
La solitaria habitación de Georgina deja de padecer esa patente monotonía. Aquella inocente flor que por años ha sido engalanada por la imposibilidad de poder concretar una cita duradera, ingresa a su reducto. Su mano viene acompañada de otra que no es sino la de su temprano amante, Matías. En media de esa mansa oscuridad hogareña, Georgina trata de encontrar la tecla de la luz apostada al lado derecho del marco de la puerta. La torpeza nunca se mantuvo tan pura como en este momento. Una vez más, la desmaña se resigna. Sin preocuparse por la oscuridad que reina allí, ambos amantes ingresan al cuarto. El tenue viento nocturno se cuela en la ventana entreabierta. Las cortinas marrones le dan la sutil bienvenida. La luz de la luna no pasa desapercibida. Al costado de la ventana, la puerta corrediza permanece abierta. Georgina se dirige a la cama que está bajo la ventana y se sienta al costado.
-No tengas miedo, Mati. No pasa nada –dice la joven con un tono seguro-, no me voy a enojar si no venís a mí. Sentate al lado mío.
Matías asienta con la cabeza, pero mira al piso de madera. Ella le sonríe. Se humedece la boca y se acerca a ella. Acto seguido, se sienta al costado izquierdo de ella. Apenas se ven entre sí. Pero son concientes de que el amor es plenamente claro.
-Te noto muy extraño –le dice Georgina-, ¿acaso no te gusto?
-Sí, me… me gustas –le dice y su timidez empieza a cubrir gran parte de su mirada-, ¿por qué me lo preguntas?
-Bueno… porque no me miras cuando te estoy hablando. Te soy sincera, no se por qué, pero como que presiento que temes a algo. No se, pero tu mirada lo dice. No hay que ser Freud para deducir lo que te pasa. Mirá, yo no tengo miedo –le estrecha las manos a Matías, quien se siente a punto de desmayar-, ¿viste?
-Sí, siento esa verdad –le dice con una sonrisa que bordea el nerviosismo. Las delicadas caricias se deslizan sobre sus manos y palmas. Luego sus dedos presencian su cruce con las de ellas. Se afianzan.
-Hay como una especie de misterio que te rodea cuando bajas los ojos, pero quiero que vos me los digas. Quisiera saber cuál es ese secreto que tenés ahí.
Deja por un instante su mano izquierda y con su índice le levanta el mentón. Matías no tiene más remedio que apuntar sus ojos color café hacia ella.
-Lo que pasa es que… bueno… soy tímido y más en esta situación –asevera torpemente.
-¿Cuál situación? –le pregunta Georgina y luego le ofrece una gran sonrisa. Su dedo índice deja el mentón del joven para luego acariciarle su rostro-. Si estas pensando lo mismo que yo, yo estoy tratando de ser otra persona. No sé si me entendés. Lo que te quiero decir es que también soy muy tímida y los nervios que tengo encima me pesan, pero como te dije, en estas situaciones, trato de aparentar ser otra persona. En estos momentos soy… como te puedo decir… segura de sí misma. Pienso en que nada malo puede pasar porque estoy con vos.
-Sí, te entiendo –una vez más baja la mirada como signo de congoja-, lo que pasa es estoy así porque…
Hace una breve pausa y prosigue:
-Es que es la primera vez estoy a solas con una chica y como que me cuesta un poco poder relacionarme…
Georgina le agarra su mano derecha y le dice:
-Lo que me queres decir es que nunca… tuviste un encuentro íntimo con una mujer ¿A eso te referís?
-Bueno… sí.
-No te pongas mal, Mati. Somos dos entonces. Bah, habrá más gente como nosotros que ha pasado, pasa y pasará por la misma situación. La cuestión es estar sumamente tranquilo. Despejarse de todos los problemas –le sonríe nuevamente y le da un beso en su mejilla derecha.
-Yo tengo un poco miedo –añade y recuesta su cabeza sobre su hombro-, pero como estoy con vos, ese temor desaparece. Ahora siento una gran felicidad. Mi corazón me dice que te ama y que en estos meses nunca se sintió tan vivo desde que nos conocimos. Te amo, Matías –le susurra en el oído derecho con una suave voz onírica.
Modestamente, Matías la abraza de la cintura y le susurra en su oído izquierdo:
-De ese miedo que hablaste recién está desapareciendo. Me siento más relajado y muy feliz. Nadie me abrazó de esta manera. Te amo. Vas a pensar que soy un torpe al expresarme así. Quizás no soy bueno en aquello, pero trato de compensarlo con cariño –le da un suave beso sobre su cuello.
Luego, ambos se miran con una verdadera seguridad. Matías le pasa suavemente su mano derecha sobre el bello rostro de Georgina, quien se sonroja y baja un poco la mirada. Los inocentes roles cambiaron por unos segundos. Sus miradas y sus labios se acercan. Se besan en forma tierna. Luego de besarse, ella se desabrocha los botones de su blusa celeste para dejar al descubierto una remera blanca. Él se desabotona su camisa leñadora color marrón y se saca la remera negra. Ella se despoja de la remera. Los besos se tornan apasionados. Las prendas de vestir caen sobre el piso de modo despreocupado. La torpeza no ha olvidado antes que nada de protegerse el uno al otro. Los mimos y las caricias endulzan toda la dócil habitación de la joven. Una noche verdaderamente dulce y llena de íntimos secretos.
Los delgados rayos matutinos y las dichosas palomas despiertan levemente a Georgina de su reconfortante letargo. Aún no quiere levantarse. Prefiere mantener ese inolvidable momento. Hay una gran sonrisa en su somnolencia. Se acuesta sobre el lado izquierdo y busca con su mano derecho el pecho de Matías, pero no lo halla. Aquella sonrisa empieza a desvanecerse y abre los ojos en forma despacio. No está.
-Quizás se fue al baño -piensa.
Se sienta sobre la cama y se lleva la sabana blanca hacia su pecho. Piensa acerca de su temprana felicidad. Sonríe. Mira al techo y sus ojos se tornan vidriosos.
-Entonces así se siente –dice y le caen las lágrimas. Emite una leve risa -¡Soy muy feliz junto al hombre que amo! Mati, ¿me escuchas?
Solamente se escuchan cantar las aves matinales.
-Mati ¿me escuchas? ¿Estas ahí? –repite, pero no encuentra contestación alguna. Se reclina un poco para poder verlo, pero no hay señal.
Georgina se pone su remera blanca y se dirige al baño ubicado en el pasillo. Golpea la puerta color turquesa. Nadie contesta. Gira el picaporte y el baño se encuentra vacío. Sus pies sienten la frialdad del piso. Se dirige al comedor. Nada. Va hacia la cocina. Nada. La canilla gotea constantemente sobre el lavabo. Se acerca a ella y la cierra fuertemente.
-Mati, ¿dónde estás? –dice con una voz que está a punto de resquebrajarse sobre el hielo. Luego mira la puerta de la entrada que está entreabierta. Se dirige hacia allí y se detiene a pocos pasos de ella.
-Espero que no sea lo que estoy pensando ahora mismo –murmura. Se acerca finalmente a la puerta y la cierra con llave. Su cabeza se recuesta sobre la superficie de la puerta. Se da vuelta y vuelve hacia su habitación. Alza sus brazos a los costados del pasillo y hace pasar sus manos sobre la pared celeste. Llega a su cuarto y se sienta sobre su cama deshecha.
-Dudo que se haya ido a comprar algo para desayunar –dice mientras se pasa su mano izquierda sobre su rostro. Se descubre su cara y mira el reloj de la mesa de luz. Marca las 10:45 AM. –Un poco tarde para desayunar.
Mira hacia atrás para ver el lugar vacío que dejó su pareja. El costado permanece arrugado. Contempla el piso. Aquella camisa leñadora, su remera negra, sus jeans oscuros y sus zapatillas negras no se encuentran. Solamente están los jeans claros, la blusa y los zapatos violetas que claman por abrigar su endeble cuerpo.
Trata de comprender lo que acaece en este momento.
-Se fue así. Sin un beso. Aún si yo estuviese durmiendo, hubiera sentido una mínima expresión de cariño. Pero… -hace un profundo silencio y trata de reprimir las lágrimas que pocos antes eran de dicha y ahora son de ahogo- Jugó conmigo. No fui más que eso… una cualquiera. No esperaba esto. No… no había fallas en nuestra relación. ¿No le correspondo? –se pregunta con un tono culposo.
Cierra sus pestañas y se sienta sobre el piso. Cuidadosamente se desploma junto con la sabana blanca sobre el suelo. Baja su ingenua mirada. Había esperado con mucha mesura este momento. Cada día que pasaba por delante de sus ojos color almendra era realmente expectante. Georgina respiraba una increíble fantasía. Pero esa pequeña caja de música se hizo trizas. Se da cuenta de que estas últimas semanas estaba tratando con una persona que faltaba a la pura verdad.
-Creo que me estoy apresurando demasiado a los hechos –asevera y mantiene sus ojos cerrados-. Quizás no sea así. Tal vez se fue por culpa de su timidez, pero aún así me hubiera dicho adonde se iba. Los domingos no trabaja. No se qué pensar –afirma.
Luego, tiene una idea. Abre sus ojos y agarra su celular que está sobre la mesa de luz. Busca el número de Matías y lo llama. Se lleva el teléfono a su oído derecho y espera. No quiere dejar un mensaje en su correo. Corta el teléfono y envía un mensaje de texto. “Hola Mati ¿Dónde estas? Me desperté y no estabas al lado mío. Por favor, llamame. Te amo. Georgina” Lo manda y espera. Pasan las horas diurnas. No se despega del suelo. La clara habitación presencia un sórdido silencio. Mezcla extraña de tensión y resignación. La joven lagrimea y seca sus débiles sollozos con la sábana.
-Entonces es cierto –dice irónicamente y baja su mirada-. La primera vez duele.
-No tengas miedo, Mati. No pasa nada –dice la joven con un tono seguro-, no me voy a enojar si no venís a mí. Sentate al lado mío.
Matías asienta con la cabeza, pero mira al piso de madera. Ella le sonríe. Se humedece la boca y se acerca a ella. Acto seguido, se sienta al costado izquierdo de ella. Apenas se ven entre sí. Pero son concientes de que el amor es plenamente claro.
-Te noto muy extraño –le dice Georgina-, ¿acaso no te gusto?
-Sí, me… me gustas –le dice y su timidez empieza a cubrir gran parte de su mirada-, ¿por qué me lo preguntas?
-Bueno… porque no me miras cuando te estoy hablando. Te soy sincera, no se por qué, pero como que presiento que temes a algo. No se, pero tu mirada lo dice. No hay que ser Freud para deducir lo que te pasa. Mirá, yo no tengo miedo –le estrecha las manos a Matías, quien se siente a punto de desmayar-, ¿viste?
-Sí, siento esa verdad –le dice con una sonrisa que bordea el nerviosismo. Las delicadas caricias se deslizan sobre sus manos y palmas. Luego sus dedos presencian su cruce con las de ellas. Se afianzan.
-Hay como una especie de misterio que te rodea cuando bajas los ojos, pero quiero que vos me los digas. Quisiera saber cuál es ese secreto que tenés ahí.
Deja por un instante su mano izquierda y con su índice le levanta el mentón. Matías no tiene más remedio que apuntar sus ojos color café hacia ella.
-Lo que pasa es que… bueno… soy tímido y más en esta situación –asevera torpemente.
-¿Cuál situación? –le pregunta Georgina y luego le ofrece una gran sonrisa. Su dedo índice deja el mentón del joven para luego acariciarle su rostro-. Si estas pensando lo mismo que yo, yo estoy tratando de ser otra persona. No sé si me entendés. Lo que te quiero decir es que también soy muy tímida y los nervios que tengo encima me pesan, pero como te dije, en estas situaciones, trato de aparentar ser otra persona. En estos momentos soy… como te puedo decir… segura de sí misma. Pienso en que nada malo puede pasar porque estoy con vos.
-Sí, te entiendo –una vez más baja la mirada como signo de congoja-, lo que pasa es estoy así porque…
Hace una breve pausa y prosigue:
-Es que es la primera vez estoy a solas con una chica y como que me cuesta un poco poder relacionarme…
Georgina le agarra su mano derecha y le dice:
-Lo que me queres decir es que nunca… tuviste un encuentro íntimo con una mujer ¿A eso te referís?
-Bueno… sí.
-No te pongas mal, Mati. Somos dos entonces. Bah, habrá más gente como nosotros que ha pasado, pasa y pasará por la misma situación. La cuestión es estar sumamente tranquilo. Despejarse de todos los problemas –le sonríe nuevamente y le da un beso en su mejilla derecha.
-Yo tengo un poco miedo –añade y recuesta su cabeza sobre su hombro-, pero como estoy con vos, ese temor desaparece. Ahora siento una gran felicidad. Mi corazón me dice que te ama y que en estos meses nunca se sintió tan vivo desde que nos conocimos. Te amo, Matías –le susurra en el oído derecho con una suave voz onírica.
Modestamente, Matías la abraza de la cintura y le susurra en su oído izquierdo:
-De ese miedo que hablaste recién está desapareciendo. Me siento más relajado y muy feliz. Nadie me abrazó de esta manera. Te amo. Vas a pensar que soy un torpe al expresarme así. Quizás no soy bueno en aquello, pero trato de compensarlo con cariño –le da un suave beso sobre su cuello.
Luego, ambos se miran con una verdadera seguridad. Matías le pasa suavemente su mano derecha sobre el bello rostro de Georgina, quien se sonroja y baja un poco la mirada. Los inocentes roles cambiaron por unos segundos. Sus miradas y sus labios se acercan. Se besan en forma tierna. Luego de besarse, ella se desabrocha los botones de su blusa celeste para dejar al descubierto una remera blanca. Él se desabotona su camisa leñadora color marrón y se saca la remera negra. Ella se despoja de la remera. Los besos se tornan apasionados. Las prendas de vestir caen sobre el piso de modo despreocupado. La torpeza no ha olvidado antes que nada de protegerse el uno al otro. Los mimos y las caricias endulzan toda la dócil habitación de la joven. Una noche verdaderamente dulce y llena de íntimos secretos.
Los delgados rayos matutinos y las dichosas palomas despiertan levemente a Georgina de su reconfortante letargo. Aún no quiere levantarse. Prefiere mantener ese inolvidable momento. Hay una gran sonrisa en su somnolencia. Se acuesta sobre el lado izquierdo y busca con su mano derecho el pecho de Matías, pero no lo halla. Aquella sonrisa empieza a desvanecerse y abre los ojos en forma despacio. No está.
-Quizás se fue al baño -piensa.
Se sienta sobre la cama y se lleva la sabana blanca hacia su pecho. Piensa acerca de su temprana felicidad. Sonríe. Mira al techo y sus ojos se tornan vidriosos.
-Entonces así se siente –dice y le caen las lágrimas. Emite una leve risa -¡Soy muy feliz junto al hombre que amo! Mati, ¿me escuchas?
Solamente se escuchan cantar las aves matinales.
-Mati ¿me escuchas? ¿Estas ahí? –repite, pero no encuentra contestación alguna. Se reclina un poco para poder verlo, pero no hay señal.
Georgina se pone su remera blanca y se dirige al baño ubicado en el pasillo. Golpea la puerta color turquesa. Nadie contesta. Gira el picaporte y el baño se encuentra vacío. Sus pies sienten la frialdad del piso. Se dirige al comedor. Nada. Va hacia la cocina. Nada. La canilla gotea constantemente sobre el lavabo. Se acerca a ella y la cierra fuertemente.
-Mati, ¿dónde estás? –dice con una voz que está a punto de resquebrajarse sobre el hielo. Luego mira la puerta de la entrada que está entreabierta. Se dirige hacia allí y se detiene a pocos pasos de ella.
-Espero que no sea lo que estoy pensando ahora mismo –murmura. Se acerca finalmente a la puerta y la cierra con llave. Su cabeza se recuesta sobre la superficie de la puerta. Se da vuelta y vuelve hacia su habitación. Alza sus brazos a los costados del pasillo y hace pasar sus manos sobre la pared celeste. Llega a su cuarto y se sienta sobre su cama deshecha.
-Dudo que se haya ido a comprar algo para desayunar –dice mientras se pasa su mano izquierda sobre su rostro. Se descubre su cara y mira el reloj de la mesa de luz. Marca las 10:45 AM. –Un poco tarde para desayunar.
Mira hacia atrás para ver el lugar vacío que dejó su pareja. El costado permanece arrugado. Contempla el piso. Aquella camisa leñadora, su remera negra, sus jeans oscuros y sus zapatillas negras no se encuentran. Solamente están los jeans claros, la blusa y los zapatos violetas que claman por abrigar su endeble cuerpo.
Trata de comprender lo que acaece en este momento.
-Se fue así. Sin un beso. Aún si yo estuviese durmiendo, hubiera sentido una mínima expresión de cariño. Pero… -hace un profundo silencio y trata de reprimir las lágrimas que pocos antes eran de dicha y ahora son de ahogo- Jugó conmigo. No fui más que eso… una cualquiera. No esperaba esto. No… no había fallas en nuestra relación. ¿No le correspondo? –se pregunta con un tono culposo.
Cierra sus pestañas y se sienta sobre el piso. Cuidadosamente se desploma junto con la sabana blanca sobre el suelo. Baja su ingenua mirada. Había esperado con mucha mesura este momento. Cada día que pasaba por delante de sus ojos color almendra era realmente expectante. Georgina respiraba una increíble fantasía. Pero esa pequeña caja de música se hizo trizas. Se da cuenta de que estas últimas semanas estaba tratando con una persona que faltaba a la pura verdad.
-Creo que me estoy apresurando demasiado a los hechos –asevera y mantiene sus ojos cerrados-. Quizás no sea así. Tal vez se fue por culpa de su timidez, pero aún así me hubiera dicho adonde se iba. Los domingos no trabaja. No se qué pensar –afirma.
Luego, tiene una idea. Abre sus ojos y agarra su celular que está sobre la mesa de luz. Busca el número de Matías y lo llama. Se lleva el teléfono a su oído derecho y espera. No quiere dejar un mensaje en su correo. Corta el teléfono y envía un mensaje de texto. “Hola Mati ¿Dónde estas? Me desperté y no estabas al lado mío. Por favor, llamame. Te amo. Georgina” Lo manda y espera. Pasan las horas diurnas. No se despega del suelo. La clara habitación presencia un sórdido silencio. Mezcla extraña de tensión y resignación. La joven lagrimea y seca sus débiles sollozos con la sábana.
-Entonces es cierto –dice irónicamente y baja su mirada-. La primera vez duele.
Larga Vida a la Tercera Base!!!!!
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