entre anécdotas. En ese reconfortante grupo, hay una chica que permanece desapercibida. Es muy callada y tímida. Se percibe en ella un dulce ensimismamiento. Enfrente de ella, un chico la mira con una sonrisa, pero no se anima a acercarse para charlar por lo menos tres palabras. El serafín intuye que algo especial e idílico va a acaecer. Advierte que en su funda no hay más flechas. Pronto agita sus alas y se dirige al azulino cielo. Traspasa las nubes espesas y llega a la superficie.
Se despoja por un momento el carcaj y lo deposita sobre la nube. Luego una nube desciende y toma forma una funda con cincuenta flechas. Esta vez, las puntas son untadas con sabor a almendra. Recoge la nueva y liviana funda y pone la estrecha caja vacía sobre esa nube y asciende lentamente. Lo mira desde abajo con una sonrisa e baja su cabeza como signo de agradecimiento. Siente un rico perfume en el interior de la funda. Tiene una gran curiosidad, por lo que revisa y encuentra un puñado de pequeñas rosas. Las pone de vuelta en su lugar. Además de las rosas, encuentra un silbato de plata en forma de varilla. Lo saca y lo mira. Está amarrado a una cadena de oro. Lo pone en su boca y lo sopla. En seguida, dos blancas palomas salen de debajo de la nube y se posan sobre la superficie. Lo miran con gran admiración. Esperan a que sople el silbato. Lo pone alrededor de su cuello. Se acerca al borde del celaje y el cielo azulino se mezcla con el crepúsculo anaranjado. Se inicia el anochecer.
Bate sus alas y hace sonar el silbato. La melodía es casi inaudible, pero las dos palomas abren bien sus ojos y abren sus alas para despegar. El amorcillo baja y lo acompañan sus dos nuevos amigos. Mientras atraviesa el inspirador cielo, teme por aquella posible pareja que tal vez se haya disipado. La duda le da la concreta razón. Llega a la plaza y no hay nadie. Mira a los costados. Agarra el silbato y lo suena. Es la señal para que las palomas busquen a la redonda por aquellos dos inciertos jóvenes. Las aves toman diferentes direcciones para hallarlo. El ángel no se queda atrás y toma otra ruta alternativa.
Una de las palomas que había tomado el itinerario hacia la izquierda no encuentra a nadie con las características similares a los dos jóvenes. Sólo ve un policía que patrulla por los senderos de la plaza. También ve una lechuza que mantiene sus recónditos e inquietantes ojos. Semejante alerta lo vislumbra. La otra paloma ve a una pareja que están discutiendo. Se apena al pensar que son ellos. Aterriza y se esconde atrás del árbol. Se acerca. Mira desde abajo. No se puede ver nada. Está oscuro. Sacude sus alas y vuela alrededor de ellos. Se tranquiliza con que es otra pareja. Al minuto se arreglan con un beso.
Si las dos palomas tuvieron como búsqueda un área bastante iluminada por los antiguos faroles, al niño angelical le ha tocado un círculo sombrío. En ningún momento decide abandonar la exploración. Entremedio de los árboles, contempla la absoluta caída de la tarde. El cielo anaranjado se vuelve azul oscuro. Los grillos empiezan a destilar sus cantos. Pronto escucha unos murmullos. Mira a los costados y ve a una pareja. Cree que son aquellos tímidos jóvenes. Avanza hacia ellos y avista la escena. Se apoyan sobre la corteza de un árbol. Hablan silenciosamente para no despertar a nadie. No se miran el uno a otro. Son demasiados tímidos.
Agarra su silbato y enciende la melodía. En menos de diez segundos aparecen las palomas. También ven a la pareja y se alivian por fin. El amorcillo vuela a un costado izquierdo, mientras las aves lo acompañan. Está enfrente de la espalda del joven. Saca una flecha y lo coloca en el arco. Tensa la cuerda y apunta al fin. La cuerda se rompe y la flecha cae al suelo. Se asombra por lo que ha pasado. No sabe que hacer. Piensa. Si va al cielo para reparar el arco, es probable que aquellas almas no puedan saber lo que es amar… a menos que remplace la inservible cuerda por un material más dúctil. Las palomas buscan en los alrededores por esa clave. Una de ellas encuentra una madeja de hilo liviano. Con su oscuro pico lo agarra y se lo lleva. Desata la desafortunada sirga y lo pone adentro de la funda. Ata la nueva cuerda a los extremos del arco. Listo para funcionar.
Agarra la flecha que había caído al suelo y lo coloca adentro del arco. Nuevamente apunta y tensa la madeja. La jara inicia su travesía dejando atrás las hermosas chispas hasta llegar a los corazones de los dos jóvenes. Se miran y él le acaricia su dulce rostro. Ella sonríe. Se miran a los ojos y a sus labios. Ambos se besan. Luego, se abrazan. Ya es la hora de partir. Un día muy emocionante ha tenido el amorcillo. Pliega su arco y lo pone en su carcaj. Levanta vuelo, al igual que sus aves, y despega hacia el cielo para poder descansar. En pleno vuelo, agarra el silbato y lo suena. Una de las palomas se mete en la funda y agarra con su pico una rosa y lo suelta en el aire. Llega a los pies de la pareja. Luego de besarse, el novio ve la rosa. Se agacha y lo recoge. Se lo da a su novia, quien lo huele y sonríe, con lo que le devuelve el gesto con un apasionado beso.
Larga Vida al Amor a Primera Vista!!!!!
2 comentarios:
AHHHHHHHHHHHH el amor, el amorcillo que tarea dificil tiene, encontrar el punto justo con su flecha, me gusto mucho este escrito Fer, muy bien relatado, te felicitooo, besos!!!!
Majo
www.refugiodelkaos.blogpsot.com
Hola Majo!
Gracias por pasar!!!!!
Si no existiesen los amorcillos, ¿habría amor?
Besos.
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