
Mórbida. Luce extrañamente bella. Contempla la sombra sobre sus parpados. Carece de cosméticos, pero no reniega de ello. Ella es natural, pero siente pesadez en su espalda. La carga de haber nacido así. Ni tan alegre, ni tan triste. La bipolaridad se presta a la confusión, pero en realidad no sufre esa aflicción. El limite que borda entre la ensoñación y la pesadilla, entre la esperanza y la desilusión. La comodidad de vivir entre las orillas de la extrañeza. ¿A quien culpar sobre su estado?
El pardo, su color. Su rostro, mutis. La noche, su momento. La gala, hoy. El reflejo de Catalina en el espejo no dice nada. Aunque, hay algo para dilucidar. Trata de no mostrarse emocionada frente al reflejo porque teme a que ría de ella. Anula todo pensamiento y su mente que da en blanco. Nada corre sobre ella. Sólo una lágrima. Después, nada más. La vieja lámpara del baño permanece tiesa y se resiste a ser manoteada para su correspondiente desecho. La ilumina desde lo alto, como una reina. Como una chica coronada o echada a la suerte de los hambrientos sabuesos. El espejo no puede develar el misterio de esa noche que se encierra en la mente de la joven. Apenas sonríe. Desliza sus tiesos dedos sobre su pelo lacio Los claros azulejos, el espejo del botiquín, la lámpara y la lágrima sobre la pileta la despiden para verla ¿nuevamente?
Catalina agarra su blusa del sillón de cuero blanco y deja la casa por un momento. Necesita despejarse. Cierra con llave y mira a su alrededor. Lo único despierto son los postes de luz que irradian protección y valoración a cualquier desamparado que sea escupido por alguien. Corre una brisa que recuerda lo fresco que es la noche sin esa persona que dijo abruptamente una vez “Basta”. El pasto espera la inevitable escarcha para sentir por una vez en la vida que puede resistir la suavidad ante la indiferente pisada que machaca su supervivencia. Los desvelados miran el techo o las intercaladas sombras de sus persianas entreabiertas. Los afortunados, sonríen sobre las almohadas. Las pequeñas riñas entre gatos sobre los techos no impiden el onírico lapso. Se dan cuenta que la irracional pelea no conduce a nada fortuito, por lo que se cansan y cada felino parte por caminos diferentes. La noche padece una cierta tranquilidad. Catalina suspira y emprende su marcha hacia el cementerio, un lugar que lo define como “un cielo terrenal”.
Fuerte oscuridad y efímera iluminación. La delgada sombra de Catalina se entremete entre la presencia de los postes de luz y su respectiva ausencia. Pocos autos se atreven a descansar sus motores sobre el pavimento luego de un pesado día de idas y vueltas. ¡Cuántas regresiones acertadas y erróneas! Logros y desperdicios. La joven llega a su parada, pero la verja esta cerrada con candado y cadenas, cual calabozo impenetrable para los intrusos débiles o intrépidos. No se resigna. Camina al costado de las paredes blancas que rodean al cementerio. Le es imposible escalar semejante altura. Los veinte metros de altura justifican su dificultad. Sin embargo, esa traba tiene un límite a los pocos metros de distancia.
Detrás del tupido matorral, el alambre de púas ha carecido a lo largo de años ese poder de detención o intimidación. Catalina observa el endeble estorbo y acierta su hipótesis al comprobar que el alambrado está abierto de par en par. Se aventura a traspasar y a jugar con el latente peligro de que la descubran por infringir un lugar público, pero también privado. Los serenos caminan cuidando sus espaldas. Temen por morir en un lugar de paz. La tierra todavía está húmeda por la lluvia de hace tres días. Se sube por la vereda y camina por el angosto camino. Algunas tumbas están deterioradas por la injusta indiferencia de sus allegados. Las pocas que poseen placas están corroídas por el paso del tiempo. Algunas están hechas de acero y madera, pero mayormente están fabricadas por el temprano consuelo. A lo lejos, Catalina ve un farol de luz incandescente. Alrededor de él, sombras. El lugar.
En vez de seguir una línea recta para llegar a esa zona, decide recorrer un poco el lóbrego lugar. Viejas cruces se avergüenzan de aquellas nuevas que ostentan una prematura muerte. “Luís: en la memoria de tu hermana”; “Sara: siempre vas a estar en mi mente”; “Lucas: por algo Dios te quiso en su plan divino. Se feliz”; “Angélica: te voy a extrañar mucho, tu hijo”. Los epitafios desfilan al costado de ella, pidiendo un poco de atención en esta noche. ¡Cuántas veces nos hemos sentido de esa forma! Creemos que alguien nos está siguiendo, observando y cuidando. Si no hay temor, se siente cómodo al saber que esa alma nos va a guiar por un buen camino. Los frondosos árboles que cobijan los sepulcros aún permanecen vivos en un lugar que sucumbe. Los grillos empiezan a cantar buscando una grata compañía. Temen ser acorralados por un predador, así que se refugian en pequeños hoyos para salvaguardarse. Catalina llega a la zona alumbrada.
La joven no había advertido las guirnaldas colgadas alrededor del farol. En cada unión de ellas, hay una lamparita que destella una luz rojiza. Afuera de ese improvisado círculo, hay ocho estatuas que recuerdan la dolorosa partida de ese ser querido. Algunas miran hacia el cielo esperando por su regreso. Otras apoyan su cabeza sobre sus manos en son de resignación. Pero todas están afligidas. Dentro de ese círculo hay varios jóvenes que están sentadas sobre el pasto o sobre el banco y otros duermen sobre las tumbas. El aire, taciturno. El color de ropa de los ¿intrusos? varía. Las mujeres visten de blanco y los varones, de negro. Colores que no contrastan bastante en esta etapa del día. Catalina se acerca al joven echado sobre el césped y se agacha para conversar:
-¿Qué te pasa? –le dice al joven.
-Quisiera decir nada.
-Decime… -apoya su mano derecha sobre el hombro de él.
-No, no…. Es… es largo de contar –balbucea y se da la vuelta para no verla- Disculpame, pero quiero estar solo.
-Así es él –dice alguien detrás de la espalda de Catalina.
Se da vuelta y es una joven. Es pálida, de ojos café y pelo corto lacio. Parece un ángel.
-Bueno, en realidad, casi todos somos así. Un poco desconfiados, un poco tristes –se rasca la cabeza- Me llamo Nina ¿vos?
-Catalina –responde- Yo también lo soy.
-¿Triste o desconfiada?
-Las dos cosas –dice con una sonrisa.
-Vení, dejémoslo solo a Patricio.
Nina la acompaña hacia donde está una de las estatuas. Luego apoyan sus espaldas sobre tal monumento.
-¿Qué hacen?
-¿Nosotros? Sólo buscamos la comodidad de estar triste. No se si la hallamos… -traga un poco de saliva.
-¿Por qué esa tristeza?
-En un momento fuimos alegres, pero esa dicha terminó para quienes estamos acá. ¿El culpable? –mira las estrellas- El culpable…
-Nacimos así, ¿no? –pregunta Catalina.
-Puede ser, pero creo que el responsable fue lo palpable… No se si me entendes.
-Más o menos.
-Un amor no correspondido, la partida de un familiar, llamalo como quieras. Es una mochila pesada la que llevamos. Todos llevamos un pesar. Tendría que estar colmado este lugar. No lo está porque algunos prefieren ignorar ese pesar. Prefieren mantener su cabeza totalmente ocupada. Bien lo hacen, pero algunos no olvidamos. Como nosotros.
-Sí, ahora te entiendo… ¿Y que perdiste? O ¿a quién perdiste? –corrige.
-Me dejó mi novio –mira al costado izquierdo.
-Nina… -ella apoya su mano derecha sobre el hombro.
-No, esta bien –vuelve a verla y trata de no romper en llanto –Somos frágiles cuando nos preguntan sobre la causa de nuestra congoja. Nos estamos acostumbrando, ¿viste?
-¿Quién no se acostumbra a algo? El que es monótono ya lo tiene incorporado.
Se suma a la conversación un joven que aparece por detrás de Catalina. Como todos los varones, viste de luto.
-Ah, Lucio. Te apareces como un fantasma –le sonríe Nina.
-Un fantasma con anteojos –arregla el joven.
-Lu, te presento a Catalina.
Ambos se saludan con un beso en las mejillas.
-Holes a jazmín. Que rico.
-Gracias.
-Lucio, con todo respeto, pero… ¿podes verme? –le pregunta Catalina.
-¿Te soy sincero? No.
-Cata –se acerca al oído de ella-, te comento que él nunca se sacó los anteojos.
-¿Por qué?
-Desde que mi novia “murió”, perdí el amor. También perdí el valor de enamorarme de nuevo. Si miro a una chica directamente a sus ojos, voy a caer en esa tentación y voy a perder a una amiga. Se que parece loco, pero soy así.
-No voy a juzgarte. Cuando perdemos, en tu caso, a una pareja, ya el mundo nos parece distinto. Tal vez indiferente. Pero uno cambia. Cuando se va extrañamos su mirada, su sonrisa, sus caricias, su voz… –hace una pausa- Creamos un mundo en donde nada puede pasar, pero algo, una diminuta partícula, se filtra en ese universo y todo se derrumba. Una infidelidad, una torpeza, una rutina, algo irrumpe esa sinfonía y provoca el quiebre de esa relación. ¿Se puede vivir? –les pregunta.
-No se… -titubea Nina- Al segundo en que esa persona se va, queremos morirnos. Una gran parte de nuestra vida se fue con ella. ¿Y con qué quedamos? Un corazón vacío que sólo hace fluir angustia. No es caemos fácilmente cuando se desvanece el amor. Pero creo que hay una llamita que nos ilumina. Que nos dice que tenemos que seguir adelante, a pesar de lo ocurrido. No quiero decir tragedia, pero… lo es.
-La verdad, Cata…-continúa Nina- Yo estuve a punto de acompañar a todas estas almas –hace un ademán hacia las tumbas circundantes- aquel día gris. Cuando él me abandonó, fui a la estación de tren. No lo pensé ni lo medité. Solo fui allí. Mientras caminaba hacia ese lugar, mi mente estaba en blanco. Cuando llegué al andén, sentí que el viento me empujaba para entregarme a ese triste lecho de hierro desgastado. No te voy a negar. Mil imágenes de me cruzaron por mi mente: mis viejos, mis pocos amigos y mis recuerdos, pero más él. Cerré mis ojos y caí. Dolió. Me lastimé el pecho, el mentón y mis brazos. Esperé al tren, pero a los pocos segundos de la caída, llegaron varias paresotas para ayudarme. Me alzaron y me llevaron a un banco cercano al andén para hacerme sentar y esperar por la ambulancia. Recibí mucho consuelo. Mejor que el que me dio… mi novio –mira al costado derecho para reprender sus lágrimas y luego vuelve a ver a los chicos.
La brisa es fresca y fuerte. El viento sopla del agrio sudeste. Las estatuas aún permanecen firmes, pero sus corazones empiezan a flaquear. Pareciera que tales figuras esculpidas lloraran por la pena de provocar amargura sobre aquellos turbados transeúntes. Las guirnaldas se mueven de aquí para allá. Las luces empiezan a parpadear. El farol no se queda atrás.
-Ya que hablamos de la ¿vida?, no intente matarme. Pero sufrí –aclara Lucio-. Marisel se llamaba. Me gustaba mucho. Nunca le quité la mirada desde que entró por esa puerta. Pero como ustedes sabrán, debe haber una cierta correspondencia para que funcione algo. Ella no me registraba. Así de simple. Ella se sentaba delante de todos y yo desde e fondo deseaba tenerla sobre mi cuello. Así era todos los días. Hasta que las clases terminaron. Después de la graduación, nunca más la vi. No… No tuve el suficiente valor de acercarme y decirle que me gustaba. Antes del fin de clases y después no verla jamás lagrimeaba. No la tuve. Pero les aseguro que pensar en esa persona te aviva el corazón. Dije pensar… y no tenerla –dice resignado.
-A muchas personas, inclusive a mí, nos gusta soñar que ese chico o chica viene a agarrar nuestra mano y darnos un beso. Nos alegramos, saltamos, reímos, pero más que nada, somos queridos por alguien. Pero, ¿de qué vale amar si no hay una justa retribución? Cuesta despegarse de esa ilusión. ¿Está mal si digo que amar no sirve de nada? –busca las respuestas en sus caras- Par aquel que siempre le fue rechazada la opción de amar y, lo más importante, ser amado, le es inútil querer. Hablo del rechazo como una costumbre. Par aquel que fue rechazado pocas veces en su vida, no importa ese tema. Le es superficial –afirma Catalina.
-No creemos, somos… -la voz de Lucio se debilita.
-Amen –agrega Nina y pone su cabeza sobre el pecho de Lucio.
Catalina no sabe que agregar. Pronto advierte la presencia lejana de una chica que se acerca a ellos. Lo único visible son sus ojos cristalinos. Desaparece de la oscuridad y finalmente se suma al grupo.
-¿Qué pasa, Julia?
-¿Julia?... Mejor Rocío.
-¿Por? –pregunta Nina.
-Se produce un largo silencio. Los tres jóvenes miran los ojos de Julia. No necesitan una respuesta lógica o rebuscada. Ni siquiera hacen faltan los comentarios.
-Sí, lo somos –añade Catalina.
Larga Vida a la Melancolía!!!!!
3 comentarios:
Bellas palabras, y melancólicas, desde ya.
Me encanta :)
Fer, espero q estés muy bien, q es de tu vida?
espero tener noticias tuyas.
Por lo pronto, vuelvo al blog...vuelvo a animarme a expresarme :)
te mando un beso grande y ojalá estés muy bien!
Feliz día!!!! amiga Fer!!! que tengas un hermoso día y gracias por formar parte del mío beso grande!!!! Te regalo la foto del AMIGO que publique
Majo
www.refugiodelkaos.blogspot.com
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