miércoles, 10 de diciembre de 2008

La Turista


Si la vida fuera como un claro cielo despejado, no habría oscuros nubarrones que la entorpezca” escribe Cecilia en su pequeño diario. Más que diario es un diario de ruta. Los márgenes de las hojas están llenos de garabatos, algunos abstractos, otros reconocibles como árboles, un sol o un corazón. Lo que no tiene desperdicio es su letra cursiva. Es tan hermosa como su rostro. Aunque su rostro por el momento muestra signos de cansancio, producto de ser una simple trotamundo que deambula por los sitios más inhóspitos del planeta.

Sentada sobre una roca y rodeada por pasto, Cecilia encabeza a la última reflexión En las suaves nubes y la firma. Luego cierra su diario color ocre y lo introduce en su morral de cuero. Tantos recuerdos ha depositado en él. Muchos se esfumaron con el paso del tiempo, otros siguen estando presentes. La foto de su abuela, sentada en una silla de mimbre; envoltorios de dulces sabor a manzana verde, frutilla, cereza, entre otros comidos a lo largo de su viaje; un boleto de un ferry en el que conoció a un chico; una botella de agua amen de poder refrescarse cuando descansa; un desodorante, un dentífrico y un verde cepillo de dientes comprados en un autoservicio cercano a su hogar; un vaso de vidrio que agarró de la alacena de su cocina; un lápiz para dibujar y garabatear en su diario; una lapicera para escribir en su diario; su Mp4 color lila con canciones de The Beatles, Radiohead, Pink Floyd, etc.; un pequeño cargador de batería recargado; un paquete de pañuelos desechables, un lápiz labial sabor coco; su parda billetera con un par de pesos suficientes para continuar su arduo viaje; una tableta de aspirinas con diez comprimidos, su celular negro, su DNI; seis viejos boletos de colectivos con la tinta corroída; su agenda azul con los nombres y números de teléfono de sus parientes y amigas, un par de anteojos negros para evitar los rayos del sol; y un llavero con una figura de un camello y un corazón.

Luego de cerrar su morral y ponérselo en su hombro izquierdo, se levanta y contempla sentada el paisaje que tiene frente suyo. Seguramente la Madre Naturaleza empezó a crear todos los ecosistemas de la Tierra empezando por este bello lugar. Bello parecería ser un adjetivo corto. De hecho no hay palabras para describir aquel lugar. Todo el pasto desciende varios metros hacia un gran río cristalino. Pequeños guijarros se apreciar a lo largo del sinuoso camino verde. Del otro lado del río, una gran meseta se levanta para formar una pequeña montaña. El lugar es silencioso. El sol brilla como el corazón de Cecilia. Atrás de ella, se encuentra una carretera por donde ella había estado caminando. Al costado hay palos apostados en la tierra con el tendido de cables electricidad. Y atrás de la carretera, hay una plantación de girasol y allá a lo lejos una pequeña cabaña. Cecilia contempla el pasto y un par de flores. También observa el reflejo del sol sobre el río. Luego aprecia el cielo tan celeste que apenas se pueden asomar un par de nubes. Ve una bandada de pájaros haciendo una V. “Es la V de la victoria de volar” dice y sonríe. Una fresca ventisca siente y se abrocha su campera marrón oscura y pone sus delicadas manos en los bolsillos de la misma. Apenas la ventisca le mueve su flequillo rojizo. Su peinado está contenido por una bimba negra. Afortunadamente, no siente frío en sus piernas porque tiene puesta un par de medias largas y una minifalda de jean azul. Sus zapatillas negras de básquet aún soportan el viaje de ella. La ventisca es tan momentánea como un suspiro de aquella alma. Mira a sus alrededores y no ve pasar ningún vehículo. “Hay que seguir” dice y deja aquel edén.

Camina al costado de la ruta con sus manos metidas en los bolsillos. Ve pasar un cadillac rojo con dos tripulantes. Un joven maneja el vehículo y una muchacha duerme sobre el hombro de él. Tras media hora de caminata, se detiene y saca de su morral la botella de agua. Lo desenrosca y bebe un par de sorbos mientras ve hacia arriba el cielo. La mitad de la botella esta llena. Lo tapa y lo mete en su morral. Se percata de que a cincuenta metros hay un gran cartel blanco con letras azules. No tiene en prisa en tratar de descifrar qué es lo que dice el cartel. Total, el cartel no se va a escapar. También se percata que la carretera empieza a subir. Luego de quince minutos, ve el cartel que dice: Loretta 100 metros. Y a lo lejos, ve pequeñas casas y un cartel de motel. Ve su reloj y marcan las 18:45 hs. Ya es tarde para seguir deambulando.

Luego de media hora, llega a Loretta y va hacia el motel llamado Descanso. Abre la puerta de vidrio e ingresa a un pasillo con alfombra roja. Nadie se encuentra en el vestíbulo. Los cuatro sillones están desocupados. Se acerca al mostrador y hace sonar el timbre. Toca la segunda vez y sale de una puerta el conserje. Le pide un cuarto y él le da el del número 6. Le da la llave y le paga $ 35 por la noche. Ella sube por las escaleras y atraviesa un pasillo. Las paredes son de color ocre y la alfombra es de color verde oscuro. Llega a su habitación. Abre la puerta con la llave correspondiente y prende la luz. La habitación está muy limpia. A la izquierda hay una televisor de 29 pulgadas y sobre ella, una mesa ratona con un par de revistas, un mueble angosto para guardar la ropa, en frente tiene el baño un ventanal con cortinas rosadas, y a la derecha está la cama y una mesa de luz con un pequeño farol. Ella cierra la puerta con la llave y deja su morral sobre la cama. Se saca su abrigo y lo pone en la silla dispuesta al costado de la cama. Saca de su morral el Mp4 y se pone los auriculares. Lo prende y escucha Cry Baby Cry de The Beatles, ideal para soñar. Luego se tiende sobre la cómoda cama y mira el celeste cielorraso de la habitación. Cierra sus ojos color miel y descansa tras una ardua caminata. Suspira y duerme. A los dos minutos, su celular suena. Ella despierta sobresaltada. Se levanta y abre su morral. Saca el celular y lo abre. Es un mensaje de texto de aquél joven que había conocido en el ferry, quién aún no supo su nombre. Ella lo reconoce como el chico del ferry. Lee el mensaje: Hola, Ceci. Espero que te encuentres muy bien. Ni bien me baje del ferry, ya te estuve extrañando y ahora que estoy escribiéndote, aún más. No veo la hora de que un día nos veamos y sigamos charlando y conociéndonos. Me gusto haberte conocido. Quisiera verte un día. Besos. Te quiero. Mauro.Mauro, Mauro,…” susurra Cecilia tras haber conocido el nombre del chico del ferry.

Una vez más se tiende sobre la cama con su celular abierto y apoyado sobre su pecho. Mira a su costado y ve a las cortinas movidas por una brisa. La ventana esta abierta. Se levanta y se acerca al ventanal. Corre la cortina y ve el suelo cubierto de pasto muy verde y más adelante, pequeñas montañas a lo lejos. Nuevamente el bello paisaje se repite, pero la sensación de grandilocuencia es aún más grande. No desdeña en haber salido de su casa sólo para dar un gran y buen paseo por estas tierras. Contempló casas, edificios, lagos, cascadas, tormentas, lluvias, petirrojos, mariposas, girasoles, grandes plantaciones de maíz, árboles, rosas, carreteras, entre otras cosas de la naturaleza. Se había olvidado de llevar su cámara de fotos. Pero eso no importa. Porque todas esos grandes paisajes nunca se le borrarán de su mente y se sedimentaran por el resto de su vida. Todavía Cecilia tiene mucho por recorrer. Sabe que la felicidad y la vida están afuera.

Larga Vida al Turismo!!!!!

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