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Las gotas apenas pueden sostenerse en pie. Siguen su recorrido a lo largo de la ventana. El marco de la misma no puede detener el recorrido de las gotas. Pareciera que las gotas del tamaño de un alfiler estuviesen intimidadas por las gotas del tamaño de un botón. Algunas gotas no corren por el mismo destino que las otras. Se quedan impregnadas en la superficie del vidrio y no tiene la menor intención de bajar hacia al piso. Parece que el agua encontró su amor por el vidrio. Las gotas que se derraman como una fina lágrima sobre el vidrio no sienten nada por él. Prefieren el piso o la tierra contenida en las macetas como contención.
El vidrio empapado de agua torna invisible el paisaje que se puede dilucidar a través de la ventana. Sólo parece un boceto de un cuadro expresionista. Resulta extraño que Edward Much no lo haya dibujado. Llueve como si el cielo estuviera pidiendo reflexión e intimismo a todas las almas que por ahora están encerradas en sus casas apretadas de aburrimiento u ocio. Algunas almas agradecerán ese lapso que proporciona la lluvia para entablar alguna que otra conversación acerca del pasado o el futuro, otros la detestarán porque no tienen otra cosa que estar en sus casas sin hacer nada, sólo estar contemplando detenidamente la lluvia, y otros estarán complacidos con tal espectáculo de la naturaleza. Ese es el caso de Ingrid.
Ingrid se maravilla por la lluvia. Está sentada sobre un cómodo sillón color pardo. Tiene a mano una taza de capuchino. Se deleita tanto con la lluvia como con el pequeño sorbo de la bebida. Está vislumbrando la caída de millones de gotas provenientes del cielo oscuro. Mientras ve tal espectáculo, trata de encontrar alguna que otra forma visible que fuera digna de verse a través de la ventana. Pero nada. La lluvia oculta a todos aquellos seres vivos e inertes de su timidez. El color blanco y celeste domina el paisaje. Ingrid deja la taza en el individual colocado en el escritorio. Contempla la lluvia con cierto cariño y con el índice de su mano izquierda dibuja un corazón. Le sale bien. Un corazón empapado de lágrimas, pero de alegría. Derrama gotas de júbilo.
Silencio. El único ruido proviene de la lluvia. Tal melodía envuelve la atmósfera de la casa. La única iluminación proviene del cielo. La luz se cortó a los diez minutos empezada la lluvia. Ingrid es conciente de que todos los individuos de la zona están en sus hogares, ya sea charlando, jugando o teniendo un encuentro íntimo. Sabe perfectamente que si uno se atreviese a dejar su casa se expone al resfrío, gripe u otra grave enfermedad. Pero luego ella piensa: “Esta tremenda lluvia no se vio en un año. ¿Por qué no arriesgarse a caminar en medio de ella, sin temor, sentir que todas las gotas recaen como si fueran caricias que deleitan el alma?” Ella asienta su cabeza. Se levanta de su sillón, agarra tu taza y bebe hasta la última gota del capuchino. Se dirige hacia la cocina y lava la taza. Luego va hacia su habitación para abrir el placard y sacar un rompevientos. El verde oscuro le queda bien. Lo saca de su perchero, lo pone en su cama y el perchero vuelve a su lugar correspondiente. Se pone la prenda. Se abotona y está a punto de salir de su habitación. Pero luego se detiene. Dirige su mirada hacia el paraguas colocado en un cesto. Pero rápidamente lo ignora. Atraviesa el comedor, abre la puerta del mismo para salir al porche y cierra la puerta con sus llaves. Llueve como si fuera la última vez en la vida de la Tierra. Pasa por el hall y abre el portón. Lo cierra con mucho cuidado. Siente el frió de las barras del portón. Debe ser el único objeto que se siente triste porque se está oxidando poco a poco debido al agua caída. Ingrid marcha con total alegría.
Camina por la vereda esquivando algunos charcos. En todos los charcos se aprecia más de una onda superficial. Una sutil vibración. A pesar de la lluvia intermitente, ella no se refugia en un techo de un comercio o de una galería. Para nada. Ella quiere sentir en su pelo castaño claro y su bello rostro la lluvia. Sigue su camino por los alrededores de su hogar. Nadie a la vista. Todos están sus casas, tratándole de sacar algún provecho al presente clima. Los únicos seres que están en las calles son los perros, que contemplan adentro de las carpas de los negocios la lluvia, y los autos, seres que no pueden hacer otra cosa que estar inertes ante la tempestad. Los árboles apenas se sacuden por el viento. Prácticamente no hay viento. Sólo una brisa que acaricia a los seres más desprevenidos. Ella la siente con total confort.
Ingrid sigue caminando y tocando la lluvia con sus delicadas manos. Ve un tronco caído y camina sobre él con un preciso equilibrio. Ella se balancea con sus brazos mientras hace tal tarea. Termina la calle. Ve en frente suyo mucho pasto y árboles frondosos. “La curiosidad mató al gato”, piensa. “Pero vale la pena”. Atraviesa los árboles. Está oscuro, pero no tiene temor. Los árboles tapan un poco la lluvia. Camina cuidadosamente para no tropezarse con una raíz. La tierra está negra, con hojas y gajos partidos. Un poco más allá, ve luz. No tiene prisa en saber qué es lo que hay allá.
Luego de atravesar toda la arboleda, se encuentra con una pendiente. Todo el cielo gris y la lluvia pareciera concentrase en ese lugar. Luego de la pendiente, hay otra arboleda más. Ella sonríe. Escucha un trueno que hace que todos los árboles e insectos teman. Parece ser una señal para Ingrid. Ella cierra los ojos y baja por la pendiente rápidamente. Se ríe. Mientras lo hace, sus manos tocan la lluvia. Termina la pendiente. Está agitada. Gira su cabeza alrededor del lugar. Sólo pasto y hermosos árboles. Se queda contemplando el cielo con su bella mirada hacia arriba. Mira luego la arboleda que tiene en frente suyo. “Valió la pena” suspira con una gran sonrisa. No le hace nada la lluvia. La arboleda no es un obstáculo y la atraviesa con una tierna sonrisa en su rostro. Ella, dichosa de la vida, al igual que la lluvia.
Larga Vida a la Lluvia!!!!!
El vidrio empapado de agua torna invisible el paisaje que se puede dilucidar a través de la ventana. Sólo parece un boceto de un cuadro expresionista. Resulta extraño que Edward Much no lo haya dibujado. Llueve como si el cielo estuviera pidiendo reflexión e intimismo a todas las almas que por ahora están encerradas en sus casas apretadas de aburrimiento u ocio. Algunas almas agradecerán ese lapso que proporciona la lluvia para entablar alguna que otra conversación acerca del pasado o el futuro, otros la detestarán porque no tienen otra cosa que estar en sus casas sin hacer nada, sólo estar contemplando detenidamente la lluvia, y otros estarán complacidos con tal espectáculo de la naturaleza. Ese es el caso de Ingrid.
Ingrid se maravilla por la lluvia. Está sentada sobre un cómodo sillón color pardo. Tiene a mano una taza de capuchino. Se deleita tanto con la lluvia como con el pequeño sorbo de la bebida. Está vislumbrando la caída de millones de gotas provenientes del cielo oscuro. Mientras ve tal espectáculo, trata de encontrar alguna que otra forma visible que fuera digna de verse a través de la ventana. Pero nada. La lluvia oculta a todos aquellos seres vivos e inertes de su timidez. El color blanco y celeste domina el paisaje. Ingrid deja la taza en el individual colocado en el escritorio. Contempla la lluvia con cierto cariño y con el índice de su mano izquierda dibuja un corazón. Le sale bien. Un corazón empapado de lágrimas, pero de alegría. Derrama gotas de júbilo.
Silencio. El único ruido proviene de la lluvia. Tal melodía envuelve la atmósfera de la casa. La única iluminación proviene del cielo. La luz se cortó a los diez minutos empezada la lluvia. Ingrid es conciente de que todos los individuos de la zona están en sus hogares, ya sea charlando, jugando o teniendo un encuentro íntimo. Sabe perfectamente que si uno se atreviese a dejar su casa se expone al resfrío, gripe u otra grave enfermedad. Pero luego ella piensa: “Esta tremenda lluvia no se vio en un año. ¿Por qué no arriesgarse a caminar en medio de ella, sin temor, sentir que todas las gotas recaen como si fueran caricias que deleitan el alma?” Ella asienta su cabeza. Se levanta de su sillón, agarra tu taza y bebe hasta la última gota del capuchino. Se dirige hacia la cocina y lava la taza. Luego va hacia su habitación para abrir el placard y sacar un rompevientos. El verde oscuro le queda bien. Lo saca de su perchero, lo pone en su cama y el perchero vuelve a su lugar correspondiente. Se pone la prenda. Se abotona y está a punto de salir de su habitación. Pero luego se detiene. Dirige su mirada hacia el paraguas colocado en un cesto. Pero rápidamente lo ignora. Atraviesa el comedor, abre la puerta del mismo para salir al porche y cierra la puerta con sus llaves. Llueve como si fuera la última vez en la vida de la Tierra. Pasa por el hall y abre el portón. Lo cierra con mucho cuidado. Siente el frió de las barras del portón. Debe ser el único objeto que se siente triste porque se está oxidando poco a poco debido al agua caída. Ingrid marcha con total alegría.
Camina por la vereda esquivando algunos charcos. En todos los charcos se aprecia más de una onda superficial. Una sutil vibración. A pesar de la lluvia intermitente, ella no se refugia en un techo de un comercio o de una galería. Para nada. Ella quiere sentir en su pelo castaño claro y su bello rostro la lluvia. Sigue su camino por los alrededores de su hogar. Nadie a la vista. Todos están sus casas, tratándole de sacar algún provecho al presente clima. Los únicos seres que están en las calles son los perros, que contemplan adentro de las carpas de los negocios la lluvia, y los autos, seres que no pueden hacer otra cosa que estar inertes ante la tempestad. Los árboles apenas se sacuden por el viento. Prácticamente no hay viento. Sólo una brisa que acaricia a los seres más desprevenidos. Ella la siente con total confort.
Ingrid sigue caminando y tocando la lluvia con sus delicadas manos. Ve un tronco caído y camina sobre él con un preciso equilibrio. Ella se balancea con sus brazos mientras hace tal tarea. Termina la calle. Ve en frente suyo mucho pasto y árboles frondosos. “La curiosidad mató al gato”, piensa. “Pero vale la pena”. Atraviesa los árboles. Está oscuro, pero no tiene temor. Los árboles tapan un poco la lluvia. Camina cuidadosamente para no tropezarse con una raíz. La tierra está negra, con hojas y gajos partidos. Un poco más allá, ve luz. No tiene prisa en saber qué es lo que hay allá.
Luego de atravesar toda la arboleda, se encuentra con una pendiente. Todo el cielo gris y la lluvia pareciera concentrase en ese lugar. Luego de la pendiente, hay otra arboleda más. Ella sonríe. Escucha un trueno que hace que todos los árboles e insectos teman. Parece ser una señal para Ingrid. Ella cierra los ojos y baja por la pendiente rápidamente. Se ríe. Mientras lo hace, sus manos tocan la lluvia. Termina la pendiente. Está agitada. Gira su cabeza alrededor del lugar. Sólo pasto y hermosos árboles. Se queda contemplando el cielo con su bella mirada hacia arriba. Mira luego la arboleda que tiene en frente suyo. “Valió la pena” suspira con una gran sonrisa. No le hace nada la lluvia. La arboleda no es un obstáculo y la atraviesa con una tierna sonrisa en su rostro. Ella, dichosa de la vida, al igual que la lluvia.
Larga Vida a la Lluvia!!!!!
1 comentario:
Buenisimo aguante la lluvia!!! ahora aqui lloviendo y me dan ganas de ser Ingrid, solo que con paraguas, pero me gusta salir a caminar llueva o truene, besos!, excelente escrito! hasta pronto!!.
Majo
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