
Su mirada basta para decir “Aléjense de mí”. Desatina cualquier cariño por parte de cualquier ser humano. En realidad no quiere ser amado. Prefiere no saber nada en lo que respeta a ser rodeado por amor. Su cabello peinado hacia atrás, sus cejas bastantes pronunciadas, su nariz puntiaguda y su pequeña boca son señales de un hombre que no le interesa amar. Sentado en el porche sobre una silla, se hamaca sin apartar de su vista a la oxidada reja que tiene a cincuenta metros suyos. Parpadea en forma cuidadosa. Saca del bolsillo de su camisa leñadora marrón el atado de cigarrillos. Hoy es el segundo que empieza. Luego saca de su bolsillo su encendedor color rojo, pero se le resbala y cae dentro de la rendija del piso de madera. Blanquea sus ojos grises y baja su cabeza. Golpea su cabeza con su mano. Refunfuña. Regresa su atado a donde pertenece: su bolsillo de la camisa. Mira al cielo. Oscuros nubarrones siembran el terror en el lugar, pero le son inmutables para Antonio.
Los refucilos se reflejan en sus ojos. A través de los mismos, sólo corre lejanía. El estar lejos de todo el mundo le ha sentir una tremenda comodidad. Se levanta de su asiento y se dirige hacia la cocina. Avanza a grandes zancadas. Atraviesa el pasillo oscuro y llega a la cocina. Abre la heladera y saca de ella una botella de cerveza. Cierra la puerta. Antes de salir, deja su botella sobre la mesa y prende la radio pero la señal no responde. Cambia el dial pero sólo escucha interferencias. Solamente quiere escuchar algo de música. El género le es indistinto. Nada. Sólo interferencias. Cierra sus pronunciados ojos y chasquea sus dientes. Golpea con el puño izquierdo la radio para ver si se arregla el defecto. Él cree que a los golpes se arregla cualquier cosa. La radio sufre cincos golpes propiciados por la dureza de Antonio. La soledad del cuarto escucha sus refunfuños. Agarra nuevamente la botella de cerveza y bebe un gran trago mientras contempla la radio. Retoma su camino hacia el porche. Se sienta sobre la silla desvencijada mientras contempla el más allá. El cielo se empieza a derrumbar. Empieza a sentir una fría brisa que luego empieza a tornarse congelada. ¿Estará cómodo?
El pasto se vuelve frágil mientras corre el viento. El tejado corre la misma suerte. De pronto el viento cesa y empieza a lloviznar. Aquel pasto nuevamente seguirá viviendo. No se pude hablar de la misma situación con respecto a aquel tejado. Se oxidará aún más y un día será inservible. Sin embargo, Antonio no tiene preocupación. El tejado que cubre los grandes alrededores de la casa permanece empotrado en los postigos, todos corroídos por las termitas. Dónde vive Antonio parece un gran universo. Él es sólo un punto en la inmensidad espacial. No hay cabida para una esposa e hijos, ni menos para cualquier animal doméstico.
Mira su reloj. Marcan las 19.45 hs. Se levanta de su silla y abandona el pórtico. Cierra la puerta con el pasador de cadena. Las llaves garantizan la seguridad de la vieja puerta. Se les cae. Se agacha para recogerlas, pero un dolor punzante asoma en su cintura. Maldice y en un acto de bronca tira las pesadas llaves contra la ventana de vidrio. El mismo estalla en cientos de pedazos. Respira en forma agitada. Se agarra su cabeza. Suspira y va por las llaves. Quiere abrir la puerta y saca el pasador, pero se da cuenta de que esta cerrada con llaves. Apoya su cabeza sobre la puerta y de repente quiere abrir la puerta en forma violenta. Es conciente de que en la cocina hay una puerta trasera que da al exterior. Pero Antonio sólo quiere abrir la puerta de adelante. La patea incesantemente sin importarte el dolor en la cintura que padece. Eso lo motiva a que se enfurezca más. Esta muy agitado. Esta vez se resigna. Se da vuelta y camina hacia la puerta trasera. La abre con una patada y en medio de la lluvia torrencial se dirige hacia el costado izquierdo de la casa. Ve los trozos de cristal diseminados sobre el pasto mojado. Se tapa su cabeza con la mano derecha pero eso no basta para que el agua llegue a su cabello. Observa los alrededores de los cristales girando su cuerpo lentamente, pero no hay rastro alguno de las llaves. Chasquea sus dientes. De tanto girar se resbala en un charco de barro y cae sobre el suelo lodoso. Parpadea cada segundo, pues la lluvia ciega su vista. No puede moverse del todo. La caída ha empeorado su cintura. Maldice pero la lluvia se encarga de hacer más ruido. Golpea el charco con su puño. Se ahoga con su grito y solloza. La lluvia no tiene compasión con Antonio. De hecho, él nunca fue condescendiente con alguien o con algo. Nunca prestó ayuda y menos pidió asistencia. Es más, aún si hubiera gente cerca, ni siquiera hubiera pedido socorro ante la presente situación. No quiere estar cerca de ningún ser humano. Le basta estar solo. Inmovilizado sobre el suelo lodoso, masculla y refunfuña, como todos los días de su vida.
Larga Vida a la Afabilidad!!!!!
Los refucilos se reflejan en sus ojos. A través de los mismos, sólo corre lejanía. El estar lejos de todo el mundo le ha sentir una tremenda comodidad. Se levanta de su asiento y se dirige hacia la cocina. Avanza a grandes zancadas. Atraviesa el pasillo oscuro y llega a la cocina. Abre la heladera y saca de ella una botella de cerveza. Cierra la puerta. Antes de salir, deja su botella sobre la mesa y prende la radio pero la señal no responde. Cambia el dial pero sólo escucha interferencias. Solamente quiere escuchar algo de música. El género le es indistinto. Nada. Sólo interferencias. Cierra sus pronunciados ojos y chasquea sus dientes. Golpea con el puño izquierdo la radio para ver si se arregla el defecto. Él cree que a los golpes se arregla cualquier cosa. La radio sufre cincos golpes propiciados por la dureza de Antonio. La soledad del cuarto escucha sus refunfuños. Agarra nuevamente la botella de cerveza y bebe un gran trago mientras contempla la radio. Retoma su camino hacia el porche. Se sienta sobre la silla desvencijada mientras contempla el más allá. El cielo se empieza a derrumbar. Empieza a sentir una fría brisa que luego empieza a tornarse congelada. ¿Estará cómodo?
El pasto se vuelve frágil mientras corre el viento. El tejado corre la misma suerte. De pronto el viento cesa y empieza a lloviznar. Aquel pasto nuevamente seguirá viviendo. No se pude hablar de la misma situación con respecto a aquel tejado. Se oxidará aún más y un día será inservible. Sin embargo, Antonio no tiene preocupación. El tejado que cubre los grandes alrededores de la casa permanece empotrado en los postigos, todos corroídos por las termitas. Dónde vive Antonio parece un gran universo. Él es sólo un punto en la inmensidad espacial. No hay cabida para una esposa e hijos, ni menos para cualquier animal doméstico.
Mira su reloj. Marcan las 19.45 hs. Se levanta de su silla y abandona el pórtico. Cierra la puerta con el pasador de cadena. Las llaves garantizan la seguridad de la vieja puerta. Se les cae. Se agacha para recogerlas, pero un dolor punzante asoma en su cintura. Maldice y en un acto de bronca tira las pesadas llaves contra la ventana de vidrio. El mismo estalla en cientos de pedazos. Respira en forma agitada. Se agarra su cabeza. Suspira y va por las llaves. Quiere abrir la puerta y saca el pasador, pero se da cuenta de que esta cerrada con llaves. Apoya su cabeza sobre la puerta y de repente quiere abrir la puerta en forma violenta. Es conciente de que en la cocina hay una puerta trasera que da al exterior. Pero Antonio sólo quiere abrir la puerta de adelante. La patea incesantemente sin importarte el dolor en la cintura que padece. Eso lo motiva a que se enfurezca más. Esta muy agitado. Esta vez se resigna. Se da vuelta y camina hacia la puerta trasera. La abre con una patada y en medio de la lluvia torrencial se dirige hacia el costado izquierdo de la casa. Ve los trozos de cristal diseminados sobre el pasto mojado. Se tapa su cabeza con la mano derecha pero eso no basta para que el agua llegue a su cabello. Observa los alrededores de los cristales girando su cuerpo lentamente, pero no hay rastro alguno de las llaves. Chasquea sus dientes. De tanto girar se resbala en un charco de barro y cae sobre el suelo lodoso. Parpadea cada segundo, pues la lluvia ciega su vista. No puede moverse del todo. La caída ha empeorado su cintura. Maldice pero la lluvia se encarga de hacer más ruido. Golpea el charco con su puño. Se ahoga con su grito y solloza. La lluvia no tiene compasión con Antonio. De hecho, él nunca fue condescendiente con alguien o con algo. Nunca prestó ayuda y menos pidió asistencia. Es más, aún si hubiera gente cerca, ni siquiera hubiera pedido socorro ante la presente situación. No quiere estar cerca de ningún ser humano. Le basta estar solo. Inmovilizado sobre el suelo lodoso, masculla y refunfuña, como todos los días de su vida.
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