Los dolores van y vienen. A veces son temporales, a veces permanentes. ¡Bendito Dios y la precisa suerte quisieran que no haya achaques! Pero no. Tiene que haber cierto equilibrio en la vida. A veces en esa delicada balanza, uno u lo otro pesa mas y hay que aceptarla con control y delicadeza... Pero somos seres humanos. Y dentro de esa humanidad, hay cierta persona especial que mantiene ese equilibrio. Desearíamos ser Florencia.
Y eso piensa ella.
Dejando de lado ese malestar físico traducido en un fuerte dolor de muela, esboza en su risueña mente sobre un mundo sin dolor. Sin ningún agente patógeno o un sujeto portador de violencia. Aunque su oscuro lecho esta bastante desordenado producto de su cuerpo inquieto de dolor, tiene bastante claro su temprano boceto de esa tierra leja de desdicha. Aún así, vuelve ese dolor.
-Basta -murmura tristemente y prende el velador con forma de lava color azul.
Se levanta de un leve salto, despertando sus fuerzas escondidas, y desea estar un poco mejor. Camina descalza. Tose un poco y se tapa la boca con la mano derecha. Siente su garganta seca. Aun estando su habitación levemente encendida, cae en una pequeña desgracia. Se golpea el dedo índice derecho de su pie con la pata de un antaño escritorio color caoba. Un golpe seco, cual su grito silencioso.
-La puta madre -bocifera y golpea con su puño izquierdo el borde del mueble. Brotan sus primeras lágrimas. Por un momento quiere mandar todo a la mierda e irse a la cama. Solo un instante. Pero no.
Cruza el pasillo. Se asusta al ver a su gato mirando sus pies. Más precisamente, su dedo hinchado. Quiere esquivarlo, pero le resulta complicada esa maniobra. La mascota quiere jugar con su dedo. Se levanta en dos patas y amaga con arañar su pie. Fue solo un corto entretenimiento. Escucha la brisa nocturna proveniente de la corta ventana de la cocina y corre hacia allí. Abre con su pata derecha la ventana y solo quiere perseguir a ese viento molesto. Florencia hace una mueca parecida a una sonrisa.
Va hacia la cocina y abre el congelador de la heladera. Su remedio. Una bolsa de hielo que compró para calmar su otrora dolor en la rodilla.
Cierra la puerta. Se pone la bolsa en su mejilla izquierda. Mira el cielo nublado para encontrar un poco de alivio. Apenas lo logra. Se sienta en la silla de madera y apoya su brazo izquierda sobre el costado de la mesa.
Lagrimea.
-No pego ni una, la puta madre -murmura.
Y con ese dolor punzante en ambas partes del cuerpo, pero con mucha precaución va hacia la pieza de su hijo. Aquella zona en que el malestar se desvanece. Su mundo pronto empieza a batir sus alas. Bella vuelve a ser. Adiós dolor.
C'est la vie!

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