
Su cuello empieza a padecer los primeros síntomas de malestar a causa de su inapropiada postura sobre la almohada. No sólo esa zona esta realmente comprometida, sino que todo el resto de su cuerpo. Su efímera ensoñación se esfuma cuando siente un dolor punzante en la nuca. David abre perezosamente sus ojos y los cierra en un gesto de sufrimiento. Emite un ligero gruñido. Lo primero que ven sus ojos es la pared pintada de celeste claro. Aún no tiene intenciones de decorar ese rincón. Sí de cambiar de color de pintura. Su estado de catre es de lamentar. Su inicial postura fetal pasó a convertirse en una invención despatarrada producto de su inconciencia onírica. Sus brazos rodean su castaño cabello enmarañado, su espalda forma una figura similar a la de una inusitada serpiente acobardada y su cadera, junto a sus piernas, parecen querer dar un rodillazo, por no decir una puñalada, a un agente maligno. Esta incomodidad corporal surte sus efectos sobre su cuello. David trata de mover su cuello en forma precavida, pero un fuerte dolor asesta sobre ese lugar.
-Varias aspirinas… –murmura.
El deseo de ir al baño, abrir el botiquín y tragar varios comprimidos lo obliga a morderse los labios. Una buena oportunidad para refrescar su garganta. Pero antes, debe prender la tecla del velador que, inoportunamente, se encuentra del lado derecho de la cama. Mentalmente cuenta hasta tres para darse la vuelta y poner bajo el tapete esa dolencia. Cuando está a punto de llegar al número dos, escucha un ruido. Un crujido. La somnolencia se disipa. Pero ese sonido no proviene desde afuera, ni menos desde una abandonada habitación. El crujido se localiza allí dentro, en su habitación. El sonido viene acompañado por un extraño jadeo. Es imposible distar si es de un ser humano o de un animal. David cesa su respiración por un momento y quiere escuchar atentamente ese sonido. Se da cuenta que esa desconocida presencia está a pocos centímetros de su cama. Respira.
-Estoy soñando, sólo estoy soñando –piensa. Cierra sus ojos y se concentra en esa milagrosa idea, pero nada de eso ocurre. No es un sueño, ni menos una pesadilla. Es real. El crujido y el jadeo esa ¿amenaza?, su entrecortada respiración, su oscuridad retraída en sus parpados cerrados, el olor a suavizante impregnado en la almohada lavada ayer, su lengua desprovista de saliva, su postura incómoda en la cama, su inesperado sudor que corre gruesamente por su espalda y su apretón sobre el costado derecho del almohadón indican que ninguno de los cinco sentidos pasan desapercibidos sobre el indefenso lecho. Eso asecha. En realidad, ¿qué es eso? ¿Acaso es un animal que no se siente a gustos con la presencia de un torpe ser humano? Y si lo fuera… ¿cuál sería? Y sino no es un animal, ¿acaso es un ladrón que quiere concretar su delito empezando por deshacerse de ese letargo? ¿Robaría inclusive su integridad? Y si no fuera un individuo... ¿es capaz un ser sobrenatural ingresar por esa puerta entreabierta y firmar su misterioso paso por aquí? Las mismas interrogaciones se enredan en la mente de David.
El dolor en su cuello empieza a intimidarlo. Lo fuerza a que abandone esa cama y se dirija inmediatamente al baño a tomar un analgésico o un comprimido, hasta inclusive un placebo que calme su pesar. Sin embargo, para concretar el plan debe afrontar eso.
-Te estas haciendo la cabeza. Tal vez es la modorra de la madrugada –piensa.
Su empecinamiento no se quiebra a pesar de que eso lo mantiene en constante alerta. Pero, el dolor lo aqueja. Quiere enfrentarlo y cerrar tras él la puerta del baño y trabarla.
Realiza sus primeros esfuerzos. Levanta cuidadosamente su cabeza. La almohada recupera débilmente su forma firme. Ancla sus manos sobre la arrugada sabana. Tiene la sensación de que esa amenaza se acerca cada vez que realiza un movimiento de confrontación. No sabe que hacer. Las opciones están claramente a su corto alcance: o mina inmediatamente sus fuerzas y se desploma sobre su cama para besar a la cobardía; o maniobra como un chasquido su cuerpo y enfrentar su nudo en la garganta. Ambas disyuntivas podían provocar una reacción desconocida ante el intruso. La intención es clara: deshacerse de esa punzada.
Lentamente se estira para alcanzar la tecla del velador sobre la pequeña mesada. No llega. Su mano izquierda se extiende a más no poder. No la encuentra. Es como si nunca hubiese existido.
-¿Dónde está? –piensa y su angustia le corta su respiración.
Su suerte de manotazo de ahogado naufraga en la incertidumbre desesperada. Su corazón late con más fuerza. El agudo dolor de su cuello provoca que David se muerda los labios. Cierra sus ojos para pedir apenas un poco de esperanza. Avanza. Siente entre sus dedos la tecla y presiona sobre ella.
Nada. Las cuatro veces en que es presionada el ya desgastado botón sólo ha provocado que eso se agazape sobre David y sea desguasado. Se agita y sin importarle el dolor de su cuello se da vuelta para enfrentarlo. La sangre fluye de manera frenética sobre todo su cuerpo. La agitación retumba y se hace escuchar sobre la rejilla inferior de la habitación. Sin embargo, cuando se da la vuelta para lidiar contra aquello se enreda entre las sábanas y cae sobre el piso de madera antiguo. Presa fácil. Oscuridad profusa.
En plena profundidad, desea encontrar el marco de la cama, pero no puede. La cobardía siente sus primeros acurrucos. Se agita. Se agazapa rápidamente sobre el suelo hasta llegar a la tecla de la luz de su pieza. Toca la fría pared y se incorpora sobre el suelo y aprieta el botón. La luz no se hace.
-No… ¡no! –balbucea.
Abandona la pieza, pero de nada sirve. No se acuerda que la puerta de su habitación siempre la mantiene cerrada y un fuerte golpe en su frente le hace recordar tal acto diario y monótono. Tras el estruendo, su cuello empeora y la llave de la puerta cae sobre el piso. Reconocidas primeras lágrimas. David de agacha. No sabe si por el golpe, por buscar la llave o por ambas cosas. Se desespera. Es inútil. Los débiles roces sobre el piso acrecientan su temor a ser silenciado para siempre.
-Por favor, que aparezca –susurra. David demuestra su pavor ante el fisgón. Advierte su segura embestida.
-¡La ventana! –augura su alivio.
Salta sobre el marco y corre las cortinas verdes hacia al costado derecho. Ve fugazmente el exterior. Los faroles y las escasas luces provenientes de las casas aledañas que pincelaban taciturnamente la noche no destellan. Un apagón total. Nadie circula por las calles y menos a altas horas de la fría madrugada. Quiere escapar de allí, pero le es imposible abrir el vidrio del costado derecho. Prueba del otro extremo y nada.
En un intento de desesperación extiende su brazo derecho hacia atrás para quebrar el vidrio. En ese preciso momento, viene la luz. Eso no le permite a David frenar el violento ademán y despedazar su mano sobre el vidrio. Se hace añicos la ventana y los pequeños pedazos caen sobre la maleza descuidada del jardín. Sus pupilas se expanden. Las pocas luces del vecindario se hacen presentes ante su clara vista. La claridad artificial lo alivia por un instante. Sólo resta saber atrás si eso lo lleva al infierno. No puede girar su cabeza, por lo que debe voltear todo su cuerpo. El ser no está. Ve su cama revuelta con las sábanas tiradas sobre el piso. El resto de los muebles, inalterable. Luego escudriña el suelo en búsqueda de la llave, pero ésta no aparece. Se ha esfumado. No advierte aún que gruesos hilos de sangre corren por su mano. Menos que delicadas astillas de vidrio fustigan sobre su malherida zona. Pero eso no lo consterna. Reaparece el escalofrío y el oprimido corazón. Sobre la puerta hay un agujero. Pero no es un típico agujero en forma de círculo. Más que un orificio, es una entrada que acaba de ser cauterizada. Se extiende desde el piso hasta casi llegar al borde superior de la puerta. Sus curvas hacen notar que eso ostente esa forma irregular para penetrar en su morada privada.
-¿Qué? –trata de recuperar su respiración-… Es… Que… No puede… – tartamudea. David está consternado. No sabe qué hacer. Bien puede tomar la arriesgada salida por la ventana y pedir ayuda o explorar ese inusual acceso. Solamente ve oscuridad en ello. La trasluz apenas se deja ver allí. En lugar de haber al costado derecho la mesa de mimbre, únicamente hay una desinteresada y tétrica penumbra. Qué sabe de su destino si se acerca a las desconocidas fauces de esa zona. ¿Qué criaturas asechan en esa ignota zona detrás de la puerta? Los antiguos muebles y la decoración de las restantes habitaciones de la casona permanecen indefensos. No dan signo de vida. De repente escucha algo que trepa sobre la pared de afuera. Se acerca. David empieza a agitarse. Humedece sus labios. Retrocede hasta llegar a la entrada y escapar de eso. Las pequeñas gotas de sangre manchan la vieja madera del suelo mientras camina hacia atrás.
-Sí, puedo correr hacia el comedor y llamar a la policía. Por qué no, ¡salir afuera y pedir ayuda! ¡Sí!... ¡¿Qué está pasando?! ¡¿Qué quiere?!- vocifera. Escucha el gruñido. Se empieza a acercar a la ventana. Brusco silencio. Su sombra empieza a cobrar claridad y a verse por la ventana. Sin previo aviso, el apagón se cierna fugazmente sobre la habitación. Cesa el dolor en su cuello y en su mano. El pavor se desvanece para siempre. Eso.
Larga Vida al Terror!!!!!
-Varias aspirinas… –murmura.
El deseo de ir al baño, abrir el botiquín y tragar varios comprimidos lo obliga a morderse los labios. Una buena oportunidad para refrescar su garganta. Pero antes, debe prender la tecla del velador que, inoportunamente, se encuentra del lado derecho de la cama. Mentalmente cuenta hasta tres para darse la vuelta y poner bajo el tapete esa dolencia. Cuando está a punto de llegar al número dos, escucha un ruido. Un crujido. La somnolencia se disipa. Pero ese sonido no proviene desde afuera, ni menos desde una abandonada habitación. El crujido se localiza allí dentro, en su habitación. El sonido viene acompañado por un extraño jadeo. Es imposible distar si es de un ser humano o de un animal. David cesa su respiración por un momento y quiere escuchar atentamente ese sonido. Se da cuenta que esa desconocida presencia está a pocos centímetros de su cama. Respira.
-Estoy soñando, sólo estoy soñando –piensa. Cierra sus ojos y se concentra en esa milagrosa idea, pero nada de eso ocurre. No es un sueño, ni menos una pesadilla. Es real. El crujido y el jadeo esa ¿amenaza?, su entrecortada respiración, su oscuridad retraída en sus parpados cerrados, el olor a suavizante impregnado en la almohada lavada ayer, su lengua desprovista de saliva, su postura incómoda en la cama, su inesperado sudor que corre gruesamente por su espalda y su apretón sobre el costado derecho del almohadón indican que ninguno de los cinco sentidos pasan desapercibidos sobre el indefenso lecho. Eso asecha. En realidad, ¿qué es eso? ¿Acaso es un animal que no se siente a gustos con la presencia de un torpe ser humano? Y si lo fuera… ¿cuál sería? Y sino no es un animal, ¿acaso es un ladrón que quiere concretar su delito empezando por deshacerse de ese letargo? ¿Robaría inclusive su integridad? Y si no fuera un individuo... ¿es capaz un ser sobrenatural ingresar por esa puerta entreabierta y firmar su misterioso paso por aquí? Las mismas interrogaciones se enredan en la mente de David.
El dolor en su cuello empieza a intimidarlo. Lo fuerza a que abandone esa cama y se dirija inmediatamente al baño a tomar un analgésico o un comprimido, hasta inclusive un placebo que calme su pesar. Sin embargo, para concretar el plan debe afrontar eso.
-Te estas haciendo la cabeza. Tal vez es la modorra de la madrugada –piensa.
Su empecinamiento no se quiebra a pesar de que eso lo mantiene en constante alerta. Pero, el dolor lo aqueja. Quiere enfrentarlo y cerrar tras él la puerta del baño y trabarla.
Realiza sus primeros esfuerzos. Levanta cuidadosamente su cabeza. La almohada recupera débilmente su forma firme. Ancla sus manos sobre la arrugada sabana. Tiene la sensación de que esa amenaza se acerca cada vez que realiza un movimiento de confrontación. No sabe que hacer. Las opciones están claramente a su corto alcance: o mina inmediatamente sus fuerzas y se desploma sobre su cama para besar a la cobardía; o maniobra como un chasquido su cuerpo y enfrentar su nudo en la garganta. Ambas disyuntivas podían provocar una reacción desconocida ante el intruso. La intención es clara: deshacerse de esa punzada.
Lentamente se estira para alcanzar la tecla del velador sobre la pequeña mesada. No llega. Su mano izquierda se extiende a más no poder. No la encuentra. Es como si nunca hubiese existido.
-¿Dónde está? –piensa y su angustia le corta su respiración.
Su suerte de manotazo de ahogado naufraga en la incertidumbre desesperada. Su corazón late con más fuerza. El agudo dolor de su cuello provoca que David se muerda los labios. Cierra sus ojos para pedir apenas un poco de esperanza. Avanza. Siente entre sus dedos la tecla y presiona sobre ella.
Nada. Las cuatro veces en que es presionada el ya desgastado botón sólo ha provocado que eso se agazape sobre David y sea desguasado. Se agita y sin importarle el dolor de su cuello se da vuelta para enfrentarlo. La sangre fluye de manera frenética sobre todo su cuerpo. La agitación retumba y se hace escuchar sobre la rejilla inferior de la habitación. Sin embargo, cuando se da la vuelta para lidiar contra aquello se enreda entre las sábanas y cae sobre el piso de madera antiguo. Presa fácil. Oscuridad profusa.
En plena profundidad, desea encontrar el marco de la cama, pero no puede. La cobardía siente sus primeros acurrucos. Se agita. Se agazapa rápidamente sobre el suelo hasta llegar a la tecla de la luz de su pieza. Toca la fría pared y se incorpora sobre el suelo y aprieta el botón. La luz no se hace.
-No… ¡no! –balbucea.
Abandona la pieza, pero de nada sirve. No se acuerda que la puerta de su habitación siempre la mantiene cerrada y un fuerte golpe en su frente le hace recordar tal acto diario y monótono. Tras el estruendo, su cuello empeora y la llave de la puerta cae sobre el piso. Reconocidas primeras lágrimas. David de agacha. No sabe si por el golpe, por buscar la llave o por ambas cosas. Se desespera. Es inútil. Los débiles roces sobre el piso acrecientan su temor a ser silenciado para siempre.
-Por favor, que aparezca –susurra. David demuestra su pavor ante el fisgón. Advierte su segura embestida.
-¡La ventana! –augura su alivio.
Salta sobre el marco y corre las cortinas verdes hacia al costado derecho. Ve fugazmente el exterior. Los faroles y las escasas luces provenientes de las casas aledañas que pincelaban taciturnamente la noche no destellan. Un apagón total. Nadie circula por las calles y menos a altas horas de la fría madrugada. Quiere escapar de allí, pero le es imposible abrir el vidrio del costado derecho. Prueba del otro extremo y nada.
En un intento de desesperación extiende su brazo derecho hacia atrás para quebrar el vidrio. En ese preciso momento, viene la luz. Eso no le permite a David frenar el violento ademán y despedazar su mano sobre el vidrio. Se hace añicos la ventana y los pequeños pedazos caen sobre la maleza descuidada del jardín. Sus pupilas se expanden. Las pocas luces del vecindario se hacen presentes ante su clara vista. La claridad artificial lo alivia por un instante. Sólo resta saber atrás si eso lo lleva al infierno. No puede girar su cabeza, por lo que debe voltear todo su cuerpo. El ser no está. Ve su cama revuelta con las sábanas tiradas sobre el piso. El resto de los muebles, inalterable. Luego escudriña el suelo en búsqueda de la llave, pero ésta no aparece. Se ha esfumado. No advierte aún que gruesos hilos de sangre corren por su mano. Menos que delicadas astillas de vidrio fustigan sobre su malherida zona. Pero eso no lo consterna. Reaparece el escalofrío y el oprimido corazón. Sobre la puerta hay un agujero. Pero no es un típico agujero en forma de círculo. Más que un orificio, es una entrada que acaba de ser cauterizada. Se extiende desde el piso hasta casi llegar al borde superior de la puerta. Sus curvas hacen notar que eso ostente esa forma irregular para penetrar en su morada privada.
-¿Qué? –trata de recuperar su respiración-… Es… Que… No puede… – tartamudea. David está consternado. No sabe qué hacer. Bien puede tomar la arriesgada salida por la ventana y pedir ayuda o explorar ese inusual acceso. Solamente ve oscuridad en ello. La trasluz apenas se deja ver allí. En lugar de haber al costado derecho la mesa de mimbre, únicamente hay una desinteresada y tétrica penumbra. Qué sabe de su destino si se acerca a las desconocidas fauces de esa zona. ¿Qué criaturas asechan en esa ignota zona detrás de la puerta? Los antiguos muebles y la decoración de las restantes habitaciones de la casona permanecen indefensos. No dan signo de vida. De repente escucha algo que trepa sobre la pared de afuera. Se acerca. David empieza a agitarse. Humedece sus labios. Retrocede hasta llegar a la entrada y escapar de eso. Las pequeñas gotas de sangre manchan la vieja madera del suelo mientras camina hacia atrás.
-Sí, puedo correr hacia el comedor y llamar a la policía. Por qué no, ¡salir afuera y pedir ayuda! ¡Sí!... ¡¿Qué está pasando?! ¡¿Qué quiere?!- vocifera. Escucha el gruñido. Se empieza a acercar a la ventana. Brusco silencio. Su sombra empieza a cobrar claridad y a verse por la ventana. Sin previo aviso, el apagón se cierna fugazmente sobre la habitación. Cesa el dolor en su cuello y en su mano. El pavor se desvanece para siempre. Eso.
Larga Vida al Terror!!!!!
No hay comentarios:
Publicar un comentario